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martes, 21 de julio de 2020

FE


Se nos enseña que la fe es la respuesta que le damos a Dios por la que acogemos lo que él nos revela sobre sí mismo y sobre nosotros. Mediante la revelación Dios nos invita a creer en él, a adherirnos a él, a entregarnos libremente a él.
Hay una iniciativa de Dios que se da a conocer y una respuesta del hombre que es la obediencia de la fe. La fe es un don, pero es a la vez razonable porque la revelación es creíble.
Pero si analizamos el texto Mt 8, 5-13, en donde un centurión romano se acerca a Jesús y le ruega que cure a su criado que está sufriendo, vemos que el centurión sabe que Jesús es judío y él no, y también sabe que es capaz de hacer grandes obras, por eso le dice: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano”. Al oír esto “Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe”. Y le dijo al centurión: “Vete; que te suceda según has creído. Y en aquel momento se puso bueno el criado”.
Este texto nos indica que la fe más que creencia, es confianza en Jesucristo. Jesús se admira de la fe del centurión, persona extranjera que desconoce la religión judía. No conoce ni cree en las normas y doctrinas judías, pero ha descubierto a Jesús y siente que es merecedor de su confianza. Tiene más fe que nadie en Israel.
La fe es confiar en un Dios inseparable de cada uno de nosotros porque nos ama, porque siente ternura y misericordia ante nuestra debilidad.
Por eso no podemos quedarnos en pensar que la fe es un mero asentimiento a una serie de verdades teóricas, creer en un conjunto de doctrinas, que no siempre podemos comprender. En la Biblia fe es equivalente a confianza en una persona. Y esa confianza tiene que ir acompañada de la fidelidad.
Por eso no podemos asociar la vida cristiana al cumplimiento de ciertos ritos y normas, ya que la fe implica a toda la persona y comporta un cambio de vida, si no hay cambio de vida no hay fe. Si quieres saber la fe de uno, mira cómo vive, no le preguntes lo que sabe.
Al final, la fe se convierte en una forma de pensar y de vivir que tiene como modelo a Jesucristo, la fe es el seguimiento de una persona, de Jesucristo. Es un regalo que nos hace Dios y que debemos transmitir. Dependiendo de cómo ofrezcamos ese regalo de la fe en nombre de Dios, será o no acogida.
Para reflexionar:
¿Tengo fe porque creo en determinadas verdades o porque vivo confiando en Dios?

domingo, 23 de julio de 2017

JESÚS DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS

El judaísmo siempre ha creído que cuando muere el ser humano, una parte del él, el refaim o alma, no desaparece y va a un lugar llamado sheol.
En principio se pensaba que al sheol iban todos, buenos o malos. Pero poco a poco se fue estableciendo la idea que debía existir una retribución, un lugar de tormentos para la gente malvada y otro para los justos.
Pero los justos que habían muerto antes de que Jesús resucitara y creara el cielo, siguen en el sheol.
Las almas alcanzan la salvación solo en Jesús resucitado, por eso los que murieron antes de Cristo tuvieron que esperar en el sheol, a la muerte y resurrección de Jesús, para ser salvados.
Jesús muere el viernes y resucita el domingo. El sábado sucede un gran silencio en la tierra. Dios ha muerto en la carne, y es entonces cuando bajó al sheol o infierno. En aquel lugar estaban todos los santos y justos que perecieron antes de la muerte de Jesucristo. Cuando Jesús resucita, sale de la muerte, pero no sale solo, saca a todos los creyentes del infierno y los lleva a ver a Dios en él.
Cristo desciende a los infiernos para liberar a los que en época precristiana, debido al pecado de nuestros primeros padres, estaban esperando, aún siendo justos (o por eso mismo) la salvación eterna. Por eso, cuando descendió a los infiernos lo hizo como Salvador y para proclamar la buena noticia: “Pues para esto se anunció el Evangelio también a los que ya están muertos, para que, condenados como todos los hombres en el cuerpo, vivan según Dios en el Espíritu” (1 Pe, 4,6).
Cuando resucita Jesús, crea el cielo, para que todas las almas de los justos esperen allí el día final de la resurrección, en donde ya todos estaremos en cuerpo y alma en presencia de Dios en una nueva creación.
Una nueva creación en la que todo es vida y abundancia, en la que no hay nada malo ni defectuoso. Esta tierra nueva será la nueva morada de Dios entre los hombres, de forma que: “enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido” (Ap 21, 4). Es una nueva relación de la humanidad con Dios.
Además de ese infierno, hay otro donde está el demonio y a donde van las personas que rechazan la misericordia de Dios. A este infierno no bajó Jesús.

