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miércoles, 16 de enero de 2019

LA IMPORTANCIA DEL DIÁLOGO


Jesús ha sido enviado para salvarnos, por eso necesita pasar junto a nosotros en nuestra vida cotidiana. Nos busca y se acerca a cada uno de nosotros para que le conozcamos.
Jesús se acerca a una mujer samaritana (cf Jn 4, 1-26), que podemos ser cualquiera de nosotros, y a través del diálogo se va dando a conocer.
Y comienza el diálogo pidiendo: "dame de beber". Él, que lo tiene todo se acerca a nosotros ¡para pedirnos! ¿Qué necesita de nosotros? La perplejidad de la samaritana es la nuestra ¿tú me pides a mí?
Pero ese es el primer paso para entablar un diálogo con Jesús y en él nos mostrará que los necesitados somos nosotros: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice dame de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva” (Jn 4,10).
Pero para darnos esa agua viva, Jesús nos pide nuestra adhesión a él, que conozcamos el “Don de Dios” que es él mismo, ese Jesús sediento de nosotros y dispuesto a darnos todo lo que realmente necesitamos.
Aunque nos cuesta confiar en su promesa: “si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?” (Jn 4,11).
La samaritana sigue comparando el agua viva que Jesús le ofrece con esa otra agua del pozo. Por eso Jesús le explica la precariedad de lo material: “el que bebe de esa agua vuelve a tener sed” (Jn 1,13), y le promete que el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed” (Jn 1,14a).
El agua que Jesús promete es espiritual, es el Espíritu Santo. Sólo desde la acción de ese Espíritu el creyente puede conocer y relacionarse con Jesús.
Es el agua de la Gracia, de la amistad con Dios, de la fe en Jesús como Salvador, y que tiene que ser “bebida” por el creyente. La palabra, la revelación de Jesús, tiene que ser interio­rizada en el corazón del discípulo, y así iniciar el camino de conversión.
El diálogo con Jesús es redentor, es sanador, es salvador, pues nos conduce a cambiar los deseos materiales habituales que tenemos por otro más profundo: el conocimiento del don de Dios, que es el mismo Jesús.
En cambio, el diálogo con el diablo nos lleva a la perdición. En el diálogo que mantiene Eva con la serpiente (Cf Gen 3, 1-23), esta le induce a no seguir las indicaciones de Dios y apartarse de él, pues de esa forma “seréis como Dios” (Gen 3,5). El resultado de ese alejamiento de Dios es el pecado original que ha cambiado la vida de la humanidad.
Para meditar:
¿Distingo quién es el interlocutor con el que dialogo? ¿soy consciente de que puedo ser engañado?

viernes, 7 de diciembre de 2018

TESTIMONIO


Nos dice la Encíclica de S. Juan Pablo II Redemptoris Missio: “El testimonio de vida cristiana es la primera e insustituible forma de la misión”.
¿Cuál es nuestra misión?: Todos los evangelistas, al narrar el encuentro del Resucitado con los Apóstoles, concluyen con el mandato misional: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28, 18-20a).
Por mi testimonio, es decir, a través de mi modo de vida debo permitir que otros se encuentren con Jesucristo, pero mi pobre vida ¿puede testimoniar la grandeza del amor que Dios nos tiene? Mi vida miserable ¿puede testimoniar que Dios nos acepta como somos y se acerca a cada uno de nosotros para que vivamos felices? Mi insignificante vida ¿puede testimoniar que Dios con su infinita misericordia nos perdona y se alegra de que formemos parte de su familia?
Sí, es posible, porque la tarea que me ha confiado Jesús de ir a todas las gentes por todo el mundo, no la voy a hacer solo, recibiré la fuerza y los medios para llevarla a cabo: “ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba” (Mc 16, 20).
El Espíritu Santo es el protagonista de la misión: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 20b). Somos enviados en el Espíritu.
Y, ¿qué puedo aportar yo?, ¿cómo puedo colaborar con el Espíritu Santo?: pues precisamente con lo que soy y tengo: con esa vida frágil y miserable, llena de dudas y de cobardía, egoísta y cómoda, lamentable y decepcionada en numerosas ocasiones.
Pero yo, persona débil y pecadora, puedo decir en voz alta y se puede leer claramente en mi trayectoria vital, que Dios ha estado a mi lado. Nunca me ha abandonado, incluso cuando peor me he portado, mejores caminos me ha ofrecido para que me dé cuenta de cuánto me ama, cambie de rumbo y vuelva a él.
La fuerza de mi testimonio radica en mi debilidad. Ante las dificultades que tengo para realizar la misión encomendada, así me responde el Señor: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad” (2Cor 12,9a).
De forma que yo como S. Pablo presumo de mi debilidad: “Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo” (2Cor 12,9b).
Solo el que se siente débil, pecador y reconoce su limitación, es capaz de confiar en Dios y abrirse a él para que sea su fuerza. El que se cree capaz de hacerlo todo bien por si solo, no necesita la fuerza de Dios y fracasará en su misión.
Para la misión solo tengo que abrirme a la Gracia de Dios, a su Espíritu, que me une a Jesús, de forma que: “vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20a). Así puedo amar con él y desde él: única forma de llevar adelante mi misión “porque sin mi (Jesús) no podéis hacer nada” (Jn 15, 5b).
Por el bautismo y por la acción del Espíritu Santo estamos injertados a Cristo. Nuestra tarea es dejarnos llevar por el Espíritu Santo para vivir y actuar con Cristo.
Para reflexionar:
¿Qué pienso que debo hacer para ser buen cristiano? ¿Qué valoro más en mi tarea como cristiano, mi esfuerzo personal en hacer buenas obras o el ser dócil al Espíritu Santo?

