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lunes, 30 de octubre de 2017

MILENARISMO

El libro del Apocalipsis nos revela la existencia en este mundo de una lucha entre las fuerzas del bien y del mal. En su capítulo 20 aparece el momento del aniquilamiento definitivo de las fuerzas satánicas y el juicio divino final.
La destrucción del mal se concentra en la aniquilación del gran dragón o Satanás, que en principio es encadenado mil años, para posteriormente ser definitivamente vencido.
El uso simbólico que hace el Apocalipsis de las cifras e incluso de los hechos históricos, excluye las doctrinas que han querido ver en los mil años una época histórica determinada.
Los mil años en los que el diablo es arrojado al abismo para que “no extravíe a las naciones antes que se cumplan los mil años” (Ap 20,3), coincide con los mil años en que los que no habían adorado al diablo “volvieron a la vida y reinaron con Cristo mil años” (Ap 20,4b).
Estos mil años pueden designar la duración de la historia de la Iglesia, que se extiende entre la victoria pascual de Cristo y su parusía. Mil años es una referencia simbólica al tiempo de la era cristiana, que comienza con la muerte y resurrección de Cristo y en la que se vence al diablo, y es de duración indefinida (hasta la parusía).
Durante ese tiempo el diablo está encadenado y no tiene poder sobre los que permanecen fieles a Jesucristo. Estos, vencen con Cristo y reinan con él.
Cristo, ya desde ahora, ha restablecido al hombre en el paraíso; ya desde ahora, el creyente, por medio de los sacramentos, saborea el fruto de inmortalidad; ya desde ahora, participamos de esa victoria, de la verdadera vida de Cristo. Esta es la primera resurrección.
Los demás no vuelven a la vida “Los demás muertos no volvieron a la vida hasta pasados los mil años” (Ap 4, 5a).
Pasados los mil años Satanás es soltado “Y saldrá para engañar a las naciones” (Ap 20,7a). Pero será derrotado y arrojado al infierno: “El diablo que los había engañado fue arrojado al lago de fuego y azufre con la bestia y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos” (Ap 20,10).
Todo acaba con un juicio solemne, el juicio final, con un trono ocupado por Dios dominando la escena: “Vi un trono blanco y grande, y al que estaba sentado en él. De su presencia huyeron cielo y tierra, y no dejaron rastro” (Ap 20,11).
Tierra y cielo (el mundo presente) huyen ante él. El Señor Todopoderoso hace público su designio.  
El juicio divino está siempre ordenado a la salvación, pero los hombres ya lo llevan a cabo (fruto de su libertad) a través de su actitud respecto a Cristo. Por eso cuando se abre el libro de la vida: “Los muertos fueron juzgados según sus obras, escritas en los libros” (Ap 20, 12b). 
Finalmente, la muerte es arrojada, impotente, al infierno: “Después, Muerte y Abismo fueron arrojados al lago de fuego (el lago de fuego es la muerte segunda)” (Ap 20, 14). La desaparición de la muerte es el signo más fehaciente de que este mundo ha pasado.
El destino de la muerte es idéntico al de Satanás y al de los condenados: "Y si alguien no estaba escrito en el libro de la vida fue arrojado al lago de fuego” (Ap 20,15).
Ya solo quedan los cielos nuevos y la tierra nueva, que rezuman por todas partes la presencia del Dios de la vida.
Para reflexionar:
¿Creemos doctrinas extrañas sobre el destino final de la humanidad, o confiamos en la victoria de Cristo sobre el mal, y la presencia de todos los que le hemos sido fieles en un mundo nuevo? 

