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miércoles, 17 de mayo de 2017

JERARQUÍA DE LA IGLESIA

No siempre la jerarquía en la Iglesia es la que percibe primero la presencia de Jesús Resucitado como artífice de lo que sucede a nuestro alrededor. Solo el discípulo amado, cualquiera que tenga experiencia del amor de Jesús, está donde debe, capta y entiende las situaciones que acontecen, y descubre en ellas a Jesús: “Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro: Es el Señor” (Jn 21, 7a).
Pedro lidera ese grupo de discípulos que tras la muerte de Jesús reinician su actividad cotidiana, por eso le siguen cuando “les dice: Me voy a pescar. Ellos contestan: Vamos también nosotros contigo. Salieron y se embarcaron” (Jn 21, 3).
Pedro representa la jerarquía y el discípulo amado a la base comunitaria que se siente amada y ama a Jesús.
Es la comunidad creyente quien descubre antes a Jesús, la que capta y entiende las distintas situaciones. Pero Pedro comprende, se pone el vestido de discípulo que sirve y, para expresar su disposición a dar la vida, se tira al agua. Muestra estar dispuesto al servicio total hasta la muerte: “Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua”  (Jn 21, 7b).
La función jerárquica de la Iglesia debe estar en sintonía con la fe de los creyentes y no a la inversa. Los ministros ordenados están al servicio de los laicos y no a la inversa.
La necesaria Jerarquía de la Iglesia debe estar a la escucha de la base comunitaria, pues si actúa al margen, yerra. Debe ejercerse al modelo de Cristo: en el servicio y para la comunión.
El Papa sigue preocupado por el clericalismo tan arraigado en la Iglesia por eso digo a los sacerdotes: Huyan del clericalismo. Porque el clericalismo aleja a la gente. Huyan del clericalismo, y añado: es una peste en la Iglesia(Rueda de prensa en el vuelo de regreso de la peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Fátima 14-05-2017).
El clericalismo es esa tentación del clero de señorear sobre los laicos, de intervenir excesivamente en la vida de la Iglesia, de mantener a los laicos al margen de las decisiones eclesiales.
Esta actitud dificulta el ejercicio de los derechos de los laicos y evita que tomen conciencia de su responsabilidad en la Iglesia.
Así, la participación de los laicos en la vida y misión de la Iglesia es prácticamente nula y no conforme con la Constitución Dogmática Lumen Gentium, 37: “Reconozcan y promuevan la dignidad y la responsabilidad de los laicos en la Iglesia…”.
Por eso los sacerdotes deben ser formados como servidores: “el que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará” (Jn 12,26).
Esta es la función jerárquica que pide el Señor, la del servicio: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9, 35).
Para reflexionar:
¿Al servicio de quién estamos? ¿Nos sentimos todos corresponsables de la vida y función de la Iglesia?

viernes, 8 de julio de 2016

CLERICALISMO Y MUNDANIDAD ESPIRITUAL

El Papa Francisco nos advierte sobre un excesivo clericalismo dentro de la Iglesia y contra la mundanidad espiritual.
El clericalismo, esa tentación del clero de señorear sobre los laicos, es una forma excesiva de intervenir el clero en la vida de la Iglesia que dificulta el ejercicio de los derechos al resto del pueblo de Dios.
El clericalismo es un obstáculo para que se desarrolle la madurez y la responsabilidad cristiana de buena parte del laicado al mantenerlo al margen de las decisiones eclesiales. 
Los ministros ordenados están al servicio de los laicos, los cuales deben formarse y tomar conciencia de su responsabilidad en la Iglesia.
Un párroco no puede llevar la parroquia adelante con un estilo clerical que no deja crecer a la parroquia ni a los laicos. El párroco se debe apoyar en el Consejo pastoral y decidir tras haber escuchado, dejado aconsejar, dialogado… Esta es su tarea, no es un patrón de empresa.
Por eso los sacerdotes deben ser formados no como administradores, sino como padres, hermanos, deben ser capaces de proximidad, de encuentro, de enardecer el corazón de la gente, caminar con ellos, entrar en diálogo con sus ilusiones y sus temores.
El clericalismo puede conducir a una mundanidad espiritual que, aparentando una religiosidad e incluso amor a la Iglesia, lo que busca es la gloria humana y el bienestar personal, en lugar de la Gloria del Señor.
Esta mundanidad se da en quienes sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas. De forma que en lugar de evangelizar, se analiza y clasifica a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar.
No preocupa que el Evangelio tenga una inserción en el Pueblo de Dios, sino que se busca una vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, cargados de estadísticas, planificaciones y evaluaciones, donde el principal beneficiario no es el Pueblo de Dios. Es una autocomplacencia egocéntrica.
Quien ha caído en esta mundanidad descalifica a quien lo cuestione, destaca constantemente los errores ajenos y se obsesiona por la apariencia.
Esta mundanidad asfixiante se sana tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios.
Para reflexionar:
En la Iglesia ¿lo hacemos todo para gloria de Dios o para la nuestra?