lunes, 23 de julio de 2018

ARREPENTIMIENTO, PERDÓN,CONVERSIÓN


Entendemos que pecado es toda ofensa a Dios por no cumplir sus mandamientos. Y eso es lo que Dios nos tiene que perdonar, pero solo seremos perdonados si tenemos dolor por los pecados cometidos. Esto es la contrición, nos pesa haber ofendido a Dios, bien porque le amamos o bien porque nos puede castigar con el infierno.
Esa contrición nos lleva a arrepentirnos de lo que hemos hecho mal, a continuación confesamos nuestros pecados y somos perdonados por Dios.
Pero en el Evangelio vemos que Jesús perdona sin condiciones previas. A Mateo le llama estando en la mesa donde robaba, y no le exige que para seguirle deba arrepentirse de lo que hace (Cf  Mt 9, 9-13). A un paralítico, que probablemente lo único que deseaba era poder caminar, Jesús lo primero que hace es perdonarle, sin que este muestre arrepentimiento por su vida pasada (Cf Mt 9, 1-8).
El Dios de Jesús es amor, es perdón, por eso no nos perdona en muchos actos de perdón sino que tiene una actitud de perdón. No le hace falta nuestro dolor por haber pecado ni el arrepentimiento. Estamos perdonados siempre.
Solo hay un pecado que no nos puede perdonar: el rechazo a su perdón; no querer, libre y voluntariamente, la salvación y la misericordia que nos concede a través de su Espíritu (Cf Mt 12, 31-32).
El sentido no es, me arrepiento y Dios me perdona, sino el contrario, si estoy abierto al perdón de Dios y lo acojo, Dios me perdona y es entonces cuando me arrepiento. Cuando percibo la grandeza de Dios y su inmenso amor hacia mi, cuando me siento amado y perdonado por Dios, es cuando se me cae la cara de vergüenza ante mi miseria y mi pecado, y es entonces cuando me arrepiento de lo hecho y de no haber hecho su voluntad.
Una vez arrepentido y lleno de la misericordia recibida de Dios,  es cuando cambio de actitud, de vida, me convierto. Como lo muestra Zaqueo, jefe de publicanos y gran pecador (Cf Lc 19, 1-10), quien tras sentirse perdonado y acogido por Jesús, le dice: “Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más” (v 8). La conversión ha sido radical.
El fin del perdón es volver a Dios, reorientar nuestra vida hacia Dios, romper con el pecado y desear poder cambiar de vida con la ayuda de su gracia (Cf CIC n 1431).
Tenemos que descubrir que el pecado nos hace daño y para superarlo debemos cambiar de actitud, cambio que solo se producirá con la gracia que Dios nos da tras experimentar su amor y perdón. En el sacramento de la penitencia nos abrimos a Dios para recibir y experimentar su perdón, su misericordia y su gracia, que hará posible nuestro cambio de vida.
Si no experimentamos el perdón de Dios, no podremos cambiar de vida ni perdonar. Es lo que le pasa al siervo malvado que aún siendo perdonado mucho, es incapaz de perdonar en lo poco (Cf  Mt 18, 32-35).
Cuando Jesús nos dice que seamos misericordiosos como nuestro Padre lo es, y que perdonemos para ser perdonados (Cf Lc 6, 36-38), nos está diciendo que solo si somos capaces de acoger y vivir en la misericordia y el perdón de Dios, podremos ser misericordiosos y perdonar.
El perdón de nuestros pecados se dio en la cruz de Cristo, su sangre fue derramada para el perdón de los pecados (Cf Mt 26, 27-28). Por la sangre de Jesús hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. (Cf 1Col 1,14).
Para reflexionar:
¿Me creo capaz de cambiar de vida para que Dios me perdone? ¿Es el arrepentimiento paso previo imprescindible para recibir el perdón de Dios?

lunes, 5 de marzo de 2018

EL ABRAZO DE DIOS

Busco el encuentro con Dios pero no acabo de encontrarme con él. Medito su Palabra, participo de los sacramentos, de la oración, tengo el deseo de estar con él, pero no percibo ese abrazo amoroso y entrañable con Dios que me haga sentir que soy su “hijo amado”.
¿Por qué? Porque no soy capaz de reconocer mi miseria y mi pecado. Solo el que se da cuenta de su miseria y de su incapacidad para salir de ella, es el que puede mirar con ojos arrepentidos a Dios y decirle: he pecado contra el cielo y contra ti, no soy digno de ser tu hijo, pero recurro a ti, a tu misericordia, a tu perdón. Ese recibe el abrazo, el amor, el cariño, la misericordia y el perdón de Dios.
En cambio, el que se siente orgulloso de sí mismo y satisfecho de lo que hace, ese no necesita a Dios. No se ve miserable, ni llora, ni se da cuenta del sufrimiento que va dejando, por acción u omisión, a su alrededor. No percibe su pecado, se acostumbra a él, forma parte de su vida, y aún así se cree bueno. Ser así te lleva a pensar que no necesitas cambiar, que no necesitas a Dios para convertirte y salvarte.
Pero Dios siempre está atento a lo que hacemos y sale constantemente a nuestro encuentro por si queremos su abrazo. Solo si nos dejamos abrazar recibiremos su abrazo entrañable que nos cambiará radicalmente la vida.
Por eso, te debes sentir miserable para acercarte a Dios, pero solo si dejas que él se te acerque, te verás miserable.
Dios quiere ese abrazo y para conseguirlo te puede acariciar con regalos que te invitan a la conversión. El sufrimiento es una caricia bondadosa de Dios que nos llama para que volvamos hacia él. No es que Dios quiera que suframos y por eso nos envía situaciones dolorosas como un castigo. Dios se sirve de la crudeza de los hechos que nos hacen sufrir para colarse, no en ellos, sino en su interpretación. Los hechos son neutros, pero desde la fe o desde la no-fe, les otorgamos una determinada significación. Dios se vale de las situaciones que nos toca vivir para que las interpretemos, desde la fe, como un nuevo camino que él nos pone para que vayamos cambiando. 
Hay que dar gracias por las adversidades. Dios lo ha permitido todo para mi bien, por eso agradezco mis pecados y defectos, porque cuanto peor he respondido a Dios, mejores han sido los caminos que él me ha abierto. Dios consigue que nuestros caminos equivocados pasen a ser certeros, consigue que todos los caminos terminen por ser el suyo.
Una forma de saber si estoy o no cerca de Dios es mirar mi cercanía o alejamiento hacia los demás, en especial ante los más pobres con los que Jesús se identifica. A Dios le amamos a través del amor que tengamos al prójimo, y nuestro encuentro con Dios será pleno si nos acercamos, desde nuestra miseria, al prójimo, sobre todo al necesitado. El abrazo que te da el pobre al que te has acercado es el abrazo de Dios.
No hay ningún hombre bueno que no haya sido malo alguna vez. Ningún mal está verdaderamente superado hasta que no vemos cómo por su medio nos ha llegado algún bien. Confiar en Dios y hacer su voluntad es mi tarea, sabiendo que lo que yo no puedo hacer, con él sí puedo.
Para reflexionar: ¿Cuándo he experimentado la cercanía y el abrazo de Dios? ¿Qué puedo hacer para encontrarme con Dios?

