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martes, 21 de julio de 2020

FE


Se nos enseña que la fe es la respuesta que le damos a Dios por la que acogemos lo que él nos revela sobre sí mismo y sobre nosotros. Mediante la revelación Dios nos invita a creer en él, a adherirnos a él, a entregarnos libremente a él.
Hay una iniciativa de Dios que se da a conocer y una respuesta del hombre que es la obediencia de la fe. La fe es un don, pero es a la vez razonable porque la revelación es creíble.
Pero si analizamos el texto Mt 8, 5-13, en donde un centurión romano se acerca a Jesús y le ruega que cure a su criado que está sufriendo, vemos que el centurión sabe que Jesús es judío y él no, y también sabe que es capaz de hacer grandes obras, por eso le dice: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano”. Al oír esto “Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe”. Y le dijo al centurión: “Vete; que te suceda según has creído. Y en aquel momento se puso bueno el criado”.
Este texto nos indica que la fe más que creencia, es confianza en Jesucristo. Jesús se admira de la fe del centurión, persona extranjera que desconoce la religión judía. No conoce ni cree en las normas y doctrinas judías, pero ha descubierto a Jesús y siente que es merecedor de su confianza. Tiene más fe que nadie en Israel.
La fe es confiar en un Dios inseparable de cada uno de nosotros porque nos ama, porque siente ternura y misericordia ante nuestra debilidad.
Por eso no podemos quedarnos en pensar que la fe es un mero asentimiento a una serie de verdades teóricas, creer en un conjunto de doctrinas, que no siempre podemos comprender. En la Biblia fe es equivalente a confianza en una persona. Y esa confianza tiene que ir acompañada de la fidelidad.
Por eso no podemos asociar la vida cristiana al cumplimiento de ciertos ritos y normas, ya que la fe implica a toda la persona y comporta un cambio de vida, si no hay cambio de vida no hay fe. Si quieres saber la fe de uno, mira cómo vive, no le preguntes lo que sabe.
Al final, la fe se convierte en una forma de pensar y de vivir que tiene como modelo a Jesucristo, la fe es el seguimiento de una persona, de Jesucristo. Es un regalo que nos hace Dios y que debemos transmitir. Dependiendo de cómo ofrezcamos ese regalo de la fe en nombre de Dios, será o no acogida.
Para reflexionar:
¿Tengo fe porque creo en determinadas verdades o porque vivo confiando en Dios?

lunes, 13 de julio de 2020

HUMILDAD


Jesús nos invita a ser humildes, quiere que aprendamos de Él que es “manso y humilde de corazón” (Mt 11,29).  Pero, ¿qué significa ser humilde?
Humildad no son sentimientos o complejos de inferioridad, ni es abajarse ante la grandeza de otra persona. No es ser una persona que no se hace notar, que no opina de nada y aparenta no estar a la altura de ningún tema, o que no le importa ser pisoteado por todo el mundo.
Ser humildes no significa despreciarnos sino tener el sentido exacto de lo que somos en relación con Dios. Es sentirnos creaturas limitadas y pecadoras ante  Dios perfecto y santo.
La humildad se refiere a nuestra relación con Dios y no con el prójimo.  En esa perspectiva, humildad es verdad, porque el humilde conoce y reconoce su debilidad y pequeñez, y la usa para vincularse más con Dios. Es reconocer la realidad de nuestro ser, nuestra bajeza y la miseria de nuestro obrar, con referencia a Dios.
La humildad es la verdad sobre nosotros mismos, es decir, no creerte más pero tampoco menos de lo que verdaderamente eres. El hombre humilde es y se siente por sí solo muy débil, necesitado y defectuoso; pero unido con Dios, es y se siente de un valor muy grande.
La humildad nos permite alcanzar los más altos ideales, pues es la forma que Dios tiene de ensalzarnos. Reconocer nuestra pequeñez es darnos cuenta de la necesidad que tenemos de Dios y contar siempre con su ayuda. Nos permite vivir unidos a Dios, y con Él lo podemos todo.
Jesús lava los pies, se humilla hasta morir en la cruz. Une su humildad a una disponibilidad servicial para con el prójimo.
Por eso el hombre humilde es servicial y se pone desinteresadamente a disposición de los hermanos. La humildad cambia nuestras relaciones sociales al hacernos más comprensivos con los defectos de nuestro prójimo. Ya no miramos la paja en el ojo ajeno sino que nos centramos en la viga que tenemos en el nuestro.
Jesús quiere constituir una sociedad de iguales siendo humildes y sencillos de corazón. Por eso “el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor” (Lc 24,26), pues Jesús está en medio de nosotros “como el que sirve” (Lc 24,27).
Jesús nos exhorta a no pretender alcanzar el éxito buscando el prestigio, sino en el servicio permanente y desinteresado a los demás. La verdadera grandeza humana la alcanza no el vanidoso, no el soberbio, no el que se cree más que los demás por ser importante, sino el humilde, el que en todo procede con sencillez.
Para descubrir quién soy y cuál es mi verdadero valor es necesario conocerme a mí mismo a la luz del Señor Jesús. En Cristo descubrimos la verdad sobre nosotros mismos y de Él podemos aprender a ser humildes.
Para reflexionar:
¿Pienso que la humildad es una debilidad? ¿Para qué sirve ser humilde?

