martes, 26 de septiembre de 2023

¿QUÉ PASA EN UN RETIRO DE EMAÚS?: VENID Y VERÉIS

 

Se suele acudir con ilusión a los retiros espirituales, con la esperanza de apartarse de la vida cotidiana y allí poder encontrarse con sí mismos y con Dios.

En cambio, los que asisten a los retiros de Emaús no suelen tener esas pretensiones, desconocen lo que se van a encontrar allí y, generalmente, no desean acudir, no entusiasma, no atrae, más bien provoca rechazo, y se suele ir forzado, a regañadientes… sin saber bien por qué… pero se va, como si algo o alguien te empuja a asistir.

Pero la predisposición para hacer el retiro es indiferente. No importa lo que creas o sientas, lo que sepas o ignores, ya que en estos retiros destaca su sencillez y simplicidad, de forma que todos lo entienden y viven en primera persona lo que allí pasa.

Para participar en estos retiros no importa si sabes rezar o no, si vas a misa todos los días o no vas nunca. No importa si has cometido muchas barbaridades en esta vida o eres una persona íntegra. No importa si tienes rencores acumulados y te cuesta perdonar o si eres una persona sensible y reconciliadora. No importa si no has leído en tu vida un catecismo o si has estudiado teología.

Todos son admitidos, no se discrimina a nadie, no hay superiores, pues los laicos que organizan el retiro se limitan a servir. Y poco a poco cada uno va reconociendo cómo es realmente, contempla sus propias miserias, pero también descubre el gran amor que Dios le tiene.

¿Qué ha pasado para que en solo 48 horas se encuentre sentido a todo aquello que antes producía rechazo?: el caer en la cuenta que cada uno es amado por un Dios que está deseando acogernos y abrazarnos. Y eso provoca que el semblante serio inicial se convierta en una alegría indescriptible que los hace irreconocibles al finalizar el retiro.

Dios nos facilita muchos caminos para encontrarnos con él y uno de ellos puede ser este. Pese a nuestra apatía y desconfianza inicial, Dios puede que nos invite a ellos y nos diga “venid y veréis” (cf. Jn 1, 35-39).

Ante la grandeza del que acoge sin condiciones y la enorme pequeñez del acogido que no es más que un ser miserable, débil y egoísta, el abrazo de amor que allí se recibe, te cura y te cambia. Venid y veréis.

domingo, 19 de junio de 2022

Abandono en Dios

 

La vida la entregas y la confías a quien te ama y amas. El olvidarse de uno mismo y despreocuparse de lo que nos pueda ocurrir, el necesitar poco y no estar pendiente de tenerlo todo controlado, el reconocer las propias limitaciones, facilita la confianza. Esa es la actitud de un niño que nosotros debemos mantener para abandonarnos en Dios.

Si tenemos la certeza de que Dios es mi Padre y me ama, y que junto a él nada malo me puede ocurrir, aceptaré su voluntad, y me dejaré llevar por él sin cuestionar a dónde quiere que vaya ni lo que quiere de mí.

Sólo la dependencia del Padre me hace ser verdaderamente libre, en cambio, la independencia del Padre me hace ser esclavo de mis adicciones y pecados. Se da la paradoja de que soy adulto espiritualmente cuando dependo del Padre, al contrario de la vida física, que cuando soy adulto me hago independiente.

Los fracasos que tenemos en la vida nos acercan a Dios y nos invitan a confiar en él, en cambio, el éxito mundano nos anima a confiar en nosotros.

Vamos por el buen camino hacia Dios cuando nos llaman tontos por vivir de una determinada manera, cuando nos dicen que estamos perdiendo el tiempo y desperdiciando la vida renunciando a logros mundanos. Cualquier vida guiada por Dios resulta siempre excepcional e incomprensible a los ojos del mundo.

Dios ama a los que se desprenden de todo y reprueba a los que acumulan tesoros y ponen en ellos su seguridad. Dios siente debilidad por los temerarios. Cuanto más dispuestos estemos a perder, cuanto más perdamos, más será lo que ganemos.

Se trata de hacerse pobre porque no nos apegamos a ninguna riqueza ni nos dejamos esclavizar por las cosas. Compartimos lo que somos y tenemos sin guardarnos nada. Es una pobreza de desapego, generosidad, libertad y amor, que lleva a un tipo de vida austero, humilde, solidario, en la que se hacen presentes los valores del reino: compartir, confiar, servir…

El buscar la seguridad con el dinero es incompatible con el abandono en Dios. Por eso Jesús nos dice que no se puede servir a Dios y al dinero, ya que este tiene tal poder de seducción que termina por ser el competidor de Dios. Los sentimientos de tranquilidad y seguridad que Dios despierta son parecidos a los que proporciona el dinero a los que lo tienen. El dinero proporciona abundancia y bienestar, y podemos pensar que eso es lo que necesitamos para ser felices, pero Jesús nos dice que el camino que lleva a la felicidad es el de compartir, dar al que no tiene. Quiere que, tengamos lo que tengamos, estemos dispuestos a dar productividad a nuestros bienes para servicio de los demás.

A veces nos puede ocurrir que, en lugar de abandonarnos en Dios, desconfiamos de él y le tenemos miedo porque creemos que si seguimos su voluntad nos va a llevar por caminos de sufrimiento, como si se gozara de hacernos sufrir. Entonces vivimos pobremente y nos desviamos del fin al que debemos dirigirnos.

