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martes, 30 de octubre de 2018

¿QUÉ TIENEN LOS RETIROS DE EMAÚS?


Una cosa parece incuestionable: Cuando asistes a la misa final tras un retiro de Emaús, abierta a familiares y amigos, lo que llama la atención es la alegría. Tanto la de los que han participado en él, como la que tienen los que les han ayudado con su servicio.
Es una alegría indescriptible que te emociona. Es una alegría desbordante que hace casi irreconocible a esa persona que habías visto dos días antes. ¿Qué ha pasado ahí? ¿De dónde viene esa alegría?
Es una alegría sobrenatural que viene del encuentro con Jesús: “pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16, 22).
Es la alegría que brota de la Palabra de Dios: “tus palabras me servían de gozo, eran la alegría de mi corazón” (Jer 15, 16). Es la alegría de sentirnos acogidos y perdonados por Dios: “por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo” (Sal 90, 14). Es la alegría que produce la presencia de Dios en tu vida: “gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría” (Sal 68, 4).
La Gracia de Dios, presente en el retiro; el Amor de Dios, presente en el retiro; la Misericordia de Dios, presente en retiro; el Espíritu de Dios, presente en el retiro; el mismo Jesucristo, presente en el retiro; en solo dos días hacen posible que los temores, pecados, errores y miseria, que todos arrastramos en nuestras vidas queden absorbidos por el amor de Dios, y al sentirte perdonado y amado, tu vida cambia y brota en el corazón esa alegría de saber que eres hijo querido de Dios y hermano de todos sus hijos. 
A pesar de que el mundo esté lleno de sufrimiento y mal, Dios nos ama, nos acoge y nos conduce a una tierra nueva en la que: “enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor” (Ap 21, 4) ¿Cabe más alegría?
Para reflexionar:
¿Estamos alegres? ¿De dónde procede nuestra alegría?

lunes, 5 de marzo de 2018

EL ABRAZO DE DIOS

Busco el encuentro con Dios pero no acabo de encontrarme con él. Medito su Palabra, participo de los sacramentos, de la oración, tengo el deseo de estar con él, pero no percibo ese abrazo amoroso y entrañable con Dios que me haga sentir que soy su “hijo amado”.
¿Por qué? Porque no soy capaz de reconocer mi miseria y mi pecado. Solo el que se da cuenta de su miseria y de su incapacidad para salir de ella, es el que puede mirar con ojos arrepentidos a Dios y decirle: he pecado contra el cielo y contra ti, no soy digno de ser tu hijo, pero recurro a ti, a tu misericordia, a tu perdón. Ese recibe el abrazo, el amor, el cariño, la misericordia y el perdón de Dios.
En cambio, el que se siente orgulloso de sí mismo y satisfecho de lo que hace, ese no necesita a Dios. No se ve miserable, ni llora, ni se da cuenta del sufrimiento que va dejando, por acción u omisión, a su alrededor. No percibe su pecado, se acostumbra a él, forma parte de su vida, y aún así se cree bueno. Ser así te lleva a pensar que no necesitas cambiar, que no necesitas a Dios para convertirte y salvarte.
Pero Dios siempre está atento a lo que hacemos y sale constantemente a nuestro encuentro por si queremos su abrazo. Solo si nos dejamos abrazar recibiremos su abrazo entrañable que nos cambiará radicalmente la vida.
Por eso, te debes sentir miserable para acercarte a Dios, pero solo si dejas que él se te acerque, te verás miserable.
Dios quiere ese abrazo y para conseguirlo te puede acariciar con regalos que te invitan a la conversión. El sufrimiento es una caricia bondadosa de Dios que nos llama para que volvamos hacia él. No es que Dios quiera que suframos y por eso nos envía situaciones dolorosas como un castigo. Dios se sirve de la crudeza de los hechos que nos hacen sufrir para colarse, no en ellos, sino en su interpretación. Los hechos son neutros, pero desde la fe o desde la no-fe, les otorgamos una determinada significación. Dios se vale de las situaciones que nos toca vivir para que las interpretemos, desde la fe, como un nuevo camino que él nos pone para que vayamos cambiando. 
Hay que dar gracias por las adversidades. Dios lo ha permitido todo para mi bien, por eso agradezco mis pecados y defectos, porque cuanto peor he respondido a Dios, mejores han sido los caminos que él me ha abierto. Dios consigue que nuestros caminos equivocados pasen a ser certeros, consigue que todos los caminos terminen por ser el suyo.
Una forma de saber si estoy o no cerca de Dios es mirar mi cercanía o alejamiento hacia los demás, en especial ante los más pobres con los que Jesús se identifica. A Dios le amamos a través del amor que tengamos al prójimo, y nuestro encuentro con Dios será pleno si nos acercamos, desde nuestra miseria, al prójimo, sobre todo al necesitado. El abrazo que te da el pobre al que te has acercado es el abrazo de Dios.
No hay ningún hombre bueno que no haya sido malo alguna vez. Ningún mal está verdaderamente superado hasta que no vemos cómo por su medio nos ha llegado algún bien. Confiar en Dios y hacer su voluntad es mi tarea, sabiendo que lo que yo no puedo hacer, con él sí puedo.
Para reflexionar: ¿Cuándo he experimentado la cercanía y el abrazo de Dios? ¿Qué puedo hacer para encontrarme con Dios?

