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viernes, 7 de diciembre de 2018

TESTIMONIO


Nos dice la Encíclica de S. Juan Pablo II Redemptoris Missio: “El testimonio de vida cristiana es la primera e insustituible forma de la misión”.
¿Cuál es nuestra misión?: Todos los evangelistas, al narrar el encuentro del Resucitado con los Apóstoles, concluyen con el mandato misional: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28, 18-20a).
Por mi testimonio, es decir, a través de mi modo de vida debo permitir que otros se encuentren con Jesucristo, pero mi pobre vida ¿puede testimoniar la grandeza del amor que Dios nos tiene? Mi vida miserable ¿puede testimoniar que Dios nos acepta como somos y se acerca a cada uno de nosotros para que vivamos felices? Mi insignificante vida ¿puede testimoniar que Dios con su infinita misericordia nos perdona y se alegra de que formemos parte de su familia?
Sí, es posible, porque la tarea que me ha confiado Jesús de ir a todas las gentes por todo el mundo, no la voy a hacer solo, recibiré la fuerza y los medios para llevarla a cabo: “ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba” (Mc 16, 20).
El Espíritu Santo es el protagonista de la misión: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 20b). Somos enviados en el Espíritu.
Y, ¿qué puedo aportar yo?, ¿cómo puedo colaborar con el Espíritu Santo?: pues precisamente con lo que soy y tengo: con esa vida frágil y miserable, llena de dudas y de cobardía, egoísta y cómoda, lamentable y decepcionada en numerosas ocasiones.
Pero yo, persona débil y pecadora, puedo decir en voz alta y se puede leer claramente en mi trayectoria vital, que Dios ha estado a mi lado. Nunca me ha abandonado, incluso cuando peor me he portado, mejores caminos me ha ofrecido para que me dé cuenta de cuánto me ama, cambie de rumbo y vuelva a él.
La fuerza de mi testimonio radica en mi debilidad. Ante las dificultades que tengo para realizar la misión encomendada, así me responde el Señor: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad” (2Cor 12,9a).
De forma que yo como S. Pablo presumo de mi debilidad: “Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo” (2Cor 12,9b).
Solo el que se siente débil, pecador y reconoce su limitación, es capaz de confiar en Dios y abrirse a él para que sea su fuerza. El que se cree capaz de hacerlo todo bien por si solo, no necesita la fuerza de Dios y fracasará en su misión.
Para la misión solo tengo que abrirme a la Gracia de Dios, a su Espíritu, que me une a Jesús, de forma que: “vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20a). Así puedo amar con él y desde él: única forma de llevar adelante mi misión “porque sin mi (Jesús) no podéis hacer nada” (Jn 15, 5b).
Por el bautismo y por la acción del Espíritu Santo estamos injertados a Cristo. Nuestra tarea es dejarnos llevar por el Espíritu Santo para vivir y actuar con Cristo.
Para reflexionar:
¿Qué pienso que debo hacer para ser buen cristiano? ¿Qué valoro más en mi tarea como cristiano, mi esfuerzo personal en hacer buenas obras o el ser dócil al Espíritu Santo?

lunes, 11 de septiembre de 2017

TIBIEZA: EL GRAN PECADO

La Iglesia ha de estar en una actitud de renovación y conversión constante, en escucha de la Palabra que el Espíritu le dirige: “El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Ap 3,22). Todos en la Iglesia debemos entrar en una dinámica de conversión bajo la guía del Espíritu.
En la Iglesia no podemos caer en un conformismo, en una tibieza que nos lleve a pensar que somos buenos y que estamos bien, pues esto nos impide cambiar. Así no nos convertimos.
La tibieza es lo que más desagrada a Jesucristo: “Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres tibio, ni frío ni caliente, estoy a punto de vomitarte de mi boca. Porque dices: Yo soy rico, me he enriquecido, y no tengo necesidad de nada; y no sabes que tú eres desgraciado, digno de lástima, pobre, ciego y desnudo” (Ap 3, 15-17).
Es un juicio severo que Cristo hace a la iglesia de Laodicea y que se puede aplicar a cualquiera de nuestras comunidades cristianas. A Jesús le produce náuseas la tibieza de una iglesia que vive torpemente instalada en el orgullo religioso (el peor de los pecados), que es incapaz de reconocer su pobreza y se cree rica y perfecta.
Los responsables de la decadencia de la cristiandad son los cristianos mediocres. Solo evangelizaremos si nuestra vida está unida a la de Cristo y transmitimos su Palabra con entusiasmo y fervor. El conformismo y la autocomplacencia llena de orgullo religioso nos aleja de Dios.
Se puede luchar contra la tibieza a base de leer y reflexionar sobre el Evangelio y a través de una oración humilde y perseverante.
Para reflexionar:
¿Soy autocomplaciente con mi vida cristiana? ¿Estoy satisfecho de lo que hago como cristiano? ¿Me considero que estoy por encima de la media en cuanto a mi fervor cristiano?