Para reflexionar:

¿En quién confío? ¿Recurro a Dios solo cuando lo considero oportuno? ¿Estoy seguro de mí mismo y sé cómo debo vivir?

martes, 21 de julio de 2020

FE


Se nos enseña que la fe es la respuesta que le damos a Dios por la que acogemos lo que él nos revela sobre sí mismo y sobre nosotros. Mediante la revelación Dios nos invita a creer en él, a adherirnos a él, a entregarnos libremente a él.
Hay una iniciativa de Dios que se da a conocer y una respuesta del hombre que es la obediencia de la fe. La fe es un don, pero es a la vez razonable porque la revelación es creíble.
Pero si analizamos el texto Mt 8, 5-13, en donde un centurión romano se acerca a Jesús y le ruega que cure a su criado que está sufriendo, vemos que el centurión sabe que Jesús es judío y él no, y también sabe que es capaz de hacer grandes obras, por eso le dice: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano”. Al oír esto “Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe”. Y le dijo al centurión: “Vete; que te suceda según has creído. Y en aquel momento se puso bueno el criado”.
Este texto nos indica que la fe más que creencia, es confianza en Jesucristo. Jesús se admira de la fe del centurión, persona extranjera que desconoce la religión judía. No conoce ni cree en las normas y doctrinas judías, pero ha descubierto a Jesús y siente que es merecedor de su confianza. Tiene más fe que nadie en Israel.
La fe es confiar en un Dios inseparable de cada uno de nosotros porque nos ama, porque siente ternura y misericordia ante nuestra debilidad.
Por eso no podemos quedarnos en pensar que la fe es un mero asentimiento a una serie de verdades teóricas, creer en un conjunto de doctrinas, que no siempre podemos comprender. En la Biblia fe es equivalente a confianza en una persona. Y esa confianza tiene que ir acompañada de la fidelidad.
Por eso no podemos asociar la vida cristiana al cumplimiento de ciertos ritos y normas, ya que la fe implica a toda la persona y comporta un cambio de vida, si no hay cambio de vida no hay fe. Si quieres saber la fe de uno, mira cómo vive, no le preguntes lo que sabe.
Al final, la fe se convierte en una forma de pensar y de vivir que tiene como modelo a Jesucristo, la fe es el seguimiento de una persona, de Jesucristo. Es un regalo que nos hace Dios y que debemos transmitir. Dependiendo de cómo ofrezcamos ese regalo de la fe en nombre de Dios, será o no acogida.
Para reflexionar:
¿Tengo fe porque creo en determinadas verdades o porque vivo confiando en Dios?

lunes, 13 de julio de 2020

HUMILDAD


Jesús nos invita a ser humildes, quiere que aprendamos de Él que es “manso y humilde de corazón” (Mt 11,29).  Pero, ¿qué significa ser humilde?
Humildad no son sentimientos o complejos de inferioridad, ni es abajarse ante la grandeza de otra persona. No es ser una persona que no se hace notar, que no opina de nada y aparenta no estar a la altura de ningún tema, o que no le importa ser pisoteado por todo el mundo.
Ser humildes no significa despreciarnos sino tener el sentido exacto de lo que somos en relación con Dios. Es sentirnos creaturas limitadas y pecadoras ante  Dios perfecto y santo.
La humildad se refiere a nuestra relación con Dios y no con el prójimo.  En esa perspectiva, humildad es verdad, porque el humilde conoce y reconoce su debilidad y pequeñez, y la usa para vincularse más con Dios. Es reconocer la realidad de nuestro ser, nuestra bajeza y la miseria de nuestro obrar, con referencia a Dios.
La humildad es la verdad sobre nosotros mismos, es decir, no creerte más pero tampoco menos de lo que verdaderamente eres. El hombre humilde es y se siente por sí solo muy débil, necesitado y defectuoso; pero unido con Dios, es y se siente de un valor muy grande.
La humildad nos permite alcanzar los más altos ideales, pues es la forma que Dios tiene de ensalzarnos. Reconocer nuestra pequeñez es darnos cuenta de la necesidad que tenemos de Dios y contar siempre con su ayuda. Nos permite vivir unidos a Dios, y con Él lo podemos todo.
Jesús lava los pies, se humilla hasta morir en la cruz. Une su humildad a una disponibilidad servicial para con el prójimo.
Por eso el hombre humilde es servicial y se pone desinteresadamente a disposición de los hermanos. La humildad cambia nuestras relaciones sociales al hacernos más comprensivos con los defectos de nuestro prójimo. Ya no miramos la paja en el ojo ajeno sino que nos centramos en la viga que tenemos en el nuestro.
Jesús quiere constituir una sociedad de iguales siendo humildes y sencillos de corazón. Por eso “el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor” (Lc 24,26), pues Jesús está en medio de nosotros “como el que sirve” (Lc 24,27).
Jesús nos exhorta a no pretender alcanzar el éxito buscando el prestigio, sino en el servicio permanente y desinteresado a los demás. La verdadera grandeza humana la alcanza no el vanidoso, no el soberbio, no el que se cree más que los demás por ser importante, sino el humilde, el que en todo procede con sencillez.
Para descubrir quién soy y cuál es mi verdadero valor es necesario conocerme a mí mismo a la luz del Señor Jesús. En Cristo descubrimos la verdad sobre nosotros mismos y de Él podemos aprender a ser humildes.
Para reflexionar:
¿Pienso que la humildad es una debilidad? ¿Para qué sirve ser humilde?

PRIMEROS PUESTOS


Nos gusta ser bien vistos y alabados por la gente, por eso en cualquier reunión destacamos las cualidades que tenemos o los bienes que poseemos. Solemos tener un alto concepto de nosotros mismos que nos lleva a buscar los primeros puestos y a pretender que las cosas se hagan según nuestros criterios. Es querer ser servido en lugar de servir, ser ensalzado en lugar de mostrarnos disponibles, ser amado antes de amar.
Pero estos conceptos no son los que se valoran para entrar en el banquete del Reino de Dios. Lo último de nuestra escala humana se convierte en lo primero en la divina, lo de arriba se convierte en lo de abajo.
Así nos lo dice Jesús: “Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú;  y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: Cédele el puesto a este. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales”  (Lc 14,8-10).
Esta lección de Jesús es para decirnos que el que se cree justo y piensa que merece el primer puesto, oirá “cédele el puesto a este” y se irá avergonzado. Jesús, para evitarnos humillaciones nos aconseja humillarnos nosotros mismos.
Pretender obtener honor y gloria por nosotros mismos nos lleva a una actitud egoísta y soberbia que nos rebaja, en cambio, quien se humilla e inclina su cabeza delante del Señor y pide perdón, será ensalzado.
Los puestos de honor en el Reino de los Cielos no son para los que creen tener privilegios, para los soberbios y vanidosos; sino para los humildes y sencillos de corazón.
Los valores de la sociedad humana son puestos en evidencia por los con­vidados que escogían los primeros puestos. Jesús invierte la escala de valores: A todo el que se encumbra, lo abajarán, y al que se abaja, lo encumbrarán. Es la condena de cualquier suficiencia.
El buscar los puestos principales es un comportamiento que nos perjudica porque nos convierte en rivales unos de otros, nos lleva a la desconfianza, a la envidia, a los atropellos.
Este es uno de los misterios del Reino de Dios: “el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (Lc 14,11).
Para reflexionar:
¿Qué puesto buscamos en la sociedad? ¿Estamos dispuestos a ceder los mejores puestos a los demás?

miércoles, 29 de mayo de 2019

SER LIMPIO DE CORAZÓN ¿PARA QUÉ?