miércoles, 17 de mayo de 2017

JERARQUÍA DE LA IGLESIA

No siempre la jerarquía en la Iglesia es la que percibe primero la presencia de Jesús Resucitado como artífice de lo que sucede a nuestro alrededor. Solo el discípulo amado, cualquiera que tenga experiencia del amor de Jesús, está donde debe, capta y entiende las situaciones que acontecen, y descubre en ellas a Jesús: “Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro: Es el Señor” (Jn 21, 7a).
Pedro lidera ese grupo de discípulos que tras la muerte de Jesús reinician su actividad cotidiana, por eso le siguen cuando “les dice: Me voy a pescar. Ellos contestan: Vamos también nosotros contigo. Salieron y se embarcaron” (Jn 21, 3).
Pedro representa la jerarquía y el discípulo amado a la base comunitaria que se siente amada y ama a Jesús.
Es la comunidad creyente quien descubre antes a Jesús, la que capta y entiende las distintas situaciones. Pero Pedro comprende, se pone el vestido de discípulo que sirve y, para expresar su disposición a dar la vida, se tira al agua. Muestra estar dispuesto al servicio total hasta la muerte: “Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua”  (Jn 21, 7b).
La función jerárquica de la Iglesia debe estar en sintonía con la fe de los creyentes y no a la inversa. Los ministros ordenados están al servicio de los laicos y no a la inversa.
La necesaria Jerarquía de la Iglesia debe estar a la escucha de la base comunitaria, pues si actúa al margen, yerra. Debe ejercerse al modelo de Cristo: en el servicio y para la comunión.
El Papa sigue preocupado por el clericalismo tan arraigado en la Iglesia por eso digo a los sacerdotes: Huyan del clericalismo. Porque el clericalismo aleja a la gente. Huyan del clericalismo, y añado: es una peste en la Iglesia(Rueda de prensa en el vuelo de regreso de la peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Fátima 14-05-2017).
El clericalismo es esa tentación del clero de señorear sobre los laicos, de intervenir excesivamente en la vida de la Iglesia, de mantener a los laicos al margen de las decisiones eclesiales.
Esta actitud dificulta el ejercicio de los derechos de los laicos y evita que tomen conciencia de su responsabilidad en la Iglesia.
Así, la participación de los laicos en la vida y misión de la Iglesia es prácticamente nula y no conforme con la Constitución Dogmática Lumen Gentium, 37: “Reconozcan y promuevan la dignidad y la responsabilidad de los laicos en la Iglesia…”.
Por eso los sacerdotes deben ser formados como servidores: “el que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará” (Jn 12,26).
Esta es la función jerárquica que pide el Señor, la del servicio: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9, 35).
Para reflexionar:
¿Al servicio de quién estamos? ¿Nos sentimos todos corresponsables de la vida y función de la Iglesia?

domingo, 30 de octubre de 2016

EL SERVICIO PRÁCTICO DE LA CARIDAD ES UN SERVICIO ESPIRITUAL

En Hch 6, 1-6 vemos que en una comunidad cristiana, los discípulos de lengua griega comenzaron a quejarse contra los de lengua hebrea porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas.
Frente a este asunto relacionado con un aspecto esencial en la vida de la comunidad, es decir, la caridad con los débiles, los pobres, los indefensos y la justicia; los apóstoles convocaron a todo el grupo de discípulos, y se llega a una decisión: “escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea” (Hch 6,3). Aparece así un  embrión de estructura eclesial fundada en el servicio y en el amor. 
Los Apóstoles deben proclamar la palabra de Dios, pero consideran importante el deber de la caridad y la justicia.
Comienza a existir desde aquel momento en la iglesia un ministerio de la caridad. La Iglesia no solo debe proclamar la palabra, sino también cumplir la palabra, que es amor y verdad.
Y, quienes se dediquen a practicar la caridad han de ser hombres que no solo deben tener buena reputación, sino que deben ser hombres llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, es decir, que no sean solo organizadores que saben cómo “hacer” sino que deben “hacer” según el Espíritu.
El servicio práctico de la caridad es un servicio espiritual. La caridad y la justicia no son solo acciones sociales, sino son acciones espirituales realizadas a la luz del Espíritu Santo.
Por eso deben unirse los momentos de oración y escucha de Dios, con la actividad diaria, con el ejercicio de la caridad.
No debemos perdernos en el activismo puro, sino dejarnos penetrar en nuestras actividades de la luz de la palabra de Dios y así aprender la verdadera caridad, el verdadero servicio a los demás, que necesita sobre todo del afecto de nuestro corazón, de la luz de Dios.
El pasaje de los Hechos de los Apóstoles nos recuerda la importancia del trabajo, del compromiso en la actividad diaria que se lleva a cabo con responsabilidad y dedicación, pero también nuestra necesidad de Dios, de su orientación, de su luz que nos da fortaleza y esperanza.
Sin la oración diaria, nuestra acción se vacía, se reduce a un simple activismo sencillo que con el tiempo nos deja insatisfechos.
Cada paso de nuestra vida, cada acción, debe estar realizada ante Dios, a la luz de su palabra.
Para reflexionar:
¿Oramos siempre que vamos a actuar? ¿Unimos la Palabra de Dios a nuestro actuar?

