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lunes, 23 de julio de 2018

ARREPENTIMIENTO, PERDÓN,CONVERSIÓN


Entendemos que pecado es toda ofensa a Dios por no cumplir sus mandamientos. Y eso es lo que Dios nos tiene que perdonar, pero solo seremos perdonados si tenemos dolor por los pecados cometidos. Esto es la contrición, nos pesa haber ofendido a Dios, bien porque le amamos o bien porque nos puede castigar con el infierno.
Esa contrición nos lleva a arrepentirnos de lo que hemos hecho mal, a continuación confesamos nuestros pecados y somos perdonados por Dios.
Pero en el Evangelio vemos que Jesús perdona sin condiciones previas. A Mateo le llama estando en la mesa donde robaba, y no le exige que para seguirle deba arrepentirse de lo que hace (Cf  Mt 9, 9-13). A un paralítico, que probablemente lo único que deseaba era poder caminar, Jesús lo primero que hace es perdonarle, sin que este muestre arrepentimiento por su vida pasada (Cf Mt 9, 1-8).
El Dios de Jesús es amor, es perdón, por eso no nos perdona en muchos actos de perdón sino que tiene una actitud de perdón. No le hace falta nuestro dolor por haber pecado ni el arrepentimiento. Estamos perdonados siempre.
Solo hay un pecado que no nos puede perdonar: el rechazo a su perdón; no querer, libre y voluntariamente, la salvación y la misericordia que nos concede a través de su Espíritu (Cf Mt 12, 31-32).
El sentido no es, me arrepiento y Dios me perdona, sino el contrario, si estoy abierto al perdón de Dios y lo acojo, Dios me perdona y es entonces cuando me arrepiento. Cuando percibo la grandeza de Dios y su inmenso amor hacia mi, cuando me siento amado y perdonado por Dios, es cuando se me cae la cara de vergüenza ante mi miseria y mi pecado, y es entonces cuando me arrepiento de lo hecho y de no haber hecho su voluntad.
Una vez arrepentido y lleno de la misericordia recibida de Dios,  es cuando cambio de actitud, de vida, me convierto. Como lo muestra Zaqueo, jefe de publicanos y gran pecador (Cf Lc 19, 1-10), quien tras sentirse perdonado y acogido por Jesús, le dice: “Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más” (v 8). La conversión ha sido radical.
El fin del perdón es volver a Dios, reorientar nuestra vida hacia Dios, romper con el pecado y desear poder cambiar de vida con la ayuda de su gracia (Cf CIC n 1431).
Tenemos que descubrir que el pecado nos hace daño y para superarlo debemos cambiar de actitud, cambio que solo se producirá con la gracia que Dios nos da tras experimentar su amor y perdón. En el sacramento de la penitencia nos abrimos a Dios para recibir y experimentar su perdón, su misericordia y su gracia, que hará posible nuestro cambio de vida.
Si no experimentamos el perdón de Dios, no podremos cambiar de vida ni perdonar. Es lo que le pasa al siervo malvado que aún siendo perdonado mucho, es incapaz de perdonar en lo poco (Cf  Mt 18, 32-35).
Cuando Jesús nos dice que seamos misericordiosos como nuestro Padre lo es, y que perdonemos para ser perdonados (Cf Lc 6, 36-38), nos está diciendo que solo si somos capaces de acoger y vivir en la misericordia y el perdón de Dios, podremos ser misericordiosos y perdonar.
El perdón de nuestros pecados se dio en la cruz de Cristo, su sangre fue derramada para el perdón de los pecados (Cf Mt 26, 27-28). Por la sangre de Jesús hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. (Cf 1Col 1,14).
Para reflexionar:
¿Me creo capaz de cambiar de vida para que Dios me perdone? ¿Es el arrepentimiento paso previo imprescindible para recibir el perdón de Dios?

