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jueves, 9 de marzo de 2017

FINALIDAD DE LA VIDA

El fin último de mi vida es de orden sobrenatural: dar gloria a Dios y ser santo.
Estoy llamado a la vida para ser alabanza de la gloria de Dios: “Él (Dios) nos ha destinado por medio de Jesucristo… a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1, 5-6).
Esto se realiza viviendo en santidad. Por eso Dios me ha elegido para que sea santo: “Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor” (Ef 1, 4).
Ser santo significa vivir en el amor de Dios, que no es hacer buenas obras, sino hacerlas participando de la vida de Dios. Es amar como él me ha amado.
La plenitud de vida cristiana y perfección en la caridad es la santidad, o lo que es lo mismo, vivir unidos a Cristo participando del amor de Dios.
Dios me santifica, hace que participe de su santidad por medio del bautismo, y esto se manifiesta en los frutos de la gracia que el E. S. produce en mí. Daré frutos si permanezco en el amor de Cristo, si Cristo y yo somos uno, y él ama en mí.
Jesús me hace santo, yo solo me hago dócil al E. S. que es el motor que me mueve a amar. Vivir en santidad es vivir según el E. S.
Participando de la vida de Dios, viviendo en su amor, es como manifiesto la gloria de Dios. Se trata de que yo sea bueno como él es bueno, que yo ame como él ama…
Cuanto más unido estoy a Jesús, más gloria doy a Dios, pues con mi vida manifiesto el amor y la bondad de Dios.
El fin último de la vida cristiana no es mi perfección, es la glorificación de Dios. Para conseguir esto, el fin secundario o relativo es mi santificación.
Todo hay que hacerlo por Dios y para Dios, y esta comunión con él me hace santo.
Jesús es el modelo: todo lo hace para gloria del Padre. Y yo también doy gloria a Dios si manifiesto en mi vida su bondad.
Para reflexionar:
¿Aspiro a ser santo? ¿Cómo doy gloria a Dios? ¿Me siento tentado a decir que la santidad no es para mí?

domingo, 30 de octubre de 2016

EL SERVICIO PRÁCTICO DE LA CARIDAD ES UN SERVICIO ESPIRITUAL

En Hch 6, 1-6 vemos que en una comunidad cristiana, los discípulos de lengua griega comenzaron a quejarse contra los de lengua hebrea porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas.
Frente a este asunto relacionado con un aspecto esencial en la vida de la comunidad, es decir, la caridad con los débiles, los pobres, los indefensos y la justicia; los apóstoles convocaron a todo el grupo de discípulos, y se llega a una decisión: “escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea” (Hch 6,3). Aparece así un  embrión de estructura eclesial fundada en el servicio y en el amor. 
Los Apóstoles deben proclamar la palabra de Dios, pero consideran importante el deber de la caridad y la justicia.
Comienza a existir desde aquel momento en la iglesia un ministerio de la caridad. La Iglesia no solo debe proclamar la palabra, sino también cumplir la palabra, que es amor y verdad.
Y, quienes se dediquen a practicar la caridad han de ser hombres que no solo deben tener buena reputación, sino que deben ser hombres llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, es decir, que no sean solo organizadores que saben cómo “hacer” sino que deben “hacer” según el Espíritu.
El servicio práctico de la caridad es un servicio espiritual. La caridad y la justicia no son solo acciones sociales, sino son acciones espirituales realizadas a la luz del Espíritu Santo.
Por eso deben unirse los momentos de oración y escucha de Dios, con la actividad diaria, con el ejercicio de la caridad.
No debemos perdernos en el activismo puro, sino dejarnos penetrar en nuestras actividades de la luz de la palabra de Dios y así aprender la verdadera caridad, el verdadero servicio a los demás, que necesita sobre todo del afecto de nuestro corazón, de la luz de Dios.
El pasaje de los Hechos de los Apóstoles nos recuerda la importancia del trabajo, del compromiso en la actividad diaria que se lleva a cabo con responsabilidad y dedicación, pero también nuestra necesidad de Dios, de su orientación, de su luz que nos da fortaleza y esperanza.
Sin la oración diaria, nuestra acción se vacía, se reduce a un simple activismo sencillo que con el tiempo nos deja insatisfechos.
Cada paso de nuestra vida, cada acción, debe estar realizada ante Dios, a la luz de su palabra.
Para reflexionar:
¿Oramos siempre que vamos a actuar? ¿Unimos la Palabra de Dios a nuestro actuar?