PRIMEROS PUESTOS


Nos gusta ser bien vistos y alabados por la gente, por eso en cualquier reunión destacamos las cualidades que tenemos o los bienes que poseemos. Solemos tener un alto concepto de nosotros mismos que nos lleva a buscar los primeros puestos y a pretender que las cosas se hagan según nuestros criterios. Es querer ser servido en lugar de servir, ser ensalzado en lugar de mostrarnos disponibles, ser amado antes de amar.
Pero estos conceptos no son los que se valoran para entrar en el banquete del Reino de Dios. Lo último de nuestra escala humana se convierte en lo primero en la divina, lo de arriba se convierte en lo de abajo.
Así nos lo dice Jesús: “Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú;  y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: Cédele el puesto a este. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales”  (Lc 14,8-10).
Esta lección de Jesús es para decirnos que el que se cree justo y piensa que merece el primer puesto, oirá “cédele el puesto a este” y se irá avergonzado. Jesús, para evitarnos humillaciones nos aconseja humillarnos nosotros mismos.
Pretender obtener honor y gloria por nosotros mismos nos lleva a una actitud egoísta y soberbia que nos rebaja, en cambio, quien se humilla e inclina su cabeza delante del Señor y pide perdón, será ensalzado.
Los puestos de honor en el Reino de los Cielos no son para los que creen tener privilegios, para los soberbios y vanidosos; sino para los humildes y sencillos de corazón.
Los valores de la sociedad humana son puestos en evidencia por los con­vidados que escogían los primeros puestos. Jesús invierte la escala de valores: A todo el que se encumbra, lo abajarán, y al que se abaja, lo encumbrarán. Es la condena de cualquier suficiencia.
El buscar los puestos principales es un comportamiento que nos perjudica porque nos convierte en rivales unos de otros, nos lleva a la desconfianza, a la envidia, a los atropellos.
Este es uno de los misterios del Reino de Dios: “el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (Lc 14,11).
Para reflexionar:
¿Qué puesto buscamos en la sociedad? ¿Estamos dispuestos a ceder los mejores puestos a los demás?

miércoles, 29 de mayo de 2019

SER LIMPIO DE CORAZÓN ¿PARA QUÉ?


Jesús nos dice que son felices los limpios de corazón (Cf Mt 5, 1-8). En el sermón de la montaña Jesús está anunciando la felicidad plena, pero no nos dice lo que tenemos que hacer para ser felices, sino que se está llamando felices a un grupo de personas carac­terizadas por ciertas actitudes humanas.
No es feliz la persona porque viva esas actitudes, sino más bien las vive porque es feliz, porque ha descubierto que su valor máximo es Jesús.  
Esa vida no es fruto de un esfuerzo personal para encontrarnos con Jesús, sino es la consecuencia de nuestra unión con él la que nos permite vivir con Jesús y como él, las bienaventuranzas.
¿Qué es ser limpio de corazón?: El corazón, en la Biblia, es la sede del pensamiento, del sentir, de la voluntad y de la relación con Dios. Es el centro de la vida interior de la persona, donde reside lo que real­mente buscamos y deseamos.
Podemos tener un corazón impuro y de allí salir las intenciones malas, o podemos ser «limpios de corazón» y vivir en conformidad con Dios.
El ser limpio de corazón no es solo un ac­tuar correctamente, sino que el interior de la persona está unido a Dios, de tal manera que su querer se identifica con el querer de Dios. Nuestro pensar, sentir y desear es conforme a la voluntad de Dios, y el obrar está movido por el amor fraterno.
¿Por qué son felices los limpios de corazón?: porque ellos verán a Dios. San Pablo nos invita a tener los mismos sentimientos que Jesús, y esos sentimientos de los que habla Pablo en su carta a los filipenses son los de, pese a su condición divina, despojarse de su rango y tomar la condición de esclavo, rebajándose hasta someterse a la muerte en la cruz.
Nuestro ascenso a Dios se produce cuando acompañamos a Jesús en ese descenso. El corazón puro es el corazón que ama, que está en comunión con el corazón servicial y obediente de Jesús. Si vivimos el amor y la entrega al estilo de Jesús, nos purificamos y una vez puros veremos a Dios.
Jesús ve al padre cara a cara y el camino que ha seguido Jesús para ver a Dios ha sido rebajarse y hacerse esclavo para servir a los demás.
Para encontrarse con Dios hay que rebajarse en el servicio a los demás, y ahí es cuando Dios nos coge y nos pone frente a él.
Limpios de corazón son los que más aman y esos ya ven con los ojos de su corazón a Dios porque están con él.
Aquí está la felicidad: cuanto más nos acercamos a Dios y mayor relación tenemos con él, nuestro corazón se va haciendo conforme al suyo, nuestros pensamientos, deseos y sentimientos se van haciendo como los suyos. Vamos «viendo» más de cerca a Dios. Y es en esta cercanía con Dios donde está nuestra felicidad.
Para reflexionar:
¿Qué sale de nuestro corazón? ¿Vemos a Dios en el servicio al prójimo?