sábado, 25 de octubre de 2014

ÁNGELES

El Salmo 91 (90) nos muestra la bondad de Dios al enviar a sus ángeles custodios. Es un Salmo que nos da seguridad bajo la protección divina: “No se acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos”.
San Bernardo reflexionando sobre este Salmo en uno de sus sermones nos comenta que la preocupación de Dios por el hombre se manifiesta enviando a su Hijo y a su Espíritu y le promete la gloria.
Pero también Dios hace que todo lo que hay en el cielo participe en nuestro cuidado, por eso envía a sus ángeles para nuestro bien, no para que nos muestren el gran poder de Dios ni para que actúen contra el impío, sino que los destina a nuestra guarda.
¿Quiénes somos nosotros para que Dios nos aprecie tanto?: La respuesta la tenemos en el evangelio cuando disponiéndose los criados a arrancar la cizaña sembrada después del trigo, el providente Padre de familia les dice: Dejad que ambos crezcan hasta la siega..., no sea que, al querer arrancar la cizaña, arranquéis con ella el trigo (Mt. 13, 29-30).
Dios quiere que los ángeles te guarden a ti, que eres trigo entre cizaña. Este es el objeto del mandato que Dios ha impuesto a sus ángeles para mientras vivamos en la tierra: conservar el buen grano hasta el tiempo de la recolección (del juicio final).
Dios mandó a sus ángeles para que nos guarden en nuestros caminos. Por eso debemos caminar teniendo presente a los ángeles, en cualquier parte, en cualquier lugar, aun el más oculto.
A Dios es a quien se le debe todo honor y gloria, pero no debemos ser ingratos con aquellos que le obedecen con tanto amor y nos amparan en tanta indigencia.
Seamos agradecidos a los ángeles y honrémosles, pero sabiendo que todo nuestro amor debe ir dirigido a Dios, de cuya mano (tanto para los ángeles como para nosotros) recibimos el poderle amar y merecer ser amados.
Amemos a los ángeles como a quienes han de ser un día coherederos nuestros, siendo por ahora nuestros defensores y tutores puestos por el Padre sobre nosotros.
¿Qué temeremos teniendo tales custodios?: ellos no pueden ser vencidos ni engañados, y mucho menos nos pueden engañar ellos que nos guardan en todos nuestros caminos.
Para reflexionar:
¿Tenemos en cuenta en nuestra vida a los ángeles? ¿Pedimos a Dios que sus ángeles nos guarden, acompañen e intercedan por nosotros?