domingo, 23 de julio de 2017

JESÚS DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS

El judaísmo siempre ha creído que cuando muere el ser humano, una parte del él, el refaim o alma, no desaparece y va a un lugar llamado sheol.
En principio se pensaba que al sheol iban todos, buenos o malos. Pero poco a poco se fue estableciendo la idea que debía existir una retribución, un lugar de tormentos para la gente malvada y otro para los justos.
Pero los justos que habían muerto antes de que Jesús resucitara y creara el cielo, siguen en el sheol.
Las almas alcanzan la salvación solo en Jesús resucitado, por eso los que murieron antes de Cristo tuvieron que esperar en el sheol, a la muerte y resurrección de Jesús, para ser salvados.
Jesús muere el viernes y resucita el domingo. El sábado sucede un gran silencio en la tierra. Dios ha muerto en la carne, y es entonces cuando bajó al sheol o infierno. En aquel lugar estaban todos los santos y justos que perecieron antes de la muerte de Jesucristo. Cuando Jesús resucita, sale de la muerte, pero no sale solo, saca a todos los creyentes del infierno y los lleva a ver a Dios en él.
Cristo desciende a los infiernos para liberar a los que en época precristiana, debido al pecado de nuestros primeros padres, estaban esperando, aún siendo justos (o por eso mismo) la salvación eterna. Por eso, cuando descendió a los infiernos lo hizo como Salvador y para proclamar la buena noticia: “Pues para esto se anunció el Evangelio también a los que ya están muertos, para que, condenados como todos los hombres en el cuerpo, vivan según Dios en el Espíritu” (1 Pe, 4,6).
Cuando resucita Jesús, crea el cielo, para que todas las almas de los justos esperen allí el día final de la resurrección, en donde ya todos estaremos en cuerpo y alma en presencia de Dios en una nueva creación.
Una nueva creación en la que todo es vida y abundancia, en la que no hay nada malo ni defectuoso. Esta tierra nueva será la nueva morada de Dios entre los hombres, de forma que: “enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido” (Ap 21, 4). Es una nueva relación de la humanidad con Dios.
Además de ese infierno, hay otro donde está el demonio y a donde van las personas que rechazan la misericordia de Dios. A este infierno no bajó Jesús.

jueves, 10 de julio de 2014

TEORÍA DE LA DECISIÓN FINAL (JUICIO FINAL)



El hombre posee una unidad personal de alma y cuerpo, pero el alma (espiritual e inmortal) subsiste después de la muerte sin el complemento del cuerpo, tiene la posibilidad de amar y conocer, y goza de la contemplación de Dios a la espera del cuerpo que resucitará tras la victoria final de Cristo sobre la muerte en la Parusía.
Por tanto, en el momento de la muerte, hay una parte del hombre que sobrevive, es el alma, que abandona el cuerpo y se presenta ante Dios para ser juzgada y decidir su futuro.
De forma que, las almas de los justos que no tienen nada que purgar, inmediatamente después de la muerte ya participan de la vida de Dios, y las almas de los que mueren en pecado mortal van al infierno.
Pero en el momento de la muerte, el alma, que sigue teniendo voluntad y libertad, ¿puede arrepentirse y ser perdonada antes de que ocurra el primer juicio particular?
Los Santos Padres decían que cuando el alma sale de este mundo tras la muerte, ya no puede arrepentirse.
Santo Tomás dice que los ángeles son libres, pero que cuando toman una decisión es para siempre, no la pueden cambiar; y añade que nosotros al morir adquirimos esa psicología angélica, por lo que en el momento de la muerte, el alma, que aún está dentro del cuerpo ya no puede cambiar de decisión. Una vez separada del cuerpo el alma se dirige a Dios con la decisión final ya tomada.
Por tanto, la última decisión del alma, aún en el cuerpo, en el instante de la muerte es invariable y es la que presentaremos ante Dios en el juicio final.
Pero el Cardenal Cayetano (teólogo dominico del S. XVI) refuta esta teoría de Santo Tomás, y dice que en el último segundo de la vida, el alma sale del cuerpo y aún no está en la eternidad, y en ese momento el alma puede tomar la última decisión como ángel, sin posibilidad de cambiar. Esta es la hipótesis de la decisión final.
Por tanto, según Cayetano, ante la visión de Dios previa al juicio particular, el alma libre y con voluntad, puede tomar su última decisión.
¿Qué alma ante la visión de Dios podrá negarle aunque en la tierra lo haya hecho?
La Iglesia que tiene el poder de perdonar los pecados, tras la muerte ya no puede perdonar, escapa de sus posibilidades, por lo que esta teoría no es doctrina oficial de la Iglesia, queda en una hipótesis.
Ante esta reflexión, a nosotros nos queda confiar en que el Señor nos dará a todos la oportunidad para poder decirle sí o no. Dios no deja a nadie sin oportunidades suficientes para optar por él.
Y si tenemos el deseo de estar con Dios, lo normal es que nuestra vida haya estado orientada hacia él, y no renegaremos de Dios al final, sino que más bien puede ocurrir lo contrario.