lunes, 30 de mayo de 2016

SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN

Bautismo y confirmación son los medios queridos por Jesús para incorporarnos a su vida. Estos sacramentos producen la vida en Cristo.
No se debe dividir este proceso de iniciación cristiana. El bautismo es el comienzo del don del E. S. y la confirmación perfecciona ese don, se lleva a plenitud lo que se inició en el bautismo.
Estos sacramentos nos introducen en el misterio pascual de Cristo, de forma que por el bautismo recibimos la vida nueva en Cristo, y por la confirmación recibimos el don del E. S. que lleva a plenitud lo recibido en el bautismo.
En la confirmación el cristiano se inviste públicamente para la misión, se vincula más estrechamente con la Iglesia. Se enriquece con la fuerza del E. S. y queda obligado a defender la fe como testigo.
Al recibir el E. S. en la confirmación, no se confirma la fe, no es conquista personal, sino que se recibe un don, un regalo del E. S.
No se trata de aprender catequesis, sentirse maduro y recibir como premio el E. S. sino que al querer vivir la vida de Cristo, se nos da el E. S. como regalo. El confirmado es simplemente una persona que se ha abierto a la gracia y quiere acoger el don.
Con la confirmación se perfecciona lo recibido en el bautismo, es el don del E. S. en plenitud, de forma que los carismas de la caridad, la predicación, la enseñanza, el gobierno… no son fruto de conquistas personales, sino obra del E. S. que se vivirán en plenitud en el más allá, pero que ahora el E. S. nos los regala y anticipa aquí.
La confirmación nos lanza a vivir en el compromiso cristiano de pertenecer a la Iglesia y trabajar por el Reino.
La Iglesia sin el E. S. sería una ONG, la caridad sin el Espíritu sería filantropía, la enseñanza sin el Espíritu, palabrería…
El derecho, el deber y la facultad que tienen los laicos de anunciar la Palabra de Dios nace de su bautismo y confirmación. Los sacramentos de iniciación nos dan la fuerza para anunciar el mensaje cristiano.
Para reflexionar:
¿Qué importancia damos al sacramento de la confirmación? ¿Notamos los confirmados la presencia del E. S. en nuestra vida cotidiana?