miércoles, 17 de mayo de 2017

JERARQUÍA DE LA IGLESIA

No siempre la jerarquía en la Iglesia es la que percibe primero la presencia de Jesús Resucitado como artífice de lo que sucede a nuestro alrededor. Solo el discípulo amado, cualquiera que tenga experiencia del amor de Jesús, está donde debe, capta y entiende las situaciones que acontecen, y descubre en ellas a Jesús: “Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro: Es el Señor” (Jn 21, 7a).
Pedro lidera ese grupo de discípulos que tras la muerte de Jesús reinician su actividad cotidiana, por eso le siguen cuando “les dice: Me voy a pescar. Ellos contestan: Vamos también nosotros contigo. Salieron y se embarcaron” (Jn 21, 3).
Pedro representa la jerarquía y el discípulo amado a la base comunitaria que se siente amada y ama a Jesús.
Es la comunidad creyente quien descubre antes a Jesús, la que capta y entiende las distintas situaciones. Pero Pedro comprende, se pone el vestido de discípulo que sirve y, para expresar su disposición a dar la vida, se tira al agua. Muestra estar dispuesto al servicio total hasta la muerte: “Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua”  (Jn 21, 7b).
La función jerárquica de la Iglesia debe estar en sintonía con la fe de los creyentes y no a la inversa. Los ministros ordenados están al servicio de los laicos y no a la inversa.
La necesaria Jerarquía de la Iglesia debe estar a la escucha de la base comunitaria, pues si actúa al margen, yerra. Debe ejercerse al modelo de Cristo: en el servicio y para la comunión.
El Papa sigue preocupado por el clericalismo tan arraigado en la Iglesia por eso digo a los sacerdotes: Huyan del clericalismo. Porque el clericalismo aleja a la gente. Huyan del clericalismo, y añado: es una peste en la Iglesia(Rueda de prensa en el vuelo de regreso de la peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Fátima 14-05-2017).
El clericalismo es esa tentación del clero de señorear sobre los laicos, de intervenir excesivamente en la vida de la Iglesia, de mantener a los laicos al margen de las decisiones eclesiales.
Esta actitud dificulta el ejercicio de los derechos de los laicos y evita que tomen conciencia de su responsabilidad en la Iglesia.
Así, la participación de los laicos en la vida y misión de la Iglesia es prácticamente nula y no conforme con la Constitución Dogmática Lumen Gentium, 37: “Reconozcan y promuevan la dignidad y la responsabilidad de los laicos en la Iglesia…”.
Por eso los sacerdotes deben ser formados como servidores: “el que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará” (Jn 12,26).
Esta es la función jerárquica que pide el Señor, la del servicio: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9, 35).
Para reflexionar:
¿Al servicio de quién estamos? ¿Nos sentimos todos corresponsables de la vida y función de la Iglesia?

domingo, 30 de octubre de 2016

EL SERVICIO PRÁCTICO DE LA CARIDAD ES UN SERVICIO ESPIRITUAL

En Hch 6, 1-6 vemos que en una comunidad cristiana, los discípulos de lengua griega comenzaron a quejarse contra los de lengua hebrea porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas.
Frente a este asunto relacionado con un aspecto esencial en la vida de la comunidad, es decir, la caridad con los débiles, los pobres, los indefensos y la justicia; los apóstoles convocaron a todo el grupo de discípulos, y se llega a una decisión: “escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea” (Hch 6,3). Aparece así un  embrión de estructura eclesial fundada en el servicio y en el amor. 
Los Apóstoles deben proclamar la palabra de Dios, pero consideran importante el deber de la caridad y la justicia.
Comienza a existir desde aquel momento en la iglesia un ministerio de la caridad. La Iglesia no solo debe proclamar la palabra, sino también cumplir la palabra, que es amor y verdad.
Y, quienes se dediquen a practicar la caridad han de ser hombres que no solo deben tener buena reputación, sino que deben ser hombres llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, es decir, que no sean solo organizadores que saben cómo “hacer” sino que deben “hacer” según el Espíritu.
El servicio práctico de la caridad es un servicio espiritual. La caridad y la justicia no son solo acciones sociales, sino son acciones espirituales realizadas a la luz del Espíritu Santo.
Por eso deben unirse los momentos de oración y escucha de Dios, con la actividad diaria, con el ejercicio de la caridad.
No debemos perdernos en el activismo puro, sino dejarnos penetrar en nuestras actividades de la luz de la palabra de Dios y así aprender la verdadera caridad, el verdadero servicio a los demás, que necesita sobre todo del afecto de nuestro corazón, de la luz de Dios.
El pasaje de los Hechos de los Apóstoles nos recuerda la importancia del trabajo, del compromiso en la actividad diaria que se lleva a cabo con responsabilidad y dedicación, pero también nuestra necesidad de Dios, de su orientación, de su luz que nos da fortaleza y esperanza.
Sin la oración diaria, nuestra acción se vacía, se reduce a un simple activismo sencillo que con el tiempo nos deja insatisfechos.
Cada paso de nuestra vida, cada acción, debe estar realizada ante Dios, a la luz de su palabra.
Para reflexionar:
¿Oramos siempre que vamos a actuar? ¿Unimos la Palabra de Dios a nuestro actuar?