Jesús nos dice que son felices los limpios de corazón (Cf Mt 5, 1-8). En el sermón de la montaña Jesús está anunciando la felicidad plena, pero no nos dice lo que tenemos que hacer para ser felices, sino que se está llamando felices a un grupo de personas carac­terizadas por ciertas actitudes humanas.
No es feliz la persona porque viva esas actitudes, sino más bien las vive porque es feliz, porque ha descubierto que su valor máximo es Jesús.  
Esa vida no es fruto de un esfuerzo personal para encontrarnos con Jesús, sino es la consecuencia de nuestra unión con él la que nos permite vivir con Jesús y como él, las bienaventuranzas.
¿Qué es ser limpio de corazón?: El corazón, en la Biblia, es la sede del pensamiento, del sentir, de la voluntad y de la relación con Dios. Es el centro de la vida interior de la persona, donde reside lo que real­mente buscamos y deseamos.
Podemos tener un corazón impuro y de allí salir las intenciones malas, o podemos ser «limpios de corazón» y vivir en conformidad con Dios.
El ser limpio de corazón no es solo un ac­tuar correctamente, sino que el interior de la persona está unido a Dios, de tal manera que su querer se identifica con el querer de Dios. Nuestro pensar, sentir y desear es conforme a la voluntad de Dios, y el obrar está movido por el amor fraterno.
¿Por qué son felices los limpios de corazón?: porque ellos verán a Dios. San Pablo nos invita a tener los mismos sentimientos que Jesús, y esos sentimientos de los que habla Pablo en su carta a los filipenses son los de, pese a su condición divina, despojarse de su rango y tomar la condición de esclavo, rebajándose hasta someterse a la muerte en la cruz.
Nuestro ascenso a Dios se produce cuando acompañamos a Jesús en ese descenso. El corazón puro es el corazón que ama, que está en comunión con el corazón servicial y obediente de Jesús. Si vivimos el amor y la entrega al estilo de Jesús, nos purificamos y una vez puros veremos a Dios.
Jesús ve al padre cara a cara y el camino que ha seguido Jesús para ver a Dios ha sido rebajarse y hacerse esclavo para servir a los demás.
Para encontrarse con Dios hay que rebajarse en el servicio a los demás, y ahí es cuando Dios nos coge y nos pone frente a él.
Limpios de corazón son los que más aman y esos ya ven con los ojos de su corazón a Dios porque están con él.
Aquí está la felicidad: cuanto más nos acercamos a Dios y mayor relación tenemos con él, nuestro corazón se va haciendo conforme al suyo, nuestros pensamientos, deseos y sentimientos se van haciendo como los suyos. Vamos «viendo» más de cerca a Dios. Y es en esta cercanía con Dios donde está nuestra felicidad.
Para reflexionar:
¿Qué sale de nuestro corazón? ¿Vemos a Dios en el servicio al prójimo?

miércoles, 16 de enero de 2019

LA IMPORTANCIA DEL DIÁLOGO


Jesús ha sido enviado para salvarnos, por eso necesita pasar junto a nosotros en nuestra vida cotidiana. Nos busca y se acerca a cada uno de nosotros para que le conozcamos.
Jesús se acerca a una mujer samaritana (cf Jn 4, 1-26), que podemos ser cualquiera de nosotros, y a través del diálogo se va dando a conocer.
Y comienza el diálogo pidiendo: "dame de beber". Él, que lo tiene todo se acerca a nosotros ¡para pedirnos! ¿Qué necesita de nosotros? La perplejidad de la samaritana es la nuestra ¿tú me pides a mí?
Pero ese es el primer paso para entablar un diálogo con Jesús y en él nos mostrará que los necesitados somos nosotros: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice dame de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva” (Jn 4,10).
Pero para darnos esa agua viva, Jesús nos pide nuestra adhesión a él, que conozcamos el “Don de Dios” que es él mismo, ese Jesús sediento de nosotros y dispuesto a darnos todo lo que realmente necesitamos.
Aunque nos cuesta confiar en su promesa: “si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?” (Jn 4,11).
La samaritana sigue comparando el agua viva que Jesús le ofrece con esa otra agua del pozo. Por eso Jesús le explica la precariedad de lo material: “el que bebe de esa agua vuelve a tener sed” (Jn 1,13), y le promete que el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed” (Jn 1,14a).
El agua que Jesús promete es espiritual, es el Espíritu Santo. Sólo desde la acción de ese Espíritu el creyente puede conocer y relacionarse con Jesús.
Es el agua de la Gracia, de la amistad con Dios, de la fe en Jesús como Salvador, y que tiene que ser “bebida” por el creyente. La palabra, la revelación de Jesús, tiene que ser interio­rizada en el corazón del discípulo, y así iniciar el camino de conversión.
El diálogo con Jesús es redentor, es sanador, es salvador, pues nos conduce a cambiar los deseos materiales habituales que tenemos por otro más profundo: el conocimiento del don de Dios, que es el mismo Jesús.
En cambio, el diálogo con el diablo nos lleva a la perdición. En el diálogo que mantiene Eva con la serpiente (Cf Gen 3, 1-23), esta le induce a no seguir las indicaciones de Dios y apartarse de él, pues de esa forma “seréis como Dios” (Gen 3,5). El resultado de ese alejamiento de Dios es el pecado original que ha cambiado la vida de la humanidad.
Para meditar:
¿Distingo quién es el interlocutor con el que dialogo? ¿soy consciente de que puedo ser engañado?

