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miércoles, 17 de octubre de 2018

¿A QUIÉN BUSCA DIOS?


Nadie en este mundo vive olvidado ni está solo. Dios nos acompaña, y si alguien se aparta de él, su mayor alegría es buscar y encontrar a quienes viven perdidos y no encuentran el camino acertado de la vida.
Todos los seres humanos somos criaturas de Dios y le pertenecemos. En la parábola de la oveja perdida (Cf Lc 15, 3-10), se nos dice lo que es capaz de hacer Dios por no perder algo suyo que aprecia de verdad.
Dios siente a los perdidos como algo suyo y querido, por eso los busca apasionadamente, y cuando los recupera, su alegría es incontenible.
El pastor de la parábola no duda en arriesgar la suerte de todo un rebaño y sale en busca de la oveja perdida, pues le pertenece, y no para hasta encontrarla. Y cuando la encuentra, carga con ella, la devuelve al rebaño, y muy contento reúne a amigos y vecinos para que se alegren con él.
Dios no solo busca al que está perdido sino que, cuando lo encuentra, lo celebra jubilosamente. Por eso en el cielo hay más alegría por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
La oveja no hace nada para volver al redil, el pecador no se va a esforzar para convertirse. Todo es iniciativa de Dios que irrumpe en la vida del pecador con su misericordia.
En esta parábola, más que hablar de la conversión del pecador, se nos indica que Dios está siempre buscándonos para manifestarnos su gran bondad. Dios es un activo buscador de algo suyo que ha perdido.
Dios no está enfadado, ni ofendido ante nuestro extravío, sino preocupado en buscarnos para sacarnos de nuestra vida equivocada. Sentirse pecador es la situación privilegiada para acercarse a Dios. Mis pecados no le hacen quererme menos.
Lo mejor que nos puede pasar en esta vida es dejarnos encontrar por Dios que sale en nuestra búsqueda cuando nos apartamos de su camino.
Dios no rechaza a los perdidos, los busca. Jesús los acoge y come con ellos.  Ante este comportamiento de Dios, nosotros no podemos despreciar, discriminar o condenar a nadie, sino que unidos a Jesús, debemos ayudarle a buscar a tanta gente perdida que existe cerca de nosotros para conducirla hacia su rebaño.
Para reflexionar:
Si me siento perdido ¿recuerdo que Dios me está buscando? ¿Anunciamos que Dios busca incansablemente a las personas perdidas?

miércoles, 1 de febrero de 2017

GANAR AMIGOS ¿QUÉ AMIGOS?

En la parábola del administrador astuto (Lc 16, 1-15) el amo alabó al administrador injusto, porque había actuado con astucia” (Lc 16,8). Este administrador no se nos presenta como modelo a seguir, sino como ejemplo de astucia.
La parábola a continuación nos dice: "Ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas” (Lc 16, 9).
El dinero de iniquidad o injusto es aquel que no cumple una función social y es destinado, por aquel que lo ha conseguido, para su propio beneficio. Es una complacencia egoísta con el dinero para su seguridad, ignorando las necesidades ajenas. Es la riqueza que se disfruta sin compartirla con los pobres y hambrientos.
Esta es la “astucia” del administrador: ha descubierto otra función del dinero, que es la de ganar amigos y ayudar a los pobres que dependen como él de un amo rico, para salvar su vida. Así, el administrador se salva de vivir de la mendicidad o de trabajos que no puede hacer.
Y esta es la “astucia” que nos pide el Señor: emplear lo que tenemos en ayudar a los pobres; ganar su amistad compartiendo con ellos nuestros bienes, y así nos salvaremos, pues en la hora de la muerte, cuando el dinero ya no sirva para nada, ellos, los pobres con los que compartimos nuestros bienes, serán nuestros amigos y nos acogerán en la casa del Padre.
Si somos amigos de los pobres nos salvaremos. Ahora estamos todavía en un tiempo propicio para compartir nuestros bienes con los más necesitados.
Ante la astucia mundana nosotros estamos llamados a responder con la astucia cristiana, que es un don del Espíritu Santo. Se trata de alejarse del espíritu de los valores del mundo, para vivir según el Evangelio.
Con esta enseñanza, Jesús nos exhorta a elegir entre Él y el espíritu del mundo; entre la lógica de la corrupción, del abuso y de la avidez; y la de la rectitud, de la humildad y del compartir.
Jesús nos dice hoy que empleemos nuestros bienes y riquezas en ayudar al prójimo necesitado, compartiéndolos con él. Así nos granjearemos su amistad. Hacerse amigo de los pobres es granjearse también la amistad de Dios, pues son sus preferidos.
Tenemos que “blanquear” ante Dios nuestro dinero, y la mejor forma de hacerlo es compartirlo con sus hijos preferidos, los pobres.
Un seguidor de Jesús no puede hacer cualquier cosa con el dinero: hay un modo de ganar dinero, de gastarlo y de disfrutarlo que es injusto cuando olvida a los más pobres.
Para reflexionar:
¿Cuál es mi relación con el dinero? ¿Qué función primordial ocupa el dinero en mi vida?