Para reflexionar:
¿Cuál es la opción preferente por la que hemos optado en esta vida? 
El que ha negado a Dios y al prójimo en esta vida, al presentarse ante Dios  tras la muerte ¿tendrá la oportunidad de cambiar de opción?

sábado, 21 de septiembre de 2013

COMUNIÓN DE LOS SANTOS



La Iglesia la constituimos las personas que estamos en la tierra, las que están en el purgatorio y las que están en el cielo. Es un consorcio o comunidad de vida que tenemos desde la tierra con nuestros hermanos que están en la gloria y con los que están purificándose. A esto se le llama comunión de los santos.
La Iglesia global está integrada por 3 estados: la Iglesia militante o peregrina (los que estamos en la tierra), la Iglesia purgante (los que están en el purgatorio) y la Iglesia triunfante (los que están en el cielo). El nexo de unión de los 3 estados es Jesucristo.
El conjunto de estos 3 estados forman la Iglesia comunión de los santos. Es la comunión de todos los que estamos alrededor de Jesús.
Lo que fundamenta la unión entre estos 3 estados es una misma caridad (caridad es el amor de Dios). Estamos unidos por el amor de Dios que viene a nosotros, porque poseemos el Espíritu Santo (que es el amor de Dios).
Por eso sólo los que tienen el Espíritu Santo forman parte de la comunión de los santos, pues gracias a él estamos unidos por la caridad y somos de Cristo.
Dios es el que nos ama, y el amor que Dios nos tiene y que nos viene a través de Jesús, es tanto para los que estamos en la Iglesia peregrina, como para las almas del purgatorio y del cielo.
Dios nos ama aún siendo pecadores, y con su amor nos transforma, nos quita el pecado, nos llena de su amor, y ya podemos amar.
Dios, una vez nos ha dado su amor, nos da la oportunidad de que le devolvamos el amor por propia iniciativa, para ello nos dice que amemos al prójimo, pues no le podemos devolver el amor directamente, pero sí a través de nuestros semejantes.
La caridad, que es el amor de Dios, al llegar a nosotros nos capacita para amar a los demás, ese amor es el motor de la comunión de los santos.
Para los católicos el concepto de Iglesia es más amplio que el de comunión de los santos, pues los que están en pecado temporalmente no forman parte de la comunión de los santos, pero siguen formando parte de la Iglesia.
En la Iglesia militante estamos viviendo la misma vida que en la Iglesia triunfante, el mismo Espíritu Santo nos mueve a todos. Hay una comunicación de bienes espirituales.
En el cielo, Jesús preside la alabanza a Dios Padre, y todos los santos del cielo están unidos en esa alabanza junto a todos los ángeles.
Nosotros participamos de esa alabanza del cielo cada vez que hay una Eucaristía. En la misa estamos rodeados de toda la corte celestial. La Eucaristía es la participación desde la tierra de  la liturgia que se celebra en el cielo.
En el cielo hay también oración de petición o intercesión: Jesús resucitado intercede continuamente por nosotros. Los santos colaboran con Jesús en esa intercesión.
Para reflexionar:
¿Nos damos cuenta que participamos de la liturgia celestial al estar en comunión?
La caridad, es decir, la capacidad de amar a los demás con amor divino ¿es la que produce la comunión de los santos? ¿Nos viene de Dios a través del Espíritu Santo al unirnos a Cristo?