miércoles, 1 de febrero de 2017

GANAR AMIGOS ¿QUÉ AMIGOS?

En la parábola del administrador astuto (Lc 16, 1-15) el amo alabó al administrador injusto, porque había actuado con astucia” (Lc 16,8). Este administrador no se nos presenta como modelo a seguir, sino como ejemplo de astucia.
La parábola a continuación nos dice: "Ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas” (Lc 16, 9).
El dinero de iniquidad o injusto es aquel que no cumple una función social y es destinado, por aquel que lo ha conseguido, para su propio beneficio. Es una complacencia egoísta con el dinero para su seguridad, ignorando las necesidades ajenas. Es la riqueza que se disfruta sin compartirla con los pobres y hambrientos.
Esta es la “astucia” del administrador: ha descubierto otra función del dinero, que es la de ganar amigos y ayudar a los pobres que dependen como él de un amo rico, para salvar su vida. Así, el administrador se salva de vivir de la mendicidad o de trabajos que no puede hacer.
Y esta es la “astucia” que nos pide el Señor: emplear lo que tenemos en ayudar a los pobres; ganar su amistad compartiendo con ellos nuestros bienes, y así nos salvaremos, pues en la hora de la muerte, cuando el dinero ya no sirva para nada, ellos, los pobres con los que compartimos nuestros bienes, serán nuestros amigos y nos acogerán en la casa del Padre.
Si somos amigos de los pobres nos salvaremos. Ahora estamos todavía en un tiempo propicio para compartir nuestros bienes con los más necesitados.
Ante la astucia mundana nosotros estamos llamados a responder con la astucia cristiana, que es un don del Espíritu Santo. Se trata de alejarse del espíritu de los valores del mundo, para vivir según el Evangelio.
Con esta enseñanza, Jesús nos exhorta a elegir entre Él y el espíritu del mundo; entre la lógica de la corrupción, del abuso y de la avidez; y la de la rectitud, de la humildad y del compartir.
Jesús nos dice hoy que empleemos nuestros bienes y riquezas en ayudar al prójimo necesitado, compartiéndolos con él. Así nos granjearemos su amistad. Hacerse amigo de los pobres es granjearse también la amistad de Dios, pues son sus preferidos.
Tenemos que “blanquear” ante Dios nuestro dinero, y la mejor forma de hacerlo es compartirlo con sus hijos preferidos, los pobres.
Un seguidor de Jesús no puede hacer cualquier cosa con el dinero: hay un modo de ganar dinero, de gastarlo y de disfrutarlo que es injusto cuando olvida a los más pobres.
Para reflexionar:
¿Cuál es mi relación con el dinero? ¿Qué función primordial ocupa el dinero en mi vida?

viernes, 8 de julio de 2016

CLERICALISMO Y MUNDANIDAD ESPIRITUAL

El Papa Francisco nos advierte sobre un excesivo clericalismo dentro de la Iglesia y contra la mundanidad espiritual.
El clericalismo, esa tentación del clero de señorear sobre los laicos, es una forma excesiva de intervenir el clero en la vida de la Iglesia que dificulta el ejercicio de los derechos al resto del pueblo de Dios.
El clericalismo es un obstáculo para que se desarrolle la madurez y la responsabilidad cristiana de buena parte del laicado al mantenerlo al margen de las decisiones eclesiales. 
Los ministros ordenados están al servicio de los laicos, los cuales deben formarse y tomar conciencia de su responsabilidad en la Iglesia.
Un párroco no puede llevar la parroquia adelante con un estilo clerical que no deja crecer a la parroquia ni a los laicos. El párroco se debe apoyar en el Consejo pastoral y decidir tras haber escuchado, dejado aconsejar, dialogado… Esta es su tarea, no es un patrón de empresa.
Por eso los sacerdotes deben ser formados no como administradores, sino como padres, hermanos, deben ser capaces de proximidad, de encuentro, de enardecer el corazón de la gente, caminar con ellos, entrar en diálogo con sus ilusiones y sus temores.
El clericalismo puede conducir a una mundanidad espiritual que, aparentando una religiosidad e incluso amor a la Iglesia, lo que busca es la gloria humana y el bienestar personal, en lugar de la Gloria del Señor.
Esta mundanidad se da en quienes sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas. De forma que en lugar de evangelizar, se analiza y clasifica a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar.
No preocupa que el Evangelio tenga una inserción en el Pueblo de Dios, sino que se busca una vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, cargados de estadísticas, planificaciones y evaluaciones, donde el principal beneficiario no es el Pueblo de Dios. Es una autocomplacencia egocéntrica.
Quien ha caído en esta mundanidad descalifica a quien lo cuestione, destaca constantemente los errores ajenos y se obsesiona por la apariencia.
Esta mundanidad asfixiante se sana tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios.
Para reflexionar:
En la Iglesia ¿lo hacemos todo para gloria de Dios o para la nuestra?

lunes, 21 de diciembre de 2015

¿ESFUERZO O GRACIA?