lunes, 6 de junio de 2016

HACEDLO TODO PARA GLORIA DE DIOS

Nos dice San Pedro que pongamos al servicio de los demás los carismas que cada uno ha recibido, para que así Dios sea glorificado: “Si uno habla, que sean sus palabras como palabras de Dios; si uno presta servicio, que lo haga con la fuerza que Dios le concede, para que Dios sea glorificado en todo, por medio de Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos” (1Pe 4,11).
San Pablo nos dice que hemos sido creados por Dios para alabanza de su gloria, es decir, para glorificar a Dios: “nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado” (Ef 1,5-6).
Insiste San Pablo: “Así pues, ya comáis, ya bebáis o hagáis lo que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios” (1Cor 10,31).
En cambio, el Papa Francisco en su Encíclica Evangelii Gaudium nos advierte sobre “La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal” (EG,93).
Por tanto, todo lo debemos hacer para gloria de Dios. Y ¿Qué es la gloria de Dios?
La gloria de Dios es Dios mismo en cuanto que se manifiesta. Y lo que Dios es y manifiesta es su bondad, amor y verdad.
La gloria de  Dios primero viene a nosotros: Dios nos da su amor y verdad, y ante esta gracia que recibimos nos llenamos de Dios, participamos de su vida y nos convertimos en alabanza de su gloria, es decir, llenos de Él manifestamos en nosotros su amor, su verdad y su bondad.
Por tanto debemos hacerlo todo dando gloria a Dios: manifestar con nuestra vida el  amor y la bondad de Dios.
En cambio debemos evitar caer en la mundanidad que busca la gloria de uno mismo, pues “Quien ha caído en esta mundanidad mira de arriba y de lejos, rechaza la profecía de los hermanos, descalifica a quien lo cuestione, destaca constantemente los errores ajenos y se obsesiona por la apariencia” (EG, 97).
El Espíritu Santo es, si le dejamos, el que nos transforma y nos convierte, nos une a Cristo, y así participamos de la vida trinitaria. Pues damos gloria al Padre cuando, unidos a Cristo, amamos como Él.
Para reflexionar:
¿Mi vida manifiesta el amor que Dios es y nos tiene? ¿Mi comportamiento refleja que Cristo ama a través de mí?

lunes, 21 de diciembre de 2015

¿ESFUERZO O GRACIA?

Estar salvados es participar de la vida de Dios, hemos sido creados para que tengamos parte en su vida feliz. Dios quiere la salvación de todos los hombres.
La gracia de Dios es la que nos salva: “Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo (estáis salvados por pura gracia)” (Ef 2, 4-5). “En efecto, por gracia estáis salvados, mediante la fe. Y esto no viene de vosotros: es don de Dios. Tampoco viene de las obras, para que nadie pueda presumir” (Ef 2, 8-9).
Entonces ¿es o no necesario el esfuerzo humano para la salvación? Ante este planteamiento podemos caer en dos extremos: uno es que la salvación depende solo del esfuerzo de cada hombre; y el otro es que todo es gracia, basta la fe y no se necesita nada más para salvarse.
La doctrina católica considera que la gracia de Dios que recibe el hombre gratuitamente, actúa en él y lo transforma, lo une a Cristo y lo convierte en hijo de Dios, para que junto con Cristo pueda vivir y actuar según su voluntad.
La gracia es el Amor de Dios que ha sido derramado en nosotros abundantemente a través del Espíritu Santo y que nos permite unirnos a Cristo y ser hijos de Dios. Por tanto, la gracia es Dios mismo que se nos entrega.
Esta gracia se nos da con el bautismo, la podemos perder con el pecado y la podemos volver a recibir con los sacramentos.
Debemos cooperar con la gracia, en primer lugar no rechazándola, y en segundo lugar viviendo coherentemente con lo que somos: como hijos de Dios y hermanos unos de otros, y esto se manifiesta con obras de amor.
Lo primero que necesitamos para salvarnos es la gracia, que cambia nuestro modo de ser, nos diviniza, nos libera del pecado y nos hace semejantes a Cristo. A partir de entonces, unidos a Cristo, nuestra vida queda transformada de tal forma que podemos amar con él y desde él.
Para poder vivir esa “vida de gracia”, tenemos dos dificultades, una es el tentador, que procura por todos los medios apartarnos de Dios, y la otra es nuestra propia debilidad y limitación, que nos impulsa a vivir desde el exterior (por lo que gusta a los sentidos) y no desde el interior (en donde reside el Amor de Dios).
Pero es precisamente en nuestra debilidad, donde encontramos nuestra fortaleza. Solo el que se siente débil, pecador y reconoce su limitación, es capaz de confiar en Dios y abrirse a su gracia, que es la que nos cambia la vida y nos permite amar desde el Amor de Dios y con el Amor de Dios.
Nuestro esfuerzo personal no es lo que nos permite vivir unidos a Dios y salvarnos, sino que si nos dejamos amar por Dios y aceptamos su gracia que nos une a él, viviremos con él: ¡ya estamos salvados!
En conclusión: no hacemos buenas obras para salvarnos, sino que al estar salvados (al participar ya de la vida de Dios por la gracia recibida) hacemos buenas obras.
Por eso podemos decir como S. Pablo: “Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1Cor 15,10). De ahí que nuestra tarea sea dejarnos llevar por el Espíritu Santo que es quien nos permite vivir y actuar con Cristo, y así amar como él nos ama.
Para reflexionar:
¿Cuál es mi esfuerzo para presentarme ante Dios santo e irreprochable?