jueves, 22 de agosto de 2013

LOS MACABEOS



Alejandro Magno, desde Macedonia y Grecia comienza en el año 333 a. C. la conquista del oriente próximo, desde Grecia a India y Egipto. Israel queda incluido en ese vasto territorio.
La cultura helenística es introducida así en todo el territorio conquistado, y aunque las dinastías que sucederán a Alejandro respetan las culturas locales, la cultura griega más poderosa y atrayente se va imponiendo.
El pueblo judío sigue rigiéndose por la Torá y mantienen sus tradiciones. Pero el rey Antíoco IV que gobierna entre los años 175 al 164 a. C. quiere unificar todas las leyes y costumbres de su reino, y en Israel, con la ayuda de judíos que habían abandonado las tradiciones de sus padres para adherirse al helenismo, prohíbe la Torá y demás costumbres judías.
Llega a profanar el Templo de Jerusalén en el año 167 a. C. con la entronización de Zeus, obliga el culto a los dioses paganos y prohibe las tradiciones judías.
Todo hace presagiar la desaparición del judaísmo, y con él la identidad del pueblo judío, el pueblo elegido por Dios con quien había hecho alianza.
En un pequeño pueblo al norte de Israel un insignificante judío de clase sacerdotal, Matatías, en el año 167 a. C. inicia una revuelta al ver los sacrilegios que se cometían en Jerusalén y en toda Judea.
Comienza así la rebelión de los Macabeos, en la que los descendientes de Matatías, los llamados Macabeos, lucharán junto a otros judíos que siguen siendo fieles a la Ley contra el poder establecido.
Resulta impensable que un puñado de hombres mal armados puedan hacer frente al poderoso ejército imperial. Pero no solo luchan contra ellos, sino que salen victoriosos de la contienda.
El secreto de la victoria de las tropas macabeas lo dirá Judas Macabeo: “la victoria no depende del número de soldados, pues la fuerza llega del Cielo… El Señor los aplastará ante nosotros. No les temáis” (1Mac 3, 19-22).
En solo 3 años, el Templo es purificado y el pueblo de Israel vuelve a gozar de una independencia política y religiosa.
El desarrollo de estas luchas es narrado en los dos libros de los Macabeos, donde, por encima de las precisiones históricas, tratan de resaltar el sentido y alcance religioso de los acontecimientos.
Los hechos se presentan como una intervención de Dios en la historia de salvación. Dios, con su misericordia, fidelidad y justicia, interviene a favor de su pueblo.
De esta forma la historia sigue por el cauce que Dios tenía previsto. Pero no queda todo ahí, sino que ante la lucha y sufrimiento que padece el pueblo judío fiel, se reflexiona sobre el sentido de la muerte, la justicia de Dios, la resurrección corporal, la vida eterna y, la oración y sacrificios por los difuntos.
Ante la paradoja de que el justo sea el que padece y muere, se replantea el tema de la retribución, pues si Dios premia y castiga, no puede ser que el justo sea castigado y el infiel viva bien.
Se comienza a pensar que la retribución será en la vida eterna, los justos podrán vivir junto a Dios en cuerpo y alma.
150 años más tarde Jesucristo, con sus enseñanzas y su resurrección lo confirmará.
Para reflexionar:
¿Nos damos cuenta que Dios ha intervenido y sigue interviniendo en la historia? ¿Colaboramos con Dios en sus planes de salvación? ¿Confiamos en que la vida eterna es participar de la vida de Dios una vez hayamos resucitado?

 