Estar salvados es participar de la vida de Dios, hemos sido creados para que tengamos parte en su vida feliz. Dios quiere la salvación de todos los hombres.
La gracia de Dios es la que nos salva: “Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo (estáis salvados por pura gracia)” (Ef 2, 4-5). “En efecto, por gracia estáis salvados, mediante la fe. Y esto no viene de vosotros: es don de Dios. Tampoco viene de las obras, para que nadie pueda presumir” (Ef 2, 8-9).
Entonces ¿es o no necesario el esfuerzo humano para la salvación? Ante este planteamiento podemos caer en dos extremos: uno es que la salvación depende solo del esfuerzo de cada hombre; y el otro es que todo es gracia, basta la fe y no se necesita nada más para salvarse.
La doctrina católica considera que la gracia de Dios que recibe el hombre gratuitamente, actúa en él y lo transforma, lo une a Cristo y lo convierte en hijo de Dios, para que junto con Cristo pueda vivir y actuar según su voluntad.
La gracia es el Amor de Dios que ha sido derramado en nosotros abundantemente a través del Espíritu Santo y que nos permite unirnos a Cristo y ser hijos de Dios. Por tanto, la gracia es Dios mismo que se nos entrega.
Esta gracia se nos da con el bautismo, la podemos perder con el pecado y la podemos volver a recibir con los sacramentos.
Debemos cooperar con la gracia, en primer lugar no rechazándola, y en segundo lugar viviendo coherentemente con lo que somos: como hijos de Dios y hermanos unos de otros, y esto se manifiesta con obras de amor.
Lo primero que necesitamos para salvarnos es la gracia, que cambia nuestro modo de ser, nos diviniza, nos libera del pecado y nos hace semejantes a Cristo. A partir de entonces, unidos a Cristo, nuestra vida queda transformada de tal forma que podemos amar con él y desde él.
Para poder vivir esa “vida de gracia”, tenemos dos dificultades, una es el tentador, que procura por todos los medios apartarnos de Dios, y la otra es nuestra propia debilidad y limitación, que nos impulsa a vivir desde el exterior (por lo que gusta a los sentidos) y no desde el interior (en donde reside el Amor de Dios).
Pero es precisamente en nuestra debilidad, donde encontramos nuestra fortaleza. Solo el que se siente débil, pecador y reconoce su limitación, es capaz de confiar en Dios y abrirse a su gracia, que es la que nos cambia la vida y nos permite amar desde el Amor de Dios y con el Amor de Dios.
Nuestro esfuerzo personal no es lo que nos permite vivir unidos a Dios y salvarnos, sino que si nos dejamos amar por Dios y aceptamos su gracia que nos une a él, viviremos con él: ¡ya estamos salvados!
En conclusión: no hacemos buenas obras para salvarnos, sino que al estar salvados (al participar ya de la vida de Dios por la gracia recibida) hacemos buenas obras.
Por eso podemos decir como S. Pablo: “Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1Cor 15,10). De ahí que nuestra tarea sea dejarnos llevar por el Espíritu Santo que es quien nos permite vivir y actuar con Cristo, y así amar como él nos ama.
Para reflexionar:
¿Cuál es mi esfuerzo para presentarme ante Dios santo e irreprochable?

miércoles, 19 de agosto de 2015

ORIGEN DEL MAL. LA TENTACIÓN

En el mundo observamos que existe el mal y el sufrimiento ¿Por qué? Si Dios lo ha creado todo bueno ¿de donde surge el mal? No hay respuestas contundentes y definitivas frente al mal.
Dios quiere para nosotros un bien que es la libertad, aunque eso pueda ser causa de males.
Hacemos el mal porque somos tentados a hacer, tener o decir algo que no deberíamos. Es el deseo por cosas incorrectas que Dios no quiere porque dañan nuestro espíritu, nuestra mente y nuestro cuerpo.
Inicialmente, la tentación no era un deseo interno normal que formara parte de la naturaleza humana. La primera pareja fue tentada desde fuera, en contraposición a nosotros, que somos tentados desde dentro.
¿De dónde viene esa tentación, ese deseo por esas cosas dañinas?: La tentación no viene de Dios, se origina en la mente del hombre que le provoca esos deseos. Sant 1,13-14: “Cuando alguien se vea tentado, que no diga: «Es Dios quien me tienta»; pues Dios no es tentado por el mal y él no tienta a nadie. A cada uno lo tienta su propio deseo cuando lo arrastra y lo seduce; después el deseo concibe y da a luz al pecado, y entonces el pecado, cuando madura, engendra muerte”.
Dios nos da solo lo bueno y perfecto, por tanto, la tentación es contraria a la naturaleza de Dios. Sant 1,17: “Todo buen regalo y todo don perfecto viene de arriba, procede del Padre de las luces”.
El que la tentación se origine desde el interior del hombre también lo corrobora Jesús. Mc 7, 20-22: “Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad”.
Sobre la tentación San Pablo nos aclara algunas cosas. Por un lado Pablo nos dice que en él no mora el bien, pues quiere hacer el bien y no pude hacerlo. Hay una ley en nosotros que se rebela contra la mente de Cristo que también tenemos. Rom 7, 18: “Pues sé que lo bueno no habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer está a mi alcance, pero hacer lo bueno, no”.
Además nos habla de que hay dos personalidades o inclinaciones en el ser humano y ambas provienen de su mente. Es ahí donde se pelea la batalla de decidir qué hacer, hacia donde inclinar la balanza cuando nos vienen esas tentaciones. Gál 5, 17: “Pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne; efectivamente, hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais”.
En nuestro interior hay dos voces; la voz de Dios y la voz de la carne (el mal) que nos dicen que hagamos o dejemos de hacer ciertas cosas.
No es una batalla fácil porque la tentación se nos presenta a veces en forma muy sutil y a veces ni nos damos cuenta de que estamos siendo tentados.
La respuesta de Jesús al ser tentado se basa en la Palabra escrita. Una persona que tiene presente la Palabra y medita en ella, tiene una garantía casi segura de que vencerá en toda tentación.
La tentación misma es prueba de que poseemos el armamento necesario para sobrellevarla. 1Cor 10, 13: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea de medida humana. Dios es fiel, y él no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla”.
Todos hemos pecado y estamos destituidos de la gloria de Dios. Para pecar no tenemos que ir en busca del pecado, porque está en nuestra naturaleza; lo traemos desde el momento en que nacimos. Pero hay una buena noticia; Cristo Jesús pagó el precio de nuestros pecados y podemos ser libres de esa condenación si le aceptamos como nuestro Salvador. Rom 3:23 “ya que todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada en Cristo Jesús”.
Para reflexionar:
¿Qué podemos hacer cuando vemos sufrimiento y dolor a nuestro alrededor? ¿En qué o en quién confiamos para superar la tentación y evitar hacer el mal? 