martes, 22 de abril de 2014

LA EUCARISTÍA EN EL CUARTO EVANGELIO



El evangelio de Juan no tiene en su narración de la última cena el relato de la institución de la Eucaristía existente en los sinópticos y en Pablo, que “institucionalizan” la eucaristía en una misma y única escena, uniendo las acciones y las palabras de Jesús.
En los sinópticos y Pablo las acciones de Jesús son: tomar pan, pronunciar la acción de gracias, partirlo, darlo a los discípulos; igualmente con el cáliz. Y las palabras son: tomad, comed y bebed, es mi cuerpo y mi sangre, hacedlo en memoria mía.
En cambio, el evangelio de Juan, en los capítulos 6 y 13, se construye el relato de la Eucaristía de forma diferente.
Juan  separa las acciones de las palabras: un día para los hechos o acciones, y otro día para las palabras.
Los hechos "eucarísticos" son los integrados en el relato de la multiplicación de los panes y los peces: tomar los panes, decir la acción de gracias, repartirlo a la gente; igualmente con los peces.
Las palabras eucarísticas de Jesús aparecen luego en el sermón-discurso de Cafarnaún: el pan que daré es mi carne, comer mi carne, beber mi sangre, tener vida eterna.
Juan nos presenta a Jesús como pan de vida, y estructura el capítulo 6 de forma que la multiplicación de los panes y peces nos prepara para las ideas que se desarrollarán más adelante.
Jesús da de comer a la multitud: subió al monte y se sentó allí con sus discípulos, y al ver el numeroso gentío que acudía a él, hizo que se sentaran, tomo unos panes y unos peces, dio las gracias y los repartió entre todos.
Este relato es el mejor ejemplo del empeño de Jesús por educar a la gente a repartir lo que posee. Cuando se comparte, alcanza y sobra. Cuando se comparte, Dios multiplica.
El hecho de Jesús de tomar los panes, dar gracias y repartirlos, nos refiere al gesto de Jesús durante la Cena: tomó el pan en sus manos… proclamó la acción de gracias… lo partió y lo dio a sus discípulos.
Y también cuando Jesús dice: mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida y el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él; se ve un claro referente a los relatos de la institución: Este es mi cuerpo que se entrega por vosotros; esta es mi sangre que se derrama por vosotros.
Este es uno de los discursos más importantes de Jesús, y lo pronuncia después del signo de la multiplicación de los panes. Y como ha sido capaz de dar de comer a todos, puede decir ahora que el pan que yo daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo, y el que coma de este pan vivirá para siempre. El que cree tiene vida eterna.
Los israelitas, que recibieron el maná, se alimentaron pero murieron; los seguidores de Jesús, los que crean en El, se alimentarán de su carne y vivirán para siempre.
En el evangelio de Juan los milagros de Jesús tienen un significado más profundo que el hecho en concreto.
En esta catequesis sobre el pan de vida Jesús intenta explicar a sus oyentes el significado profundo de lo que ha hecho, e invitarlos a creer en Él, único y verdadero pan para la vida.
Juan quiere establecer la identidad existente entre el pan eucarístico y la carne de Cristo en su estado de Víctima inmolada por el mundo.
Al final del discurso se plantea la opción de creer y continuar con Jesús o mantenerse cada uno en sus ideas, muchos discípulos dejan a Jesús.
Jesús interroga a los que quedan. Los Doce aparecen como modelo de seguimiento. La respuesta de Pedro nos acerca a la actitud que debe caracterizar al discípulo: “Señor ¿a quién vamos a seguir? Solo tú tienes palabras de vida eterna”.
Aquí concluye el capítulo 6 que nos lleva al 13, en que Juan narra la última cena. Se pusieron a cenar y después Jesús se levanta de la mesa, se quita el manto, toma una toalla y se la ciñe… tiene lugar el lavatorio de pies, donde Jesús nos da la gran lección de comportamiento, consecuencia de todo lo que acaba de decir: el servicio.
Servir significa acoger a la persona que viene a nosotros, acercarse hacia el que tiene necesidad y tenderle la mano, actuar con ternura y comprensión, trabajar al lado de los más necesitados, estableciendo con ellos vínculos de solidaridad.
Jesús nos enseña que amar es donarse efectivamente. Lavarnos los pies equivale a vivir en el amor, sirviendo uno al otro con total desinterés.
Para reflexionar:
Los que seguían a Jesús, pese a ver el milagro, al oírlo decían que era inadmisible ¿qué decimos nosotros? ¿Como muchos de ellos o como Pedro?
¿Somos conscientes que si creemos, ya tenemos la vida eterna?
¿La Eucaristía nos lleva a servir a los demás?