martes, 8 de julio de 2014

CARÁCTER ECLESIAL DE LA FE

Confesamos en el credo: “creo la Iglesia”. Al decir esto confesamos que ella es obra de Dios, pues hay que distinguir lo que es Dios y lo que es obra de Dios. Por eso podemos decir creo por la Iglesia, creo desde la Iglesia. Se cree a Dios en la Iglesia.
La fe es un acto personal, es la respuesta libre del hombre a Dios que se revela. Pero la fe no es un acto aislado, sino que se realiza en comunión con toda la Iglesia.
Nadie puede creer solo. Sin el apoyo de la comunidad, la fe no puede sostenerse. La fe de la Iglesia sostiene y soporta la fe personal.
La fe del cristiano es una participación de la fe común de la Iglesia. Si se aparta de la Iglesia, no puede seguir creyendo en el Dios revelado en Cristo.
Nadie se ha dado la fe a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro. Nadie alcanza la fe como fruto de reflexiones, la fe se engendra por el anuncio. Ningún individuo ni ninguna comunidad, puede anunciarse a sí mismo el Evangelio.
Nuestro amor a Jesús y a los hombres nos impulsa a hablar a otros de nuestra fe. Cada creyente, con su fe genera un testimonio, que es invitación a que otros hagan la misma experiencia y vean cómo la fe va transformando la propia vida. La fe se transmite con palabras y obras.
Creer es adherirse al testimonio de otros y a la experiencia que la comunidad tiene de Dios.  Quien dice yo creo, dice yo me adhiero a lo que nosotros creemos.
El don de la fe se recibe por medio de la Iglesia, que es quien conserva íntegro el contenido de la fe. Cada uno recibe la fe de la comunidad, la testifica junto a los otros y ayuda a transmitirla.
Por mediación de la Iglesia y dentro de la Iglesia, el cristiano puede decir “creo en Dios”.
Hay una íntima vinculación entre fe y bautismo. La Iglesia realiza el bautismo y, con él, otorga el don de la fe. Además, la Iglesia educa y alimenta la fe por medio de los sacramentos.
La Iglesia no cesa de confesar su única fe, ya que existe una unidad de la fe tanto en el espacio como en el tiempo. Mi fe es la misma que la de otros.
La fe cristiana es, en su esencia, a la vez personal y eclesial. No podemos caer en la tentación de vivir la fe en solitario, despreciando la mediación eclesial.
Para reflexionar:
¿Necesito a la Iglesia para vivir mi fe? ¿Dónde y cómo doy testimonio de mi fe?

lunes, 9 de junio de 2014

ALABANZA DE LA GLORIA DE DIOS



San Pablo en su carta a los efesios nos dice que Dios nos ha destinado a ser alabanza de su gloria. Y, ¿Qué es la gloria de Dios? ¿Cómo nos convertimos en alabanza de su gloria?
Ef 1, 5: “Él (Dios) nos ha destinado por medio de Jesucristo según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado”.
Podemos entender la gloria como la reputación o fama que tiene el que realiza buenas acciones o tiene grandes cualidades, y cuando se lo reconocemos, lo alabamos.
Pero en su sentido original, la gloria hace referencia al mismo ser en cuanto que se manifiesta.
La gloria de Dios es Dios mismo en cuanto que se manifiesta. Y lo que Dios es y a su vez brota de su propia vida íntima es su bondad, amor y verdad.
La gloria en principio es descendente, va de Dios al hombre. Dios nos da su amor y verdad, y ante esta gracia que recibimos nos llenamos de Dios, participamos de su vida y le respondemos libremente dándole gracias y convirtiéndonos en alabanza de su gloria, es decir, manifestando en nosotros su amor, su verdad y su bondad.
La gloria de Dios es que el hombre viva con la vida verdadera: que participe de la vida trinitaria. O lo que es lo mismo, la gloria de Dios busca nuestra salvación.
Se trata de ser buenos y amar como Dios es bueno y ama. Pero como esto no lo podemos conseguir con nuestras propias fuerzas, nos tenemos que transformar, por obra del Espíritu Santo, en la misma imagen de Cristo. Así participamos de la vida trinitaria y, damos gloria al Padre cuando, unidos a Cristo, amamos como él.
A medida que nuestra vida toma el estilo del Evangelio, vamos haciendo nuestra su gloria, nos transformarnos en gloria, en la misma imagen de Cristo.
Ser alabanza de la gloria de Dios es ser sus hijos, participar de su vida y, manifestar y comunicar en nuestras vidas su bondad y su amor.
Dar gloria a Dios es parecernos cada vez más a Dios, unirnos cada vez más a Jesús, para que se manifieste en cada uno de nosotros el amor y la bondad de Dios.
Para reflexionar:
Si por el bautismo participo de la vida de Dios ¿manifiesto en mi vida su amor? ¿Cómo puedo amar y ser perfecto como Dios?