jueves, 13 de diciembre de 2018

ORACIÓN EN EL CAMINO DE EMAÚS


Señor Jesús, te he escuchado muchas veces, he disfrutado de tu palabra, has sido mi maestro y guía, he puesto mi esperanza en ti para un futuro nuevo y mejor.
Sin embargo no te conocía ni te comprendía del todo, no estaba en plena comunión contigo, eras para mí “otro”.
He visto mis fracasos y los del mundo, he sufrido y he visto sufrir, y desilusionado me he alejado de ti, he vuelto triste a mi casa.
Pero en ese camino de huída sin sentido, te has puesto a mi lado sin que te lo pida, me has acogido tal como soy, y me explicas las escrituras…
Señor Jesús, no quieres que vaya solo por la vida sin saber vivir, quieres que cambie de rumbo y vaya por el tuyo.
Por eso me explicas quien eres, quien soy. Tu palabra va iluminando mi vida y voy entendiendo lo que me sucede. Y descubro que todo forma parte del  plan de Dios, en el que lo contradictorio o el fracaso a la visión humana, tiene otro sentido, y se integra en la historia de la salvación.
Todo es distinto desde que estás conmigo, por eso te invito a que entres en mi casa, porque mi corazón triste empieza a arder. Quiero que te quedes conmigo porque empiezo a comprender quien soy y el sentido de mi vida…
Señor Jesús, ya en mi casa has tomado el pan y el cáliz y me lo has ofrecido: toma y come, este es mi cuerpo; toma y bebe, esta es mi sangre. Te haces presente a través del pan y del vino, quieres hacerte uno conmigo.
Esta comunión me ha hecho igual a ti. Me he convertido en otro Cristo, me he introducido en tu Reino, nos pertenecemos, tú a mí y yo a ti.
Ya no estás fuera de mí, ya has desaparecido de mi vista. Hemos entrado en esa comunión tan íntima, tan santa, tan espiritual que escapa a los sentidos.
He dejado esa fácil amistad y esos sentimientos y emociones que tenía de ti, porque mi vida se trasforma en la tuya. Ya no soy yo quien vive, sino tú el que vive en mí…
Señor Jesús, por ti, todos los que hemos comido del mismo pan y bebido de la misma copa nos hemos convertido en un solo cuerpo.
El Dios que vive en nosotros nos hace reconocer a Dios en nuestros semejantes. Nuestra participación en la vida de Dios nos lleva a una nueva forma de participar unos en la vida de otros.
La comunión crea comunidad y esta nos lleva a la misión: a Amar y Servir. Y lo haré con la alegría que da el saber que no estoy solo, que unido a ti Jesús, todo lo puedo. Amén.

viernes, 7 de diciembre de 2018

TESTIMONIO


Nos dice la Encíclica de S. Juan Pablo II Redemptoris Missio: “El testimonio de vida cristiana es la primera e insustituible forma de la misión”.
¿Cuál es nuestra misión?: Todos los evangelistas, al narrar el encuentro del Resucitado con los Apóstoles, concluyen con el mandato misional: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28, 18-20a).
Por mi testimonio, es decir, a través de mi modo de vida debo permitir que otros se encuentren con Jesucristo, pero mi pobre vida ¿puede testimoniar la grandeza del amor que Dios nos tiene? Mi vida miserable ¿puede testimoniar que Dios nos acepta como somos y se acerca a cada uno de nosotros para que vivamos felices? Mi insignificante vida ¿puede testimoniar que Dios con su infinita misericordia nos perdona y se alegra de que formemos parte de su familia?
Sí, es posible, porque la tarea que me ha confiado Jesús de ir a todas las gentes por todo el mundo, no la voy a hacer solo, recibiré la fuerza y los medios para llevarla a cabo: “ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba” (Mc 16, 20).
El Espíritu Santo es el protagonista de la misión: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 20b). Somos enviados en el Espíritu.
Y, ¿qué puedo aportar yo?, ¿cómo puedo colaborar con el Espíritu Santo?: pues precisamente con lo que soy y tengo: con esa vida frágil y miserable, llena de dudas y de cobardía, egoísta y cómoda, lamentable y decepcionada en numerosas ocasiones.
Pero yo, persona débil y pecadora, puedo decir en voz alta y se puede leer claramente en mi trayectoria vital, que Dios ha estado a mi lado. Nunca me ha abandonado, incluso cuando peor me he portado, mejores caminos me ha ofrecido para que me dé cuenta de cuánto me ama, cambie de rumbo y vuelva a él.
La fuerza de mi testimonio radica en mi debilidad. Ante las dificultades que tengo para realizar la misión encomendada, así me responde el Señor: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad” (2Cor 12,9a).
De forma que yo como S. Pablo presumo de mi debilidad: “Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo” (2Cor 12,9b).
Solo el que se siente débil, pecador y reconoce su limitación, es capaz de confiar en Dios y abrirse a él para que sea su fuerza. El que se cree capaz de hacerlo todo bien por si solo, no necesita la fuerza de Dios y fracasará en su misión.
Para la misión solo tengo que abrirme a la Gracia de Dios, a su Espíritu, que me une a Jesús, de forma que: “vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20a). Así puedo amar con él y desde él: única forma de llevar adelante mi misión “porque sin mi (Jesús) no podéis hacer nada” (Jn 15, 5b).
Por el bautismo y por la acción del Espíritu Santo estamos injertados a Cristo. Nuestra tarea es dejarnos llevar por el Espíritu Santo para vivir y actuar con Cristo.
Para reflexionar:
¿Qué pienso que debo hacer para ser buen cristiano? ¿Qué valoro más en mi tarea como cristiano, mi esfuerzo personal en hacer buenas obras o el ser dócil al Espíritu Santo?

martes, 30 de octubre de 2018

¿QUÉ TIENEN LOS RETIROS DE EMAÚS?


Una cosa parece incuestionable: Cuando asistes a la misa final tras un retiro de Emaús, abierta a familiares y amigos, lo que llama la atención es la alegría. Tanto la de los que han participado en él, como la que tienen los que les han ayudado con su servicio.
Es una alegría indescriptible que te emociona. Es una alegría desbordante que hace casi irreconocible a esa persona que habías visto dos días antes. ¿Qué ha pasado ahí? ¿De dónde viene esa alegría?
Es una alegría sobrenatural que viene del encuentro con Jesús: “pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16, 22).
Es la alegría que brota de la Palabra de Dios: “tus palabras me servían de gozo, eran la alegría de mi corazón” (Jer 15, 16). Es la alegría de sentirnos acogidos y perdonados por Dios: “por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo” (Sal 90, 14). Es la alegría que produce la presencia de Dios en tu vida: “gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría” (Sal 68, 4).
La Gracia de Dios, presente en el retiro; el Amor de Dios, presente en el retiro; la Misericordia de Dios, presente en retiro; el Espíritu de Dios, presente en el retiro; el mismo Jesucristo, presente en el retiro; en solo dos días hacen posible que los temores, pecados, errores y miseria, que todos arrastramos en nuestras vidas queden absorbidos por el amor de Dios, y al sentirte perdonado y amado, tu vida cambia y brota en el corazón esa alegría de saber que eres hijo querido de Dios y hermano de todos sus hijos. 
A pesar de que el mundo esté lleno de sufrimiento y mal, Dios nos ama, nos acoge y nos conduce a una tierra nueva en la que: “enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor” (Ap 21, 4) ¿Cabe más alegría?
Para reflexionar:
¿Estamos alegres? ¿De dónde procede nuestra alegría?

miércoles, 17 de octubre de 2018

¿A QUIÉN BUSCA DIOS?