viernes, 7 de diciembre de 2018

TESTIMONIO


Nos dice la Encíclica de S. Juan Pablo II Redemptoris Missio: “El testimonio de vida cristiana es la primera e insustituible forma de la misión”.
¿Cuál es nuestra misión?: Todos los evangelistas, al narrar el encuentro del Resucitado con los Apóstoles, concluyen con el mandato misional: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28, 18-20a).
Por mi testimonio, es decir, a través de mi modo de vida debo permitir que otros se encuentren con Jesucristo, pero mi pobre vida ¿puede testimoniar la grandeza del amor que Dios nos tiene? Mi vida miserable ¿puede testimoniar que Dios nos acepta como somos y se acerca a cada uno de nosotros para que vivamos felices? Mi insignificante vida ¿puede testimoniar que Dios con su infinita misericordia nos perdona y se alegra de que formemos parte de su familia?
Sí, es posible, porque la tarea que me ha confiado Jesús de ir a todas las gentes por todo el mundo, no la voy a hacer solo, recibiré la fuerza y los medios para llevarla a cabo: “ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba” (Mc 16, 20).
El Espíritu Santo es el protagonista de la misión: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 20b). Somos enviados en el Espíritu.
Y, ¿qué puedo aportar yo?, ¿cómo puedo colaborar con el Espíritu Santo?: pues precisamente con lo que soy y tengo: con esa vida frágil y miserable, llena de dudas y de cobardía, egoísta y cómoda, lamentable y decepcionada en numerosas ocasiones.
Pero yo, persona débil y pecadora, puedo decir en voz alta y se puede leer claramente en mi trayectoria vital, que Dios ha estado a mi lado. Nunca me ha abandonado, incluso cuando peor me he portado, mejores caminos me ha ofrecido para que me dé cuenta de cuánto me ama, cambie de rumbo y vuelva a él.
La fuerza de mi testimonio radica en mi debilidad. Ante las dificultades que tengo para realizar la misión encomendada, así me responde el Señor: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad” (2Cor 12,9a).
De forma que yo como S. Pablo presumo de mi debilidad: “Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo” (2Cor 12,9b).
Solo el que se siente débil, pecador y reconoce su limitación, es capaz de confiar en Dios y abrirse a él para que sea su fuerza. El que se cree capaz de hacerlo todo bien por si solo, no necesita la fuerza de Dios y fracasará en su misión.
Para la misión solo tengo que abrirme a la Gracia de Dios, a su Espíritu, que me une a Jesús, de forma que: “vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20a). Así puedo amar con él y desde él: única forma de llevar adelante mi misión “porque sin mi (Jesús) no podéis hacer nada” (Jn 15, 5b).
Por el bautismo y por la acción del Espíritu Santo estamos injertados a Cristo. Nuestra tarea es dejarnos llevar por el Espíritu Santo para vivir y actuar con Cristo.
Para reflexionar:
¿Qué pienso que debo hacer para ser buen cristiano? ¿Qué valoro más en mi tarea como cristiano, mi esfuerzo personal en hacer buenas obras o el ser dócil al Espíritu Santo?

jueves, 7 de junio de 2018

¿A QUIÉN SE ACERCA DIOS?

Es posible que, como consecuencia de las enseñanzas que hemos recibido, podamos pensar que Dios se aleja de los pecadores y se acerca a los justos. Si creemos que Dios premia a los buenos y castiga a los malos, nos parece razonable que Dios, ante nuestro pecado, se aleje de nosotros, en cambio, si somos buenos y cumplimos lo mandado, Dios se nos aproxima.
Pero no parece que piense eso Jesús. En el pasaje que se narra en Mateo 9, 9-13, Jesús llama a Mateo a seguirle precisamente porque es pecador.
Después de llamarle, Jesús se sienta a comer con él, y con ellos están, por un lado, los discípulos que le siguen, y por otro, muchos publicanos y pecadores.
Todos comparten el mismo banquete, todos están alrededor de Jesús que no excluye a nadie. Con ese gesto Jesús nos está diciendo que el Reino de Dios es una mesa abierta donde se pueden sentar todos. Solo se requiere la adhesión a Jesús.
Esto es un escándalo para los sectores religiosos que quieren observar la santidad del pueblo elegido y por eso excluyen a los pecadores. Y quizá para nosotros, que no entendemos que Jesús pueda acoger a un pecador sin condición previa alguna.
Jesús deja claro el significado de su actuación: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos” (Mt, 9,12).
Todos somos pecadores y necesitados de médico, pero solo nos llamará y nos curará si nos confesamos pecadores. En cambio, los que no se reconocen enfermos no llaman al médico ni lo reciben; no tienen curación posible.
Jesús nos explica cuál es su misión: "No he venido a llamar a justos, sino a pecadores" (Mt 9, 13b). Por eso, los que se consideran justos quedan excluidos de la llamada, y los pecadores que se sienten excluidos son llamados y acogidos.
La llamada de Jesús significa un cambio total de vida. Mateo ya no se dedicará a su negocio, sino que aprenderá a vivir desde Jesús. No importa ya su pasado ni su anterior vida inmoral, comienza para él una vida nueva.
Jesús pone, por encima del culto y de la mera observancia de una forma externa de vida, las relaciones humanas. Jesús se compadece de los pecadores y ataca la autosuficiencia de los que se consideran justos.
Bienaventurados los que se consideran indignos de ser llamados por Jesús, pues solo así serán sanados. Señor, no soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sanarme.
Para reflexionar:

Si Jesús llama a los pecadores ¿es necesario que me sienta miserable y pecador para poder percibir esa llamada? ¿Priorizamos el ser misericordiosos a un culto vacío que no saca de la exclusión a los pecadores?