lunes, 6 de junio de 2016

HACEDLO TODO PARA GLORIA DE DIOS

Nos dice San Pedro que pongamos al servicio de los demás los carismas que cada uno ha recibido, para que así Dios sea glorificado: “Si uno habla, que sean sus palabras como palabras de Dios; si uno presta servicio, que lo haga con la fuerza que Dios le concede, para que Dios sea glorificado en todo, por medio de Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos” (1Pe 4,11).
San Pablo nos dice que hemos sido creados por Dios para alabanza de su gloria, es decir, para glorificar a Dios: “nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado” (Ef 1,5-6).
Insiste San Pablo: “Así pues, ya comáis, ya bebáis o hagáis lo que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios” (1Cor 10,31).
En cambio, el Papa Francisco en su Encíclica Evangelii Gaudium nos advierte sobre “La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal” (EG,93).
Por tanto, todo lo debemos hacer para gloria de Dios. Y ¿Qué es la gloria de Dios?
La gloria de Dios es Dios mismo en cuanto que se manifiesta. Y lo que Dios es y manifiesta es su bondad, amor y verdad.
La gloria de  Dios primero viene a nosotros: Dios nos da su amor y verdad, y ante esta gracia que recibimos nos llenamos de Dios, participamos de su vida y nos convertimos en alabanza de su gloria, es decir, llenos de Él manifestamos en nosotros su amor, su verdad y su bondad.
Por tanto debemos hacerlo todo dando gloria a Dios: manifestar con nuestra vida el  amor y la bondad de Dios.
En cambio debemos evitar caer en la mundanidad que busca la gloria de uno mismo, pues “Quien ha caído en esta mundanidad mira de arriba y de lejos, rechaza la profecía de los hermanos, descalifica a quien lo cuestione, destaca constantemente los errores ajenos y se obsesiona por la apariencia” (EG, 97).
El Espíritu Santo es, si le dejamos, el que nos transforma y nos convierte, nos une a Cristo, y así participamos de la vida trinitaria. Pues damos gloria al Padre cuando, unidos a Cristo, amamos como Él.
Para reflexionar:
¿Mi vida manifiesta el amor que Dios es y nos tiene? ¿Mi comportamiento refleja que Cristo ama a través de mí?

jueves, 8 de octubre de 2015

EL PERDÓN Y EL AMOR

Para ser perdonados tenemos que amar. El perdón provoca amor y el amor perdona. Así se nos indica en Lc 7, 36-50, cuando Jesús acepta la invitación a comer en casa de un fariseo. De pronto aparece una prostituta de la ciudad, que al enterarse de que Jesús estaba allí, se dirige hacia él. Lucas describe con detalle sus gestos: no dice nada, solo llora, y sus lágrimas riegan los pies de Jesús, y con su cabellera se los seca. Luego besa los pies y los unge con perfume.
Ante esta situación, el fariseo mira con desprecio a esa mujer: por lo que es y por lo que hace. La mirada de Jesús es diferente: ve amor agradecido en una mujer que se sabe pecadora. Quiere sentirse querida y perdonada por Dios.
Jesús que hasta ahora ha estado en silencio, reclama la atención de Simón, quiere que descubra una nueva forma de ver las cosas. Para ello le cuenta una pequeña parábola: hay un prestamista y dos deudores. De forma sorprendente el acreedor perdona la deuda de los dos. Uno le debe 500 denarios (cantidad casi imposible de pagar) y el otro 50 (suma que es posible conseguir).
Jesús termina la narración preguntando “¿cuál de ellos le mostrará más amor?” Simón responde con lógica: “supongo que aquel a quien le perdono más”.
Todo queda iluminado por la parábola: si la mujer da tales muestras de amor es porque siente que se le han perdonado sus muchos pecados.
La mujer se sabe pecadora y que el perdón que recibe de Dios es inmerecido, pero se siente querida por Dios, no por sus méritos, sino por la bondad de ese Dios del que habla Jesús. Por eso tiene amor y agradecimiento. Quedan perdonados sus muchos pecados porque muestra un gran amor.
En cambio, “al que poco se le perdona, ama poco”. Es lo que le sucede a Simón, que como cumple la ley, apenas tiene necesidad del perdón de Dios. Sus pecados son tan pocos que no se siente pecador ni necesitado de perdón; por eso el mensaje de Jesús sobre el perdón de Dios le deja indiferente. No se siente agradecido. A quien poco se le perdona es porque poco amor muestra.
El relato finaliza cuando Jesús se dirige a la mujer para confirmarle el perdón de Dios “han quedado perdonados tus pecados”, porque ha mostrado mucho amor. Aquella mujer despreciada ya disfruta del perdón de Dios. Ha cometido muchos pecados, pero de entre los allí presentes nadie tiene más amor a Dios que ella.
Jesús se dirige a la mujer para que sepa que ha sido su fe en el amor de Dios lo que le ha proporcionado el perdón gratuito y salvador: “tu fe te ha salvado, vete en paz”. Le invita a iniciar una nueva vida reconciliada con Dios y en paz.
Este relato nos invita, por un lado, a mirar a los demás como lo hace Jesús: sin juzgar ni condenar a nadie; y además, a reconocer que es Jesús quien nos ofrece el perdón de Dios. Todos recibimos el perdón inmerecido de Dios y se lo debemos agradecer.
Si le debemos mucho a Dios (sabemos que somos pecadores y necesitamos su perdón), mucho será nuestro amor y agradecimiento hacia él cuando nos sintamos perdonados de esa deuda.
¿Quien mostrará más amor a Dios?: aquel a quien se le perdonó más. En cambio, a quien poco se le perdona (porque no se siente pecador), ama poco. Su amor y agradecimiento a Dios será escaso.
El amor provoca el perdón. Tú le perdonas los pecados porque ama.
El perdón provoca el amor. El amor es la causa y la consecuencia del perdón.
Si quieres que se te perdone mucho: ama mucho. Si amo, se me perdona.
Le quedan perdonados sus muchos pecados porque ha mostrado mucho amor.
Para reflexionar:
¿Soy consciente del perdón inmerecido de Dios? ¿Me deja indiferente o me provoca agradecimiento y amor?