Nadie en este mundo vive olvidado ni está solo. Dios nos acompaña, y si alguien se aparta de él, su mayor alegría es buscar y encontrar a quienes viven perdidos y no encuentran el camino acertado de la vida.
Todos los seres humanos somos criaturas de Dios y le pertenecemos. En la parábola de la oveja perdida (Cf Lc 15, 3-10), se nos dice lo que es capaz de hacer Dios por no perder algo suyo que aprecia de verdad.
Dios siente a los perdidos como algo suyo y querido, por eso los busca apasionadamente, y cuando los recupera, su alegría es incontenible.
El pastor de la parábola no duda en arriesgar la suerte de todo un rebaño y sale en busca de la oveja perdida, pues le pertenece, y no para hasta encontrarla. Y cuando la encuentra, carga con ella, la devuelve al rebaño, y muy contento reúne a amigos y vecinos para que se alegren con él.
Dios no solo busca al que está perdido sino que, cuando lo encuentra, lo celebra jubilosamente. Por eso en el cielo hay más alegría por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
La oveja no hace nada para volver al redil, el pecador no se va a esforzar para convertirse. Todo es iniciativa de Dios que irrumpe en la vida del pecador con su misericordia.
En esta parábola, más que hablar de la conversión del pecador, se nos indica que Dios está siempre buscándonos para manifestarnos su gran bondad. Dios es un activo buscador de algo suyo que ha perdido.
Dios no está enfadado, ni ofendido ante nuestro extravío, sino preocupado en buscarnos para sacarnos de nuestra vida equivocada. Sentirse pecador es la situación privilegiada para acercarse a Dios. Mis pecados no le hacen quererme menos.
Lo mejor que nos puede pasar en esta vida es dejarnos encontrar por Dios que sale en nuestra búsqueda cuando nos apartamos de su camino.
Dios no rechaza a los perdidos, los busca. Jesús los acoge y come con ellos.  Ante este comportamiento de Dios, nosotros no podemos despreciar, discriminar o condenar a nadie, sino que unidos a Jesús, debemos ayudarle a buscar a tanta gente perdida que existe cerca de nosotros para conducirla hacia su rebaño.
Para reflexionar:
Si me siento perdido ¿recuerdo que Dios me está buscando? ¿Anunciamos que Dios busca incansablemente a las personas perdidas?

jueves, 6 de septiembre de 2018

CIEGOS


Bartimeo es un ciego sentado al borde del camino (Cf Mc 10, 46-52), que por tanto, no puede ver a Jesús ni seguirle. Está al margen del camino de Jesús.
Pero ese ciego grita a Jesús pidiéndole compasión. Si no le ve ni está en su camino ¿cómo se ha enterado de que pasa cerca? ¿por qué, para qué, le llama?
La iniciativa para el encuentro con Dios siempre parte de Él: “Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre (Dios). Le llama y le ayuda a buscarlo, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas” (CIC prólogo 1).
Ese es el motivo por el que Bartimeo puede pronunciar desde lo más hondo de su corazón una oración humilde y repetida: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí” (Mc 10, 47b).
Jesús, que nunca pasa de largo ante nuestras súplicas, se detiene y manda que le llamen.
Los que van con Jesús, unos, increpan al ciego para que se calle y no moleste. Otros, son portavoces de la mejor noticia que se le puede dar: “Ánimo, levántate, que te llama” (Mc 10, 49b).
Podemos estar ciegos ante Jesucristo, vivir mirando solo nuestros intereses, sin poner a Jesús como meta y guía de nuestra vida.
Podemos pensar que no estamos ciegos, pero si vivimos nuestra fe de forma cómoda y rutinaria que hace que nos despreocupemos de aquellos que nos molestan y no les llevemos la buena noticia de que Jesús llama, es también estar ciego.
En cambio, ir de parte de Jesús a infundir ánimo a todos aquellos que no le ven para que oigan su llamada, es ser discípulo.
Esto implica que hemos sido capaces de desprendemos de aquello que nos impide acercarnos a Jesús y le hemos escuchado: “¿Qué quieres que te haga?” (Mc 10, 51a).
Una vez librados de estorbos, esclavitudes y cobardías, responderemos a su pregunta y dejaremos de ser ciegos, y, como Bartimeo, le seguiremos. Este es nuestro objetivo final: la adhesión a Jesús y su seguimiento.
¿Haré un esfuerzo para liberarme de lo que me impide encontrarme con Jesús?: No es mi esfuerzo lo que me lleva a Dios, pero sin él, por alguna razón que se me escapa, no llego a Dios.
Para reflexionar:                             
¿Creo que veo? ¿Hay que escuchar para ver? ¿Qué depende de mí?