lunes, 12 de marzo de 2018

RETIROS DE EMAÚS

La mayoría de las personas que participan en los retiros de Emaús pretenden, como aquellos que lo hacen en otros retiros, alejarse de la vida cotidiana y sus preocupaciones, para buscar un lugar y un tiempo donde poder repasar la vida y encontrarse consigo mismo o con Dios.
En España los retiros de Emaús se realizan desde hace unos años y parece que con buena acogida por los que han participado en ellos, con indiferencia por los que creen no necesitar a Dios, y con cierta desconfianza por quienes los ven como algo oculto o secreto debido a la confidencialidad de lo que allí se trata y que no trasciende al exterior.
Estos retiros son una acción apostólica parroquial que realizan los laicos. Pocas veces se permite a los laicos asumir su responsabilidad y compromiso dentro de la Iglesia para lanzarse sin complejos y sin clérigos tutores, al encuentro entusiasmado con Jesucristo.
Son retiros en los que no se discrimina a nadie, todos caben, porque todos somos iguales. En ellos se invita, a la luz de lo que allí acontece, a reconocer lo que somos y a dejarnos acoger por un Dios que nos ama con locura.
Dios nos facilita muchos caminos para encontrarnos con él y uno de ellos puede ser este. Pese a nuestra falta de fe, de compromiso cristiano, de formación, o ante nuestro exceso de comodidad, prepotencia, desidia, pereza, y ante nuestra desconfianza por el desconocimiento de lo que son estos retiros, Dios puede que nos invite a ellos y nos diga “venid y veréis” (cf. Jn 1, 35-39).
Pero… yo no sé rezar, yo voy a misa todos los días, yo no creo, yo he hecho muchas barbaridades en esta vida, yo no sé perdonar, yo he estudiado teología, yo solo me preocupo de mí, la última confesión que hice fue hace 20 años… ¿puedo hacer ese retiro? ¿lo entenderé? ¿me hará bien? ¿me iré antes que acabe?
Ante estas cuestiones y dudas, solo cabe una respuesta: Dios siempre nos está esperando, seamos como seamos, para darnos un abrazo. Lo que más le gusta es que nos dejemos abrazar por él.
La predisposición de uno para hacer ese retiro es indiferente, pues sea cual sea, Dios se las apañará para darte un abrazo. No importa lo que creas o sientas, lo que sepas o ignores, Dios simplemente abre sus brazos y te acoge.
Ante la grandeza del que acoge sin condiciones y la enorme pequeñez del acogido que no es más que un ser miserable, débil y egoísta, ese abrazo te cura, te acerca a Dios y te cambia.
Venid y veréis.
Para reflexionar: ¿Le dedicamos tiempo a Dios para que se nos manifieste? ¿Dónde nos podemos encontrar con Dios?

jueves, 9 de marzo de 2017

FINALIDAD DE LA VIDA

El fin último de mi vida es de orden sobrenatural: dar gloria a Dios y ser santo.
Estoy llamado a la vida para ser alabanza de la gloria de Dios: “Él (Dios) nos ha destinado por medio de Jesucristo… a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1, 5-6).
Esto se realiza viviendo en santidad. Por eso Dios me ha elegido para que sea santo: “Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor” (Ef 1, 4).
Ser santo significa vivir en el amor de Dios, que no es hacer buenas obras, sino hacerlas participando de la vida de Dios. Es amar como él me ha amado.
La plenitud de vida cristiana y perfección en la caridad es la santidad, o lo que es lo mismo, vivir unidos a Cristo participando del amor de Dios.
Dios me santifica, hace que participe de su santidad por medio del bautismo, y esto se manifiesta en los frutos de la gracia que el E. S. produce en mí. Daré frutos si permanezco en el amor de Cristo, si Cristo y yo somos uno, y él ama en mí.
Jesús me hace santo, yo solo me hago dócil al E. S. que es el motor que me mueve a amar. Vivir en santidad es vivir según el E. S.
Participando de la vida de Dios, viviendo en su amor, es como manifiesto la gloria de Dios. Se trata de que yo sea bueno como él es bueno, que yo ame como él ama…
Cuanto más unido estoy a Jesús, más gloria doy a Dios, pues con mi vida manifiesto el amor y la bondad de Dios.
El fin último de la vida cristiana no es mi perfección, es la glorificación de Dios. Para conseguir esto, el fin secundario o relativo es mi santificación.
Todo hay que hacerlo por Dios y para Dios, y esta comunión con él me hace santo.
Jesús es el modelo: todo lo hace para gloria del Padre. Y yo también doy gloria a Dios si manifiesto en mi vida su bondad.
Para reflexionar:
¿Aspiro a ser santo? ¿Cómo doy gloria a Dios? ¿Me siento tentado a decir que la santidad no es para mí?

domingo, 24 de julio de 2016

LA ORACIÓN DE PETICIÓN

Karl Rahner, uno de los más grandes teólogos católicos del S. XX hace una reflexión sobre la queja que se hace a la oración de petición. Se acusa a esta oración de que cuando nosotros rezamos, gritamos y lloramos ante Dios, él no nos responde, permanece mudo. Es una queja de desesperación y decepción.
Hemos acudido a Dios como Padre de misericordia apelando a su piedad, con confianza le mostramos los motivos de nuestra desesperación y le decimos que nuestras pretensiones son  modestas y realizables, pero de nada sirvió. Nadie nos consoló, no fuimos escuchados, hemos llamado sin respuesta alguna.
Ante esta acusación unos dirán que rezar no tiene ningún objetivo, pues el Dios que pudiese escuchar la oración de petición o no existe o no se preocupa de su creación, otros piensan que la oración de petición es solo para pedir bienes superiores del alma, no se pide a Dios que evite los males, sino la fuerza para sobrellevarlos.
Aun así, nosotros queremos orar y pedir, porque tenemos una fe que espera contra toda esperanza y sigue orando contra toda aparente decepción.
Pero, cuando le pedimos a Dios que nos libre de los “males”, ¿estos son según nuestros criterios o los de Dios? Cuando hemos tenido pan y bienestar ¿ha podido ser un “mal” que nos ha llevado a olvidarnos de Dios? ¿Sabemos que los caminos de Dios no los podemos comprender?
Para saber si hemos orado o hemos mantenido un monólogo de egoísmo ciego con nosotros mismos, lo reconoceremos si nuestra petición se ha transformado en preguntar a Dios ¿qué es mejor para mí: la necesidad o la felicidad, el éxito o el fracaso, la vida o la muerte?