domingo, 15 de mayo de 2016

LA LLAMADA

Jesús llama a Mateo y come con él, es un precioso texto (Mt 9, 9-13) en el que todos nos vemos reflejados, pues Jesús llama a un pecador, nos llama a nosotros pecadores a seguirle; y lo hace porque sabe que tenemos necesidad de acudir a él, al único que nos puede proporcionar una vida más sana, digna y dichosa.
Los fariseos, como todos los que se consideran justos, no entienden que Jesús pueda estar al lado de los pecadores, a estos, más que llamarlos hay que excluirlos. “Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: ¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?” (Mt 9,11).
La respuesta de Jesús indica por qué come con ellos: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos” (Mt 9,12); y cuál es su misión: “no he venido a llamar a justos sino a pecadores” (M 9,13).
Jesús quiere que entendamos bien la frase bíblica que cita: “Quiero misericordia y no sacrificio; conocimiento de Dios, más que holocaustos” (Os 6, 6).
Con Jesús todo cambia, y así, los que se consideran justos quedan excluidos de la llamada, y los pecadores que se sienten excluidos son llamados y acogidos.
La llamada que nos hace Jesús supone comenzar una nueva vida, nos debe llevar a una conversión que, superando nuestra vida pasada de pecado nos lleve a una nueva vida junto a Jesús.
Con su acogida amistosa, Jesús no justifica el pecado, sino que rompe el círculo de la discriminación y facilita el encuentro con Dios.
Jesús quiere que nosotros hagamos lo mismo, que como discípulos suyos nos sentemos con todos, nos acojamos, no excluyamos a nadie, y que prioricemos nuestra actitud de ser misericordiosos frente a un culto vacío que no cura ni saca de la exclusión a los pecadores y marginados.
Ejemplo de discipulado lo tenemos en la Virgen María, por eso nos dice San Agustín en uno de sus sermones (72,7): “Santa María cumplió ciertamente la voluntad del Padre; y por ello significa más para María haber sido discípula de Cristo que haber sido madre de Cristo”.
Para reflexionar:
¿Celebramos banquetes con pecadores y marginados? ¿Hemos sentido la invitación de Jesús a estar con él pese a nuestra vida pecadora? ¿Hemos cambiado de vida?