lunes, 23 de julio de 2018

ARREPENTIMIENTO, PERDÓN,CONVERSIÓN


Entendemos que pecado es toda ofensa a Dios por no cumplir sus mandamientos. Y eso es lo que Dios nos tiene que perdonar, pero solo seremos perdonados si tenemos dolor por los pecados cometidos. Esto es la contrición, nos pesa haber ofendido a Dios, bien porque le amamos o bien porque nos puede castigar con el infierno.
Esa contrición nos lleva a arrepentirnos de lo que hemos hecho mal, a continuación confesamos nuestros pecados y somos perdonados por Dios.
Pero en el Evangelio vemos que Jesús perdona sin condiciones previas. A Mateo le llama estando en la mesa donde robaba, y no le exige que para seguirle deba arrepentirse de lo que hace (Cf  Mt 9, 9-13). A un paralítico, que probablemente lo único que deseaba era poder caminar, Jesús lo primero que hace es perdonarle, sin que este muestre arrepentimiento por su vida pasada (Cf Mt 9, 1-8).
El Dios de Jesús es amor, es perdón, por eso no nos perdona en muchos actos de perdón sino que tiene una actitud de perdón. No le hace falta nuestro dolor por haber pecado ni el arrepentimiento. Estamos perdonados siempre.
Solo hay un pecado que no nos puede perdonar: el rechazo a su perdón; no querer, libre y voluntariamente, la salvación y la misericordia que nos concede a través de su Espíritu (Cf Mt 12, 31-32).
El sentido no es, me arrepiento y Dios me perdona, sino el contrario, si estoy abierto al perdón de Dios y lo acojo, Dios me perdona y es entonces cuando me arrepiento. Cuando percibo la grandeza de Dios y su inmenso amor hacia mi, cuando me siento amado y perdonado por Dios, es cuando se me cae la cara de vergüenza ante mi miseria y mi pecado, y es entonces cuando me arrepiento de lo hecho y de no haber hecho su voluntad.
Una vez arrepentido y lleno de la misericordia recibida de Dios,  es cuando cambio de actitud, de vida, me convierto. Como lo muestra Zaqueo, jefe de publicanos y gran pecador (Cf Lc 19, 1-10), quien tras sentirse perdonado y acogido por Jesús, le dice: “Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más” (v 8). La conversión ha sido radical.
El fin del perdón es volver a Dios, reorientar nuestra vida hacia Dios, romper con el pecado y desear poder cambiar de vida con la ayuda de su gracia (Cf CIC n 1431).
Tenemos que descubrir que el pecado nos hace daño y para superarlo debemos cambiar de actitud, cambio que solo se producirá con la gracia que Dios nos da tras experimentar su amor y perdón. En el sacramento de la penitencia nos abrimos a Dios para recibir y experimentar su perdón, su misericordia y su gracia, que hará posible nuestro cambio de vida.
Si no experimentamos el perdón de Dios, no podremos cambiar de vida ni perdonar. Es lo que le pasa al siervo malvado que aún siendo perdonado mucho, es incapaz de perdonar en lo poco (Cf  Mt 18, 32-35).
Cuando Jesús nos dice que seamos misericordiosos como nuestro Padre lo es, y que perdonemos para ser perdonados (Cf Lc 6, 36-38), nos está diciendo que solo si somos capaces de acoger y vivir en la misericordia y el perdón de Dios, podremos ser misericordiosos y perdonar.
El perdón de nuestros pecados se dio en la cruz de Cristo, su sangre fue derramada para el perdón de los pecados (Cf Mt 26, 27-28). Por la sangre de Jesús hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. (Cf 1Col 1,14).
Para reflexionar:
¿Me creo capaz de cambiar de vida para que Dios me perdone? ¿Es el arrepentimiento paso previo imprescindible para recibir el perdón de Dios?

jueves, 7 de junio de 2018

¿A QUIÉN SE ACERCA DIOS?

Es posible que, como consecuencia de las enseñanzas que hemos recibido, podamos pensar que Dios se aleja de los pecadores y se acerca a los justos. Si creemos que Dios premia a los buenos y castiga a los malos, nos parece razonable que Dios, ante nuestro pecado, se aleje de nosotros, en cambio, si somos buenos y cumplimos lo mandado, Dios se nos aproxima.
Pero no parece que piense eso Jesús. En el pasaje que se narra en Mateo 9, 9-13, Jesús llama a Mateo a seguirle precisamente porque es pecador.
Después de llamarle, Jesús se sienta a comer con él, y con ellos están, por un lado, los discípulos que le siguen, y por otro, muchos publicanos y pecadores.
Todos comparten el mismo banquete, todos están alrededor de Jesús que no excluye a nadie. Con ese gesto Jesús nos está diciendo que el Reino de Dios es una mesa abierta donde se pueden sentar todos. Solo se requiere la adhesión a Jesús.
Esto es un escándalo para los sectores religiosos que quieren observar la santidad del pueblo elegido y por eso excluyen a los pecadores. Y quizá para nosotros, que no entendemos que Jesús pueda acoger a un pecador sin condición previa alguna.
Jesús deja claro el significado de su actuación: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos” (Mt, 9,12).
Todos somos pecadores y necesitados de médico, pero solo nos llamará y nos curará si nos confesamos pecadores. En cambio, los que no se reconocen enfermos no llaman al médico ni lo reciben; no tienen curación posible.
Jesús nos explica cuál es su misión: "No he venido a llamar a justos, sino a pecadores" (Mt 9, 13b). Por eso, los que se consideran justos quedan excluidos de la llamada, y los pecadores que se sienten excluidos son llamados y acogidos.
La llamada de Jesús significa un cambio total de vida. Mateo ya no se dedicará a su negocio, sino que aprenderá a vivir desde Jesús. No importa ya su pasado ni su anterior vida inmoral, comienza para él una vida nueva.
Jesús pone, por encima del culto y de la mera observancia de una forma externa de vida, las relaciones humanas. Jesús se compadece de los pecadores y ataca la autosuficiencia de los que se consideran justos.
Bienaventurados los que se consideran indignos de ser llamados por Jesús, pues solo así serán sanados. Señor, no soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sanarme.
Para reflexionar:

Si Jesús llama a los pecadores ¿es necesario que me sienta miserable y pecador para poder percibir esa llamada? ¿Priorizamos el ser misericordiosos a un culto vacío que no saca de la exclusión a los pecadores?