La respuesta a la acusación a la oración de petición se llama Jesucristo. Su oración de petición es nuestra enseñanza. Y su petición es realista: “aparta de mi este cáliz” (Lc 22,42a). Lo pide con el fervor de un hombre angustiado, lo suplica sudando sangre, lo implora bajo un tormento de muerte. No pide cosas sublimes o celestiales, sino lo que para nosotros los terrenos es lo más valioso, pide la vida.
Su oración de petición es de confianza en Dios: “yo sé que tú me escuchas siempre” (Jn 11,42).
Y su oración de petición es de entrega incondicional: “no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42b). El abandonado de Dios, el fracasado, pese a todo, entrega su alma en manos del Padre.
Jesús lanza un grito de angustia pero se siente seguro de ser escuchado y no quiere hacer otra cosa que la incomprensible voluntad de Dios. Pide con fervor por su vida, pero su oración por su vida es un ofrecimiento de su vida para la muerte.
En esta oración de petición se unen lo más divino y lo más humano, se pide ayuda para la vida terrena, pero más que el pan y la vida se quiere la voluntad de Dios, aun cuando sea el hambre y la muerte.
Así, nos introducimos en la voluntad de Dios y nuestra voluntad quiere a Dios, su amor y su gloria, hemos quemado todo lo egoísta y ya podemos decir, junto con el Hijo: “sé que tú me escuchas siempre”.
Solo entonces el yo, que quiere ser escuchado, habrá entrado en el tú que escucha, y existirá la armonía pura y libre entre Dios y el hombre, por la cual el hombre puede querer, aspirar y pedir la aceptación de la voluntad de Dios.
Si realizamos esto llegamos a ser como un niño que sabe que su Padre es más sabio, tiene la visión más amplia y es bondadoso en su inexplicable dureza, y que porque se es niño, no hacemos de nuestro juicio y deseo la última instancia.
El ser niño confiado ante Dios nos permite conjugar en la oración de petición el miedo y la confianza, la voluntad de vivir y la disposición a morir, la certeza de la escucha y la renuncia a ser escuchado según el propio plan.
Si quieres entender la oración de petición, ora, pide, llora. Pide aquello que tu cuerpo necesita, de forma que la petición del don terreno te transforme cada vez más en un hombre celestial. Pide de tal modo que te hagas cada vez más ofrenda a Dios.
Pidamos aquello que necesitamos en esta tierra, pero sin olvidar que somos peregrinos en ella, y no podemos ser escuchados como si tuviésemos aquí una morada permanente, como si no supiésemos que tenemos que entrar a través de la ruina y de la muerte en la Vida.
Para reflexionar:
¿Acusamos a la oración de petición como inútil? ¿En quién confiamos?    

lunes, 21 de diciembre de 2015

¿ESFUERZO O GRACIA?

Estar salvados es participar de la vida de Dios, hemos sido creados para que tengamos parte en su vida feliz. Dios quiere la salvación de todos los hombres.
La gracia de Dios es la que nos salva: “Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo (estáis salvados por pura gracia)” (Ef 2, 4-5). “En efecto, por gracia estáis salvados, mediante la fe. Y esto no viene de vosotros: es don de Dios. Tampoco viene de las obras, para que nadie pueda presumir” (Ef 2, 8-9).
Entonces ¿es o no necesario el esfuerzo humano para la salvación? Ante este planteamiento podemos caer en dos extremos: uno es que la salvación depende solo del esfuerzo de cada hombre; y el otro es que todo es gracia, basta la fe y no se necesita nada más para salvarse.
La doctrina católica considera que la gracia de Dios que recibe el hombre gratuitamente, actúa en él y lo transforma, lo une a Cristo y lo convierte en hijo de Dios, para que junto con Cristo pueda vivir y actuar según su voluntad.
La gracia es el Amor de Dios que ha sido derramado en nosotros abundantemente a través del Espíritu Santo y que nos permite unirnos a Cristo y ser hijos de Dios. Por tanto, la gracia es Dios mismo que se nos entrega.
Esta gracia se nos da con el bautismo, la podemos perder con el pecado y la podemos volver a recibir con los sacramentos.
Debemos cooperar con la gracia, en primer lugar no rechazándola, y en segundo lugar viviendo coherentemente con lo que somos: como hijos de Dios y hermanos unos de otros, y esto se manifiesta con obras de amor.
Lo primero que necesitamos para salvarnos es la gracia, que cambia nuestro modo de ser, nos diviniza, nos libera del pecado y nos hace semejantes a Cristo. A partir de entonces, unidos a Cristo, nuestra vida queda transformada de tal forma que podemos amar con él y desde él.
Para poder vivir esa “vida de gracia”, tenemos dos dificultades, una es el tentador, que procura por todos los medios apartarnos de Dios, y la otra es nuestra propia debilidad y limitación, que nos impulsa a vivir desde el exterior (por lo que gusta a los sentidos) y no desde el interior (en donde reside el Amor de Dios).
Pero es precisamente en nuestra debilidad, donde encontramos nuestra fortaleza. Solo el que se siente débil, pecador y reconoce su limitación, es capaz de confiar en Dios y abrirse a su gracia, que es la que nos cambia la vida y nos permite amar desde el Amor de Dios y con el Amor de Dios.
Nuestro esfuerzo personal no es lo que nos permite vivir unidos a Dios y salvarnos, sino que si nos dejamos amar por Dios y aceptamos su gracia que nos une a él, viviremos con él: ¡ya estamos salvados!
En conclusión: no hacemos buenas obras para salvarnos, sino que al estar salvados (al participar ya de la vida de Dios por la gracia recibida) hacemos buenas obras.
Por eso podemos decir como S. Pablo: “Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1Cor 15,10). De ahí que nuestra tarea sea dejarnos llevar por el Espíritu Santo que es quien nos permite vivir y actuar con Cristo, y así amar como él nos ama.
Para reflexionar:
¿Cuál es mi esfuerzo para presentarme ante Dios santo e irreprochable?