lunes, 30 de mayo de 2016

SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN

Bautismo y confirmación son los medios queridos por Jesús para incorporarnos a su vida. Estos sacramentos producen la vida en Cristo.
No se debe dividir este proceso de iniciación cristiana. El bautismo es el comienzo del don del E. S. y la confirmación perfecciona ese don, se lleva a plenitud lo que se inició en el bautismo.
Estos sacramentos nos introducen en el misterio pascual de Cristo, de forma que por el bautismo recibimos la vida nueva en Cristo, y por la confirmación recibimos el don del E. S. que lleva a plenitud lo recibido en el bautismo.
En la confirmación el cristiano se inviste públicamente para la misión, se vincula más estrechamente con la Iglesia. Se enriquece con la fuerza del E. S. y queda obligado a defender la fe como testigo.
Al recibir el E. S. en la confirmación, no se confirma la fe, no es conquista personal, sino que se recibe un don, un regalo del E. S.
No se trata de aprender catequesis, sentirse maduro y recibir como premio el E. S. sino que al querer vivir la vida de Cristo, se nos da el E. S. como regalo. El confirmado es simplemente una persona que se ha abierto a la gracia y quiere acoger el don.
Con la confirmación se perfecciona lo recibido en el bautismo, es el don del E. S. en plenitud, de forma que los carismas de la caridad, la predicación, la enseñanza, el gobierno… no son fruto de conquistas personales, sino obra del E. S. que se vivirán en plenitud en el más allá, pero que ahora el E. S. nos los regala y anticipa aquí.
La confirmación nos lanza a vivir en el compromiso cristiano de pertenecer a la Iglesia y trabajar por el Reino.
La Iglesia sin el E. S. sería una ONG, la caridad sin el Espíritu sería filantropía, la enseñanza sin el Espíritu, palabrería…
El derecho, el deber y la facultad que tienen los laicos de anunciar la Palabra de Dios nace de su bautismo y confirmación. Los sacramentos de iniciación nos dan la fuerza para anunciar el mensaje cristiano.
Para reflexionar:
¿Qué importancia damos al sacramento de la confirmación? ¿Notamos los confirmados la presencia del E. S. en nuestra vida cotidiana?

domingo, 21 de diciembre de 2014

EVANGELIZACIÓN



Para el apostolado no hay mejor camino que el fracaso del apóstol. Por contradictorio que parezca, para la ineficacia apostólica nada mejor que la elaboración de minuciosos proyectos de evangelización. Obstaculizamos los resultados cuando los buscamos directamente.
Un evangelizador debe aprender a saber esperar, pues así comprende que la obra que debe llevar a cabo no es la suya, que es únicamente un instrumento, y que en ningún trabajo del mundo son las herramientas (sino los patronos) quienes deciden cómo y cuándo se realiza una tarea.
Cualquier desdichado no tiene en este mundo más necesidad que la presencia de alguien que le preste atención. Por eso, escuchando, sin prisa, ya queda sembrada la semilla del evangelio.
No se puede evangelizar un pueblo al que antes no se ha escuchado, pues el evangelizado debe sentirse siempre protagonista de la evangelización.
Evangelizar consiste en interesarse por las historias ajenas, pero sin anhelar que acabe pronto esa historia para enlazarla con la supuesta y verdadera Buena Noticia.
Solo escuchar, sin aconsejar o amonestar, sin llegar a conclusiones, es lo que Dios hace preferentemente con nosotros.
Para evangelizar hay algo fundamental: la amistad entre el evangelizador y el evangelizado. No es posible evangelizar a nadie del que antes no te hayas hecho amigo.
La amistad es el mejor modo de evangelización, pero de uno mismo en primer término.
No se puede evangelizar sin antes ser evangelizado, ni podemos dar nada meritorio si no se sabe recibir.
Evangelizar, además, no consiste en dar a alguien lo que no tiene, sino permitir que sea él quien lo descubra por medio tuyo.
Los pobres nos evangelizan: esta es la principal lección que aprende todo misionero tarde o temprano. Todo lo demás es proselitismo, no apostolado.
El verdadero apostolado cristiano solo se hace desde la debilidad, nunca desde la fuerza.
En nuestro entorno vamos a encontrar la pobreza de los que no conocen el amor que Dios nos tiene, ni viven bajo la luz, la amistad y el consuelo de Jesucristo; y la de los que carecen de lo elemental para vivir dignamente. En ambas pobrezas hay sufrimiento que nos debe llevar a la compasión por ellos; en un caso para ofrecerles el evangelio de Cristo y que su vida tenga sentido,  y en el otro para darles de comer.
Las personas alejadas escuchan más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan. Por eso es importante evangelizar mediante la conducta, mediante nuestra vida de fidelidad a Jesucristo en la pobreza y la libertad frente a los poderes del mundo.
Para reflexionar:
¿Podemos evangelizar sin escuchar o sin amistad? Solo se transmite lo que se lleva dentro ¿qué o a quién llevamos?

lunes, 20 de octubre de 2014

LA IGLESIA: SAL Y LUZ DEL MUNDO

La Iglesia la formamos todos aquellos que hemos sido convocados por Dios a formar parte de su pueblo.
A ese pueblo se pertenece por la fe y el bautismo. La gracia que recibimos en el bautismo es la que nos incorpora a esta familia, y como es la misma para todos, dentro de la Iglesia todos somos iguales.
Por eso todos tenemos que participar y ser corresponsables de la vida y misión de la Iglesia.
Al ser todos los miembros de la Iglesia uno en Cristo, todos tenemos la misma dignidad, la misma gracia de hijos, la misma vocación a la perfección, la misma salvación… Todos estamos llamados a la santidad, pero los caminos para llegar a ella son distintos.
En la Iglesia nos necesitamos los unos a los otros. Los pastores están al servicio de los fieles y estos colaboran con los pastores. Cada miembro está al servicio de los otros.
La Iglesia es un instrumento de la redención universal, tiene una ley nueva que es amar como Cristo amó, y es enviada a todos para ser luz del mundo y sal de la tierra.
El cristiano está llamado a ser sal de la tierra, a dar sabor a la vida para que todos puedan gozar y disfrutar de ella. Esto es ser testigos del evangelio.
El evangelio es como sal que debe ser arrojada discretamente en el plato de la vida como energía que empuja la vida hacia delante y la orienta hacia el verdadero objetivo a conseguir.
Los discípulos con sus obras y su testimonio del evangelio han de dar sabor y valor a la humanidad.
“Si la sal se vuelve sosa...”: es cuando los discípulos pierden la capacidad de manifestar con sus obras y su testimonio el Evangelio “…no sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente”.
Es necesario que las obras de la comunidad de los discípulos sean visibles por los demás hombres.
La comunidad cristiana que ha recibido la luz, la tiene que manifestar al mundo, para que los demás lleguen a la conclusión de que existe Dios y que Dios es Padre.
Cada discípulo es luz en la medida en que su vida hace visible la fuerza transformadora del evangelio y demuestra que el amor nuevo es posible.
Quien dice "sí" con su vida a las enseñanzas de las bienaventuranzas es sal y luz. De forma que ese cristiano, portador del don de Dios, no puede limitarse a gozarlo y vivirlo sólo él. Debe alumbrar y dar sabor al mundo para que los demás, viéndolo, den gloria al Padre.
Para reflexionar:
¿Quién es más importante en la Iglesia? ¿Pensamos que por el hecho de ser cristianos ya somos sal y luz para el mundo? 

