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sábado, 1 de agosto de 2015

ACCESO DIRECTO A DIOS

Si leemos Mt 25, 31-46, vemos como Jesús abre una vía de acceso directo al Padre: la ayuda al hermano necesitado.
Nos dice este texto que un día llegará Cristo como rey, acompañado por un cortejo de ángeles, se sentará en el trono de su gloria y ante él se reunirán todos los pueblos. Es la hora de la verdad, en el que la humanidad escuchará el veredicto final.
El juez universal es un pastor, que ahora es tratado como rey. Cristo Rey, en el juicio final forma dos grupos, y los dirige al lugar que cada grupo ha escogido con su vida: los que han vivido movidos por la compasión y han ayudado al necesitado terminarán en el Reino amoroso de Dios; los que han excluido de su vida a los necesitados y han vivido indiferentes ante su sufrimiento sin ayudarles, se autoexcluyen del Reino de Dios.
El rey habla a los dos grupos de seis necesidades básicas que todos conocemos, pues en todas partes y en todo tiempo hay hambrientos y sedientos, inmigrantes y desnudos, enfermos y encarcelados.
Aquí no se habla de amor, justicia, solidaridad… sino de comer, beber, vestir, acoger, visitar… lo decisivo es la compasión que se traduce en ayuda práctica.
El relato, más que describir lo que es el juicio final, destaca el doble diálogo del rey con los dos grupos con que ha separado a la muchedumbre, en el que se nos hace ver que hay dos maneras de reaccionar ante los que sufren: nos compadecemos y les ayudamos (somos misericordiosos) o nos desentendemos y los abandonamos.
Al primer grupo se les dice: “tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber…”. El grupo muestra su asombro pues nunca han visto al rey en las gentes hambrientas y sedientas, en las extranjeras, desnudas, enfermas o encarceladas. Pero el rey se reafirma en lo dicho: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.
Lo mismo sucede con el segundo grupo. El rey les dice: “tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber”. También este grupo muestra su extrañeza, no podían creer que habían desatendido a su rey, pero él se reafirma en lo dicho, ya que está presente en el sufrimiento de estos hermanos pequeños: “En verdad os digo: lo que no hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo”.
En este relato vemos como la compasión, que se concreta en la ayuda práctica a los necesitados, es lo decisivo para entrar en el Reino de Dios. El criterio definitivo que decidirá la suerte final de todos es la ayuda practicada a los necesitados.
Los que son declarados benditos del Padre son los que han actuado por compasión y han ayudado al necesitado. El camino que conduce a Dios pasa por ser misericordiosos. Lo decisivo en la vida no es lo que confesamos, sino el amor al pobre que sufre y que nos lleva a ayudarle en su necesidad.
No hay que esperar al juicio final, según ahora nos estemos acercando o alejando de los que sufren, nos estamos acercando o alejando de Cristo. Ahora estamos decidiendo nuestra vida para que sea juzgada después.
Para reflexionar:
¿La religión nos conduce al amor? ¿Seguimos a Cristo siendo compasivos como lo es el Padre?