jueves, 13 de septiembre de 2012

INFIERNO


Los infiernos era el lugar de todas aquellas almas de los que murieron justos, pero estaban esperando la resurrección de Jesús.
Jesús desciende a los infiernos cuando muere, está con los muertos y se los lleva con Él a la divinidad, crea el cielo, y en los infiernos se quedan los que no fueron justos.
Para el hombre Dios sólo ha creado la salvación, es lo único que Dios ofrece al hombre. Dios ha creado el cielo, no el infierno.
Dios ha creado al hombre no para que éste decida ir al cielo si es bueno o al infierno si es malo, sino que Dios nos ha creado para el cielo. Quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
Todo lo que Dios ha creado es bueno, y  ha creado al hombre para que esté en comunión con Él, ha querido unir a todos los hombres en y por Jesucristo, en Él.
No se puede decir que el hombre tiene 2 caminos, uno que va al cielo si es bueno y otro que va al infierno si no es bueno. No hay 2 principios, el del bien y el del mal. Sólo el del bien.
Dios nos crea a su imagen y semejanza, libres, con capacidad de decisión y de construir nuestra vida, y nos ha puesto todos los medios necesarios para que elijamos el bien.
Dios quiere que vayamos hacia Él, pero podemos autoexcluirnos de ese camino hacia Dios, eso es el infierno. El infierno no es un lugar, es la decisión de romper con Dios.
El hombre crea el infierno desde el momento que se autoexcluye de la comunión con Dios.
Cuando usamos nuestra libertad para autoexcluirnos de la comunión de vida con Dios, estamos eligiendo el infierno y, Dios reconoce y respeta esa decisión.
Esto en teología se llama pena de daño: no ver a Dios al no estar en comunión de vida con Él por haberlo rechazado voluntariamente.
Hay textos bíblicos en los que Jesús habla del fuego que no se apaga, del rechinar de dientes… Es la pena de sentido. Dios nos ha creado sin contar con nosotros, pero no nos salva sin contar con nosotros.
El infierno es el rechazo al amor y piedad de Dios, no es algo que viene de fuera (creado), es algo que elegimos desde dentro, lo crea el propio condenado.
En el infierno están los que han elegido estar allí, pues la perdición se da donde el hombre libremente rechaza a Dios.
Somos pecadores por debilidad y le pedimos a Dios misericordia (esto es lo que quiere Dios de nosotros), y Él nos da a cada uno de nosotros la suficiente gracia para salvarnos.
Dios ha puesto un nivel mínimo para salvarse: lo que hicisteis con uno de estos pequeños, a mi me lo hicisteis. Para salvarnos, basta ser solidario con las demás personas, ayudar a los que lo necesiten.
Por eso el infierno no es sólo negar a Dios y rechazar su misericordia, es también negar al hermano y no ser solidario con ellos, hasta el último día.
Para reflexionar:
¿Nos damos cuenta que estamos creando nuestro propio infierno cuando rechazamos a Dios y nos separamos de los demás?
¿Valoramos que lo único que Dios quiere para nosotros es que nos salvemos, es decir, que vivamos siempre en comunión con Él?

sábado, 18 de agosto de 2012

PURGATORIO


El Papa Benedicto XII en el S. XIV afirmaba que, las almas de los justos que no tienen nada que purgar pasan directamente a la vida eterna después de la muerte. Las almas de los que mueren en pecado mortal van al infierno directamente.
Habla de 3 estados, pues los justos pueden morir sin nada que purgar o con algo que purgar.
Se supone que la purificación tiene lugar después de la muerte, es transitoria, y una vez terminado de purgar las penas, se pasa al cielo.
Interpretación del purgatorio: Toda la vida estamos deseando ser mejores, tenemos sed de plenitud personal, queremos ser algo más de lo que somos, estamos insatisfechos, y descubrimos nuestros defectos y limitaciones. Vamos creciendo y nos vamos viendo inmaduros.
Esa conciencia de que tenemos inmadurez crea una tensión.
Esta tensión la describe S. Pablo: veo el bien y quiero hacerlo, pero hago lo contrario de lo que deseo…
En la vida tomamos decisiones, y hemos decidido orientarla a Jesús, nos consideramos cristianos, seguidores de Jesús. Pero eso lo compaginamos con una disposición al pecado, y ese hábito de pecar hay que curarlo.
Queremos ser santos y puros y no lo conseguimos, estamos insatisfechos y en fase de maduración.
La madurez cristiana se da cuando todo nuestro ser, con todas las inclinaciones y facultades, estén orientadas a Dios.
Por tanto, si morimos sin haber conseguido esa maduración, debemos pasar por un estado que complete esa madurez o purificación, y así conseguir la limpieza de corazón.
Si esta madurez no se consigue en este mundo, en el purgatorio se nos da la oportunidad de centrar todas las dimensiones de nuestro ser en una única opción fundamental por Cristo.
El tiempo de purificación sirve para dejar esos hábitos malos y tener un corazón libre.
Cuando una persona se pone en manos de Dios, con la ayuda de la gracia se va purificando y convirtiendo en santa, pero si se muere antes de que suceda eso, tiene que purificarse pasivamente.
Acontece entonces un sufrimiento de amor (que es el fuego del purgatorio), el querer estar con Dios y no poder. Es un sufrimiento con esperanza.
Es un sufrimiento de impotencia por haber malgastado la vida, y para salir de ahí se necesita la ayuda de los demás. Los demás deben colaborar para que podamos ponernos el traje adecuado para entrar en el cielo, es la comunión de los santos.
Para reflexionar:
Si en esta vida no hemos madurado espiritualmente lo suficiente para anteponer a Dios a todas las demás cosas, y todavía persiste en nosotros la inclinación al pecado, aunque estemos perdonados por la misericordia de Dios ¿podemos entrar así en el cielo o debemos purificarnos?
¿Es importante la comunión y la intercesión entre todos para alcanzar la vida plena con Dios?