miércoles, 13 de agosto de 2014

PODER DE PERDONAR LOS PECADOS

Jn 20, 21-23: Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.
El pecado, como ofensa a Dios y al prójimo, solo puede ser perdonado por Dios, pero en este texto, Jesús envía a sus discípulos y les otorga el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados.
Jesús delega a sus discípulos su propia misión, y estos deben adoptar su misma actitud de paz y reconciliación.
Nos dice a sus discípulos que a quienes dejemos libres de los pecados, quedarán libres de ellos. Todos los cristianos tenemos poder, en el Espíritu, para perdonar los pecados. Podemos ser gente de reconciliación: con nosotros mismos, con los demás, con la naturaleza…
Jesús quiere darnos vida, pero donde hay pecado no hay vida, por eso nos da el poder de perdonar los pecados, para devolver la vida a quien la ha perdido. La transmisión de vida que nos ofrece Jesús pasa por el perdón de los pecados.
Los destinatarios de estas palabras de Jesús es toda la comunidad, que con el don del Espíritu comienza una nueva vida, una nueva creación, que no será posible sin el perdón de Dios como base de reconciliación entre todos los hombres.
La reconciliación por Cristo la debemos realizar y hacer creíble todos los cristianos, toda la Iglesia, de cara a la sociedad.
Para ser perdonados debemos perdonar. En el Padre Nuestro, ante la súplica a Dios de que nos perdone, pone la condición de que perdonemos: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos”.
En esta oración le pedimos perdón porque reconocemos que no siempre hemos cumplido su voluntad, ni acogido su Reino, ni santificado su Nombre, pero al mismo tiempo, al acoger su misericordia, nos comprometemos a tener sus mismos sentimientos, a perdonar nosotros también.
Dios nos perdona si nosotros queremos, si se lo pedimos, si nos arrepentimos y si perdonamos al prójimo. Si no se dan estos requisitos Dios no puede perdonarnos. Anteponemos el perdón al prójimo como condición para recibir el perdón personal.
Nos dice Jesús que si perdonamos a los demás sus culpas nuestro Padre también nos perdonará, pero que si no perdonamos, tampoco seremos perdonados (Mt 6, 14-15).
Dios nos ama y nos quiere perdonar, pues el perdón es manifestación de su amor. Pero si voluntariamente nos cerramos a Dios, estamos rechazando su amor y su perdón, Dios así no nos puede perdonar.
En cambio, si nos abrimos a Dios recibimos de él su amor que nos lleva a amar y a perdonar a los demás, es así como Dios nos puede perdonar.
Jesús resucitado nos da el Espíritu Santo que es quien nos enseña a amar, a perdonar, a olvidar las injurias; a buscar y hacer el bien sin esperar recompensa; a confiar en Dios y a amarle sobre todas las cosas.
Quien recibe este Espíritu no sólo se santifica, sino que es capaz de santificar, de perdonar pecados, de trabajar por un mundo nuevo.
Para reflexionar:
¿Sentimos que con el Espíritu Santo recibimos el poder de perdonar pecados?  ¿Cuál es la clave para ser perdonados por Dios?

domingo, 20 de julio de 2014

CARIDAD: DIMENSIÓN ESENCIAL DE LA IGLESIA

La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la palabra de Dios, celebración de los sacramentos y servicio de la caridad.
Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia la caridad no es una especie de actividad de asistencia social, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia.
Si bien esto es así, durante mucho tiempo ha existido en la Iglesia escaso aprecio de la acción diaconal, como si no fuese tan importante como la acción sacramental o catequética o la piedad popular.
Pero no hay caridad sin comunidad, pues es la comunidad la que se dispone a servir a los pobres con un estilo y una identidad propia, al seguir el mandato de Jesús de amarnos unos a otros como él nos ama.
Jesús ha unido el mandamiento de amar a Dios con el del amor al prójimo. Y, puesto que él nos ha amado primero, ahora el amor ya no es solo un mandamiento, sino la respuesta al don del amor. Por eso, el primer mandamiento debería ser dejarnos amar por Dios por encima de todas las cosas, para así poder amar a Dios y al prójimo sobre todas las cosas.
Jn 13,34: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros”.
Jesús, amando a los suyos “hasta el fin”, manifiesta el amor del Padre que ha recibido, nosotros, al amarnos unos a otros imitamos el amor de Jesús.
Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo, y es nuevo porque no es nuestro criterio normal de actuación, ni el de nuestro mundo. Seguir el mandamiento de Jesús siempre comporta cambiar, convertirse, romper las maneras de vivir que llevamos metidas en nuestro interior.
"Que os améis unos a otros". Amar quiere decir querer la felicidad del otro, y ser capaz de renunciar a cosas y posiciones propias para que el otro pueda ser feliz.
Y cuando decimos "el otro", no pensamos sólo en los que tenemos más cerca, o en los que nos caen bien, sino en todos, y nos lleva a luchar contra las injusticias, las malas condiciones de trabajo de mucha gente, las desigualdades, nuestro propio bienestar, etc. Cuando Jesús nos llama a amar, nos llama a esto.
Y al final de todo, el mandamiento de Jesús acaba con unas palabras definitivas: "Como yo os he amado". Y él nos ha amado así: dándolo todo, dando la vida.
Jesús nos ha dejado un mandamiento nuevo. Pero nos ha dejado, a la vez, el sacramento de su presencia por siempre entre nosotros, que es la fuerza que nos ayuda a amar.
Para reflexionar:
¿Es la experiencia del amor de Dios la que me mueve a amar como él ama?
¿Cómo puedo ser capaz de amar como Jesús ama? ¿Hasta dónde puedo entregar mi vida?