sábado, 10 de mayo de 2014

MILAGROS EN EL CUARTO EVANGELIO: LOS SIGNOS



En el evangelio de Juan a los milagros que hizo Jesús se les llama signos, para dar a entender que ese milagro tiene un significado.
Los signos manifiestan la Gloria de Dios (el amor de Dios) a aquellos que están dispuestos a seguir la dinámica de la fe. Así es como Jesús hace crecer la fe de sus discípulos (aunque no todos lo que vieron los signos creyeron).
El milagro nos invita a descubrir el misterio de la persona de Jesús y no quedarse solo en lo portentoso.
En el evangelio de Juan, tenemos primero un signo y después un discurso.
Por ejemplo, en el capítulo 6 hay 2 signos, el de la multiplicación de los panes y Jesús caminando sobre las aguas.
Los dos signos están colocados al principio del capítulo y sirven para entender el discurso posterior de Jesús, en el que dirá “Yo soy el pan de vida”.
Son palabras duras que no se pueden entender si antes no se ha visto la gloria que se da en la multiplicación de los panes.
Los signos preparan a los discípulos para que puedan entender y aceptar la revelación por palabras del discurso que se expone después.
Primero se actúa en lo que se hablará después: El pan que se multiplica en abundancia y que sacia a la muchedumbre es el preámbulo del pan que nos revelará luego la identidad y misión de Jesús. El pan que les da primero, es muy inferior al pan de vida que les dará después.
Como Jesús es capaz de dar de comer a una muchedumbre y de caminar sobre las aguas, es capaz también de decir que el que viene a mi no tendrá hambre.
El mismo Jesús que dice “recoged los pedazos que han sobrado, que nada se pierda”, luego dirá “esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día”.
El Jesús que con su presencia calma el miedo a los de la barca, podrá decir luego a las gentes que el que ve al Hijo del Hombre y cree en él, tiene vida eterna.
Por eso los dos signos son imprescindibles para no decepcionarse ante las palabras de Jesús.
Para reflexionar:
¿Creemos en los milagros? ¿Sirven para tener fe? ¿Solo son creíbles desde la fe? El milagro ¿es más que algo portentoso, qué sentido tiene?

domingo, 27 de octubre de 2013

RELIGIÓN



Es un hecho constatado que desde que existe el hombre a su lado ha estado la religión.
Si en la historia de la humanidad la religión hubiera sido algo coyuntural fruto de una necesidad, cuando se satisface la necesidad o cuando las ciencias dan una solución, ya no hace falta Dios.
Pero la religión no es coyuntural, es estructural, forma parte de la esencia humana. El hecho religioso es connatural a la humanidad, pues el hombre por lo que es, está abierto a la trascendencia y es en la religión donde trata de buscar ese diálogo o contacto con Dios.
El ser humano ha sido creado para existir en relación con Dios, para vivir en comunión con Él, pues ha sido creado a su imagen y semejanza y está capacitado para dialogar con Él.
Esto lleva al hombre a estar ligado a Dios. En el interior del hombre se encuentra un sentimiento de dependencia inserto en su misma esencia.
La meta del hombre es ver a Dios, encontrarse con él, y eso liga al hombre con Dios. Este es el por qué de que haya religión.
En la religión el hombre busca a Dios, pues se siente religado, atado a él, y busca dar culto al creador. El hombre pregunta, busca, y Dios responde, Dios sale al encuentro.
Existen diversidad de religiones, en ellas hay una doctrina, un culto, y todas buscan la salvación del hombre.
La religión es una experiencia humana de relación con una realidad suprema o misterio, que confiere sentido a la propia vida, pero no es una experiencia experimental, pues no parte de los sentidos, ni se puede repetir ese experimento, ni ese experimento es igual para todos.
La experiencia religiosa es experiencial, es vivencia, supone un contacto o relación personal con lo que se tiene experiencia.
Cuando uno tiene experiencia de Dios, todo él se transforma, pues esta experiencia llega al corazón, afecta al yo; todo queda transformado con la presencia de Dios.
La relación ante Dios es de éxtasis, el hombre sale de sí mismo y Dios ocupa el centro (aunque Dios no niega nuestro yo, sino que lo hace distinto y mejor).
Para que exista religión se necesita el sujeto creyente y el objeto creído. En esta relación la iniciativa es de Dios.
La religión supone encuentro, el ser trascendente se hace presente, nos visita. Por eso la actitud religiosa lleva al sacrificio (a través de un objeto consagrado se pretende realizar o expresar la relación con la divinidad) y a la oración (relación directa con la divinidad, acto central de la actitud religiosa).
Para reflexionar:
¿Qué entendemos por religión y ser religiosos? ¿Nuestra actitud religiosa es de relación con Dios o cumplimiento de normas y preceptos? ¿Cómo nos relacionamos con Dios?