jueves, 12 de marzo de 2015

LAVATORIO PIES



Jn 13, 1-5: “Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando… y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía...". Juan está haciendo una introducción solemne para decirnos algo muy importante que va a suceder: "... se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándolos con la toalla que se había ceñido”.

Así comienza el relato de Juan sobre la última cena, en el que no relata, como los otros evangelistas, la institución de la Eucaristía. Se centra en el lavatorio de pies.

¿Tan importante es este pasaje? ¿Qué nos quiere decir San Juan con esa actitud de Jesús?

Es más, cuando Pedro le dice a Jesús: Señor, ¿lavarme los pies tú a mi? No me lavarás los pies jamás. Jesús le replica: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo” (Jn 13,8b). Parece que Jesús se toma muy en serio esta acción, que si no se acepta, rompemos la relación con Cristo.

¿Nos quiere decir Jesús en este texto que debemos ser humildes y estar al servicio unos de otros?: por supuesto que sí. Pero, ¿hay algo más?: Sí.

Veamos lo que ocurre a continuación. Jn 13,13: “Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy”. Jesús afirma que es el Señor, el único Dios, y añade “Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13, 14-15).

Con esto, lo que Jesús está diciéndonos es que nuestra misión de discípulos la debemos realizar desde la ejemplaridad.

No podemos evangelizar desde la imposición, sino desde una ejemplaridad que pueda convencer a los demás de que los cristianos actuamos con humildad estando al servicio de los demás, que estamos dispuestos a colocarnos en el lugar del esclavo por amor (lavar los pies era la obligación de los esclavos en tiempos de Jesús).

Esta es la ética de Cristo, la del seguimiento a una persona que atrae, que es ejemplo y que da sentido a nuestra vida.

Seremos discípulos de Jesús si nos sentimos atraídos y seducidos por él, seguimos su ejemplo, y actuamos y vivimos desde él, con él y como él.

Para reflexionar:

¿Estamos dispuestos a vivir desde la ejemplaridad que implica convertirnos en escalvos de los demás?

miércoles, 11 de febrero de 2015

LA PERSONA Y SU VERDAD



La teología moral busca a través de la razón y de la fe los valores, principios y convicciones que considera como ideal de vida para que nos oriente en nuestra toma de decisiones.
Para hacer una valoración sobre cual debe ser el actuar humano, la teología moral se basa en lo que es la persona: en su verdad.
La verdad del ser humano es aquella que posibilita que el hombre llegue a ser lo que está llamado a ser. Según el concepto que tengamos de la verdad de la persona entenderemos cual debe ser su comportamiento y cuales las normas que lo deben regular.
Y, ¿Cuál es nuestra verdad? ¿A qué estamos llamados a ser? Desde la antropología teológica descubrimos las distintas llamadas del ser humano, pues nos revela en primer lugar que la relación que existe entre Dios y el hombre es de amor y paternidad. Por tanto, Dios nos ha llamado para que experimentemos su amor y seamos sus hijos.
En segundo lugar y para que esto suceda, Dios nos ha llamado primero a la existencia.
En tercer lugar, hemos sido creados libres para que podamos responder a la llamada de Dios a su amor y paternidad, pero fruto de esa libertad el hombre ha dicho “no” a la llamada de Dios, ha roto su relación con Dios. El hombre ante el proyecto de salvación de Dios le ha respondido con el pecado.
Al negar a Dios rompemos toda nuestra ordenación como personas, por eso, para volver a estar unidos a Dios necesitamos a Jesucristo, que es el modelo o ideal humano: nuestra meta es parecernos a él.
Ante nuestra toma de decisiones equivocadas, Cristo nos ofrece el camino para que podamos responder a lo que es nuestra vocación, a lo que es nuestra verdad como personas.
Jesucristo es la respuesta a todos los interrogantes, es el objetivo, la meta y origen de todo. Por eso nuestra moral consiste en seguir a Cristo, que no es un aprendizaje teórico, es la adhesión personal a él.
Esta adhesión a Cristo es la que nos permitirá vivir la moral más elevada que se nos ofrece: la de las bienaventuranzas. Pues el vivir las bienaventuranzas no es un esfuerzo humano para acercarnos a Dios, sino lo contrario, es dejar que Dios se acerque a nosotros para poder experimentar la presencia de un Dios Padre todopoderoso y providente en quien confiamos, y así, unidos a Jesús, podremos como él, hacernos pobres, misericordiosos, limpios...
Para reflexionar:
¿Cuál es mi verdadera vocación? ¿Cómo puedo vivirla?