martes, 8 de julio de 2014

CARÁCTER ECLESIAL DE LA FE

Confesamos en el credo: “creo la Iglesia”. Al decir esto confesamos que ella es obra de Dios, pues hay que distinguir lo que es Dios y lo que es obra de Dios. Por eso podemos decir creo por la Iglesia, creo desde la Iglesia. Se cree a Dios en la Iglesia.
La fe es un acto personal, es la respuesta libre del hombre a Dios que se revela. Pero la fe no es un acto aislado, sino que se realiza en comunión con toda la Iglesia.
Nadie puede creer solo. Sin el apoyo de la comunidad, la fe no puede sostenerse. La fe de la Iglesia sostiene y soporta la fe personal.
La fe del cristiano es una participación de la fe común de la Iglesia. Si se aparta de la Iglesia, no puede seguir creyendo en el Dios revelado en Cristo.
Nadie se ha dado la fe a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro. Nadie alcanza la fe como fruto de reflexiones, la fe se engendra por el anuncio. Ningún individuo ni ninguna comunidad, puede anunciarse a sí mismo el Evangelio.
Nuestro amor a Jesús y a los hombres nos impulsa a hablar a otros de nuestra fe. Cada creyente, con su fe genera un testimonio, que es invitación a que otros hagan la misma experiencia y vean cómo la fe va transformando la propia vida. La fe se transmite con palabras y obras.
Creer es adherirse al testimonio de otros y a la experiencia que la comunidad tiene de Dios.  Quien dice yo creo, dice yo me adhiero a lo que nosotros creemos.
El don de la fe se recibe por medio de la Iglesia, que es quien conserva íntegro el contenido de la fe. Cada uno recibe la fe de la comunidad, la testifica junto a los otros y ayuda a transmitirla.
Por mediación de la Iglesia y dentro de la Iglesia, el cristiano puede decir “creo en Dios”.
Hay una íntima vinculación entre fe y bautismo. La Iglesia realiza el bautismo y, con él, otorga el don de la fe. Además, la Iglesia educa y alimenta la fe por medio de los sacramentos.
La Iglesia no cesa de confesar su única fe, ya que existe una unidad de la fe tanto en el espacio como en el tiempo. Mi fe es la misma que la de otros.
La fe cristiana es, en su esencia, a la vez personal y eclesial. No podemos caer en la tentación de vivir la fe en solitario, despreciando la mediación eclesial.
Para reflexionar:
¿Necesito a la Iglesia para vivir mi fe? ¿Dónde y cómo doy testimonio de mi fe?

jueves, 19 de junio de 2014

SACERDOCIO DE LOS CRISTIANOS

Si Cristo es sacerdote, profeta y rey, cuando nos bautizamos entramos a formar parte del pueblo de Dios como sacerdotes, profetas y reyes. Por medio del bautismo participamos del sacerdocio común de los fieles.
Cuando somos bautizados, ya nuestra vida se entiende desde Cristo, no se vive por sí sino para Dios, se está al servicio de Dios (que no se puede separar del servicio a los hombres), y ese ofrecimiento de la propia existencia, es nuestro culto, es el ministerio sacerdotal de los cristianos.
El sacerdocio no se realiza como una actividad u ofrenda, sino con una entrega de la propia vida. El ministerio sacerdotal es entregar la propia vida.
Gracias al sacrificio de Cristo, los cristianos también pueden ofrecer un sacrificio de alabanza que va más allá del culto, es tratar de hacer el bien y ayudarnos mutuamente, porque en tales sacrificios se complace Dios.
El culto que el cristiano da a Dios es su propio ofrecimiento como un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios.
El cristiano es sacerdote porque convierte su vida en un sacrificio, su vida es una ofrenda a Dios.
El sacerdocio cristiano es el de los bautizados que se identifican con Cristo sacerdotal, es la participación del único sacerdocio de Cristo.
El Concilio Vaticano II habla de la Iglesia como pueblo de Dios: pueblo de iguales estructurado ministerialmente.
Lo que nos hace iguales es la gracia del bautismo, que nos incorpora a la familia de los hijos de Dios y la Iglesia.
La Iglesia está estructurada ministerialmente, pues lo que es común a todos no contradice que existan ministerios al servicio de la Iglesia.
El sacerdocio ministerial tiene su razón de ser en el servicio al pueblo sacerdotal, y se realiza en el servicio de la palabra, de los sacramentos y de dirección de la comunidad.
El sacerdocio común no existe sin la palabra que lo convoca a la fe y sin la participación en los sacramentos de la fe.
Mi trabajo, mi vida, es un culto a Dios, pues si vivo unido a Jesucristo que es sacerdote, todo lo que hago es mediación de salvación, toda mi vida es sacerdotal.
Soy consagrado para Él, mi vida es para Él. Cristo sacerdote y yo unido a Él soy sacerdote.
Para reflexionar:
Soy consciente de que doy culto a Dios entregando mi vida por los demás. ¿Me considero mediador en la salvación del mundo?