lunes, 20 de octubre de 2014

LA IGLESIA: SAL Y LUZ DEL MUNDO

La Iglesia la formamos todos aquellos que hemos sido convocados por Dios a formar parte de su pueblo.
A ese pueblo se pertenece por la fe y el bautismo. La gracia que recibimos en el bautismo es la que nos incorpora a esta familia, y como es la misma para todos, dentro de la Iglesia todos somos iguales.
Por eso todos tenemos que participar y ser corresponsables de la vida y misión de la Iglesia.
Al ser todos los miembros de la Iglesia uno en Cristo, todos tenemos la misma dignidad, la misma gracia de hijos, la misma vocación a la perfección, la misma salvación… Todos estamos llamados a la santidad, pero los caminos para llegar a ella son distintos.
En la Iglesia nos necesitamos los unos a los otros. Los pastores están al servicio de los fieles y estos colaboran con los pastores. Cada miembro está al servicio de los otros.
La Iglesia es un instrumento de la redención universal, tiene una ley nueva que es amar como Cristo amó, y es enviada a todos para ser luz del mundo y sal de la tierra.
El cristiano está llamado a ser sal de la tierra, a dar sabor a la vida para que todos puedan gozar y disfrutar de ella. Esto es ser testigos del evangelio.
El evangelio es como sal que debe ser arrojada discretamente en el plato de la vida como energía que empuja la vida hacia delante y la orienta hacia el verdadero objetivo a conseguir.
Los discípulos con sus obras y su testimonio del evangelio han de dar sabor y valor a la humanidad.
“Si la sal se vuelve sosa...”: es cuando los discípulos pierden la capacidad de manifestar con sus obras y su testimonio el Evangelio “…no sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente”.
Es necesario que las obras de la comunidad de los discípulos sean visibles por los demás hombres.
La comunidad cristiana que ha recibido la luz, la tiene que manifestar al mundo, para que los demás lleguen a la conclusión de que existe Dios y que Dios es Padre.
Cada discípulo es luz en la medida en que su vida hace visible la fuerza transformadora del evangelio y demuestra que el amor nuevo es posible.
Quien dice "sí" con su vida a las enseñanzas de las bienaventuranzas es sal y luz. De forma que ese cristiano, portador del don de Dios, no puede limitarse a gozarlo y vivirlo sólo él. Debe alumbrar y dar sabor al mundo para que los demás, viéndolo, den gloria al Padre.
Para reflexionar:
¿Quién es más importante en la Iglesia? ¿Pensamos que por el hecho de ser cristianos ya somos sal y luz para el mundo? 

jueves, 19 de junio de 2014

SACERDOCIO DE LOS CRISTIANOS

Si Cristo es sacerdote, profeta y rey, cuando nos bautizamos entramos a formar parte del pueblo de Dios como sacerdotes, profetas y reyes. Por medio del bautismo participamos del sacerdocio común de los fieles.
Cuando somos bautizados, ya nuestra vida se entiende desde Cristo, no se vive por sí sino para Dios, se está al servicio de Dios (que no se puede separar del servicio a los hombres), y ese ofrecimiento de la propia existencia, es nuestro culto, es el ministerio sacerdotal de los cristianos.
El sacerdocio no se realiza como una actividad u ofrenda, sino con una entrega de la propia vida. El ministerio sacerdotal es entregar la propia vida.
Gracias al sacrificio de Cristo, los cristianos también pueden ofrecer un sacrificio de alabanza que va más allá del culto, es tratar de hacer el bien y ayudarnos mutuamente, porque en tales sacrificios se complace Dios.
El culto que el cristiano da a Dios es su propio ofrecimiento como un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios.
El cristiano es sacerdote porque convierte su vida en un sacrificio, su vida es una ofrenda a Dios.
El sacerdocio cristiano es el de los bautizados que se identifican con Cristo sacerdotal, es la participación del único sacerdocio de Cristo.
El Concilio Vaticano II habla de la Iglesia como pueblo de Dios: pueblo de iguales estructurado ministerialmente.
Lo que nos hace iguales es la gracia del bautismo, que nos incorpora a la familia de los hijos de Dios y la Iglesia.
La Iglesia está estructurada ministerialmente, pues lo que es común a todos no contradice que existan ministerios al servicio de la Iglesia.
El sacerdocio ministerial tiene su razón de ser en el servicio al pueblo sacerdotal, y se realiza en el servicio de la palabra, de los sacramentos y de dirección de la comunidad.
El sacerdocio común no existe sin la palabra que lo convoca a la fe y sin la participación en los sacramentos de la fe.
Mi trabajo, mi vida, es un culto a Dios, pues si vivo unido a Jesucristo que es sacerdote, todo lo que hago es mediación de salvación, toda mi vida es sacerdotal.
Soy consagrado para Él, mi vida es para Él. Cristo sacerdote y yo unido a Él soy sacerdote.
Para reflexionar:
Soy consciente de que doy culto a Dios entregando mi vida por los demás. ¿Me considero mediador en la salvación del mundo?