domingo, 29 de diciembre de 2013

LA LITURGIA EN LA ECONOMÍA DE SALVACIÓN



Dios crea el mundo con una finalidad, tiene un proyecto de salvación para el género humano.
Esta salvación proyectada y revelada por Dios Padre es un misterio: primero fue anunciada y preparada por los profetas, luego llega a plenitud y se cumple en Cristo, para posteriormente darse a conocer por la predicación de los apóstoles a través de la Iglesia, gracias a la acción del Espíritu Santo.
Dios al encarnarse se une a la historia humana, y así, la salvación se realiza en el tiempo.
Ahora estamos en la tercera y definitiva etapa de la historia de la salvación, en el tiempo de la Iglesia o del Espíritu Santo donde Cristo manifiesta, hace presente y comunica su salvación. Esto lo hace el Espíritu Santo que actúa en la acción de la Iglesia y nos introduce en la historia de la salvación. 
La liturgia hace presente los acontecimientos que nos salvaron. En cada celebración por la efusión del Espíritu, la muerte y resurrección de Jesucristo que ocurrió de una vez para siempre, se actualiza y se hace presente, se hace memorial.
La liturgia, con lo que le precede (la conversión y la fe) y con lo que le sigue (la vida moral) es el modo actual de entrar en la corriente histórica de la salvación.
El centro de esta economía de salvación está ocupado por el misterio pascual de Jesucristo, que es lo que la iglesia anuncia y actualiza en la liturgia.
Igual que Cristo fue enviado por el Padre, él mismo envió a los apóstoles para que realizaran la obra de salvación mediante los sacramentos, mediaciones por las que actúa y se hace presente Cristo resucitado.
El Cristo que realiza la salvación está presente y actuando en la liturgia, confiere a esta una eficacia salvadora. La Iglesia anuncia y realiza la salvación, hace lo mismo que hizo Jesucristo.
Cristo nos redime con su misterio pascual, instituye el memorial de su muerte y resurrección y se lo entrega a la Iglesia, y en ella, el Espíritu Santo nos descubre el significado salvífico de este misterio, lo hace presente, y nos introduce en él a través de la liturgia.
Los sacramentos, con la Eucaristía como sacramento central, son la acción por medio de la cual la Iglesia hace presente a Jesucristo con todo su poder, en la vida de los creyentes.
La resurrección de Cristo es la fuente de toda sacramentalidad. La humanidad glorificada de Cristo se hace presente en cada sacramento.
La sacramentalidad de la Iglesia se expresa sobre todo en la Eucaristía.
La Eucaristía es la cumbre de la vida cristiana, por lo que todas las demás acciones sagradas y obras de la vida cristiana, se relacionan con ella, proceden de ella y a ella se ordenan.
En resumen, la liturgia es la presencia de la salvación en la historia, ya que a través de los sacramentos nos inserta en el misterio pascual de Cristo, que es lo que nos redime y nos salva. El hombre acoge la salvación por medio de los sacramentos.
Esta vida de gracia recibida por medio de la iglesia a través de los sacramentos nos lleva a cumplir una moral, para vivir como cristianos.
La moral cristiana nos llevará a la caridad, que es la virtud moral más importante, de forma que con la caridad, cumpliendo el amor, nos presentaremos ante Dios.
Para reflexionar:
¿Nos damos cuenta de la importancia de la Eucaristía para nuestra vida cristiana? Si en los sacramentos actúa Jesucristo y a través de ellos nos metemos en la historia de la salvación ¿cómo participamos de los sacramentos?

sábado, 29 de junio de 2013

SACRAMENTO DE LA PENITENCIA



El centro de la predicación de Jesús es la conversión, quiere que cambiemos nuestra mentalidad, nuestra actitud, para enfocarla hacia Dios, para que retornemos al Padre, que es para lo que hemos sido creados.
Necesitamos la conversión, porque el pecado, el egoísmo, la autosuficiencia, nos separa de Dios, nos lleva por otros caminos.
Hoy Jesús se hace presente y actúa a través de los sacramentos. Por eso este sacramento llamado de la penitencia, de la confesión, del perdón, de la reconciliación o de la conversión, realiza la llamada de Jesús a la conversión, a volvernos e ir hacia el Padre, y nos perdona los pecados.
Esta conversión a Dios y a Cristo, nos transforma, nos lleva a reconocer nuestra condición de pecadores y nos mueve a apelar a la misericordia divina.
El volver nuestra vida a Dios, el cambiar de vida, es un don de Dios, necesitamos la gracia de Dios para convertirnos, pero también es una respuesta nuestra, ya que con nuestra libertad debemos aceptar este don, y nos supone un esfuerzo para poder cambiar el centro de nuestras decisiones y orientarlas hacia Dios.
Jesús invita a la conversión, pero también perdona los pecados. Jesús sale al encuentro de los pecadores y reconcilia.
La Iglesia, continuadora de la misión de Jesús hace lo mismo, porque Jesús vincula la acción de los discípulos a la salvación, concede a los discípulos capacidad para que la acción terrena y pastoral de la Iglesia tenga que ver con la salvación.
El sacramento nos reconcilia con Dios y con la Iglesia. Recibimos todo el amor de Dios y la paz. Al recibir el perdón nos reintegramos a la comunidad.
En este sacramento está presente la intervención de Dios que da el perdón y reconcilia, la intervención del hombre que participa con su reconocimiento de pecador y arrepentimiento, y todo ello necesita la mediación de la Iglesia. Siempre hay intervención de Dios, del penitente, y de la Iglesia.
Solo Dios es capaz de perdonar el pecado, Jesús perdona y además concede a la Iglesia el poder de perdonar los pecados. Esto lo vemos en los capítulos 16 y 18 de Mateo y en el 20 de Juan.
No existe límite a la potestad de perdonar, se pueden perdonar todos los pecados, aunque Jesús dice que la blasfemia contra el Espíritu Santo no se puede perdonar. Esto se puede interpretar como no reconocer la salvación de Dios que el Espíritu nos presenta, cerrarnos a la Gracia y a Dios.
La estructura actual de la confesión procede del Concilio de Trento actualizada por el Vaticano II, en el que el pecador aporta su arrepentimiento, la contrición o dolor por haber pecado, la confesión de sus pecados y la satisfacción o cumplimiento de la penitencia; y el sacerdote, en función de su ministerio, de su identificación sacramental con Cristo, aporta la absolución, que es el perdón de Dios.
Se impone una penitencia para restablecer el orden alterado y para que el pecador se cure y pueda convertirse.
Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de las ofensas hechas a El y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que, pecando, hirieron; y ella, con caridad, con ejemplos y con oraciones, les ayuda en su conversión.
Para reflexionar:
¿Realmente tenemos conciencia de que somos pecadores? ¿Somos conscientes de la fuerza de conversión que tiene este sacramento? ¿Podemos tener todo el amor de Dios y la paz con todos sin acudir a este sacramento?