jueves, 12 de marzo de 2015

LAVATORIO PIES



Jn 13, 1-5: “Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando… y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía...". Juan está haciendo una introducción solemne para decirnos algo muy importante que va a suceder: "... se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándolos con la toalla que se había ceñido”.

Así comienza el relato de Juan sobre la última cena, en el que no relata, como los otros evangelistas, la institución de la Eucaristía. Se centra en el lavatorio de pies.

¿Tan importante es este pasaje? ¿Qué nos quiere decir San Juan con esa actitud de Jesús?

Es más, cuando Pedro le dice a Jesús: Señor, ¿lavarme los pies tú a mi? No me lavarás los pies jamás. Jesús le replica: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo” (Jn 13,8b). Parece que Jesús se toma muy en serio esta acción, que si no se acepta, rompemos la relación con Cristo.

¿Nos quiere decir Jesús en este texto que debemos ser humildes y estar al servicio unos de otros?: por supuesto que sí. Pero, ¿hay algo más?: Sí.

Veamos lo que ocurre a continuación. Jn 13,13: “Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy”. Jesús afirma que es el Señor, el único Dios, y añade “Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13, 14-15).

Con esto, lo que Jesús está diciéndonos es que nuestra misión de discípulos la debemos realizar desde la ejemplaridad.

No podemos evangelizar desde la imposición, sino desde una ejemplaridad que pueda convencer a los demás de que los cristianos actuamos con humildad estando al servicio de los demás, que estamos dispuestos a colocarnos en el lugar del esclavo por amor (lavar los pies era la obligación de los esclavos en tiempos de Jesús).

Esta es la ética de Cristo, la del seguimiento a una persona que atrae, que es ejemplo y que da sentido a nuestra vida.

Seremos discípulos de Jesús si nos sentimos atraídos y seducidos por él, seguimos su ejemplo, y actuamos y vivimos desde él, con él y como él.

Para reflexionar:

¿Estamos dispuestos a vivir desde la ejemplaridad que implica convertirnos en escalvos de los demás?

miércoles, 11 de febrero de 2015

LA PERSONA Y SU VERDAD



La teología moral busca a través de la razón y de la fe los valores, principios y convicciones que considera como ideal de vida para que nos oriente en nuestra toma de decisiones.
Para hacer una valoración sobre cual debe ser el actuar humano, la teología moral se basa en lo que es la persona: en su verdad.
La verdad del ser humano es aquella que posibilita que el hombre llegue a ser lo que está llamado a ser. Según el concepto que tengamos de la verdad de la persona entenderemos cual debe ser su comportamiento y cuales las normas que lo deben regular.
Y, ¿Cuál es nuestra verdad? ¿A qué estamos llamados a ser? Desde la antropología teológica descubrimos las distintas llamadas del ser humano, pues nos revela en primer lugar que la relación que existe entre Dios y el hombre es de amor y paternidad. Por tanto, Dios nos ha llamado para que experimentemos su amor y seamos sus hijos.
En segundo lugar y para que esto suceda, Dios nos ha llamado primero a la existencia.
En tercer lugar, hemos sido creados libres para que podamos responder a la llamada de Dios a su amor y paternidad, pero fruto de esa libertad el hombre ha dicho “no” a la llamada de Dios, ha roto su relación con Dios. El hombre ante el proyecto de salvación de Dios le ha respondido con el pecado.
Al negar a Dios rompemos toda nuestra ordenación como personas, por eso, para volver a estar unidos a Dios necesitamos a Jesucristo, que es el modelo o ideal humano: nuestra meta es parecernos a él.
Ante nuestra toma de decisiones equivocadas, Cristo nos ofrece el camino para que podamos responder a lo que es nuestra vocación, a lo que es nuestra verdad como personas.
Jesucristo es la respuesta a todos los interrogantes, es el objetivo, la meta y origen de todo. Por eso nuestra moral consiste en seguir a Cristo, que no es un aprendizaje teórico, es la adhesión personal a él.
Esta adhesión a Cristo es la que nos permitirá vivir la moral más elevada que se nos ofrece: la de las bienaventuranzas. Pues el vivir las bienaventuranzas no es un esfuerzo humano para acercarnos a Dios, sino lo contrario, es dejar que Dios se acerque a nosotros para poder experimentar la presencia de un Dios Padre todopoderoso y providente en quien confiamos, y así, unidos a Jesús, podremos como él, hacernos pobres, misericordiosos, limpios...
Para reflexionar:
¿Cuál es mi verdadera vocación? ¿Cómo puedo vivirla?