domingo, 2 de febrero de 2014

CÁRITAS-CARDENAL BERGOGLIO



Tras la reunión que tuvieron los obispos latinoamericanos en Aparecida (Brasil) en el año 2007, el entonces cardenal Bergoglio nos dice sobre cáritas que no es una ONG, sino que es una de las 3 dimensiones de la Iglesia.
La caridad tiene identidad eclesial propia, forma parte de su esencia junto con la Palabra y la Liturgia.
La tarea de cáritas es la dignificación de la persona y el servicio a los pobres.
Como la mayor pobreza que se puede tener es no reconocer a Dios y el amor que nos tiene. Nosotros, con nuestro testimonio de la caridad presentamos el misterio de Dios y de su amor en la vida de cada hombre (evangelización de los pobres).
Por eso la Iglesia tiene una opción preferencial por los pobres, y esto nos debe llevar a contemplar los rostros de los pobres, pues ahí vemos a Jesucristo.
Con este rostro que contemplamos nos comprometemos, y ahí entra nuestro desgaste personal.
Nos dice que la dignidad humana es el valor supremo de todo hombre, y nos debe llevar a la angustia por aquellos que no pueden vivir o alcanzar esta dignidad porque han sido despojados de ella por los ídolos del poder, la riqueza, el placer efímero…
Por eso nuestro trabajo desde cáritas (sin descartar la labor asistencial) debe ser la promoción humana y la liberación de todo hombre.
Todo esto nos va a llevar a cambiar nuestra vida. El que entra en esta dinámica de cáritas, con esa opción preferencial por los pobres, tiene que renunciar a sus espacios personales de privacidad y disfrute.
Cuando vemos la pobreza y exclamamos ¡qué barbaridad!, esa pobreza ¿cómo entra en tu vida? ¿cómo te molesta la vida? ¿te lleva a un cambio en tu estilo de vida?
Si no hay cambio en tu vida, es que no tienes opción preferencial por los pobres, ni contemplatividad, ni compromiso, ni trabajo de liberación y promoción.
La Iglesia nos pide gestos concretos: hacernos compañeros de los hermanos pobres, compartir el tiempo con ellos, tener con ellos cercanía y solidaridad.
No se puede decir que se pertenece a cáritas si no se toca “la carne” del hermano herido.
Solo la cercanía que nos hace amigos de los pobres nos permite apreciar sus valores, sus anhelos y su modo de vivir la fe.
Debemos incluir a los pobres en nuestra comunidad, procurando que colaboren con nosotros en lo que sepan o puedan hacer.
Así llegamos a una actitud permanente de encuentro, hermandad, servicio. Es la solidaridad del servicio de cáritas, que nos lleva a cambiar nuestros hábitos de vida, y ya no nos podemos permitir ciertos lujos que antes de la conversión teníamos. Ahora vamos a ser amigos de los pobres, modestos, austeros…
Se produce en nuestro interior una conversión que nos cambia la vida, que nos da cercanía y solidaridad con el hermano pobre y no nos avergonzamos de él.
El buscar a Cristo en el rostro del pobre nos lleva a contemplar el rostro del Señor, pero para llegar aquí hace falta mucha oración.
Quien trabaja en cáritas suscita esperanza entre los pobres, pues si no somos capaces de ello, tampoco la tendremos nosotros.
Debemos también prestar atención a aquellos que son capaces de cambiar estructuras y no conocen la justicia social de la Iglesia, suscitar esperanza en ellos.
El hacernos amigos de los pobres y acompañarlos hace que se involucren en nuestras vidas y nosotros en la de ellos, nos damos esperanza mutuamente, y también se la damos a aquellos responsables de las estructuras.
Reflexión:
Como cristianos ¿participamos de la opción preferencial por los pobres? ¿Nos consideramos parte del brazo amoroso de la Iglesia que acoge, dignifica y promociona a todo hombre? ¿Esto nos lleva a cambiar de vida? ¿Hasta donde; a qué hemos renunciado? 