jueves, 17 de octubre de 2013

TEOLOGÍA FUNDAMENTAL



El contenido de la Teología fundamental es la Revelación de Dios a la humanidad y su acogida en la fe.
Ante la Revelación la teología escucha y reflexiona lo que dice, y la justifica.
La Revelación se justifica porque la fe es razonable, coherente con la razón humana. Para creer no hay que prescindir de la razón.
Se trata de justificar de forma racional la aceptación de la Revelación divina.
La teología pretende presentar el mensaje cristiano exponiendo los motivos por los que se justifica el sí de la fe a la revelación divina. Hay que justificar el sí que le damos a la persona y al mensaje de Jesucristo que la Iglesia anuncia.
Pero no es sólo ver qué dice la Revelación, sino verlo en dialogo con el otro (con el que no cree) y buscar la justificación racional.
Ya desde el inicio del cristianismo la predicación cristiana tiene, entre otras, una función apologética en cuanto trata de “dar razón” o “explicación” al que nos interroga por nuestra fe (1 Pe 3, 15: “... dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza”).
Este texto está dirigido a cristianos que viven en la diáspora, que lo están pasando mal, pues son perseguidos, criticados y burlados por la sociedad (algo parecido a la actualidad).
El cristiano debe saber dar una razón o respuesta no solo de su fe, sino también de su esperanza, pues ésta conecta con el sentido de la vida.
Esta conexión de fe y razón muestra que la revelación es creíble, hay que mostrar que Jesucristo es creíble.
Hoy es importante mostrar que el cristianismo es una respuesta con sentido para el hombre actual.
Para reflexionar:
¿Cómo es mi fe? ¿Creo sin cuestionarme lo que se me transmite? o ¿No creo más que lo que se puede demostrar?  


viernes, 8 de febrero de 2013

FE JOÁNICA



Para Juan creer es ir hacia Jesús, aceptarle… es tener vida. Por el creer ya tenemos vida eterna, ya subsistimos.
La fe es el resultado final de creer. Escuchar a Jesús es creer, ir a Jesús es creer. El que crea no tendrá sed, el que crea tiene vida eterna y aunque haya muerto vivirá…
La fe tiene como objeto el hombre llamado Jesús. Va en la dirección de Jesús.
Pero no es hasta la cruz donde se manifiesta la gloria de Jesús, allí es donde gracias al Espíritu Santo ya se puede tener fe.
El creer joánico penetra en el misterio de la identidad de Jesús. A través de los signos se ha ido descubriendo la identidad de Jesús que su persona humana ocultaba, sus signos revelan su gloria, pero cuando Jesús es exaltado en la cruz es cuando se le conoce, gracias al Espíritu Santo, el momento de conocer es el momento de la fe.
La exaltación y el don del Espíritu Santo coinciden, Jesús muere entregando el Espíritu.
La comunidad joánica está al pie del crucificado. Ahí nace la Iglesia.
Sin el Espíritu Santo es imposible recordar y penetrar en las palabras y acciones de Jesús.
El creer es la posesión actual y plena de la vida de Dios que nos llega a través de Jesús (no es algo para el futuro).
Jn 17,3: esta es la vida eterna: que te conozcan a ti Dios verdadero y a Jesucristo, tu enviado.
¿En qué consiste la vida eterna? En que te conozcan a Ti, único Dios verdadero y a Jesucristo, a quien has enviado. Para conocer al Padre y al Hijo hace falta el Espíritu Santo.
Jn 5,24: el que oye mi palabra y crea al que me envió tiene vida eterna (habla en presente) y ha pasado de la muerte a la vida (habla en pasado, ha experimentado ya la resurrección).
Esta plenitud que Jesús ofrece sólo se realiza después de la exaltación. Porque el creer comienza con la acción del Espíritu Santo que da comienzo a la actividad apostólica.
La aceptación de Cristo es estar salvado.
Pecado es lo contrario a creer, Juan habla de creer como “hacer la verdad” y de incredulidad, como “hacer el pecado”.
El pecado fundamental es el de la autosuficiencia y cerrazón, que es lo que impide un verdadero conocimiento de Dios.
El pecado es la no aceptación del don de Dios que lleva a la confesión. El creer va unido a la confesión.
Para que la fe sea auténtica debe haber confesión, reconocer públicamente.
El pecado es rechazar a Jesús, no creer. Si no creo en él haré cosas que son pecado.