domingo, 28 de agosto de 2016

HUMILLARSE ES ENALTECERSE

Jesús, para decirnos que “el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (Lc 14,11), nos propone una parábola en la que nos aconseja que cuando seamos invitados no ocupemos los puestos principales (Cf Lc 14, 1-11).
Todos tenemos un alto concepto de nosotros mismos y buscamos los primeros puestos para ser alabados por la gente. Tratamos de deslumbrar y satisfacer nuestra vida social ligándola a la posesión, al poder o al honor.
Pero Jesús nos dirá que estos no son los valores para entrar en el banquete del Reino de Dios. Nos da a entender que los puestos de honor en el Reino de los Cielos no son para los que creen tener privilegios, para los soberbios y vanidosos; sino para los humildes y sencillos de corazón.
De ahí la necesidad que tenemos de hacer una profunda revisión de la jerarquía de valores que la sociedad en que vivimos ha establecido y que nos invitan a escoger los primeros puestos; en cambio, los contrava­lores de Jesús nos mandan directamente al último puesto: al que se encumbra, lo abajarán, y al que se abaja, lo encumbrarán.
Jesús quiere constituir una sociedad de iguales siendo humildes y sencillos de corazón. Por eso “el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor” (Lc 24,26), pues Jesús está en medio de nosotros “como el que sirve” (Lc 24,27).
Buscamos elegir los primeros puestos, que no es cuestión de sillas o primeras filas, elegir el primer puesto es cosa del corazón, es querer ponerse uno delante de todo, que todo esté supeditado a nuestra voluntad, es querer ser servido en lugar de servir, ser ensalzado en lugar de mostrarse disponible, ser amado antes de amar.
Este comportamiento no nos ayuda sino que nos perjudica porque nos convierte en rivales unos de otros, nos lleva a la desconfianza, a la envidia y a los atropellos.
Por eso Jesús nos dice que el que se cree justo y piensa que merece el primer puesto, oirá “cédele el puesto a este”(Lc 14,9) y se irá avergonzado.
Pretender obtener honor y gloria por nosotros mismos nos lleva a una actitud egoísta y soberbia que nos rebaja, en cambio, quien se humilla, inclina su cabeza delante del Señor y pide perdón, será ensalzado.
La verdadera grandeza humana la alcanza no el vanidoso, no el soberbio, no el que se cree más que los demás por ser importante, sino el humilde, el que en todo procede con sencillez, el que incluso siendo una persona importante se abaja para servir y elevar a los demás.
Este es el camino por el que cada cual será enaltecido: el del abajamiento para un servicio permanente y desinteresado a los demás.
Sólo se conoce y se valora rectamente a sí mismo quien conoce y ama al Señor. En Cristo descubrimos la verdad sobre nosotros mismos y de Él podemos aprender a ser verdaderamente humildes.
Para reflexionar:
¿Qué buscamos en la vida? ¿Dónde nos colocamos? ¿Qué pretendemos y de qué forma?