domingo, 25 de enero de 2015

JESÚS Y EL DINERO



Jesús comienza las bienaventuranzas hablando de los pobres, es decir, para explicar su proyecto de felicidad lo primero que plantea es la relación con el dinero.
Jesús nos advierte que el dinero tiene tal poder de seducción que termina por ser el competidor de Dios. Los sentimientos de paz y seguridad que Dios despierta, son parecidos a los que proporciona el dinero a los que lo tienen.
El problema está en saber donde tiene cada uno su tesoro, pues allí tendrá su corazón. El que tiene su tesoro en sí mismo y en su “buena vida” sin pensar en otra cosa que no sea eso, ese no participa en el proyecto de Jesús. En cambio, el que tiene su corazón y su tesoro en la felicidad de todos y en aliviar el sufrimiento lo más posible (vive las bienaventuranzas), ese cree en Dios.
El dinero proporciona abundancia y bienestar, y podemos pensar que eso es lo que necesitamos para ser felices, pero Jesús nos dice que el camino que lleva a la felicidad es el de compartir, dar al que no tiene. Eso sí produce dicha y está a nuestro alcance.
Aunque compartir no es cuestión de cuánto das, sino de lo poco con lo que te quedas una vez que has dado.
Para Jesús lo importante no es si una persona tiene más o menos dinero, lo que Jesús quiere es que esa persona, tenga lo que tenga, esté dispuesta a desprenderse de lo que tiene o a dar productividad a esos bienes que tiene, para servicio de los demás.
Las personas que solo piensan en retener para sí mismos lo que es suyo no pueden ser al mismo tiempo creyentes en Jesús y en su evangelio. En cambio, las personas dispuestas a desprenderse de algo de lo que tienen (no solo de lo que les sobra) para que eso rinda en beneficio de otros, esos sí son creyentes que se toman en serio el evangelio y el proyecto de Jesús.
Jesús no rechaza por principio a la gente de dinero, rechaza al que retiene sus bienes sin acordarse de los que carecen de medios de vida o de lo indispensable para vivir con dignidad.
Jesús nos dice lo que tenemos que hacer: “Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios” (Mt 10,8), es decir, hacer presente el Reino de Dios luchando contra el sufrimiento humano. Y nos dice también como hacerlo: “No os procuréis en la faja oro, plata ni cobre; ni tampoco alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón” (Mt 10, 8-10).
La idea de Jesús es que la vida se defiende, la dignidad se respeta, la felicidad se transmite y el sufrimiento se alivia, no mediante el dinero, sino despojándose de todo.
Lo que más necesita la gente no es ayuda económica, sino respeto y amor, y eso lo daremos si nos despojamos de todo y nos damos nosotros mismos.
Para reflexionar:
¿Dónde tenemos nuestro corazón? ¿Qué compartimos? ¿A qué le dedicamos más esfuerzo?

domingo, 30 de noviembre de 2014

SALVACIÓN



La perfección del hombre, lo que da sentido a su vida se produce cuando llega a ser lo que está llamado a ser. Esa es la verdad del hombre: ser aquello a lo que está llamado a ser.
Y nosotros hemos sido creados y llamados a participar de la vida de Dios, a vivir en su amor y felicidad.
Para conseguir esto debemos actuar. La libertad nos posibilita elegir la única opción que responde a la finalidad del hombre.
La salvación se produce cuando el hombre “es” lo que “está llamado a ser”. Somos salvados si vivimos conforme a lo que hemos sido creados: vivir unidos a Dios.
Esta unión con Dios se produce con el bautismo, que por la acción del Espíritu Santo quedamos “insertados” en Jesucristo.
Dios no cesa de buscarnos y atraernos hacia él para que podamos vivir de forma auténtica la vida que nos ha sido dada, que es junto a él, y eso ocurre ya ahora (aunque tras la muerte física y resurrección, lo viviremos en plenitud).
Para conseguir esa vida auténtica o vida eterna o vida verdadera o salvación, no necesitamos nada más que con la fe aceptar el regalo de Dios que nos introduce (por el bautismo) en la “comunidad de los salvados”, y ya estamos participando de su vida. Dios nos ha creado para eso.
Desde ahora, si creemos en Dios y nos dejamos empapar por su amor, por su Espíritu, ya estamos salvados, ya estamos viviendo la vida verdadera.
“Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no será condenado, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida” (Jn 5,24).
En la primera parte de este texto Jesús habla en presente, pues si reconocemos a Dios y a su enviado Jesucristo ya poseemos la vida eterna, ya estamos en comunión con Dios, ya estamos salvados; y en la segunda parte del texto habla en pasado: ha experimentado ya la resurrección.
Este paso de la muerte a la vida, de una vida sin sentido a la vida verdadera, es la salvación: ser lo que hemos sido llamados a ser.
Nos salva la fe, pero la auténtica fe es la que actúa por medio de las obras de amor, que son las que posibilitan la respuesta del hombre para ser lo que está llamado a ser. 
Las obras que se hacen desde la fe son las que salvan, pues como nos dice San Pablo, aunque hablara todas las lenguas, tuviera el don de la profecía o repartiera todos mis bienes… si no tengo caridad (si no tengo el amor de Dios, si no lo hago todo por el amor de Dios y con el amor de Dios, si no lo hago todo unido a Dios)… de nada me serviría: no me salvo.
Dios está encantado de invitarnos a vivir con él para que seamos felices. Nos ofrece la salvación gratuitamente, basta creer en ello, confiar en él, tener fe.
Para reflexionar:
¿Ya hemos resucitado, ya poseemos la vida eterna o tenemos que esperar?
¿Cuál es nuestra auténtica vocación, para qué estamos en este mundo?