lunes, 10 de diciembre de 2012

MISA (I)



En la Misa se culmina la acción con que Dios santifica en Cristo al mundo, y el culto que los hombres tributan al Padre, adorándole por medio de Cristo, Hijo de Dios.
Además, se recuerda en la Misa a lo largo de todo el año los misterios de la redención, por lo que estos se nos hacen presentes.
La Eucaristía es la cumbre de la vida cristiana, por lo que todas las demás acciones sagradas y obras de la vida cristiana, se relacionan con ella, proceden de ella y a ella se ordenan.
En la Misa o Cena del Señor, el pueblo de Dios es reunido bajo la presidencia del sacerdote que hace las veces de Cristo, para celebrar el memorial del Señor o sacrificio eucarístico.
En la celebración de la Misa en la que se perpetúa el sacrificio de la cruz, Cristo está realmente presente.
Jesucristo está presente de 4 modos en la Eucaristía:
- En la misma asamblea congregada en su nombre.
- En la persona del ministro, ya que el sacramento del orden le capacita para actuar en persona de Cristo.
- En su Palabra. Cuando se proclama la Sagrada Escritura en la asamblea, es el mismo Cristo el que nos habla.
- De una manera sustancial y permanente, en las especies eucarísticas de pan y vino.
Antes de la misa:
El caminar hacia la parroquia, el prepararse para la misa… es signo de que Dios está llamando. Nos ponemos en movimiento y nos reunimos como respuesta a la llamada de Dios para la asamblea.
Partes de la misa:
La misa consta de 2 partes: la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística.
Están tan unidas entre sí que forman un solo acto de culto. Por ello, el misterio proclamado en la liturgia de la Palabra se hace, en cierto modo presente, en la liturgia eucarística.
Se abre la misa con el rito de apertura y se cierra con el de despedida.
La estructura de la Celebración viene dada por lo que hizo Jesús:
En la primera parte, en la liturgia de la Palabra, se realiza lo que hizo Jesús con sus discípulos: predicación y enseñanza, Jesús “les explicaba las Escrituras”.
En la segunda parte de la Eucaristía, en la liturgia eucarística, la Iglesia hace los 4 gestos que hizo Jesús en la última cena:
- Toma el pan: rito del ofertorio.
- Dijo la bendición: plegaria eucarística.
- Lo partió: rito de la fracción del pan.
- Y lo dio: rito de la comunión.
Jesús dijo: haced esto en memoria mía. Lo que hace la Iglesia es lo que hizo Jesucristo. Cada acción de Jesucristo es un kairós, es decir, un acontecimiento salvador irrepetible por su ofrecimiento de sí mismo al Padre.
Para reflexionar:
¿Somos conscientes que en la Eucaristía participamos del mismo sacrificio del Señor?
¿Partimos de la Eucaristía para poder evangelizar y volvemos a ella para alimentarnos?