domingo, 27 de octubre de 2013

RELIGIÓN



Es un hecho constatado que desde que existe el hombre a su lado ha estado la religión.
Si en la historia de la humanidad la religión hubiera sido algo coyuntural fruto de una necesidad, cuando se satisface la necesidad o cuando las ciencias dan una solución, ya no hace falta Dios.
Pero la religión no es coyuntural, es estructural, forma parte de la esencia humana. El hecho religioso es connatural a la humanidad, pues el hombre por lo que es, está abierto a la trascendencia y es en la religión donde trata de buscar ese diálogo o contacto con Dios.
El ser humano ha sido creado para existir en relación con Dios, para vivir en comunión con Él, pues ha sido creado a su imagen y semejanza y está capacitado para dialogar con Él.
Esto lleva al hombre a estar ligado a Dios. En el interior del hombre se encuentra un sentimiento de dependencia inserto en su misma esencia.
La meta del hombre es ver a Dios, encontrarse con él, y eso liga al hombre con Dios. Este es el por qué de que haya religión.
En la religión el hombre busca a Dios, pues se siente religado, atado a él, y busca dar culto al creador. El hombre pregunta, busca, y Dios responde, Dios sale al encuentro.
Existen diversidad de religiones, en ellas hay una doctrina, un culto, y todas buscan la salvación del hombre.
La religión es una experiencia humana de relación con una realidad suprema o misterio, que confiere sentido a la propia vida, pero no es una experiencia experimental, pues no parte de los sentidos, ni se puede repetir ese experimento, ni ese experimento es igual para todos.
La experiencia religiosa es experiencial, es vivencia, supone un contacto o relación personal con lo que se tiene experiencia.
Cuando uno tiene experiencia de Dios, todo él se transforma, pues esta experiencia llega al corazón, afecta al yo; todo queda transformado con la presencia de Dios.
La relación ante Dios es de éxtasis, el hombre sale de sí mismo y Dios ocupa el centro (aunque Dios no niega nuestro yo, sino que lo hace distinto y mejor).
Para que exista religión se necesita el sujeto creyente y el objeto creído. En esta relación la iniciativa es de Dios.
La religión supone encuentro, el ser trascendente se hace presente, nos visita. Por eso la actitud religiosa lleva al sacrificio (a través de un objeto consagrado se pretende realizar o expresar la relación con la divinidad) y a la oración (relación directa con la divinidad, acto central de la actitud religiosa).
Para reflexionar:
¿Qué entendemos por religión y ser religiosos? ¿Nuestra actitud religiosa es de relación con Dios o cumplimiento de normas y preceptos? ¿Cómo nos relacionamos con Dios?