sábado, 16 de enero de 2016

LAS DIEZ VÍRGENES

Cuando Jesús narra la parábola de las diez vírgenes (Mt 25, 1-13), en las bodas había un banquete después de anochecer. La novia era acompañada por las amigas a casa del esposo y allí lo esperaban para celebrar el banquete. El esposo a veces se retrasaba porque estaba negociando con las dos familias las condiciones de la boda.
Cuando veían al esposo venir, las amigas de la novia salían con sus lámparas a recibirlo y todos entraban en la casa del esposo para celebrar el banquete.
En este texto, las amigas de la novia esperan al esposo con sus lámparas, pero al retrasarse este, se duermen y se va consumiendo la lámpara. Por eso cuando llega el esposo solo pueden salir a recibirlo las 5 amigas prudentes que llevaban aceite de reserva, las otras tienen que ir a comprar aceite y llegan tarde al banquete, y ya no las dejan entrar.
La parábola quiere hacernos ver a qué se parece el reino de los cielos, que es semejante al banquete que prepara el esposo. Nosotros somos las diez doncellas que esperamos la venida del esposo, que es Jesús, para entrar en el banquete que nos tiene preparado.
Debemos salir al encuentro de Jesús con lámparas encendidas. La lámpara encendida representa la luz que viene de la gracia de Dios. El aceite es lo que alimenta esa luz: son las buenas obras, la caridad practicada con el hermano. Nuestra vida con la luz de Cristo brilla, pero necesitamos, para que no se apague, alimentarla con las obras de caridad.
En las diez doncellas podemos ver a toda la Iglesia, tanto en las prudentes como en las necias, pues la Iglesia está compuesta de buenos y pecadores.
En la parábola se nos invita a realizar buenas obras con todos para que la luz no se apague.
Lo necios, aunque han recibido la luz de Cristo se han preocupado de otras cosas y han descuidado el mantener la lámpara encendida, no han pensado que lo prudente era tomar una provisión de aceite: no se han preocupado de realizar buenas obras. Los prudentes, sí que han tomado aceite en sus alcuzas: han practicado la caridad.
Cuando llega el esposo y hay que salir a su encuentro las vírgenes necias se dirigen a las prudentes pidiendo aceite pues se apagan sus lámparas. Los necios quieren que las buenas obras practicadas por los prudentes sirvan también para ellos, porque quieren entrar al banquete.
Pero las vírgenes prudentes no ayudan a sus compañeras necias. Parece falta de caridad, pero Cristo quiere decirnos que nadie puede vigilar por otro, nadie puede asumir la responsabilidad de los demás en los momentos cruciales. Cada uno ha de cuidar su propia lámpara.
Cuando llegue la hora del juicio, no será posible el intercambio de los bienes espirituales. Cada uno será juzgado según sus propias obras.
Al encuentro final con Cristo solo irán los que tengan las lámparas encendidas. Son todos aquellos que han recibido la fe y la Palabra de Dios, y la cumplen, han respondido a esa gracia con un comportamiento adecuado que les permite mantener la lámpara encendida.
Estar vigilantes en todo tiempo y lugar es la condición necesaria para mantenerse en las buenas obras; dejar apagar la lámpara es caer en pecado.
Para reflexionar:
¿Cómo alimento la luz que he recibido con la gracia de Dios a través del bautismo? ¿Soy consciente que se me puede apagar la gracia de Dios y no podré estar con el “novio”?