miércoles, 15 de agosto de 2012

PARUSÍA


Jesucristo vendrá por segunda vez a este mundo, entonces se manifestará en toda su gloria. Es la parusía, en la que tendrá lugar la resurrección de toda la humanidad, finalizando la historia humana.
La plenitud de la salvación la tendremos en la parusía, donde se dará la resurrección de la carne, y viviremos en la eternidad en cuerpo y alma.
Hasta la parusía, las almas de los que van muriendo sobreviven a los cuerpos, y en ellas subsiste memoria y voluntad. 
Nuestra alma sabe quien es y es capaz de relacionarse con otras almas, disfruta de la presencia de Dios y ya es feliz, pero esta felicidad sólo la tiene medio ser.
Por eso el alma está a la espera de que el cuerpo resucite, para gozar de la plenitud del ser junto al cuerpo, y ser completamente feliz.
S. Pablo dice que en la parusía vendrá el Señor y los que estén vivos saldrán con él y se los llevará al cielo. Pero primero resucitarán los muertos.
Habrá 2 tipos de resurrección, unos resucitarán para la gloria (vida con Dios) y otros para la muerte (vida sin Dios), puesto que resucitaremos todos los que hemos vivido en este mundo.
Dice Jesús que todo el que coma su carne y beba su sangre tiene vida eterna y lo resucitará en el último día. Último día y parusía es lo mismo.
Sólo cuando estemos resucitados estaremos en comunión de vida plena con Cristo, se nos manifestará tal cual es y lo veremos.
Ver al Hijo es ver la Trinidad, veremos a Dios personalmente a través de la humanidad resucitada de Jesús.
En la parusía se le someterá al Hijo todo el universo, serán derrotados todos los enemigos, y entonces el Hijo con todo sometido a él, se lo someterá todo al Padre.
Para reflexionar:
¿Deseamos realmente la segunda venida del Señor y que finalice esta vida?
¿Pensamos que la vida plena la alcanzaremos con todo nuestro ser: cuerpo y alma?
¿Necesitaremos nuestro cuerpo para ser completamente felices?