viernes, 8 de febrero de 2013

DISCIPULADO. MARCOS



Marcos en su evangelio, los discípulos aparecen siempre al lado de Jesús, primero los llama y ya siempre están con él.
Mc 3, 14-15: “E instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar”
Jesús al llamarlos les dice, sígueme, y les lanza una promesa: “venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres” (Mc 1,17)
Esta frase es una proposición de vida totalmente diferente a la que llevaban y por eso los discípulos siempre van con Jesús, para ser educados en ser pescadores de hombres.
El mar es la representación del mal. Sacar a alguien del mar es sacarlo del mal. "Pescadores de hombres" expresa la función del discípulo que debe salvar de los poderes del desamor y del egoísmo para que descubra al Dios que ama a fondo perdido.
Jesús los elige con esa intención concreta, para ello deben estar con él para después poder ser enviados a predicar.
Jesús quiere que estén con él para que vean lo que hace, lo que comenta, lo que ora… Y una vez conocido el proyecto de Jesús serán enviados para continuar su obra.
Se nos quiere ir haciendo discípulos de Jesús aprendiendo a saber quien es Jesús. Pretende que nos acerquemos a Jesús y nos encontremos con él, puesto que la principal enseñanza de Jesús en este evangelio es su propia vida.
Jesús es el protagonista del evangelio, Marcos quiere que vayamos viendo lo que hace, lo que enseña, cómo muere…, que en su compañía aprendamos a rezar, a llamar Padre a Dios, a confiar en él…., y nos da la última lección con su muerte: obedecer a Dios.
Acaba el evangelio diciendo: id a Galilea. Una vez hemos aprendido, hay que ir a Galilea a continuar allí el Reino de Dios. Nos envía a predicar.
Primero conocemos quién es Jesús y luego vamos a la Galilea de nuestra casa, ciudad, trabajo… a predicar quién es Jesús, a dar testimonio del reino de Dios.
El proyecto de Jesús es que los discípulos rompan su vida, para iniciar una vida nueva sin marcha atrás.
Este grupo es convocado por Jesús, fundado por Jesús, se reúne en torno a Jesús, se consolida como grupo viviendo alrededor de Jesús, y se identifican con su destino. Es el núcleo del Reino de Dios. Es también el núcleo de la Iglesia.
Marcos es muy crítico con los doce y esto lo hace para no desanimar a los que leen el evangelio, es una postura pedagógica por la que nos quiere hacer ver que si los discípulos que estaban siempre con Jesús no entienden, nosotros con una primera lectura del evangelio tampoco lo entenderemos, y no nos debe desanimar, hay que releerlo para comprender a Jesús.

DISCIPULADO. MATEO



Mateo finaliza su evangelio con la misión que Jesús Resucitado da a sus discípulos: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”. (Mt 28, 19-20).
Jesús resucitado no enseña nada nuevo, se les presenta a los discípulos y les dice que vayan por todo el mundo a enseñar lo que él les había enseñado.
Jesús quiere tener discípulos en todas partes, y será su discípulo aquel que guarda sus enseñanzas, aquel que aprende a vivir de Jesús, y lo que aprende no es teoría, recibe una enseñanza práctica para cumplirla.
Discípulo también es aquel que mantiene siempre la confianza en Jesús. Si Jesús ha resucitado, es que vive y tenemos que confiar en su poder.
El discípulo debe aprender a confiar en Jesús resucitado.
En el evangelio de Mateo se aprecia que en los momentos de angustia de los discípulos, Jesús acude a ellos, en Mt 14, 23-33 se narra que en la tormenta Jesús va hacia sus discípulos caminando sobre las aguas para detenerla, y los que estaban en la barca dicen: realmente es el Hijo de Dios. Los discípulos reconocen el poder de Jesús cuando va en su ayuda.
Dentro de la tormenta Pedro le dice a Jesús que le mande que vaya hacia él caminando, se puso a caminar sobre las aguas, la tormenta seguía, y Pedro se empezó a hundir. Cuando se estaba hundiendo grita, Señor sálvame, y Jesús le saca.
Esto indica que el discípulo se juega la vida por Jesús, pero debe aprender a confiar en él.
Nos dice Mateo que el discípulo debe aprender de Jesús, llevar a la práctica lo aprendido y tener una confianza total en él.
Pedro aparece como el modelo del discipulado, que cree en Jesús, confía en él y le  sigue, pero siente miedo y cobardía (luces y sombras). Lo que no hay que hacer nunca es desesperarse.
En resumen, como discípulos debemos aprender a guardar las enseñanzas de Jesús, por eso hay que evangelizar enseñando a guardar (cumplir) lo que Jesús ha enseñado y aprender a confiar en Jesús resucitado, que está siempre presente en la comunidad.