domingo, 9 de noviembre de 2014

AMOR A LOS ENEMIGOS



Con la parábola del buen samaritano Jesús nos enseña que el amor que debemos tener a todas las personas tiene que demostrarse prácticamente.
Nosotros poseemos un amor natural que nos lleva a amar a aquellos con quienes estamos ligados por lazos de sangre y de amistad, pero de Dios nos viene un amor sobrenatural que ensancha nuestro corazón y nos permite amar a todos al considerarlos hermanos.
Cuando el amor sobrenatural se suma al natural podremos tener la capacidad de amar a nuestros enemigos, pues ya no veremos en el hombre que nos hiere su malicia ni su antipatía ni su enemistad, mas bien veremos las heridas que se ocasiona a sí mismo por sus dificultades con nosotros y consigo mismo.
Debemos cambiar los sentimientos negativos que podamos tener contra quien nos ha ofendido por un amor hacia él, y esto comienza por orar por quien nos ha ofendido.
Pretendemos con nuestra oración y actitud, por un lado, liberarnos de nuestro egoísmo, pues amando solo a los que nos aman nos estamos amando a nosotros mismos ya que estamos esperando de ellos correspondencia o algún beneficio; y por otro lado, que pueda amar él también.
Si verdaderamente amamos a nuestros enemigos, perdonaremos de corazón la ofensa aún antes de que el ofensor pida perdón.
La gracia de Dios que es la que nos posibilita amar de esta forma nos mueve no solo a perdonar sino a echar una mano al otro a quien vemos enredado en su rencor y en su amargura, y también a pensar en su buena voluntad y disposición, aun cuando a veces nos traten injustamente o nos mortifiquen.
Para facilitar este amor a los enemigos no debemos estar recordando constantemente el agravio o las ofensas que hemos sufrido, ni hablar sin necesidad de ello, pues estaríamos dando pie a mantener vivos en nuestro corazón los malos sentimientos.
La mejor prueba para detectar si tenemos una voluntad sincera de perdonar al ofensor es ver si estamos dispuestos a ayudarle cuando se halle necesitado.
El reconocer los valores y éxitos de nuestro ofensor nos ayudará a luchar contra el rencor y el odio, pero la principal fuerza que poseemos para cumplir este mandato de Jesús de amar a nuestros enemigos la recibimos del propio Jesús, que a través de la oración y los sacramentos entra en comunión con nosotros y nos llena de su amor, de su Espíritu, que es el que nos capacita para amar como él ama.
Para reflexionar:
¿A quiénes amamos y por qué? ¿Si solo amamos a los que nos aman, somos egoístas? ¿Podemos realmente amar a quienes nos ofenden continuamente?