¿Me siento con derecho a juzgar a los demás? ¿A qué personas he de aprender a mirar de forma más compasiva y acogedora?

sábado, 1 de agosto de 2015

ACCESO DIRECTO A DIOS

Si leemos Mt 25, 31-46, vemos como Jesús abre una vía de acceso directo al Padre: la ayuda al hermano necesitado.
Nos dice este texto que un día llegará Cristo como rey, acompañado por un cortejo de ángeles, se sentará en el trono de su gloria y ante él se reunirán todos los pueblos. Es la hora de la verdad, en el que la humanidad escuchará el veredicto final.
El juez universal es un pastor, que ahora es tratado como rey. Cristo Rey, en el juicio final forma dos grupos, y los dirige al lugar que cada grupo ha escogido con su vida: los que han vivido movidos por la compasión y han ayudado al necesitado terminarán en el Reino amoroso de Dios; los que han excluido de su vida a los necesitados y han vivido indiferentes ante su sufrimiento sin ayudarles, se autoexcluyen del Reino de Dios.
El rey habla a los dos grupos de seis necesidades básicas que todos conocemos, pues en todas partes y en todo tiempo hay hambrientos y sedientos, inmigrantes y desnudos, enfermos y encarcelados.
Aquí no se habla de amor, justicia, solidaridad… sino de comer, beber, vestir, acoger, visitar… lo decisivo es la compasión que se traduce en ayuda práctica.
El relato, más que describir lo que es el juicio final, destaca el doble diálogo del rey con los dos grupos con que ha separado a la muchedumbre, en el que se nos hace ver que hay dos maneras de reaccionar ante los que sufren: nos compadecemos y les ayudamos (somos misericordiosos) o nos desentendemos y los abandonamos.
Al primer grupo se les dice: “tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber…”. El grupo muestra su asombro pues nunca han visto al rey en las gentes hambrientas y sedientas, en las extranjeras, desnudas, enfermas o encarceladas. Pero el rey se reafirma en lo dicho: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.
Lo mismo sucede con el segundo grupo. El rey les dice: “tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber”. También este grupo muestra su extrañeza, no podían creer que habían desatendido a su rey, pero él se reafirma en lo dicho, ya que está presente en el sufrimiento de estos hermanos pequeños: “En verdad os digo: lo que no hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo”.
En este relato vemos como la compasión, que se concreta en la ayuda práctica a los necesitados, es lo decisivo para entrar en el Reino de Dios. El criterio definitivo que decidirá la suerte final de todos es la ayuda practicada a los necesitados.
Los que son declarados benditos del Padre son los que han actuado por compasión y han ayudado al necesitado. El camino que conduce a Dios pasa por ser misericordiosos. Lo decisivo en la vida no es lo que confesamos, sino el amor al pobre que sufre y que nos lleva a ayudarle en su necesidad.
No hay que esperar al juicio final, según ahora nos estemos acercando o alejando de los que sufren, nos estamos acercando o alejando de Cristo. Ahora estamos decidiendo nuestra vida para que sea juzgada después.
Para reflexionar:
¿La religión nos conduce al amor? ¿Seguimos a Cristo siendo compasivos como lo es el Padre?

miércoles, 26 de noviembre de 2014

ACTITUDES DE JESÚS



Los  judíos sabían que para hacer la voluntad de Dios había que cumplir la Ley, por eso Jesús no se opone a ella, pero la supera y nos descubre el aspecto positivo de la Ley, lo que está más allá de la Ley.
Jesús es más exigente que la Ley, y la autoridad con que la interpreta brota de su experiencia filial, conoce perfectamente la voluntad del Padre.
Jesús respeta el Templo, pero su muerte y resurrección marca el final del Templo.
Jesús es el nuevo Templo de Dios y el cumplimiento perfecto de la Ley.
Ante las personas, Jesús tiene un corazón grande para amar, ama a todos. Pero por exigencia del propio amor, ama más intensamente a aquél que más lo necesita. Por eso su opción son los pobres, que son los que más lo necesitan.
El amor de Jesús es personal y se adapta a cada persona, por eso Jesús dialoga con todos los que buscan sinceramente la verdad, pero con aquellos que buscan interpretar la verdad a su manera, no dialoga. Cuando se encuentra de frente ante una interpretación ciega y malévola de la realidad, no entra al diálogo o a la explicación.
Jesús es amigo de los pecadores, Jesús está con nosotros precisamente por eso, porque no somos buenos, no al revés, no por nuestros méritos.
Jesús participa en la mesa de los pecadores. Este gesto de comensalidad es un signo de reintegración, es una imagen de lo que es el reino de Dios: que aquello que está apartado se puede reintegrar.
Los pecadores y marginados son objeto de la predilección de Jesús.
Frente al pecado Jesús perdona, esto es algo que nadie puede hacer (solo Dios puede perdonar pecados), es una pretensión de Jesús para que se le considere divino.
Jesús llama Abba (papá) a Dios Padre, esto expresa la ternura del Hijo en relación al Padre, expresa la autoconciencia del Jesús histórico al considerarse hijo del Padre.
La relación de Jesús con sus discípulos no es de maestro a alumno, Jesús reclama una adhesión incondicional e invita a elegir el reino de Dios con la aceptación o rechazo de su persona.
Pide a sus discípulos una entrega en exclusividad a su persona, un seguimiento a su modelo de vida. La vocación o el seguimiento llevan a una expropiación de la propia vida, yo ya no me pertenezco, pertenezco a otro.
Para reflexionar:
¿Es Jesús parcial en su amor? ¿Qué exige a sus discípulos?