domingo, 25 de enero de 2015

JESÚS Y EL DINERO



Jesús comienza las bienaventuranzas hablando de los pobres, es decir, para explicar su proyecto de felicidad lo primero que plantea es la relación con el dinero.
Jesús nos advierte que el dinero tiene tal poder de seducción que termina por ser el competidor de Dios. Los sentimientos de paz y seguridad que Dios despierta, son parecidos a los que proporciona el dinero a los que lo tienen.
El problema está en saber donde tiene cada uno su tesoro, pues allí tendrá su corazón. El que tiene su tesoro en sí mismo y en su “buena vida” sin pensar en otra cosa que no sea eso, ese no participa en el proyecto de Jesús. En cambio, el que tiene su corazón y su tesoro en la felicidad de todos y en aliviar el sufrimiento lo más posible (vive las bienaventuranzas), ese cree en Dios.
El dinero proporciona abundancia y bienestar, y podemos pensar que eso es lo que necesitamos para ser felices, pero Jesús nos dice que el camino que lleva a la felicidad es el de compartir, dar al que no tiene. Eso sí produce dicha y está a nuestro alcance.
Aunque compartir no es cuestión de cuánto das, sino de lo poco con lo que te quedas una vez que has dado.
Para Jesús lo importante no es si una persona tiene más o menos dinero, lo que Jesús quiere es que esa persona, tenga lo que tenga, esté dispuesta a desprenderse de lo que tiene o a dar productividad a esos bienes que tiene, para servicio de los demás.
Las personas que solo piensan en retener para sí mismos lo que es suyo no pueden ser al mismo tiempo creyentes en Jesús y en su evangelio. En cambio, las personas dispuestas a desprenderse de algo de lo que tienen (no solo de lo que les sobra) para que eso rinda en beneficio de otros, esos sí son creyentes que se toman en serio el evangelio y el proyecto de Jesús.
Jesús no rechaza por principio a la gente de dinero, rechaza al que retiene sus bienes sin acordarse de los que carecen de medios de vida o de lo indispensable para vivir con dignidad.
Jesús nos dice lo que tenemos que hacer: “Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios” (Mt 10,8), es decir, hacer presente el Reino de Dios luchando contra el sufrimiento humano. Y nos dice también como hacerlo: “No os procuréis en la faja oro, plata ni cobre; ni tampoco alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón” (Mt 10, 8-10).
La idea de Jesús es que la vida se defiende, la dignidad se respeta, la felicidad se transmite y el sufrimiento se alivia, no mediante el dinero, sino despojándose de todo.
Lo que más necesita la gente no es ayuda económica, sino respeto y amor, y eso lo daremos si nos despojamos de todo y nos damos nosotros mismos.
Para reflexionar:
¿Dónde tenemos nuestro corazón? ¿Qué compartimos? ¿A qué le dedicamos más esfuerzo?

domingo, 30 de noviembre de 2014

SALVACIÓN



La perfección del hombre, lo que da sentido a su vida se produce cuando llega a ser lo que está llamado a ser. Esa es la verdad del hombre: ser aquello a lo que está llamado a ser.
Y nosotros hemos sido creados y llamados a participar de la vida de Dios, a vivir en su amor y felicidad.
Para conseguir esto debemos actuar. La libertad nos posibilita elegir la única opción que responde a la finalidad del hombre.
La salvación se produce cuando el hombre “es” lo que “está llamado a ser”. Somos salvados si vivimos conforme a lo que hemos sido creados: vivir unidos a Dios.
Esta unión con Dios se produce con el bautismo, que por la acción del Espíritu Santo quedamos “insertados” en Jesucristo.
Dios no cesa de buscarnos y atraernos hacia él para que podamos vivir de forma auténtica la vida que nos ha sido dada, que es junto a él, y eso ocurre ya ahora (aunque tras la muerte física y resurrección, lo viviremos en plenitud).
Para conseguir esa vida auténtica o vida eterna o vida verdadera o salvación, no necesitamos nada más que con la fe aceptar el regalo de Dios que nos introduce (por el bautismo) en la “comunidad de los salvados”, y ya estamos participando de su vida. Dios nos ha creado para eso.
Desde ahora, si creemos en Dios y nos dejamos empapar por su amor, por su Espíritu, ya estamos salvados, ya estamos viviendo la vida verdadera.
“Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no será condenado, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida” (Jn 5,24).
En la primera parte de este texto Jesús habla en presente, pues si reconocemos a Dios y a su enviado Jesucristo ya poseemos la vida eterna, ya estamos en comunión con Dios, ya estamos salvados; y en la segunda parte del texto habla en pasado: ha experimentado ya la resurrección.
Este paso de la muerte a la vida, de una vida sin sentido a la vida verdadera, es la salvación: ser lo que hemos sido llamados a ser.
Nos salva la fe, pero la auténtica fe es la que actúa por medio de las obras de amor, que son las que posibilitan la respuesta del hombre para ser lo que está llamado a ser. 
Las obras que se hacen desde la fe son las que salvan, pues como nos dice San Pablo, aunque hablara todas las lenguas, tuviera el don de la profecía o repartiera todos mis bienes… si no tengo caridad (si no tengo el amor de Dios, si no lo hago todo por el amor de Dios y con el amor de Dios, si no lo hago todo unido a Dios)… de nada me serviría: no me salvo.
Dios está encantado de invitarnos a vivir con él para que seamos felices. Nos ofrece la salvación gratuitamente, basta creer en ello, confiar en él, tener fe.
Para reflexionar:
¿Ya hemos resucitado, ya poseemos la vida eterna o tenemos que esperar?
¿Cuál es nuestra auténtica vocación, para qué estamos en este mundo?