DISCIPULADO. LUCAS



Lucas relata la llamada de los discípulos por Jesús de forma diferente a los otros evangelistas, intenta explicar por qué los discípulos siguen a Jesús.
Coloca primero el sermón. Jesús predica a las gentes desde la barca sus enseñanzas. Pedro ve el contenido de la palabra de Jesús que le llena de asombro, luego cuando Jesús le dice que vaya mar adentro y eche las redes, Pedro las echa por su palabra.
Al ver la pesca, Pedro aún se llena más de asombro, y es entonces cuando Jesús le dice que le siga y que será pescador de hombres.
Ese cambio de Pedro está motivado por la acción de Jesús.
Jesús le pide a Pedro algo imposible, y Pedro confía en Jesús para su misión, porque se fía de su palabra y porque ve la autoridad que tiene sobre las cosas.
La misión que nos manda el Señor siempre es imposible. Pero imposible para nuestras fuerzas, con su fuerza sí que podemos.
El seguimiento de Jesús no es una decisión tomada a ciegas por los discípulos, sino tras ver un fundamento, una prueba.
Jesús no puede contar a sus discípulos su misterio de golpe, por eso primero hace milagros, luego explica, para que se interesen y pregunten más a fondo.
Jesús probablemente pensó que estando juntos en Galilea, los discípulos estarían enseñados y tendrían una idea de lo que él quería hacer, pero se da cuenta que no se han enterado de nada y les reprende (Lc 9,55), y a partir de ahí comienza una enseñanza intensiva, pues quiere que sus discípulos abran su mente a lo que les quiere enseñar para que luego lo transmitan.
El camino de Jesús con los discípulos desde Galilea a Jerusalén lo aprovecha para enseñarles y dejarlos preparados.
Jesús les da una lección sobre el mandamiento principal, les enseña a rezar y les da el Padrenuestro, les habla en parábolas.
Los discípulos con eso debían haber aprendido ya quien es Jesús, pero no lo han hecho, no se han dado cuenta de la condición divina de Jesús y tampoco conocen cual es su misión.
Y esa misión se perderá si los discípulos no la entienden y la pueden contar.
El misterio de Jesús, se lo acaba de explicar en la última cena. Pero hasta que no llegue el Espíritu Santo no acabarán de comprender y darse cuenta de todo.
El desarrollo teológico se desarrollará después de la pascua, pero se fundamenta en todo lo que Jesús hizo y dijo antes de la pascua.

 

lunes, 17 de septiembre de 2012

LITURGIA


La salvación del hombre, proyectada y revelada por Dios Padre es un misterio, primero fue anunciada y preparada por los profetas, luego se cumple en Cristo, para posteriormente darse a conocer por la predicación de los apóstoles a través de la Iglesia, gracias a la acción del Espíritu Santo.
La liturgia la comprendemos mejor desde esta perspectiva, ya que estamos en la tercera y definitiva etapa de la historia de la salvación, en el tiempo de la Iglesia o del Espíritu Santo, donde Cristo manifiesta, hace presente y comunica su salvación.
En este tiempo, la presencia de la salvación en medio de los hombres no cesa, y se produce mediante la fe y la incorporación personal al misterio de Cristo por medio de los sacramentos.
Igual que Cristo fue enviado por el Padre, él mismo envió a los apóstoles para que realizaran la obra de salvación mediante los sacramentos: mediaciones por las que actúa y se hace presente Cristo resucitado.
El Cristo que realiza la salvación está presente y actuando en la liturgia, confiere a esta una eficacia salvadora. La Iglesia anuncia y realiza la salvación, hace lo mismo que hizo Jesucristo.
Cristo instituye el memorial de su muerte y resurrección para redimirnos, se lo entrega a la Iglesia, y en ella, el Espíritu Santo nos descubre el significado salvífico de este misterio, lo hace presente, y nos introduce en él a través de la liturgia.
En cada celebración litúrgica, la muerte y resurrección de Jesús que ocurrió de una vez para siempre, se hace memorial: se actualiza y se hace presente ese acontecimiento a través de los sacramentos, y toda la Iglesia ejerce el culto público íntegro a Dios.
Basta la fe y la celebración de la Iglesia para entrar en esa corriente de salvación.
La liturgia no son ceremonias o ritos externos, sino que nos lleva a contemplar y celebrar el misterio pascual de Cristo, y su finalidad es la santificación de los hombres y el culto al Padre.
La liturgia es la presencia de la salvación en la historia, ya que a través de los sacramentos nos inserta en el misterio pascual de Cristo, que es lo que nos redime y nos salva.
Para reflexionar:
¿Somos conscientes que la Iglesia a través de la liturgia (leer la Palabra, orar, consagrar…) hace presente el misterio pascual de Cristo (su muerte y resurrección), que es lo que nos salva?
¿Vemos a través de los signos litúrgicos la manifestación visible de Cristo que sigue actuando en los sacramentos?
¿Nos lleva la liturgia a nuestra santificación: participar de la vida de Dios, estar en comunión con Él?
Si la Iglesia realiza la salvación por estar Cristo actuando en ella por la acción del Espíritu Santo ¿fuera de la Iglesia hay salvación?