lunes, 12 de marzo de 2018

RETIROS DE EMAÚS

La mayoría de las personas que participan en los retiros de Emaús pretenden, como aquellos que lo hacen en otros retiros, alejarse de la vida cotidiana y sus preocupaciones, para buscar un lugar y un tiempo donde poder repasar la vida y encontrarse consigo mismo o con Dios.
En España los retiros de Emaús se realizan desde hace unos años y parece que con buena acogida por los que han participado en ellos, con indiferencia por los que creen no necesitar a Dios, y con cierta desconfianza por quienes los ven como algo oculto o secreto debido a la confidencialidad de lo que allí se trata y que no trasciende al exterior.
Estos retiros son una acción apostólica parroquial que realizan los laicos. Pocas veces se permite a los laicos asumir su responsabilidad y compromiso dentro de la Iglesia para lanzarse sin complejos y sin clérigos tutores, al encuentro entusiasmado con Jesucristo.
Son retiros en los que no se discrimina a nadie, todos caben, porque todos somos iguales. En ellos se invita, a la luz de lo que allí acontece, a reconocer lo que somos y a dejarnos acoger por un Dios que nos ama con locura.
Dios nos facilita muchos caminos para encontrarnos con él y uno de ellos puede ser este. Pese a nuestra falta de fe, de compromiso cristiano, de formación, o ante nuestro exceso de comodidad, prepotencia, desidia, pereza, y ante nuestra desconfianza por el desconocimiento de lo que son estos retiros, Dios puede que nos invite a ellos y nos diga “venid y veréis” (cf. Jn 1, 35-39).
Pero… yo no sé rezar, yo voy a misa todos los días, yo no creo, yo he hecho muchas barbaridades en esta vida, yo no sé perdonar, yo he estudiado teología, yo solo me preocupo de mí, la última confesión que hice fue hace 20 años… ¿puedo hacer ese retiro? ¿lo entenderé? ¿me hará bien? ¿me iré antes que acabe?
Ante estas cuestiones y dudas, solo cabe una respuesta: Dios siempre nos está esperando, seamos como seamos, para darnos un abrazo. Lo que más le gusta es que nos dejemos abrazar por él.
La predisposición de uno para hacer ese retiro es indiferente, pues sea cual sea, Dios se las apañará para darte un abrazo. No importa lo que creas o sientas, lo que sepas o ignores, Dios simplemente abre sus brazos y te acoge.
Ante la grandeza del que acoge sin condiciones y la enorme pequeñez del acogido que no es más que un ser miserable, débil y egoísta, ese abrazo te cura, te acerca a Dios y te cambia.
Venid y veréis.
Para reflexionar: ¿Le dedicamos tiempo a Dios para que se nos manifieste? ¿Dónde nos podemos encontrar con Dios?

lunes, 5 de marzo de 2018

EL ABRAZO DE DIOS

Busco el encuentro con Dios pero no acabo de encontrarme con él. Medito su Palabra, participo de los sacramentos, de la oración, tengo el deseo de estar con él, pero no percibo ese abrazo amoroso y entrañable con Dios que me haga sentir que soy su “hijo amado”.
¿Por qué? Porque no soy capaz de reconocer mi miseria y mi pecado. Solo el que se da cuenta de su miseria y de su incapacidad para salir de ella, es el que puede mirar con ojos arrepentidos a Dios y decirle: he pecado contra el cielo y contra ti, no soy digno de ser tu hijo, pero recurro a ti, a tu misericordia, a tu perdón. Ese recibe el abrazo, el amor, el cariño, la misericordia y el perdón de Dios.
En cambio, el que se siente orgulloso de sí mismo y satisfecho de lo que hace, ese no necesita a Dios. No se ve miserable, ni llora, ni se da cuenta del sufrimiento que va dejando, por acción u omisión, a su alrededor. No percibe su pecado, se acostumbra a él, forma parte de su vida, y aún así se cree bueno. Ser así te lleva a pensar que no necesitas cambiar, que no necesitas a Dios para convertirte y salvarte.
Pero Dios siempre está atento a lo que hacemos y sale constantemente a nuestro encuentro por si queremos su abrazo. Solo si nos dejamos abrazar recibiremos su abrazo entrañable que nos cambiará radicalmente la vida.
Por eso, te debes sentir miserable para acercarte a Dios, pero solo si dejas que él se te acerque, te verás miserable.
Dios quiere ese abrazo y para conseguirlo te puede acariciar con regalos que te invitan a la conversión. El sufrimiento es una caricia bondadosa de Dios que nos llama para que volvamos hacia él. No es que Dios quiera que suframos y por eso nos envía situaciones dolorosas como un castigo. Dios se sirve de la crudeza de los hechos que nos hacen sufrir para colarse, no en ellos, sino en su interpretación. Los hechos son neutros, pero desde la fe o desde la no-fe, les otorgamos una determinada significación. Dios se vale de las situaciones que nos toca vivir para que las interpretemos, desde la fe, como un nuevo camino que él nos pone para que vayamos cambiando. 
Hay que dar gracias por las adversidades. Dios lo ha permitido todo para mi bien, por eso agradezco mis pecados y defectos, porque cuanto peor he respondido a Dios, mejores han sido los caminos que él me ha abierto. Dios consigue que nuestros caminos equivocados pasen a ser certeros, consigue que todos los caminos terminen por ser el suyo.
Una forma de saber si estoy o no cerca de Dios es mirar mi cercanía o alejamiento hacia los demás, en especial ante los más pobres con los que Jesús se identifica. A Dios le amamos a través del amor que tengamos al prójimo, y nuestro encuentro con Dios será pleno si nos acercamos, desde nuestra miseria, al prójimo, sobre todo al necesitado. El abrazo que te da el pobre al que te has acercado es el abrazo de Dios.
No hay ningún hombre bueno que no haya sido malo alguna vez. Ningún mal está verdaderamente superado hasta que no vemos cómo por su medio nos ha llegado algún bien. Confiar en Dios y hacer su voluntad es mi tarea, sabiendo que lo que yo no puedo hacer, con él sí puedo.
Para reflexionar: ¿Cuándo he experimentado la cercanía y el abrazo de Dios? ¿Qué puedo hacer para encontrarme con Dios?