domingo, 26 de abril de 2015

EL FARISEO Y EL PUBLICANO



En Lc 18, 9-14 aparece una parábola de Jesús dirigida a los que confían en sí mismos por considerarse justos y que desprecian a los demás.
En ella aparecen 2 personajes, un fariseo, que hoy podríamos considerar como una persona de Iglesia, que cumple con los mandamientos, que tiene cierta formación teológica y va a misa con frecuencia… Podríamos decir que representa al hombre religioso ideal.
Y el otro personaje es un publicano, que hoy podríamos considerar a cualquiera que ha sido marginado por la sociedad porque no encaja en ella, por no ser trabajador y tener que robar, por ser drogadicto… Podríamos considerar a este como un hombre no religioso que no cumple y que peca.
Los dos se encuentran en el templo, en una iglesia. El primero porque suele ir con frecuencia, y ora. Su oración es correcta: agradece a Dios el vivir de forma recta y no ser ladrón, adúltero o injusto, como lo son tantos otros, ni tampoco como ese publicano, que está allí cerca de él. Dice además que cumple los preceptos, que ayuna y da limosna.
No parece una oración de autocomplacencia ni orgullosa. Busca la rectitud moral de una persona que se considera piadosa.
El publicano, el marginado, va a orar porque ha tocado fondo, se siente pecador, reconoce que su vida es un desastre y que le va a ser difícil salvarse. Ora por desesperación, pero con una mínima esperanza en la acogida misericordiosa de Dios: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.
La conclusión final es que el publicano bajó a su casa a bien con Dios, justificado, y el fariseo no. ¿Por qué?
Probablemente al fariseo no es el orgullo lo que no le justifica, sino su comparación con el publicano, al que cree conocer, es más, cree conocer el criterio de Dios por el que juzga a los hombres.
Por eso no es justificado, porque no reconoce a Dios como aquel que acoge al hombre sin condiciones, sino que imagina saber cómo juzga Dios: cree que premia las buenas obras y castiga a los pecadores. Se queda en la apariencia.
Si actuamos como el fariseo estamos pretendiendo que Dios actúe con nuestros criterios, que Dios debe ser lo misericordioso que nosotros aceptemos. Así seremos incapaces de acoger la grandeza de Dios.
Nos alejamos de Dios cuando despreciamos a los demás o confiamos solo en nuestras fuerzas, cuando nos sentimos superiores a otros por cumplir las normas mejor que nadie.
Jesús no toma distancia con los pecadores, se acerca a ellos y así es como les manifiesta la cercanía de Dios que posibilita el cambio de vida.
El publicano queda justificado porque no presume de conocer a Dios, sino que espera en él y confía en que la bondad incondicional y gratuita de Dios podrá restablecer su condición y hacerle capaz de presentarse ante él.
Ante Dios todo hombre resulta pecador, y la única posibilidad de hacer que fructifique el encuentro con él se deriva del hecho de que Dios no pone condiciones previas. La única exigencia que se le presenta al hombre es que reconozca que es precisamente ésta la dinámica del encuentro.
Esta parábola nos enseña que no podemos compararnos con los demás y creernos superiores, y menos despreciarlos “yo no soy como ese”.
No podemos creer saber los criterios por los que Dios juzga, y menos pretender que actúe con nuestros criterios y sea lo misericordioso que nosotros aceptemos. No podemos presumir de conocer a Dios, debemos encontrarnos con él y confiar en su misericordia.
No podemos comerciar con Dios en nuestra oración para que retribuya nuestros méritos.
No podemos confiar solo en nuestras fuerzas para cumplir las normas mejor que nadie, ni presentar a Dios nuestras “buenas obras” para que nos admire, ni hablar solo nosotros: pues así no escuchamos a Dios ni dejamos que él hable.
Para conocer la verdad de nuestra vida, nuestra limitación y pecado, solo es posible a través del perdón incondicional de Dios (como el publicano).
Para reflexionar:
¿Soy amigo de comparaciones? ¿Creo que en general hago mejor las cosas que los demás? ¿Sé como es Dios?