sábado, 1 de septiembre de 2012

REINO DE DIOS


En los evangelios no se define el Reino de Dios, pero Jesús es condición para la realización del Reino, lo hace presente, es inseparable a él, ya que nos invita a elegir el Reino de Dios con la aceptación o rechazo de su persona y de su predicación.
Cuando Jesús dice que ha llegado el Reino de Dios, quiere decir que ha llegado el perdón sanador de Dios. El Reino de Dios es la nueva familia de los que han sido perdonados por Dios.
Jesús viene a sanarnos, a perdonarnos, nos hará personas nuevas y nos llamará hijos de Dios.
Los primeros en recibirlo son los discípulos, ellos formarán una nueva familia.
El grupo de discípulos convocado y fundado por Jesús, se reúne y se consolida como grupo viviendo alrededor de Jesús, identificándose con su destino. Es el núcleo del Reino de Dios y es también el núcleo de la Iglesia.
Jesús es el Reino y los que se unen con él van entrando a formar parte del Reino de Dios. El Reino de Dios está donde está Jesús.
Jesús propone e invita a un nuevo estilo de vida que es el Reino de Dios. Nos dice que el Reino de Dios sería lo que sucedería en el mundo si realmente Dios ejerciera su poder. Cambia todo. La resolución de los problemas del mundo se consigue dejando que Dios sea Dios, dejando la solución en sus manos.
El hombre se hace partícipe del Reino de Dios mediante la fe y la conversión, pero sólo quien lo estima más que a todas las cosas y lo busca sobre todo, lo alcanzará.
Reino e Iglesia no se identifican, porque la pertenencia a la Iglesia no garantiza la entrada en el Reino, pero hay una vinculación, ya que la Iglesia está al servicio del Reino, es signo y sacramento del Reino.
La Iglesia no es un fin en sí misma, está ordenada al Reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento, y su misión es anunciar los valores evangélicos expresión del Reino de Dios.
El Reino está presente en la Iglesia, es el ya pero todavía no. Hay una tensión con plenitud escatológica.
La realidad o naturaleza del Reino es misterio, unas veces se habla como realidad presente y otras como realidad futura, no es una realidad consumada. Con Jesús comienza la aurora del reino de Dios pero no la consumación.
El Reino iniciado en la tierra por Jesucristo, ha de ser extendido hasta que en el fin de los tiempos sea consumado por Dios cuando Cristo reine en todo y sea todo en todos. Esto no se dará en este mundo, sino cuando Jesucristo vuelva para aniquilar el mal, se cree un cielo nuevo y una tierra nueva, y resucitemos.
Para reflexionar:
¿El Reino de Dios se podrá implantar en este mundo o sólo se podrá vivir en él en el cielo, en la comunión de los santos?
¿Cómo podemos participar en el Reino de Dios y facilitar su instauración?