lunes, 29 de septiembre de 2014

HUMILDAD

Jesús nos revela un misterio del Reino de Dios: “Todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla, será enaltecido” (Lc 14, 11). Y nos dice: “Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas” (Mt 11,29).
¿Qué es ser humilde? Podemos pensar que una persona es humilde cuando se abaja ante la grandeza de otra, cuando aprecia una cualidad superior a la suya o un mérito en el otro sin envidia. Pero eso no es humildad sino honradez.
Tampoco es humilde aquel que no se hace notar, que no habla, que no opina de nada y aparenta no estar a la altura de ningún tema, que cree no tener ningún talento, que se menosprecia, que ocupa el último lugar.
Humildad es distinto a sentimientos o complejos de inferioridad, estos son expresiones de desaliento o depresión.
Ser humildes no significa despreciarnos sino tener el sentido exacto de lo que somos en relación con Dios, no con el prójimo. Nace del aceptar que somos creados, limitados, pecadores, y por eso libremente nos sometemos a la voluntad de Dios.
De esta forma, al reconocer cómo es Dios y quienes somos nosotros, combatiremos nuestro afán de independencia y de autosuficiencia, de sentirnos dioses, de olvidarnos de lo que somos: criaturas y pecadores.
El humilde conoce y reconoce su debilidad, su pequeñez y miseria ante la infinitud y misericordia de Dios. Y usa la humildad para vincularse más profundamente con Dios, para confiar en Dios y en su misericordia.
El hombre humilde es y se siente por sí solo muy débil, necesitado y defectuoso; pero unido con Dios, es y se siente de un valor muy grande. “Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2Cor 12,10).
La humildad frena y sujeta nuestros deseos exagerados de la propia grandeza, haciéndonos conscientes de nuestra pequeñez ante Dios.
La humildad de la Virgen se basa en la conciencia de ser criatura ante el Dios omnipotente. Sabe de la distancia infinita entre ella y Dios, y se complace en reconocer su pequeñez y limitación ante la infinitud de Dios.
El grado más profundo de humildad lo encontramos en Jesucristo, quien “se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,8).
El humilde es un sabio que reconoce su verdad: su maldad y bondad, y al ver lo bueno que tiene lo potencia, y al ver lo malo que tiene le pide a Dios fuerza para cambiar de vida y convertirse en misericordioso.
El orgulloso no ayuda a nadie y el humilde siempre es servicial y se pone desinteresadamente a disposición de los hermanos.
La humildad nos hace más comprensivos con los defectos del prójimo, no nos dejará ver la paja en el ojo ajeno sino que nos centrará en la viga que tenemos atravesada en el nuestro.
La humildad facilita la vida divina en el hombre, pues impide que la soberbia y la vanagloria obstaculicen la gracia.
La humildad no consiste en que el más pequeño rinda homenaje al más grande, sino en que éste último se incline respetuosamente ante el primero.
Para reflexionar:
¿Es la humildad la madre de las virtudes y la soberbia de los defectos? ¿Nos damos cuenta de lo que somos y valemos cuando nos comparamos con Dios?

lunes, 14 de julio de 2014

POBRES DE ESPÍRITU

Mt 5, 3: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.
Lc 6,20: “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios”
Lucas dice “pobres” y Mateo utiliza la expresión “pobres en el espíritu” o “pobres de espíritu” que es un tanto enigmática.
Jesús tiene un corazón grande para amar, ama a todos, pero por exigencia del propio amor, ama más intensamente a aquél que más lo necesita, se pone de parte de los desfavorecidos del mundo.
Jesús actúa así, porque Dios es así. Dios se nos revela como el Dios de los pobres, de los desheredados, de los abandonados.
Debemos ser sencillos, humildes y obedientes delante de Dios, porque Dios salva y libera a pobres, viudas, huérfanos, pequeños…
Los pobres, en su humildad, están cerca del corazón de Dios, al contrario de los ricos que sólo confían en sí mismos.
Pobres de espíritu son los que no tienen nada, nadie se preocupa de ellos, y por eso dirigen la mirada a Dios y no confían en nada más que en la fuerza salvadora de Dios.
Pobres de espíritu son los que se abren al mensaje de Jesús, gente humilde, sencilla, abierta a la llamada del Señor.
Pobres de espíritu son los que no alardean de sus méritos ante Dios, los que se saben limitados y aceptan con sencillez lo que Dios les da y viven en conformidad con Dios.
Pobres de espíritu son los que se hacen niños.
Pobres de espíritu son los que se han hecho pobres porque no se apegan a ninguna riqueza ni se dejan esclavizar por las cosas.
Pobres de espíritu son los que comparten lo que son y lo que tienen, no guardan sus tesoros ni se encierran en sí mismos. Son despegados ante las cosas materiales, son generosos y viven en libertad.
Pobres de espíritu son los que aman, pues todo el que ama se hace pobre.
La promesa que se les da a los pobres de espíritu es que de ellos es el reino de los cielos, pues esta pobreza lleva a un tipo de vida austero, humilde, solidario, confiado, servicial…  que hacen presente los valores del reino de Dios.
Jesús, reino de Dios, es de los pobres de espíritu, está con ellos.
Para reflexionar:
¿Cómo es mi vida, en quien confío? Si Dios tiene predilección por los pobres ¿estoy yo entre sus preferidos?