MISA (II)



Comienzo de la Misa:
Rito de entrada: va desde la procesión de entrada hasta la oración colecta.
Todos Los ritos de entrada nos ayudan a caer en la cuenta que somos una asamblea cristiana llamada por el Señor.
Preside la asamblea el mismo Cristo presente en el obispo o presbítero, que actúa en persona Cristo cabeza, y todos en la asamblea tienen parte activa, cada uno a su manera.
El canto de entrada nos une en una sola voz y nos ayuda a centrarnos en lo que vamos a celebrar.
El sacerdote se santigua y nos saluda (la oración del sacerdote manifiesta el deseo de la asamblea). Nos dice que estamos reunidos aquí y que nuestro deseo es que el Señor esté con vosotros.
Que el Señor está con nosotros no es sólo declarar una realidad (que Dios está presente en la asamblea), sino expresar el deseo de la Iglesia que está llamando al Señor y éste se hace presente.
Después del saludo todos se disponen interiormente por un acto de conversión a Dios y a los hermanos en el acto penitencial, pedimos perdón a Dios.
Sigue la celebración con el canto del Gloria y la oración colecta.
La oración colecta recoge la oración del corazón de cada uno, y elevamos nuestro corazón, por Cristo, al Padre, haciendo también cada uno suya la oración de los demás.
Termina con el amén, afirmación que hace la asamblea de su oración al Padre en unión con Cristo.
Primera parte: Liturgia de la Palabra:
La liturgia de la palabra la forman las lecturas y la homilía, y en ella la Iglesia hace memoria de la historia de la salvación.
Abarca desde la primera lectura hasta que termina la oración universal o de los fieles.
La oración inicial nos ha recogido en actitud de escucha, y caemos en la cuenta que es Cristo quien habla.
El corazón se abre para acoger la Palabra de Dios y hacerla vida, con la intención de que el sacramento actúe en nosotros, que actúe el misterio salvador que proclama la Palabra. De forma que la Palabra nos va haciendo comprender y desear que, después, al participar en la comunión, Cristo nos atraiga y una a él.
Esta escucha de la Palabra de Dios tiene una respuesta en la asamblea, con 3 elementos:
El primer elemento es la meditación del salmo responsorial. Es acoger haciendo oración lo que se nos ha dicho en la primera lectura.
El segundo elementos es el credo. La profesión de fe es una respuesta a la Palabra de Dios, ya que hemos acogido su Palabra con fe y respondemos diciendo que creemos.
El tercer elemento es la oración universal o petición de los fieles. Es oración de los fieles porque éstos interceden por la salvación del mundo, en función de su sacerdocio bautismal.
Para reflexionar:
¿Acogemos la Palabra de Dios para después vivirla?
¿Formamos una unidad con toda la Asamblea y hacemos nuestra las peticiones de todos?

MISA (III)