jueves, 30 de agosto de 2012

IGLESIA UNIVERSAL Y PARTICULAR


La Iglesia es católica o universal porque Cristo está presente en ella y es para todo el género humano.
La Iglesia de Cristo expresa totalidad, por lo que es universal, ya que donde estén estos 4 elementos: Obispo, Espíritu Santo, Evangelio y Eucaristía, está toda la Iglesia, no le falta nada, está completa.
Esta Iglesia católica existe en las iglesias particulares con todos sus elementos esenciales.
La Iglesia particular se constituye cuando una porción del pueblo de Dios se confía a un obispo para que la apaciente con la cooperación del presbiterio, quedando unida a su pastor, y reunida por él en el Espíritu Santo por el Evangelio y la Eucaristía. De forma que en esa Iglesia particular está y obra la Iglesia de Cristo, que es Una, Santa, Católica y Apostólica.
En las iglesias particulares se hace presente la Iglesia universal con todos sus elementos esenciales, ya que están formadas a imagen de la Iglesia universal, que es una Iglesia en muchas iglesias.
La Iglesia particular, local, o diócesis, es la realización en un lugar, en una lengua, en una cultura, de la Iglesia universal, ya que ésta se hace presente y operativa en la particularidad y diversidad de personas, grupos, tiempos y lugares.
Cada obispo es principio y fundamento de unidad en su Iglesia particular. De forma que la Iglesia católica una y única, existe en las iglesias particulares, y a base de las iglesias particulares.
Por eso cada obispo representa a su iglesia, y todos los obispos con el Papa, a la Iglesia Católica Universal.
Sólo hay una Iglesia, la universal, que no es un conjunto de iglesias particulares confederadas, ni la suma o la reunión de todas ellas, sino la única Iglesia de Dios difundida por todo el orbe, pues la Iglesia Católica existe como tal en cada Iglesia particular.
La Iglesia universal existe y se manifiesta en las particulares.
La Iglesia es, y lo es simultáneamente, universal y particular.
Toda Iglesia particular, con las características propias de cada pueblo está presente en la Iglesia universal. 
Para reflexionar:
¿Nos damos cuenta que siendo miembros de nuestra iglesia diocesana formamos parte de la Iglesia universal?
Las iglesias particulares insertadas en culturas e idiomas distintos ¿se diferencian de la Iglesia universal que es Una?

jueves, 26 de julio de 2012

LA IGLESIA


Con el Vaticano II pasamos a una comprensión teológica de la Iglesia como misterio, donde los elementos invisibles (la comunión con Cristo y con el Espíritu Santo) son constitutivos de la Iglesia.
Hay 2 aspectos esenciales que forman parte de la Iglesia, lo divino y lo humano, lo invisible y lo visible.
Las realidades eclesiales humanas y visibles, han de ser contempladas como la expresión y realización en la historia de los hombres, de su dimensión sobrenatural e invisible.
Por ello, los parámetros científicos, empíricos, sociológicos… resultan inadecuados para comprender el ser de la Iglesia. Sólo desde la fe podemos acercarnos a comprender el misterio de la Iglesia.
En el Vaticano II toma importancia “pueblo de Dios” para designar a la Iglesia.
Valora primero lo que es común a todos, lo que nos hace iguales, lo que somos: estar bautizados, ser cristianos por la gracia de Dios, que es lo que nos incorpora a la familia de los hijos de Dios (a la Iglesia); y luego vienen los carismas y ministerios: lo que cada uno tiene que hacer.
Por tanto, la Iglesia es un pueblo de iguales estructurado ministerialmente, al que se pertenece por la fe y el bautismo, en el que todos somos necesarios para su vida y su misión.
En la Iglesia participamos de las 3 funciones de Cristo: sacerdote, profeta y rey; tiene una ley nueva: amar como Cristo amó; y su destino final es el Reino de Dios.
Además, es un pueblo de llamados por Dios, procede de arriba, de la elección, alianza y misión. No nace de la voluntad de los hombres, no es una sociedad que pueda ser juzgada con categorías humanas.
Este pueblo es instrumento de la redención universal, es enviado para ser luz del mundo y sal de la tierra.
La Iglesia es comunidad, ya que todos sus miembros en sus vocaciones particulares, tienen que desempeñar un papel activo en la vida y culto de la Iglesia. Formamos una misma familia.