domingo, 30 de noviembre de 2014

SALVACIÓN



La perfección del hombre, lo que da sentido a su vida se produce cuando llega a ser lo que está llamado a ser. Esa es la verdad del hombre: ser aquello a lo que está llamado a ser.
Y nosotros hemos sido creados y llamados a participar de la vida de Dios, a vivir en su amor y felicidad.
Para conseguir esto debemos actuar. La libertad nos posibilita elegir la única opción que responde a la finalidad del hombre.
La salvación se produce cuando el hombre “es” lo que “está llamado a ser”. Somos salvados si vivimos conforme a lo que hemos sido creados: vivir unidos a Dios.
Esta unión con Dios se produce con el bautismo, que por la acción del Espíritu Santo quedamos “insertados” en Jesucristo.
Dios no cesa de buscarnos y atraernos hacia él para que podamos vivir de forma auténtica la vida que nos ha sido dada, que es junto a él, y eso ocurre ya ahora (aunque tras la muerte física y resurrección, lo viviremos en plenitud).
Para conseguir esa vida auténtica o vida eterna o vida verdadera o salvación, no necesitamos nada más que con la fe aceptar el regalo de Dios que nos introduce (por el bautismo) en la “comunidad de los salvados”, y ya estamos participando de su vida. Dios nos ha creado para eso.
Desde ahora, si creemos en Dios y nos dejamos empapar por su amor, por su Espíritu, ya estamos salvados, ya estamos viviendo la vida verdadera.
“Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no será condenado, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida” (Jn 5,24).
En la primera parte de este texto Jesús habla en presente, pues si reconocemos a Dios y a su enviado Jesucristo ya poseemos la vida eterna, ya estamos en comunión con Dios, ya estamos salvados; y en la segunda parte del texto habla en pasado: ha experimentado ya la resurrección.
Este paso de la muerte a la vida, de una vida sin sentido a la vida verdadera, es la salvación: ser lo que hemos sido llamados a ser.
Nos salva la fe, pero la auténtica fe es la que actúa por medio de las obras de amor, que son las que posibilitan la respuesta del hombre para ser lo que está llamado a ser. 
Las obras que se hacen desde la fe son las que salvan, pues como nos dice San Pablo, aunque hablara todas las lenguas, tuviera el don de la profecía o repartiera todos mis bienes… si no tengo caridad (si no tengo el amor de Dios, si no lo hago todo por el amor de Dios y con el amor de Dios, si no lo hago todo unido a Dios)… de nada me serviría: no me salvo.
Dios está encantado de invitarnos a vivir con él para que seamos felices. Nos ofrece la salvación gratuitamente, basta creer en ello, confiar en él, tener fe.
Para reflexionar:
¿Ya hemos resucitado, ya poseemos la vida eterna o tenemos que esperar?
¿Cuál es nuestra auténtica vocación, para qué estamos en este mundo?

domingo, 23 de marzo de 2014

HISTORIA DE LA SALVACIÓN. CARTAS A EFESIOS Y ROMANOS



S. Pablo en su carta a los efesios nos habla del designio salvífico de Dios, que pasa por nuestra elección por parte de Dios antes de la creación del mundo, para que fuésemos santos.
Por la creación hemos sido llamados a la vida, y además somos llamados para participar de la misma vida de Dios.
Su plan es que seamos santos por la caridad, que no es hacer buenas obras, es hacerlas participando de la vida de Dios, y esto es ser hijos en el Hijo.
Este es el plan original de Dios, pero con el pecado el hombre rompe con Dios, y tiene que venir el plan de salvación de Dios.
Por eso nos dice la carta a los efesios que Dios nos destinó, por medio de Jesucristo, a ser sus hijos, y por él hemos obtenido la redención.
Con el pecado no sabe el hombre el sentido de su vida y cree que está en él mismo, con el pecado vamos sin rumbo, pero Dios no nos abandona y nos hace volver a ver que existimos para vivir en el amor, quiere que volvamos a ser hijos en el Hijo.
Creyendo en Cristo y marcados por el Espíritu Santo a través del bautismo, se restaura el plan de Dios.
También nos dirá S. Pablo en su carta a los Romanos que Dios, a los que de antemano conoció los predestinó, es decir, estamos predestinados al conocimiento de Dios, a reproducir la imagen del Hijo, de forma que quien me ve a mi ve a Cristo.
Y a los que predestinó los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.
Primero nos llama a la existencia para que vivamos según su designio, pero al entrar el pecado nos tiene que justificar, pues el pecado destruye la semejanza y para volver a restaurar la imagen del Hijo en el hombre, se necesita la justificación.
La redención nos hace justos, salvos, santos. Ser justo es ajustarme a Dios, a la medida de Dios. Y la medida de Dios es el Hijo (esto es ser cristiano, que mi medida sea Jesucristo).
Una vez justificados, nos glorifica. Yo estoy llamado a una glorificación de Dios, hemos sido creados para alabanza de su gloria.
La gloria de Dios es su bondad, amor y verdad.
La gloria de Dios es que seamos sus hijos, que volvamos a su casa, que participemos de su vida, que reproduzcamos a su Hijo.
Se trata de que yo sea bueno como él es bueno, que yo ame como él ama… y esto solo lo puedo hacer participando de su vida.
Nos trasformamos en la misma imagen de Cristo a medida que obra en nosotros el Espíritu Santo, y esto es transformarnos en gloria.
A medida que Cristo va conquistando nuestras facultades por la fe y la caridad, y nuestra vida toma el estilo de su evangelio, vamos haciendo nuestra su gloria, nos transformarnos en gloria, en la misma imagen. Esto se hace cuando actúa el Espíritu del Señor, el amor de Dios.
Yo doy gloria al Padre transformándome en el Hijo y amando como él.
Todo esto es la llamada que todos tenemos a ser santos. Dios llama a la santidad como respuesta a su amor. Todos somos llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad.
Para reflexionar:
¿Cómo nos salvamos? ¿Cómo nos convertimos en alabanza de la gloria de Dios? ¿A qué estamos llamados?