miércoles, 25 de julio de 2012

ESCATOLOGÍA INTERMEDIA


La fe nos dice que Jesús, el Hijo de Dios, se hizo hombre y vino en la humildad de la carne a realizar su obra redentora.
Pero habrá una segunda venida del Señor en la Parusía, que será una venida gloriosa. El momento de la Parusía sólo lo sabe el Padre.
Ahora estamos entre la 1ª y 2ª venida de Jesús, y nos preguntamos qué pasa con los que ya han muerto ¿dónde están los que mueren entre la 1ª y 2ª venida de Jesús?
La teología católica afirma que tras la muerte hay una división de la persona, en la que una parte se corrompe (cuerpo) y otra sobrevive (alma), y que al final de los tiempos resucitaremos, y el cuerpo corrompido vuelve a la vida.
El alma de los justos, inmediatamente después de la muerte ve la divina esencia con visión intuitiva y cara a cara.
El alma es lo que sobrevive a la muerte, tiene conciencia de lo que es, conserva recuerdos, disfruta de la presencia del Señor, ya es feliz, pero está a la espera del cuerpo para gozar de la plenitud de su ser.
Por tanto, hay una primera fase, provisional, en la que las almas estarán con Dios a la espera de la segunda y definitiva fase que es la resurrección universal, en donde estará con Dios la persona completa.
Una explicación a esto la encontramos en el texto de Jesús crucificado con los 2 ladrones. Uno de ellos le dice que se acuerde de él cuando vengas en tu reino.
Jesús le responde: te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso.
El buen ladrón ese día estuvo con Jesús en el paraíso. No tuvo que esperar a la Parusía.
Jesús le dice que su espíritu estará hoy con él en el paraíso, aunque su cuerpo estará enterrado en la fosa común destinada a los malhechores.
Entre la entrada del buen ladrón en el paraíso y la Parusía hay un tiempo: es el tiempo intermedio o antropológico, distinto al tiempo físico y a la eternidad de Dios, es la escatología intermedia.
La escatología intermedia nos indica que una parte del ser del hombre sobrevive a la muerte y puede estar con Dios según su comportamiento.
En la Parusía se le someterá al Hijo todo el universo, serán derrotados todos los enemigos, y el Hijo con todo sometido a él, se lo someterá todo al Padre. Entonces acontecerá la resurrección de la carne y vendrá la vida eterna definitiva.
Hay una doble convicción de fe: a) que la resurrección de los muertos tendrá lugar en la Parusía del Señor, b) que hasta la Parusía, los que han muerto están en comunión inmediata con el Señor (los justos).
Con la resurrección de la carne tendrá lugar la vida bienaventurada plena, pero hasta entonces habrá comunión de vida con el Señor a través del alma.

jueves, 19 de julio de 2012

DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS




Sabemos que la salvación nos la da la muerte y resurrección de Jesucristo. Entonces, los que murieron antes ¿cómo se salvan?
El Credo nos dice que Jesucristo fue crucificado, muerto y sepultado, resucitó al tercer día. Y que descendió a los infiernos.
Cuando Jesús deja el mundo del amor del Padre y baja a la tierra, sabe que viene a la historia humana que está marcada por el pecado (baja del cielo al infierno de las relaciones humanas: la tierra).
Este mundo está lleno de infiernos: exclusión social, enfermedades... y la gracia de Dios (cargada de vida) se acerca a los infiernos de las rencillas, egoísmos… y va poniendo vida.
Jesús muere el viernes y resucita el domingo. El sábado sucede un gran silencio en la tierra, Dios ha muerto en la carne, y va a buscar a nuestro primer padre.
Jesús visita a los que viven en tinieblas para liberarlos, baja con su alma una vez muerto su cuerpo a ese segundo infierno, encuentra a Adan y le dice: despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos. Te anuncio a ti y a todos, salid, levantaos, pues no te creé para que estés cautivo en el abismo.
Levántate imagen mía y salgamos de aquí.
Jesús coge a Adán, y Adán se agarra con todos, y todos salen del infierno de la muerte.
Este infierno no es el lugar del demonio, es el lugar donde están las almas de los difuntos justos del Antiguo Testamento que están esperando al Señor resucitado.
Al tercer día, cuando Jesús resucita, sale de la muerte, pero no sale solo, los saca a todos del infierno y los lleva a ver a Dios en él.
Las almas alcanzan la salvación en Jesús resucitado, y la salvación del Antiguo Testamento es la misma que la nuestra de ahora, sólo que tuvieron que esperar a la muerte y resurrección de Jesús.
Además de ese infierno, hay otro a donde van las personas que rechazan la misericordia de Dios. A este otro infierno no bajó Jesús.
Jesús desciende a los infiernos cuando muere el viernes santo, está con los muertos y se los lleva con él a la divinidad. Crea el cielo, el cielo fue creado en la mañana del domingo de resurrección.
Hasta que Jesús no resucita no hay cielo.