domingo, 29 de diciembre de 2013

LA LITURGIA EN LA ECONOMÍA DE SALVACIÓN



Dios crea el mundo con una finalidad, tiene un proyecto de salvación para el género humano.
Esta salvación proyectada y revelada por Dios Padre es un misterio: primero fue anunciada y preparada por los profetas, luego llega a plenitud y se cumple en Cristo, para posteriormente darse a conocer por la predicación de los apóstoles a través de la Iglesia, gracias a la acción del Espíritu Santo.
Dios al encarnarse se une a la historia humana, y así, la salvación se realiza en el tiempo.
Ahora estamos en la tercera y definitiva etapa de la historia de la salvación, en el tiempo de la Iglesia o del Espíritu Santo donde Cristo manifiesta, hace presente y comunica su salvación. Esto lo hace el Espíritu Santo que actúa en la acción de la Iglesia y nos introduce en la historia de la salvación. 
La liturgia hace presente los acontecimientos que nos salvaron. En cada celebración por la efusión del Espíritu, la muerte y resurrección de Jesucristo que ocurrió de una vez para siempre, se actualiza y se hace presente, se hace memorial.
La liturgia, con lo que le precede (la conversión y la fe) y con lo que le sigue (la vida moral) es el modo actual de entrar en la corriente histórica de la salvación.
El centro de esta economía de salvación está ocupado por el misterio pascual de Jesucristo, que es lo que la iglesia anuncia y actualiza en la liturgia.
Igual que Cristo fue enviado por el Padre, él mismo envió a los apóstoles para que realizaran la obra de salvación mediante los sacramentos, mediaciones por las que actúa y se hace presente Cristo resucitado.
El Cristo que realiza la salvación está presente y actuando en la liturgia, confiere a esta una eficacia salvadora. La Iglesia anuncia y realiza la salvación, hace lo mismo que hizo Jesucristo.
Cristo nos redime con su misterio pascual, instituye el memorial de su muerte y resurrección y se lo entrega a la Iglesia, y en ella, el Espíritu Santo nos descubre el significado salvífico de este misterio, lo hace presente, y nos introduce en él a través de la liturgia.
Los sacramentos, con la Eucaristía como sacramento central, son la acción por medio de la cual la Iglesia hace presente a Jesucristo con todo su poder, en la vida de los creyentes.
La resurrección de Cristo es la fuente de toda sacramentalidad. La humanidad glorificada de Cristo se hace presente en cada sacramento.
La sacramentalidad de la Iglesia se expresa sobre todo en la Eucaristía.
La Eucaristía es la cumbre de la vida cristiana, por lo que todas las demás acciones sagradas y obras de la vida cristiana, se relacionan con ella, proceden de ella y a ella se ordenan.
En resumen, la liturgia es la presencia de la salvación en la historia, ya que a través de los sacramentos nos inserta en el misterio pascual de Cristo, que es lo que nos redime y nos salva. El hombre acoge la salvación por medio de los sacramentos.
Esta vida de gracia recibida por medio de la iglesia a través de los sacramentos nos lleva a cumplir una moral, para vivir como cristianos.
La moral cristiana nos llevará a la caridad, que es la virtud moral más importante, de forma que con la caridad, cumpliendo el amor, nos presentaremos ante Dios.
Para reflexionar:
¿Nos damos cuenta de la importancia de la Eucaristía para nuestra vida cristiana? Si en los sacramentos actúa Jesucristo y a través de ellos nos metemos en la historia de la salvación ¿cómo participamos de los sacramentos?

domingo, 27 de octubre de 2013

RELIGIÓN



Es un hecho constatado que desde que existe el hombre a su lado ha estado la religión.
Si en la historia de la humanidad la religión hubiera sido algo coyuntural fruto de una necesidad, cuando se satisface la necesidad o cuando las ciencias dan una solución, ya no hace falta Dios.
Pero la religión no es coyuntural, es estructural, forma parte de la esencia humana. El hecho religioso es connatural a la humanidad, pues el hombre por lo que es, está abierto a la trascendencia y es en la religión donde trata de buscar ese diálogo o contacto con Dios.
El ser humano ha sido creado para existir en relación con Dios, para vivir en comunión con Él, pues ha sido creado a su imagen y semejanza y está capacitado para dialogar con Él.
Esto lleva al hombre a estar ligado a Dios. En el interior del hombre se encuentra un sentimiento de dependencia inserto en su misma esencia.
La meta del hombre es ver a Dios, encontrarse con él, y eso liga al hombre con Dios. Este es el por qué de que haya religión.
En la religión el hombre busca a Dios, pues se siente religado, atado a él, y busca dar culto al creador. El hombre pregunta, busca, y Dios responde, Dios sale al encuentro.
Existen diversidad de religiones, en ellas hay una doctrina, un culto, y todas buscan la salvación del hombre.
La religión es una experiencia humana de relación con una realidad suprema o misterio, que confiere sentido a la propia vida, pero no es una experiencia experimental, pues no parte de los sentidos, ni se puede repetir ese experimento, ni ese experimento es igual para todos.
La experiencia religiosa es experiencial, es vivencia, supone un contacto o relación personal con lo que se tiene experiencia.
Cuando uno tiene experiencia de Dios, todo él se transforma, pues esta experiencia llega al corazón, afecta al yo; todo queda transformado con la presencia de Dios.
La relación ante Dios es de éxtasis, el hombre sale de sí mismo y Dios ocupa el centro (aunque Dios no niega nuestro yo, sino que lo hace distinto y mejor).
Para que exista religión se necesita el sujeto creyente y el objeto creído. En esta relación la iniciativa es de Dios.
La religión supone encuentro, el ser trascendente se hace presente, nos visita. Por eso la actitud religiosa lleva al sacrificio (a través de un objeto consagrado se pretende realizar o expresar la relación con la divinidad) y a la oración (relación directa con la divinidad, acto central de la actitud religiosa).
Para reflexionar:
¿Qué entendemos por religión y ser religiosos? ¿Nuestra actitud religiosa es de relación con Dios o cumplimiento de normas y preceptos? ¿Cómo nos relacionamos con Dios?