miércoles, 6 de diciembre de 2017

SALMOS IMPRECATORIOS

Al orar con los salmos, vemos que en algunos de ellos aparecen imprecaciones. La imprecación es una invocación de maldición, calamidad o juicio divino condenatorio contra los enemigos del que ora.
Puede resultar complicado conciliar las imprecaciones con el amor, la misericordia y la paciencia de Dios que aparece en otras partes de la Biblia.
Como ejemplos de imprecación, en el salmo 137 (136) el salmista desterrado dice: “Capital de Babilonia, destructora, dichoso quien te devuelva el mal que nos has hecho. Dichoso quien agarre y estrelle a tus hijos contra la peña” (vv. 8-9).
En el salmo 63 (62), el salmista después de orar diciendo: “Mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene” (V.9), añade: “Pero los que intentan quitarme la vida vayan a lo profundo de la tierra; sean pasados a filo de espada, sirvan de pasto a los chacales” (V 10-11).
No podemos pensar que la imprecación se debe a la imperfección humana del autor, quien ante una situación de prueba o aflicción, clama a Dios venganza contra sus enemigos. Pues no serían palabras inspiradas sino los deseos del salmista.
Tampoco podemos pensar que la ética del Antiguo Testamento es inferior a la del Nuevo, y por tanto los salmistas tenían ideas aún no desarrolladas acerca de la venganza, la misericordia, y el amor hacia el prójimo. Ya que en ambos testamentos el odio y la venganza personal están prohibidos, y el amor al prójimo es un mandamiento básico. La revelación de Dios en la historia de la salvación no va desde el error hacia la verdad, sino desde menos claridad hacia más luz.
Para justificar las peticiones imprecatorias desde la perspectiva del hombre que las ora, hay que entender que la relación que Dios tiene con el hombre es el de la alianza.
En la promesa de Dios a Abraham le dice: “Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan” (Gn 12,3). Dios se pronuncia a favor de su pueblo y deja claro su intención de mirar por su bien, de protegerlo, y de juzgar a los que lo dañen.
Es como un tratado de vasallaje en el que si se ataca al inferior, el superior tiene obligación de salir en su defensa: “tus enemigos serán mis enemigos y tus adversarios serán mis adversarios” (Ex 23,22).
Al hacer alianza, Dios defiende a los suyos e Israel busca su amparo en él y queda legitimada a orar de esta forma. Las imprecaciones en este contexto no son nada más que pedir lo que Dios ya ha prometido: salir en su defensa y protegerlos, pues los enemigos del pueblo son los de Dios también.
Así, las imprecaciones no son peticiones maliciosas ni manifestaciones de venganza personal, sino peticiones para que Dios defienda a su pueblo, para defender la justicia y la gloria de Dios mismo. Por eso estas peticiones van acompañadas de alabanza y agradecimiento a Dios.
Los salmistas vivían en una época sin mucha revelación sobre el juicio final después de la muerte, por lo tanto, la única justicia para ellos era la terrenal presente. En la imprecación están pidiendo juicio, justicia, por parte de Dios a los que atacan a Dios mismo a través de su pueblo.
Jesús nos enseña a amar a todos, incluso a nuestros enemigos, por tanto, la oración del cristiano es para la salvación de todos y no podemos usar estos clamores de venganza contra individuos o pueblos, porque ¿quién sabe si uno que ahora se manifiesta como enemigo de Dios no será convertido más adelante?
Pero Jesús también nos enseña que Dios es justo, por eso la imprecación nos sirve para que recordemos el juicio venidero de Dios, pues refleja la actitud que tendrá Dios en el último día con sus enemigos.
Para reflexionar:
¿Pedimos a Dios algún mal contra alguien? ¿Cómo es la justicia de Dios?

lunes, 30 de octubre de 2017

MILENARISMO

El libro del Apocalipsis nos revela la existencia en este mundo de una lucha entre las fuerzas del bien y del mal. En su capítulo 20 aparece el momento del aniquilamiento definitivo de las fuerzas satánicas y el juicio divino final.
La destrucción del mal se concentra en la aniquilación del gran dragón o Satanás, que en principio es encadenado mil años, para posteriormente ser definitivamente vencido.
El uso simbólico que hace el Apocalipsis de las cifras e incluso de los hechos históricos, excluye las doctrinas que han querido ver en los mil años una época histórica determinada.
Los mil años en los que el diablo es arrojado al abismo para que “no extravíe a las naciones antes que se cumplan los mil años” (Ap 20,3), coincide con los mil años en que los que no habían adorado al diablo “volvieron a la vida y reinaron con Cristo mil años” (Ap 20,4b).
Estos mil años pueden designar la duración de la historia de la Iglesia, que se extiende entre la victoria pascual de Cristo y su parusía. Mil años es una referencia simbólica al tiempo de la era cristiana, que comienza con la muerte y resurrección de Cristo y en la que se vence al diablo, y es de duración indefinida (hasta la parusía).
Durante ese tiempo el diablo está encadenado y no tiene poder sobre los que permanecen fieles a Jesucristo. Estos, vencen con Cristo y reinan con él.
Cristo, ya desde ahora, ha restablecido al hombre en el paraíso; ya desde ahora, el creyente, por medio de los sacramentos, saborea el fruto de inmortalidad; ya desde ahora, participamos de esa victoria, de la verdadera vida de Cristo. Esta es la primera resurrección.
Los demás no vuelven a la vida “Los demás muertos no volvieron a la vida hasta pasados los mil años” (Ap 4, 5a).
Pasados los mil años Satanás es soltado “Y saldrá para engañar a las naciones” (Ap 20,7a). Pero será derrotado y arrojado al infierno: “El diablo que los había engañado fue arrojado al lago de fuego y azufre con la bestia y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos” (Ap 20,10).
Todo acaba con un juicio solemne, el juicio final, con un trono ocupado por Dios dominando la escena: “Vi un trono blanco y grande, y al que estaba sentado en él. De su presencia huyeron cielo y tierra, y no dejaron rastro” (Ap 20,11).
Tierra y cielo (el mundo presente) huyen ante él. El Señor Todopoderoso hace público su designio.  
El juicio divino está siempre ordenado a la salvación, pero los hombres ya lo llevan a cabo (fruto de su libertad) a través de su actitud respecto a Cristo. Por eso cuando se abre el libro de la vida: “Los muertos fueron juzgados según sus obras, escritas en los libros” (Ap 20, 12b). 
Finalmente, la muerte es arrojada, impotente, al infierno: “Después, Muerte y Abismo fueron arrojados al lago de fuego (el lago de fuego es la muerte segunda)” (Ap 20, 14). La desaparición de la muerte es el signo más fehaciente de que este mundo ha pasado.
El destino de la muerte es idéntico al de Satanás y al de los condenados: "Y si alguien no estaba escrito en el libro de la vida fue arrojado al lago de fuego” (Ap 20,15).
Ya solo quedan los cielos nuevos y la tierra nueva, que rezuman por todas partes la presencia del Dios de la vida.
Para reflexionar:
¿Creemos doctrinas extrañas sobre el destino final de la humanidad, o confiamos en la victoria de Cristo sobre el mal, y la presencia de todos los que le hemos sido fieles en un mundo nuevo?