domingo, 12 de agosto de 2012

INCREENCIA

Hoy, el cristiano tiene la sensación de nadar contra-corriente.
Ya no es natural ser creyente. Un desinterés religioso parece envolverlo todo.
La cultura que se difunde en la sociedad está dominada por la increencia. Los medios de comunicación que invaden los hogares, propagan una cultura que favorece la increencia.
La religión es considerada por muchos como ignorancia o falso consuelo ante las injusticias sociales.
Sobre todo entre los jóvenes, se da un cientifismo que les lleva a negar los principios del mensaje cristiano.
Aunque es preciso resaltar que, la increencia de la mayoría no es fruto de una decisión responsable, sino resultado de una existencia “in-trascendente”.
La cuestión es vivir. Vivir lo mejor posible el presente sin plantearse grandes problemas.
No es extraño encontrar en la sociedad actual una postura de indiferencia religiosa. Son indiferentes no sólo al cristianismo sino a toda búsqueda o interrogante religioso.
Nos hacemos esta pregunta: ¿no será esta la causa de tanta infelicidad en nuestro mundo? 
El hombre prescinde de su raíz, de su esencia, de su razón de ser, de su Creador, ¿no será esta la causa de sus depresiones, insatisfacciones, tristezas y falta de motivación ante la vida?

lunes, 23 de julio de 2012

FE


Fe y Revelación: La fe es una virtud sobrenatural por la que creemos como verdadero aquello que Dios nos ha revelado por su autoridad.
El hombre responde al Dios que se revela con la obediencia de la fe. La única fuente de la fe es la revelación.
La revelación es acogida por la fe, puesto que si no hay alguien que cree no hay revelación. Revelación y fe son términos correlativos, complementarios, no se da el uno sin el otro.
Entrega: La fe es una entrega libre y plena al Dios que viene a nosotros, por lo que afecta a la inteligencia y voluntad, las cuales conjuntamente dan el paso hacia la fe.
Así, por la voluntad confiamos en Dios, creemos en Dios; y por la inteligencia aceptamos a Dios, creemos a Dios.
Gracia: Para profesar esta fe necesitamos la Gracia de Dios. Creer es obra de la Gracia y de la voluntad humana. El Espíritu Santo mueve el corazón y lo convierte a Dios.
Todos los pasos del hombre hacia la fe son obra de Dios.
La fe es obra del Espíritu Santo, pero es el hombre el que cree. La fe no anula al hombre. La fe es libre. Gracia y libertad se conjugan sin oponerse, todo es obra de Dios y del hombre.
Credibilidad: Dios se da a conocer en la revelación, llama al hombre y le invita a creer, dispone su corazón para que crea.
La fe es razonable porque la revelación es creíble, hay signos en la revelación de credibilidad que nos llevan a una certeza moral.
La credibilidad no obliga a creer, pues no muestra evidencia del misterio, por eso hace falta la libertad.
Dios se manifiesta en signos para que el hombre crea, es una invitación.
Los signos respetan al hombre, Dios deja en libertad al hombre para aceptar o no lo que le manifiesta. Todos los argumentos unidos hacen razonable ese paso a creer.
El principal signo de credibilidad es la vida, palabras, obras y resurrección de Jesús.
Quien tiene fe deja su voluntad y entendimiento a un lado y se apoya en la voluntad de Jesús, acepta a Jesús como norma de vida.
Obras: La fe es activa por el hecho de que la Palabra permanece operante en los creyentes. La Palabra de Dios da frutos.
La fe no es una cosa vacía, comporta un cambio de vida, un vivir contracorriente. La fe actúa por medio de las obras de amor.
Lo que salva es creer en Dios, convertirse, pero al convertirnos miramos a Dios e intentamos vivir como la fe nos dice.
La fe tiene unas consecuencias prácticas en el comportamiento humano, que se manifiesta en obras.
Iglesia: La fe tiene un concepto eclesial. La revelación es transmitida por la Iglesia y se cree en la Iglesia.
Dios se revela a un pueblo, a la Iglesia, y se acepta individual y conjuntamente.