sábado, 21 de septiembre de 2013

COMUNIÓN DE LOS SANTOS



La Iglesia la constituimos las personas que estamos en la tierra, las que están en el purgatorio y las que están en el cielo. Es un consorcio o comunidad de vida que tenemos desde la tierra con nuestros hermanos que están en la gloria y con los que están purificándose. A esto se le llama comunión de los santos.
La Iglesia global está integrada por 3 estados: la Iglesia militante o peregrina (los que estamos en la tierra), la Iglesia purgante (los que están en el purgatorio) y la Iglesia triunfante (los que están en el cielo). El nexo de unión de los 3 estados es Jesucristo.
El conjunto de estos 3 estados forman la Iglesia comunión de los santos. Es la comunión de todos los que estamos alrededor de Jesús.
Lo que fundamenta la unión entre estos 3 estados es una misma caridad (caridad es el amor de Dios). Estamos unidos por el amor de Dios que viene a nosotros, porque poseemos el Espíritu Santo (que es el amor de Dios).
Por eso sólo los que tienen el Espíritu Santo forman parte de la comunión de los santos, pues gracias a él estamos unidos por la caridad y somos de Cristo.
Dios es el que nos ama, y el amor que Dios nos tiene y que nos viene a través de Jesús, es tanto para los que estamos en la Iglesia peregrina, como para las almas del purgatorio y del cielo.
Dios nos ama aún siendo pecadores, y con su amor nos transforma, nos quita el pecado, nos llena de su amor, y ya podemos amar.
Dios, una vez nos ha dado su amor, nos da la oportunidad de que le devolvamos el amor por propia iniciativa, para ello nos dice que amemos al prójimo, pues no le podemos devolver el amor directamente, pero sí a través de nuestros semejantes.
La caridad, que es el amor de Dios, al llegar a nosotros nos capacita para amar a los demás, ese amor es el motor de la comunión de los santos.
Para los católicos el concepto de Iglesia es más amplio que el de comunión de los santos, pues los que están en pecado temporalmente no forman parte de la comunión de los santos, pero siguen formando parte de la Iglesia.
En la Iglesia militante estamos viviendo la misma vida que en la Iglesia triunfante, el mismo Espíritu Santo nos mueve a todos. Hay una comunicación de bienes espirituales.
En el cielo, Jesús preside la alabanza a Dios Padre, y todos los santos del cielo están unidos en esa alabanza junto a todos los ángeles.
Nosotros participamos de esa alabanza del cielo cada vez que hay una Eucaristía. En la misa estamos rodeados de toda la corte celestial. La Eucaristía es la participación desde la tierra de  la liturgia que se celebra en el cielo.
En el cielo hay también oración de petición o intercesión: Jesús resucitado intercede continuamente por nosotros. Los santos colaboran con Jesús en esa intercesión.
Para reflexionar:
¿Nos damos cuenta que participamos de la liturgia celestial al estar en comunión?
La caridad, es decir, la capacidad de amar a los demás con amor divino ¿es la que produce la comunión de los santos? ¿Nos viene de Dios a través del Espíritu Santo al unirnos a Cristo?

sábado, 29 de junio de 2013

SACRAMENTO DE LA PENITENCIA



El centro de la predicación de Jesús es la conversión, quiere que cambiemos nuestra mentalidad, nuestra actitud, para enfocarla hacia Dios, para que retornemos al Padre, que es para lo que hemos sido creados.
Necesitamos la conversión, porque el pecado, el egoísmo, la autosuficiencia, nos separa de Dios, nos lleva por otros caminos.
Hoy Jesús se hace presente y actúa a través de los sacramentos. Por eso este sacramento llamado de la penitencia, de la confesión, del perdón, de la reconciliación o de la conversión, realiza la llamada de Jesús a la conversión, a volvernos e ir hacia el Padre, y nos perdona los pecados.
Esta conversión a Dios y a Cristo, nos transforma, nos lleva a reconocer nuestra condición de pecadores y nos mueve a apelar a la misericordia divina.
El volver nuestra vida a Dios, el cambiar de vida, es un don de Dios, necesitamos la gracia de Dios para convertirnos, pero también es una respuesta nuestra, ya que con nuestra libertad debemos aceptar este don, y nos supone un esfuerzo para poder cambiar el centro de nuestras decisiones y orientarlas hacia Dios.
Jesús invita a la conversión, pero también perdona los pecados. Jesús sale al encuentro de los pecadores y reconcilia.
La Iglesia, continuadora de la misión de Jesús hace lo mismo, porque Jesús vincula la acción de los discípulos a la salvación, concede a los discípulos capacidad para que la acción terrena y pastoral de la Iglesia tenga que ver con la salvación.
El sacramento nos reconcilia con Dios y con la Iglesia. Recibimos todo el amor de Dios y la paz. Al recibir el perdón nos reintegramos a la comunidad.
En este sacramento está presente la intervención de Dios que da el perdón y reconcilia, la intervención del hombre que participa con su reconocimiento de pecador y arrepentimiento, y todo ello necesita la mediación de la Iglesia. Siempre hay intervención de Dios, del penitente, y de la Iglesia.
Solo Dios es capaz de perdonar el pecado, Jesús perdona y además concede a la Iglesia el poder de perdonar los pecados. Esto lo vemos en los capítulos 16 y 18 de Mateo y en el 20 de Juan.
No existe límite a la potestad de perdonar, se pueden perdonar todos los pecados, aunque Jesús dice que la blasfemia contra el Espíritu Santo no se puede perdonar. Esto se puede interpretar como no reconocer la salvación de Dios que el Espíritu nos presenta, cerrarnos a la Gracia y a Dios.
La estructura actual de la confesión procede del Concilio de Trento actualizada por el Vaticano II, en el que el pecador aporta su arrepentimiento, la contrición o dolor por haber pecado, la confesión de sus pecados y la satisfacción o cumplimiento de la penitencia; y el sacerdote, en función de su ministerio, de su identificación sacramental con Cristo, aporta la absolución, que es el perdón de Dios.
Se impone una penitencia para restablecer el orden alterado y para que el pecador se cure y pueda convertirse.
Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de las ofensas hechas a El y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que, pecando, hirieron; y ella, con caridad, con ejemplos y con oraciones, les ayuda en su conversión.
Para reflexionar:
¿Realmente tenemos conciencia de que somos pecadores? ¿Somos conscientes de la fuerza de conversión que tiene este sacramento? ¿Podemos tener todo el amor de Dios y la paz con todos sin acudir a este sacramento?