miércoles, 26 de noviembre de 2014

ACTITUDES DE JESÚS



Los  judíos sabían que para hacer la voluntad de Dios había que cumplir la Ley, por eso Jesús no se opone a ella, pero la supera y nos descubre el aspecto positivo de la Ley, lo que está más allá de la Ley.
Jesús es más exigente que la Ley, y la autoridad con que la interpreta brota de su experiencia filial, conoce perfectamente la voluntad del Padre.
Jesús respeta el Templo, pero su muerte y resurrección marca el final del Templo.
Jesús es el nuevo Templo de Dios y el cumplimiento perfecto de la Ley.
Ante las personas, Jesús tiene un corazón grande para amar, ama a todos. Pero por exigencia del propio amor, ama más intensamente a aquél que más lo necesita. Por eso su opción son los pobres, que son los que más lo necesitan.
El amor de Jesús es personal y se adapta a cada persona, por eso Jesús dialoga con todos los que buscan sinceramente la verdad, pero con aquellos que buscan interpretar la verdad a su manera, no dialoga. Cuando se encuentra de frente ante una interpretación ciega y malévola de la realidad, no entra al diálogo o a la explicación.
Jesús es amigo de los pecadores, Jesús está con nosotros precisamente por eso, porque no somos buenos, no al revés, no por nuestros méritos.
Jesús participa en la mesa de los pecadores. Este gesto de comensalidad es un signo de reintegración, es una imagen de lo que es el reino de Dios: que aquello que está apartado se puede reintegrar.
Los pecadores y marginados son objeto de la predilección de Jesús.
Frente al pecado Jesús perdona, esto es algo que nadie puede hacer (solo Dios puede perdonar pecados), es una pretensión de Jesús para que se le considere divino.
Jesús llama Abba (papá) a Dios Padre, esto expresa la ternura del Hijo en relación al Padre, expresa la autoconciencia del Jesús histórico al considerarse hijo del Padre.
La relación de Jesús con sus discípulos no es de maestro a alumno, Jesús reclama una adhesión incondicional e invita a elegir el reino de Dios con la aceptación o rechazo de su persona.
Pide a sus discípulos una entrega en exclusividad a su persona, un seguimiento a su modelo de vida. La vocación o el seguimiento llevan a una expropiación de la propia vida, yo ya no me pertenezco, pertenezco a otro.
Para reflexionar:
¿Es Jesús parcial en su amor? ¿Qué exige a sus discípulos?

domingo, 9 de noviembre de 2014

AMOR A LOS ENEMIGOS



Con la parábola del buen samaritano Jesús nos enseña que el amor que debemos tener a todas las personas tiene que demostrarse prácticamente.
Nosotros poseemos un amor natural que nos lleva a amar a aquellos con quienes estamos ligados por lazos de sangre y de amistad, pero de Dios nos viene un amor sobrenatural que ensancha nuestro corazón y nos permite amar a todos al considerarlos hermanos.
Cuando el amor sobrenatural se suma al natural podremos tener la capacidad de amar a nuestros enemigos, pues ya no veremos en el hombre que nos hiere su malicia ni su antipatía ni su enemistad, mas bien veremos las heridas que se ocasiona a sí mismo por sus dificultades con nosotros y consigo mismo.
Debemos cambiar los sentimientos negativos que podamos tener contra quien nos ha ofendido por un amor hacia él, y esto comienza por orar por quien nos ha ofendido.
Pretendemos con nuestra oración y actitud, por un lado, liberarnos de nuestro egoísmo, pues amando solo a los que nos aman nos estamos amando a nosotros mismos ya que estamos esperando de ellos correspondencia o algún beneficio; y por otro lado, que pueda amar él también.
Si verdaderamente amamos a nuestros enemigos, perdonaremos de corazón la ofensa aún antes de que el ofensor pida perdón.
La gracia de Dios que es la que nos posibilita amar de esta forma nos mueve no solo a perdonar sino a echar una mano al otro a quien vemos enredado en su rencor y en su amargura, y también a pensar en su buena voluntad y disposición, aun cuando a veces nos traten injustamente o nos mortifiquen.
Para facilitar este amor a los enemigos no debemos estar recordando constantemente el agravio o las ofensas que hemos sufrido, ni hablar sin necesidad de ello, pues estaríamos dando pie a mantener vivos en nuestro corazón los malos sentimientos.
La mejor prueba para detectar si tenemos una voluntad sincera de perdonar al ofensor es ver si estamos dispuestos a ayudarle cuando se halle necesitado.
El reconocer los valores y éxitos de nuestro ofensor nos ayudará a luchar contra el rencor y el odio, pero la principal fuerza que poseemos para cumplir este mandato de Jesús de amar a nuestros enemigos la recibimos del propio Jesús, que a través de la oración y los sacramentos entra en comunión con nosotros y nos llena de su amor, de su Espíritu, que es el que nos capacita para amar como él ama.
Para reflexionar:
¿A quiénes amamos y por qué? ¿Si solo amamos a los que nos aman, somos egoístas? ¿Podemos realmente amar a quienes nos ofenden continuamente?