domingo, 9 de noviembre de 2014

AMOR A LOS ENEMIGOS



Con la parábola del buen samaritano Jesús nos enseña que el amor que debemos tener a todas las personas tiene que demostrarse prácticamente.
Nosotros poseemos un amor natural que nos lleva a amar a aquellos con quienes estamos ligados por lazos de sangre y de amistad, pero de Dios nos viene un amor sobrenatural que ensancha nuestro corazón y nos permite amar a todos al considerarlos hermanos.
Cuando el amor sobrenatural se suma al natural podremos tener la capacidad de amar a nuestros enemigos, pues ya no veremos en el hombre que nos hiere su malicia ni su antipatía ni su enemistad, mas bien veremos las heridas que se ocasiona a sí mismo por sus dificultades con nosotros y consigo mismo.
Debemos cambiar los sentimientos negativos que podamos tener contra quien nos ha ofendido por un amor hacia él, y esto comienza por orar por quien nos ha ofendido.
Pretendemos con nuestra oración y actitud, por un lado, liberarnos de nuestro egoísmo, pues amando solo a los que nos aman nos estamos amando a nosotros mismos ya que estamos esperando de ellos correspondencia o algún beneficio; y por otro lado, que pueda amar él también.
Si verdaderamente amamos a nuestros enemigos, perdonaremos de corazón la ofensa aún antes de que el ofensor pida perdón.
La gracia de Dios que es la que nos posibilita amar de esta forma nos mueve no solo a perdonar sino a echar una mano al otro a quien vemos enredado en su rencor y en su amargura, y también a pensar en su buena voluntad y disposición, aun cuando a veces nos traten injustamente o nos mortifiquen.
Para facilitar este amor a los enemigos no debemos estar recordando constantemente el agravio o las ofensas que hemos sufrido, ni hablar sin necesidad de ello, pues estaríamos dando pie a mantener vivos en nuestro corazón los malos sentimientos.
La mejor prueba para detectar si tenemos una voluntad sincera de perdonar al ofensor es ver si estamos dispuestos a ayudarle cuando se halle necesitado.
El reconocer los valores y éxitos de nuestro ofensor nos ayudará a luchar contra el rencor y el odio, pero la principal fuerza que poseemos para cumplir este mandato de Jesús de amar a nuestros enemigos la recibimos del propio Jesús, que a través de la oración y los sacramentos entra en comunión con nosotros y nos llena de su amor, de su Espíritu, que es el que nos capacita para amar como él ama.
Para reflexionar:
¿A quiénes amamos y por qué? ¿Si solo amamos a los que nos aman, somos egoístas? ¿Podemos realmente amar a quienes nos ofenden continuamente?

lunes, 11 de agosto de 2014

PERDÓN

Cuando ante un mal que me han hecho y que percibo como tal, actúo con libertad y reacciono renunciando a la venganza y al odio, y además, quiero lo mejor para el que me ha hecho daño, estoy perdonando.
Perdonar es un acto libre de la voluntad, en el que el que perdona se libera de enfados y rencores.
No se trata de negar el daño o la injusticia que me han hecho, pues entonces no habría nada que perdonar. El mal hecho debe ser reconocido y, en lo posible, reparado.
El que perdona afronta el sufrimiento por el daño que se le ha ocasionado sin resentimiento ni rencor, le lleva a vivir en paz con los recuerdos y a querer a la persona que le ha ofendido.
El perdón comienza cuando la persona rechaza la venganza, no habla de los demás desde sus experiencias dolorosas y evita juzgar.
El secreto consiste en no identificar al agresor con su obra. Por eso, para perdonar debemos tener la convicción de que en cada persona hay un ser humano vulnerable y capaz de cambiar.
Nos dispone a perdonar el amor, pues perdonar es amar intensamente. El perdón es por naturaleza incondicional, ya que es un don gratuito del amor.
El que perdona no exige nada a su agresor, ni siquiera que le duela lo que ha hecho. El arrepentimiento del otro no es una condición necesaria para el perdón, aunque sí es conveniente. Es más fácil perdonar cuando el otro pide perdón.
Perdonar exige un corazón misericordioso y generoso. Significa ir más allá de la justicia.
La humildad es condición imprescindible para el perdón. El orgulloso no perdona realmente. Debemos perdonar como pecadores que somos, no como justos, por lo que el perdón es más para compartir que para conceder.
Todos necesitamos el perdón, porque todos hacemos daño a los demás, debemos reconocer nuestros propios fallos y pedir perdón.
Para que el perdón sea verdadero y beneficioso debe producirse antes de que asiente el resentimiento, pues de lo contrario el daño se enraíza y cuesta más perdonar.
Hay que perdonar sin reservas, todo y siempre, y además ayudar al ofensor  a que rectifique su proceder y pueda encauzar sus actitudes inadecuadas.
Si no hay perdón, se instaura un déficit en la libertad, el hombre queda atado, estancado, resentido, atascado, frustrado.
Con el perdón se produce un cambio liberador, se pasa de la esclavitud a la libertad, de la frustración a la liberación, de la amargura a la felicidad, del estancamiento a la progresión.
Quizá nunca será posible perdonar de todo corazón si contamos sólo con nuestra propia capacidad. Pero un cristiano cuenta, además, con la ayuda de Dios. La gracia de Dios nos impulsa a actuar más allá de nuestras fuerzas.
Si el amor de Dios habita en nuestro corazón, nos permitirá perdonar y nos evitará sentirnos heridos ante la ofensa. Al perdonar, nuestro corazón se hace permeable al amor misericordioso de Dios y amamos con el amor de Cristo.
Vivir en clave de perdón supone asentar la existencia en Dios, apoyarnos en Él. Por eso Jesús ubica la raíz del perdón en el amor.
Para reflexionar:
¿Qué nos cuesta más perdonar o pedir perdón? ¿Somos conscientes que si no perdonamos estamos envenenando nuestra vida? ¿De dónde sacamos las fuerzas para perdonar?