jueves, 9 de agosto de 2012

PRÓJIMO


Cuando el maestro de la ley le responde a Jesús que para alcanzar la vida eterna hay que amar al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y al prójimo como a ti mismo. Jesús le dice: has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida.
Pero el maestro de la ley le sigue preguntando a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?
Quiere saber a qué prójimo hay que amar.
Jesús le va a decir quien es el prójimo, para ello le cuenta la parábola del buen samaritano y le da la vuelta a la pregunta.
Ante la pregunta de quien es mi prójimo, Jesús nos dice de quien debo hacerme prójimo: ¿quién se comportó como prójimo de ese hombre al que encuentran mal herido?
En esta parábola, al samaritano, cuando llega al lugar donde está el hombre herido, se le conmovieron las entrañas, se compadeció de un hombre al que ve medio muerto.
Jesús nos está diciendo ¿eres capaz de que se te conmuevan las entrañas ante una necesidad? Cuando así sea, encontrarás a tu prójimo.
El misericordioso es el que se conmueve por dentro ante las necesidades de los demás y le ayuda.
Prójimo es aquél al que me acerco por amor. La proximidad la hace el amor, una determinada manera de mirar y actuar.
La vida de Jesús es la vida del buen samaritano. Su vida es eso, se acerca al pobre, al ciego, al pecador… para curar las heridas que puedan tener.
Los Santos Padres ven en esta parábola a Jesús como el buen samaritano que en su actuación salva. Jesús actúa sobre nosotros y nos salva.
Y ven al posadero como a la Iglesia, que rehabilita. Pues Jesús le ha dado a la Iglesia lo que necesita para nuestra curación.
Jesús nos da la salvación y el Espíritu Santo en la Iglesia, la rehabilitación.
Por tanto, más que preguntarnos por quien es nuestro prójimo, debemos averiguar de quien somos prójimo. El título de prójimo nos lo concede el otro después de haber actuado con él.
Para reflexionar:

¿Nos conmovemos ante las necesidades de los demás y nos acercamos a ellos por amor?
¿El conmovernos y acercarnos, nos lleva a actuar?
¿Tenemos lo suficiente para actuar con misericordia?


miércoles, 18 de julio de 2012

TRAJE DE BODA


Mt 22,2-14: “El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar a otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda. Pero ellos no hicieron caso, uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.
El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?. El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos”.

El rey envía a sus criados a invitar a la boda de su hijo y nadie quiso ir. Los envía por segunda vez y nadie va. El rey enfadado mandó su ejército que mató a los desaprensivos y destrozó la ciudad (símbolo de la destrucción de Jerusalén que Mateo incluye en esta parábola).
Entonces el rey dijo a los criados que invitaran a todos, buenos y malos, y se llenó la sala.
El rey se pasea por el banquete y ve a uno sin el traje de fiesta, y lo echa al fuego eterno, al crujir y rechinar de dientes.
Un trozo de este texto no nos suele gustar, es el del juicio, no gusta que se hable de ello y que se eche a las tinieblas al que no estaba vestido con traje de fiesta.
El sentido de hablar del juicio no es para hablar del castigo, sino que se trata de dar un toque en el corazón de cada uno, para que pensemos sobre nuestra vida y veamos, que ahora que estamos vivos, nos estamos jugando la vida eterna.
Necesitamos optar por el bien o por el mal, no podemos permanecer apáticos.
Nos provoca Jesús para que optemos por el bien, porque si no, acabaremos mal.
Otra parte de ese texto que llama la atención es el de la elección, muchos son los llamados y pocos los elegidos: la gente va al banquete, muchos son los llamados. Muchos es todos, Dios llama a todos, a todos los invita a formar parte del banquete del reino.
A la Iglesia todos somos llamados, y el que vive de acuerdo con las enseñanzas de Jesús, adapta su vida a Jesús, esos son los elegidos.
El llamado es invitado a vivir como Jesús, y el elegido es el que se ha identificado con Jesús.
Los que no se han identificado con Jesús son los que no llevan el traje de boda.
En tiempos de Mateo los judíos cristianos se consideraban los elegidos por Dios, los demás no, y los miraban con desprecio, se consideraban superiores.
Mateo les hace ver que eso no es así.
El vestido de boda para Mateo son las buenas obras, que las harán quienes se identifiquen con Jesús.
Esto es la esencia de las bienaventuranzas. En el juicio final Dios nos juzgará de la misericordia que hayamos practicado con los demás y que Jesús nos enseñó en el sermón del monte.
Ahora en la Iglesia todos somos llamados, no hay elegidos. El elegido se verá en el juicio final, cuando Dios lo elija o no.
Por eso no hay que juzgar a nadie.
La elección será al final, pero si somos misericordiosos vamos por el buen camino de ser elegidos.