lunes, 16 de julio de 2012

VIDA ETERNA


Jn 17,3: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo”.
La expresión “vida eterna” no significa la vida que viene después de la muerte, en contraposición a la vida actual (que es pasajera).
“Vida eterna” significa la vida misma, la vida verdadera. Que puede ser vivida también en este tiempo y que después ya no puede ser rebatida por la muerte física.
Esto es lo que interesa, abrazar ya desde ahora “la vida”, la vida verdadera, que ya nada ni nadie pueda destruir.
Jn 5,24: “Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida”.
En la primera parte de este texto Jesús habla en presente y en la segunda habla en pasado: ha experimentado ya la resurrección.
Si reconocemos a Dios y a su enviado Jesucristo, ya estamos “viviendo la Vida”, ya poseemos la vida eterna.
La finalidad de Juan en su evangelio es que todos los signos que hace Jesús son para que creamos que Jesús es el Mesías, y para que creyendo tengamos vida en su nombre.
El Padre tiene un proyecto de amor sobre la humanidad, que se hace evidente a través de los hechos y de las palabras de Jesús, y su finalidad es dar vida eterna a los que creen en Él.
Creyendo se tiene vida eterna.
Esto nos sitúa en la tesitura de creer y tener vida eterna, o no creer y no tenerla.
La vida eterna es desde el momento en que se acepta a Jesús. Por el creer ya tenemos vida eterna, ya subsistimos.
Jn 11,25: “El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”.
Jn 14,19: viviréis, porque yo sigo viviendo.
Lo característico del discípulo de Jesús es que “vive”.
El discípulo, mucho más allá del simple existir, ha encontrado y abrazado la verdadera vida que todos andan buscando. La vida misma, la vida plena y, por tanto, indestructible.
El hombre encuentra la vida eterna a través del conocimiento, pero no es un conocimiento cualquiera, sino el hecho de “que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo”.
Este es un conocimiento que se nos ha dado por la fe.
En el encuentro del hombre con Jesucristo se produce ese conocimiento de Dios que se hace comunión y, con ello, llega a ser “vida”.
El hombre ha encontrado la vida cuando se sustenta en Jesús, que es la vida misma, entonces en el hombre la vida verdadera perdura.
Lo que da esa vida que ninguna muerte puede quitar, es la relación con Dios en Jesucristo.
Esta Vida la da Dios a todos los que han aceptado al Hijo de Dios, aunque unos lo aceptaron y otros no.
Jn 3,14-16: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.”
Vivir en el cielo es estar con Cristo. La vida es estar con Cristo. Donde está Cristo, allí está la vida, allí está el Reino.