domingo, 20 de julio de 2014

CARIDAD: DIMENSIÓN ESENCIAL DE LA IGLESIA

La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la palabra de Dios, celebración de los sacramentos y servicio de la caridad.
Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia la caridad no es una especie de actividad de asistencia social, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia.
Si bien esto es así, durante mucho tiempo ha existido en la Iglesia escaso aprecio de la acción diaconal, como si no fuese tan importante como la acción sacramental o catequética o la piedad popular.
Pero no hay caridad sin comunidad, pues es la comunidad la que se dispone a servir a los pobres con un estilo y una identidad propia, al seguir el mandato de Jesús de amarnos unos a otros como él nos ama.
Jesús ha unido el mandamiento de amar a Dios con el del amor al prójimo. Y, puesto que él nos ha amado primero, ahora el amor ya no es solo un mandamiento, sino la respuesta al don del amor. Por eso, el primer mandamiento debería ser dejarnos amar por Dios por encima de todas las cosas, para así poder amar a Dios y al prójimo sobre todas las cosas.
Jn 13,34: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros”.
Jesús, amando a los suyos “hasta el fin”, manifiesta el amor del Padre que ha recibido, nosotros, al amarnos unos a otros imitamos el amor de Jesús.
Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo, y es nuevo porque no es nuestro criterio normal de actuación, ni el de nuestro mundo. Seguir el mandamiento de Jesús siempre comporta cambiar, convertirse, romper las maneras de vivir que llevamos metidas en nuestro interior.
"Que os améis unos a otros". Amar quiere decir querer la felicidad del otro, y ser capaz de renunciar a cosas y posiciones propias para que el otro pueda ser feliz.
Y cuando decimos "el otro", no pensamos sólo en los que tenemos más cerca, o en los que nos caen bien, sino en todos, y nos lleva a luchar contra las injusticias, las malas condiciones de trabajo de mucha gente, las desigualdades, nuestro propio bienestar, etc. Cuando Jesús nos llama a amar, nos llama a esto.
Y al final de todo, el mandamiento de Jesús acaba con unas palabras definitivas: "Como yo os he amado". Y él nos ha amado así: dándolo todo, dando la vida.
Jesús nos ha dejado un mandamiento nuevo. Pero nos ha dejado, a la vez, el sacramento de su presencia por siempre entre nosotros, que es la fuerza que nos ayuda a amar.
Para reflexionar:
¿Es la experiencia del amor de Dios la que me mueve a amar como él ama?
¿Cómo puedo ser capaz de amar como Jesús ama? ¿Hasta dónde puedo entregar mi vida?

miércoles, 2 de julio de 2014

EL ALMA I

El alma nos permite ser algo más que seres vivos, nos hace trascendentes: ser capaces de Dios.
El ser humano es cuerpo y alma, uno. El espíritu y materia están unidos, formando una única naturaleza.
El alma es espiritual. No es producida por los padres, sino directamente creada por Dios. La materia no puede crear espíritu.
El alma es inmortal, tiene principio pero no final. Por tanto, no perece cuando se separa del cuerpo en la muerte. Y se unirá de nuevo al cuerpo inmortal en la resurrección.
El hombre tiene 2 grandes partes: la sensitiva formada por el cuerpo vivo, y la espiritual formada por el entendimiento, la voluntad y la memoria.
En lo que respecta al alma, esta tiene 2 partes, una sensitiva o parte inferior que es común al hombre y al animal y que se basa en los sentidos; y otra racional-espiritual o parte superior del alma, común con los ángeles.
Si vivimos en base a los sentidos nos podemos equivocar, pues no siempre captan la verdad.
Los sentidos dan lugar al apetito sensible, que nos impulsa a desear las cosas agradables que no poseemos. Intentan “engañar” al entendimiento para que la voluntad se mueva a obrar según ellos quieren.
Lo que los sentidos presentan al alma nos van a producir amor, deseo, esperanza, placer, odio, aversión, tristeza, dolor, ira…
El que vive sólo de los sentidos es inmaduro.
La parte superior del alma son las potencias del alma: el entendimiento y la voluntad. La memoria también se puede considerar potencia del alma.
Esta parte del alma nos da capacidad para comunicar con Dios, y gracias a ella somos capaces de la verdad, del bien y del amor.
En este fondo del alma está Dios, que es quien da vida a la vida del alma. A Dios no se le oculta nada porque está en la sustancia del alma.
Hemos sido creados por Dios y para Dios, y a Dios lo tenemos dentro. Pero si vivimos fuera y no dentro, entramos en tensión. Por eso en nuestra vida debemos permitir que Dios pueda influir con su don de amor, y podamos apetecer desde Dios, no desde fuera.
Lo deseable es que nuestro entendimiento, voluntad y pasiones lo tengamos desde Dios. Nunca ocurre esto plenamente en nuestra vida.
Para reflexionar:
¿Qué es lo que nos mueve a obrar? ¿Vivimos con la influencia de Dios o con la de los sentidos?