lunes, 29 de septiembre de 2014

HUMILDAD

Jesús nos revela un misterio del Reino de Dios: “Todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla, será enaltecido” (Lc 14, 11). Y nos dice: “Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas” (Mt 11,29).
¿Qué es ser humilde? Podemos pensar que una persona es humilde cuando se abaja ante la grandeza de otra, cuando aprecia una cualidad superior a la suya o un mérito en el otro sin envidia. Pero eso no es humildad sino honradez.
Tampoco es humilde aquel que no se hace notar, que no habla, que no opina de nada y aparenta no estar a la altura de ningún tema, que cree no tener ningún talento, que se menosprecia, que ocupa el último lugar.
Humildad es distinto a sentimientos o complejos de inferioridad, estos son expresiones de desaliento o depresión.
Ser humildes no significa despreciarnos sino tener el sentido exacto de lo que somos en relación con Dios, no con el prójimo. Nace del aceptar que somos creados, limitados, pecadores, y por eso libremente nos sometemos a la voluntad de Dios.
De esta forma, al reconocer cómo es Dios y quienes somos nosotros, combatiremos nuestro afán de independencia y de autosuficiencia, de sentirnos dioses, de olvidarnos de lo que somos: criaturas y pecadores.
El humilde conoce y reconoce su debilidad, su pequeñez y miseria ante la infinitud y misericordia de Dios. Y usa la humildad para vincularse más profundamente con Dios, para confiar en Dios y en su misericordia.
El hombre humilde es y se siente por sí solo muy débil, necesitado y defectuoso; pero unido con Dios, es y se siente de un valor muy grande. “Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2Cor 12,10).
La humildad frena y sujeta nuestros deseos exagerados de la propia grandeza, haciéndonos conscientes de nuestra pequeñez ante Dios.
La humildad de la Virgen se basa en la conciencia de ser criatura ante el Dios omnipotente. Sabe de la distancia infinita entre ella y Dios, y se complace en reconocer su pequeñez y limitación ante la infinitud de Dios.
El grado más profundo de humildad lo encontramos en Jesucristo, quien “se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,8).
El humilde es un sabio que reconoce su verdad: su maldad y bondad, y al ver lo bueno que tiene lo potencia, y al ver lo malo que tiene le pide a Dios fuerza para cambiar de vida y convertirse en misericordioso.
El orgulloso no ayuda a nadie y el humilde siempre es servicial y se pone desinteresadamente a disposición de los hermanos.
La humildad nos hace más comprensivos con los defectos del prójimo, no nos dejará ver la paja en el ojo ajeno sino que nos centrará en la viga que tenemos atravesada en el nuestro.
La humildad facilita la vida divina en el hombre, pues impide que la soberbia y la vanagloria obstaculicen la gracia.
La humildad no consiste en que el más pequeño rinda homenaje al más grande, sino en que éste último se incline respetuosamente ante el primero.
Para reflexionar:
¿Es la humildad la madre de las virtudes y la soberbia de los defectos? ¿Nos damos cuenta de lo que somos y valemos cuando nos comparamos con Dios?

miércoles, 13 de agosto de 2014

PODER DE PERDONAR LOS PECADOS

Jn 20, 21-23: Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.
El pecado, como ofensa a Dios y al prójimo, solo puede ser perdonado por Dios, pero en este texto, Jesús envía a sus discípulos y les otorga el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados.
Jesús delega a sus discípulos su propia misión, y estos deben adoptar su misma actitud de paz y reconciliación.
Nos dice a sus discípulos que a quienes dejemos libres de los pecados, quedarán libres de ellos. Todos los cristianos tenemos poder, en el Espíritu, para perdonar los pecados. Podemos ser gente de reconciliación: con nosotros mismos, con los demás, con la naturaleza…
Jesús quiere darnos vida, pero donde hay pecado no hay vida, por eso nos da el poder de perdonar los pecados, para devolver la vida a quien la ha perdido. La transmisión de vida que nos ofrece Jesús pasa por el perdón de los pecados.
Los destinatarios de estas palabras de Jesús es toda la comunidad, que con el don del Espíritu comienza una nueva vida, una nueva creación, que no será posible sin el perdón de Dios como base de reconciliación entre todos los hombres.
La reconciliación por Cristo la debemos realizar y hacer creíble todos los cristianos, toda la Iglesia, de cara a la sociedad.
Para ser perdonados debemos perdonar. En el Padre Nuestro, ante la súplica a Dios de que nos perdone, pone la condición de que perdonemos: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos”.
En esta oración le pedimos perdón porque reconocemos que no siempre hemos cumplido su voluntad, ni acogido su Reino, ni santificado su Nombre, pero al mismo tiempo, al acoger su misericordia, nos comprometemos a tener sus mismos sentimientos, a perdonar nosotros también.
Dios nos perdona si nosotros queremos, si se lo pedimos, si nos arrepentimos y si perdonamos al prójimo. Si no se dan estos requisitos Dios no puede perdonarnos. Anteponemos el perdón al prójimo como condición para recibir el perdón personal.
Nos dice Jesús que si perdonamos a los demás sus culpas nuestro Padre también nos perdonará, pero que si no perdonamos, tampoco seremos perdonados (Mt 6, 14-15).
Dios nos ama y nos quiere perdonar, pues el perdón es manifestación de su amor. Pero si voluntariamente nos cerramos a Dios, estamos rechazando su amor y su perdón, Dios así no nos puede perdonar.
En cambio, si nos abrimos a Dios recibimos de él su amor que nos lleva a amar y a perdonar a los demás, es así como Dios nos puede perdonar.
Jesús resucitado nos da el Espíritu Santo que es quien nos enseña a amar, a perdonar, a olvidar las injurias; a buscar y hacer el bien sin esperar recompensa; a confiar en Dios y a amarle sobre todas las cosas.
Quien recibe este Espíritu no sólo se santifica, sino que es capaz de santificar, de perdonar pecados, de trabajar por un mundo nuevo.
Para reflexionar:
¿Sentimos que con el Espíritu Santo recibimos el poder de perdonar pecados?  ¿Cuál es la clave para ser perdonados por Dios?