Segunda parte: Liturgia Eucarística:
Es el memorial, donde se dan los 4 gestos: ofertorio, plegaria eucarística, fracción y comunión.
Abarca desde la presentación de los dones hasta la oración postcomunión.
Tiene 3 partes:
a) El ofertorio:
Va desde la presentación de los dones hasta la oración sobre las ofrendas.
Tomó pan… tomó el cáliz… La Iglesia enmarca en este rito el gesto de Jesús de tomar pan y vino, para convertirlos en su cuerpo y en su sangre.
En el pan y el vino el Señor ha querido simbolizar su cuerpo y su sangre.
Pero también significan la bondad de la creación: fruto de la tierra y del trabajo del hombre. Dones por los que le damos gracias al creador.
La presentación del pan y vino, y la colecta, forman un todo simbólico: el dinero para el sustento de la vida, y el pan y vino que sustentan la vida, están ganados con la vida de trabajo.
Estos gestos expresan la entrega de nuestra vida en acto de oblación y culto a Dios, que implica caridad para los hermanos, y la unimos a la de Cristo en su sacrificio al Padre por nosotros.
La procesión de ofrendas expresa esa entrega de la comunidad que celebra la Eucaristía.
El sacerdote hace un gesto de ofrecimiento elevando el pan y el vino mientras bendice a Dios. Entonces el fiel ha de elevar el corazón uniéndose a Cristo y se dispone a ofrecerse e inmolarse con él, en el momento de la consagración.
La respuesta amén a la oración conclusiva del ofertorio manifiesta la unidad de la asamblea viviendo todo el simbolismo del ofertorio.
b) Anáfora o Plegaria Eucarística:
Dijo la bendición… Es la oración de bendición a Dios y acción de gracias por la que quedan consagrados el pan y el vino.
Es el corazón y cumbre de la celebración. Es propia del obispo y del presbítero.
La asamblea sólo interviene: con el “Santo”, con la aclamación después de la consagración, y con el amén final.
La plegaria eucarística consta de:
Prefacio: expresa la acción de gracias por nuestra salvación en Cristo. La aclamación del Santo nos une a la alabanza que los ángeles, los santos y la Iglesia celestial cantan sin cesar a Dios.
Epíclesis de consagración: es la invocación al Padre para que envíe el Espíritu Santo y convierta el pan y el vino, en el cuerpo y sangre de Cristo.
Narración de la cena: son las palabras que dijo Cristo por las que el pan se convierte en su cuerpo y el vino en su sangre, hacen presente el sacrificio de la cruz. Son las palabras de la consagración.
En el momento de la consagración, Cristo, presente en el sacerdote por su Espíritu Santo, convierte el pan y el vino en su cuerpo y sangre, y renueva su Misterio Pascual, asumiéndonos a nosotros y a todo su cuerpo Místico con él, en oblación al Padre, para gloria de Dios y salvación del mundo.
En el momento de la consagración nuestra vida está unida a la ofrenda de Cristo, por la que nos ofrecemos nosotros también.
La actitud interna en este momento debe ser de gratitud, adoración, expiación y ofrecimiento.
Después de la consagración, la asamblea proclama el misterio pascual que acaba de acontecer y ansía su consumación en la segunda venida de Cristo.
Anamnesis: expresa el memorial de la Pascua: muerte y resurrección.
Oblación: te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de salvación… expresa el ofrecimiento del cuerpo y sangre de Cristo.
Epíclesis de comunión: se pide la acción del Espíritu Santo para que lleve a término en nosotros y en toda la Iglesia los efectos del sacramento de la Eucaristía.
Intercesiones: se expresa la comunión con toda la Iglesia: con la del cielo, la de la tierra, pidiendo por ella, por el papa y por el obispo propio, con quien entramos en comunión con la Iglesia Universal, y con la Iglesia del purgatorio pidiendo por los difuntos.
Doxología: expresa la glorificación de Dios, fin de todo el misterio salvador.
El amén significa la adhesión a todo el acto salvador de Cristo, y el compromiso con él de mantener en la vida la acción realizada en el altar.
c) La comunión:
En el padre nuestro, como preparación inmediata a la comunión, profesamos nuestra condición de hijos y nuestra relación de hermanos.
El rito de la paz expresa la aceptación de la paz que Jesús nos da y la disposición del corazón en paz con todos.
La paz viene desde el altar, de Cristo a nosotros.
La fracción: lo partió:
La fracción es el gesto de Jesús: lo partió. Significa su entrega, nuestra entrega, ya que todos los que comemos del mismo pan formamos el mismo cuerpo de Cristo.
Lo acompaña el canto del “Cordero de Dios”.
La comunión: se lo dio.
La comunión es el cuarto gesto de Jesús: y se lo dio.
Cristo viene en persona con los efectos de la salvación a obrarla en nosotros por el Espíritu Santo. Esto nos lleva a vincularnos profundamente con Cristo, y por él a todos los hermanos.
La oración postcomunión es la que cierra la liturgia eucarística. Suele pedir que confirme los efectos del sacramento.
Rito de despedida:
El rito de despedida consiste en el saludo, la bendición, y el “podéis ir en paz”.
Lo celebrado ha de ser vivido como testimonio de la presencia en el mundo de Cristo Resucitado.
Para reflexionar:
¿Nos damos cuenta de que en la Eucaristía nos ofrecemos, junto a Jesucristo, a Dios Padre?
¿Qué significa para nosotros que Jesucristo venga en persona a nosotros en la comunión? ¿Cambia nuestras vidas?