EL ALMA II

Dios mora en lo íntimo del alma.
La unión con Dios se produce a través del amor. Conforme vamos entrando en el amor de Dios nos vamos uniendo con él.
En esta interioridad del alma no puede entrar más que el Espíritu (ningún otro espíritu creado puede entrar, ni siquiera el tentador).
Dios está en nuestro interior, pero podemos no estar con Él. Si Dios está dentro ¿Por qué no lo encontramos?: porque estamos fuera.
Sólo por la oración entramos en relación con Dios, respiramos su amor y verdad. Quien no ora vive fuera, y así no vivimos en el amor y en la verdad, sino de lo que nos apetece.
El proceso de la vida cristiana es vivir desde dentro, desde Dios.
Los sentidos son órganos corporales, son las ventanas del alma por la que le llega el conocimiento del mundo exterior y despierta en ella los apetitos, pasiones y deseos.
Pero el destino del alma no son las cosas creadas sino el Creador. Por eso debe purificarse y liberarse de los apetitos y deseos para no dejarse llevar por ellos como motivo de razón y de actuar.
Dios quiere que permanezcamos en su amor y que perseveremos en la oración con él. La oración hace que vivamos menos de los sentidos, y hagamos las cosas por Dios.
Para conseguir esto es necesario que a las potencias naturales se les ofrezca algo que las atraiga y satisfaga más que cuanto naturalmente pueden gustar y conocer.
Para ello, Dios nos empieza a dar la luz de la fe y comenzamos a movernos por las verdades reveladas.
Entonces creemos a Dios y por medio de Dios. Esto nos permite pensar y reflexionar desde Dios, estamos en Él.
Esta es la vida que viene desde Dios. Ya vivimos desde nuestro interior, lo cual no quiere decir que hay que olvidarse del exterior, pues cuanto más vivimos en Dios, más amamos a las personas.
Cuanto más vivo en Dios más soy yo, porque no vivo de lo que me apetece, sino que vivo en armonía con la verdad y el amor.
Para reflexionar:
Cuando nuestra alma sale con el entendimiento y la voluntad para encontrarse con el mundo exterior ¿habla y obra desde Dios?

lunes, 9 de junio de 2014

ALABANZA DE LA GLORIA DE DIOS



San Pablo en su carta a los efesios nos dice que Dios nos ha destinado a ser alabanza de su gloria. Y, ¿Qué es la gloria de Dios? ¿Cómo nos convertimos en alabanza de su gloria?
Ef 1, 5: “Él (Dios) nos ha destinado por medio de Jesucristo según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado”.
Podemos entender la gloria como la reputación o fama que tiene el que realiza buenas acciones o tiene grandes cualidades, y cuando se lo reconocemos, lo alabamos.
Pero en su sentido original, la gloria hace referencia al mismo ser en cuanto que se manifiesta.
La gloria de Dios es Dios mismo en cuanto que se manifiesta. Y lo que Dios es y a su vez brota de su propia vida íntima es su bondad, amor y verdad.
La gloria en principio es descendente, va de Dios al hombre. Dios nos da su amor y verdad, y ante esta gracia que recibimos nos llenamos de Dios, participamos de su vida y le respondemos libremente dándole gracias y convirtiéndonos en alabanza de su gloria, es decir, manifestando en nosotros su amor, su verdad y su bondad.
La gloria de Dios es que el hombre viva con la vida verdadera: que participe de la vida trinitaria. O lo que es lo mismo, la gloria de Dios busca nuestra salvación.
Se trata de ser buenos y amar como Dios es bueno y ama. Pero como esto no lo podemos conseguir con nuestras propias fuerzas, nos tenemos que transformar, por obra del Espíritu Santo, en la misma imagen de Cristo. Así participamos de la vida trinitaria y, damos gloria al Padre cuando, unidos a Cristo, amamos como él.
A medida que nuestra vida toma el estilo del Evangelio, vamos haciendo nuestra su gloria, nos transformarnos en gloria, en la misma imagen de Cristo.
Ser alabanza de la gloria de Dios es ser sus hijos, participar de su vida y, manifestar y comunicar en nuestras vidas su bondad y su amor.
Dar gloria a Dios es parecernos cada vez más a Dios, unirnos cada vez más a Jesús, para que se manifieste en cada uno de nosotros el amor y la bondad de Dios.
Para reflexionar:
Si por el bautismo participo de la vida de Dios ¿manifiesto en mi vida su amor? ¿Cómo puedo amar y ser perfecto como Dios?

lunes, 1 de octubre de 2012

VOLUNTARIOS DE CÁRITAS



Para ser voluntario de cáritas hay que ser cristiano, pues para tener caridad hay que amar como Dios ama, y esto es una gracia que se nos da cuando somos bautizados. 
Por el bautismo quedamos transformados y unidos a Jesucristo (cristificados), de forma que asimilamos el ser personal de Jesús y tenemos sus mismos sentimientos e igual actitud.
Por eso el voluntario de cáritas siente y actúa igual que Jesús, que es el buen samaritano que se acerca al pobre, al ciego, al pecador… para curar las heridas que puedan tener. 
El voluntario pertenece a una comunidad parroquial para vivir la fe, la esperanza y la caridad, por tanto, debe ser consciente que la acción caritativa está en la comunidad. Todo lo que hace es desde su comunidad parroquial, pues es en donde vive el servicio a los pobres como un proceso de seguimiento a Jesús.
Vive el compromiso de servicio a los pobres como un encargo de la comunidad que ha asumido el amor y predilección por los pobres.
La acción caritativa que desarrolla el voluntario, más que una opción personal es una llamada que se recibe de parte de Dios para seguir a Jesús.
También se debe tener en cuenta que la práctica de la caridad no son sólo decisiones y actos personales del voluntario, sino que hay también una acción del Espíritu Santo que habita en él.
Es necesario que el voluntario de cáritas posea unos rasgos que lo identifiquen como tal: debe tener experiencia de compartir, vivir con austeridad y sencillez, ser cercano a los pobres, estar disponible a la voluntad de Dios, ser generoso y entregarse desinteresadamente.
Además, debe tener el hábito de la oración, y saber que su misión de compromiso con los pobres es un don y un encargo de Dios.
Los grupos de cáritas necesitan mucha oración para ver las cosas con los ojos de Dios y, además de atender y acompañar a los pobres, han de reunirse periódicamente para formarse y revisar lo que van haciendo a la luz del evangelio.
Estos grupos deben realizar una labor informativa y formadora en la comunidad cristiana, pues la respuesta a los pobres es de toda la parroquia.
Se deben buscar más medios, más voluntarios, mejor organización… pero ante todo más fe, más comunicación y confianza con Dios.
Si estamos unidos a Cristo, actuaremos como Él, y cáritas será la acción de Jesucristo en nuestro mundo. Él es el protagonista y los demás sus colaboradores.
Para reflexionar:
¿Quién es el que decide ser voluntario de cáritas?
¿Se puede trabajar en cáritas con cualquier identidad personal?
¿Qué es lo más necesario en los grupos de cáritas?

martes, 25 de septiembre de 2012

FUNDAMENTO TEOLÓGICO DE CÁRITAS



Los cristianos tenemos una vida y fin sobrenaturales que nos lleva a trabajar por amor a Dios y para gloria de Dios (manifestar la bondad de Dios unidos a Cristo). Estos son fines distintos a los de los que no pertenecen a la Iglesia, y es la diferencia entre cáritas y otras ONGs.
La caridad nos la da Dios, nos da su amor. Dios ha amado primero y ese amor nos lleva a amar a Dios, y al prójimo en Dios.
Caridad es participar del mismo amor de Dios, es amar con amor divino. Esto es posible porque por el bautismo hemos sido elevados a participar de la vida de la Trinidad, y esto hace que nuestro pensar y querer se transformen en el pensar y querer de Dios. Nos transformamos en personas nuevas que aman.
El amor que Dios ha puesto en nosotros nos une y hace semejantes a él, nos diviniza, porque queremos lo que él quiere y amamos en su mismo amor. Este es el verdadero amor, que no es impuesto desde fuera sino que nace de nosotros.
Al poseer el amor de Dios, amamos como Dios ama, con su intensidad y con sus características, de forma superior a nuestras posibilidades humanas.
Dios quiere que permanezcamos en su amor y, con ese amor quiere que nos amemos unos a otros. Lo primero es amar a Dios, y porque amamos a Dios hacemos todo lo demás. De nada sirve distribuir nuestros bienes si no se hace impulsado por el amor de Dios. Las cosas que salen del amor, de Dios, dan grandes frutos en el mundo.
Esta unión con Dios nos hace mirar a la otra persona desde la perspectiva de Cristo y ofrecerle la mirada de amor que necesita, pues el amor y la palabra que el otro espera de nosotros es la de Cristo a través de nosotros.
El amor de Dios es la meta, el por qué de todas nuestras acciones, por ello debemos hacerlo todo con caridad porque si no, no vale de nada. Dios nos examinará del amor.
No podemos amar a Dios a quien no vemos si no amamos al hermano al que vemos. Amor a Dios y al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. La caridad es una, y es la que nos hace vivir la vida de Dios. La santidad está en la perfección de la caridad.
Además, Cristo se hace objeto de nuestra caridad con los hermanos: Es el “lo que al otro hiciste, a mí me lo hiciste”.
La caridad se ejercita en medio de la sociedad para ordenar las realidades terrenas según el proyecto de Dios, busca una sociedad en la que todos nos amemos. Por eso no decimos que hay que dar al otro lo suyo, sino que nos hacemos prójimo y nos damos al otro.
Para reflexionar:
¿Por qué no nos sirve lo que se hace sin caridad?
¿Cuál es el amor verdadero?
¿Qué hacemos por los demás?

miércoles, 5 de septiembre de 2012

JUSTICIA Y CARIDAD


La justicia ha de buscar la igualdad humana, debe hacer posible la igualdad de todos los ciudadanos, responde a ese ideal utópico. Aunque es un ideal que no está aquí, estará después, está en Cristo.
La caridad política (la que se da en la polis, en la ciudad), es el amor eficaz que se actualiza en la consecución del bien común: que son las condiciones que posibilitan el desarrollo y crecimiento de la persona humana.
En la consecución del bien común es donde la justicia y la caridad se encuentran, ya que el hombre actúa por la justicia y la caridad para el bien común.
La caridad implica una exigencia de la justicia, ya que se necesita el reconocimiento de la igualdad para poder amar. Para querernos debemos ser iguales, primero soy justo contigo, y luego me convierto en tu prójimo por amor. Se necesita la justicia para poder decir te quiero.
Cuando hablamos de caridad no decimos dar al otro lo suyo, sino que nos hacemos prójimos, nos hacemos el otro y nos damos a él.
De ahí que la ética cristiana supera las relaciones de igualdad que brotan de la justicia.
La caridad política busca una sociedad en la que todos nos amemos, y esto lo hace posible la justicia, que es la mediación que posibilita que el otro experimente el amor que le tenemos.
La caridad política no suple las deficiencias de la justicia, ni encubre las injusticias que se cometen. Es un compromiso activo y operante: decir primero todos somos iguales, y luego todos somos hermanos.
El bautizado tiene la vocación de ordenar las realidades terrestres según el proyecto de Dios, es la caridad en medio de la polis, esto es lo específico de la vocación del laico, la utopía del amor: que el proyecto de Dios sobre el hombre se puede hacer realidad aquí y ahora.
La presencia del cristiano en la sociedad se manifiesta en la fraternidad: querer a todos como hermanos, presuponiendo la justicia.
Justicia y amor de Dios: Dios juzgará, pero su juicio es justificante. Cuando juzga hace justos.
El juicio de Dios se ha producido ya, se da en la cruz cuando muere Jesús. Ahí el Padre juzga a la humanidad en Jesucristo, y el pecado o la injusticia están vencidas en la justicia del Hijo. Dios nos hace justos consintiendo que su Hijo muera por nosotros. Así es el amor de Dios.
Para reflexionar:
Para la consecución del bien común ¿se necesita la justicia y la caridad? ¿cuál es más importante?
¿La caridad debe actuar cuando no hay justicia? ¿debe subsanar la falta de justicia?
¿Se puede amar desde la injusticia?