lunes, 17 de septiembre de 2012

LITURGIA


La salvación del hombre, proyectada y revelada por Dios Padre es un misterio, primero fue anunciada y preparada por los profetas, luego se cumple en Cristo, para posteriormente darse a conocer por la predicación de los apóstoles a través de la Iglesia, gracias a la acción del Espíritu Santo.
La liturgia la comprendemos mejor desde esta perspectiva, ya que estamos en la tercera y definitiva etapa de la historia de la salvación, en el tiempo de la Iglesia o del Espíritu Santo, donde Cristo manifiesta, hace presente y comunica su salvación.
En este tiempo, la presencia de la salvación en medio de los hombres no cesa, y se produce mediante la fe y la incorporación personal al misterio de Cristo por medio de los sacramentos.
Igual que Cristo fue enviado por el Padre, él mismo envió a los apóstoles para que realizaran la obra de salvación mediante los sacramentos: mediaciones por las que actúa y se hace presente Cristo resucitado.
El Cristo que realiza la salvación está presente y actuando en la liturgia, confiere a esta una eficacia salvadora. La Iglesia anuncia y realiza la salvación, hace lo mismo que hizo Jesucristo.
Cristo instituye el memorial de su muerte y resurrección para redimirnos, se lo entrega a la Iglesia, y en ella, el Espíritu Santo nos descubre el significado salvífico de este misterio, lo hace presente, y nos introduce en él a través de la liturgia.
En cada celebración litúrgica, la muerte y resurrección de Jesús que ocurrió de una vez para siempre, se hace memorial: se actualiza y se hace presente ese acontecimiento a través de los sacramentos, y toda la Iglesia ejerce el culto público íntegro a Dios.
Basta la fe y la celebración de la Iglesia para entrar en esa corriente de salvación.
La liturgia no son ceremonias o ritos externos, sino que nos lleva a contemplar y celebrar el misterio pascual de Cristo, y su finalidad es la santificación de los hombres y el culto al Padre.
La liturgia es la presencia de la salvación en la historia, ya que a través de los sacramentos nos inserta en el misterio pascual de Cristo, que es lo que nos redime y nos salva.
Para reflexionar:
¿Somos conscientes que la Iglesia a través de la liturgia (leer la Palabra, orar, consagrar…) hace presente el misterio pascual de Cristo (su muerte y resurrección), que es lo que nos salva?
¿Vemos a través de los signos litúrgicos la manifestación visible de Cristo que sigue actuando en los sacramentos?
¿Nos lleva la liturgia a nuestra santificación: participar de la vida de Dios, estar en comunión con Él?
Si la Iglesia realiza la salvación por estar Cristo actuando en ella por la acción del Espíritu Santo ¿fuera de la Iglesia hay salvación?

viernes, 27 de julio de 2012

BAUTISMO


Con el bautismo quedamos inmersos en Cristo y recibimos una nueva identidad del ser, un nuevo ser, ya que recibimos la vida de Dios y participamos de todo lo que es Cristo.
El bautismo nos une a Jesucristo, somos un ser en Cristo, por lo que tenemos los mismos sentimientos que Jesús. Pensamos, esperamos y amamos como Cristo (se tienen las virtudes teologales).
Es una nueva creación de nuestra vida, somos una criatura nueva. Estar en Cristo es una nueva creación. Lo que renace del bautismo es otro Cristo, un cristiano. Hoy Jesús vive en sus miembros.
El bautismo nos transforma ontológicamente (se transforma nuestro ser), morimos al hombre viejo y resucitamos al hombre nuevo espiritual.
Por el bautismo somos liberados del pecado y participamos de la Trinidad, por ello, formamos parte de la familia de Dios, somos miembros de la comunidad de los salvados, adquiriendo los derechos y obligaciones propias de los cristianos.
Dios nos quiere hacer llegar su misma vida, nos llama a todos a vivir en su familia. Y es el bautismo el que nos inserta en la familia de Dios, en la Iglesia. Estamos en comunión con Cristo y con la Iglesia.
Dios a través del bautismo nos hace hijos suyos, es una adopción real, por lo que tenemos que vivir como hijos de Dios: que su vida de vida a lo que hacemos.
El bautismo significa y realiza la unión del creyente con Cristo y con los demás hermanos.