domingo, 20 de julio de 2014

CARIDAD: DIMENSIÓN ESENCIAL DE LA IGLESIA

La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la palabra de Dios, celebración de los sacramentos y servicio de la caridad.
Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia la caridad no es una especie de actividad de asistencia social, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia.
Si bien esto es así, durante mucho tiempo ha existido en la Iglesia escaso aprecio de la acción diaconal, como si no fuese tan importante como la acción sacramental o catequética o la piedad popular.
Pero no hay caridad sin comunidad, pues es la comunidad la que se dispone a servir a los pobres con un estilo y una identidad propia, al seguir el mandato de Jesús de amarnos unos a otros como él nos ama.
Jesús ha unido el mandamiento de amar a Dios con el del amor al prójimo. Y, puesto que él nos ha amado primero, ahora el amor ya no es solo un mandamiento, sino la respuesta al don del amor. Por eso, el primer mandamiento debería ser dejarnos amar por Dios por encima de todas las cosas, para así poder amar a Dios y al prójimo sobre todas las cosas.
Jn 13,34: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros”.
Jesús, amando a los suyos “hasta el fin”, manifiesta el amor del Padre que ha recibido, nosotros, al amarnos unos a otros imitamos el amor de Jesús.
Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo, y es nuevo porque no es nuestro criterio normal de actuación, ni el de nuestro mundo. Seguir el mandamiento de Jesús siempre comporta cambiar, convertirse, romper las maneras de vivir que llevamos metidas en nuestro interior.
"Que os améis unos a otros". Amar quiere decir querer la felicidad del otro, y ser capaz de renunciar a cosas y posiciones propias para que el otro pueda ser feliz.
Y cuando decimos "el otro", no pensamos sólo en los que tenemos más cerca, o en los que nos caen bien, sino en todos, y nos lleva a luchar contra las injusticias, las malas condiciones de trabajo de mucha gente, las desigualdades, nuestro propio bienestar, etc. Cuando Jesús nos llama a amar, nos llama a esto.
Y al final de todo, el mandamiento de Jesús acaba con unas palabras definitivas: "Como yo os he amado". Y él nos ha amado así: dándolo todo, dando la vida.
Jesús nos ha dejado un mandamiento nuevo. Pero nos ha dejado, a la vez, el sacramento de su presencia por siempre entre nosotros, que es la fuerza que nos ayuda a amar.
Para reflexionar:
¿Es la experiencia del amor de Dios la que me mueve a amar como él ama?
¿Cómo puedo ser capaz de amar como Jesús ama? ¿Hasta dónde puedo entregar mi vida?

domingo, 2 de febrero de 2014

CÁRITAS-CARDENAL BERGOGLIO



Tras la reunión que tuvieron los obispos latinoamericanos en Aparecida (Brasil) en el año 2007, el entonces cardenal Bergoglio nos dice sobre cáritas que no es una ONG, sino que es una de las 3 dimensiones de la Iglesia.
La caridad tiene identidad eclesial propia, forma parte de su esencia junto con la Palabra y la Liturgia.
La tarea de cáritas es la dignificación de la persona y el servicio a los pobres.
Como la mayor pobreza que se puede tener es no reconocer a Dios y el amor que nos tiene. Nosotros, con nuestro testimonio de la caridad presentamos el misterio de Dios y de su amor en la vida de cada hombre (evangelización de los pobres).
Por eso la Iglesia tiene una opción preferencial por los pobres, y esto nos debe llevar a contemplar los rostros de los pobres, pues ahí vemos a Jesucristo.
Con este rostro que contemplamos nos comprometemos, y ahí entra nuestro desgaste personal.
Nos dice que la dignidad humana es el valor supremo de todo hombre, y nos debe llevar a la angustia por aquellos que no pueden vivir o alcanzar esta dignidad porque han sido despojados de ella por los ídolos del poder, la riqueza, el placer efímero…
Por eso nuestro trabajo desde cáritas (sin descartar la labor asistencial) debe ser la promoción humana y la liberación de todo hombre.
Todo esto nos va a llevar a cambiar nuestra vida. El que entra en esta dinámica de cáritas, con esa opción preferencial por los pobres, tiene que renunciar a sus espacios personales de privacidad y disfrute.
Cuando vemos la pobreza y exclamamos ¡qué barbaridad!, esa pobreza ¿cómo entra en tu vida? ¿cómo te molesta la vida? ¿te lleva a un cambio en tu estilo de vida?
Si no hay cambio en tu vida, es que no tienes opción preferencial por los pobres, ni contemplatividad, ni compromiso, ni trabajo de liberación y promoción.
La Iglesia nos pide gestos concretos: hacernos compañeros de los hermanos pobres, compartir el tiempo con ellos, tener con ellos cercanía y solidaridad.
No se puede decir que se pertenece a cáritas si no se toca “la carne” del hermano herido.
Solo la cercanía que nos hace amigos de los pobres nos permite apreciar sus valores, sus anhelos y su modo de vivir la fe.
Debemos incluir a los pobres en nuestra comunidad, procurando que colaboren con nosotros en lo que sepan o puedan hacer.
Así llegamos a una actitud permanente de encuentro, hermandad, servicio. Es la solidaridad del servicio de cáritas, que nos lleva a cambiar nuestros hábitos de vida, y ya no nos podemos permitir ciertos lujos que antes de la conversión teníamos. Ahora vamos a ser amigos de los pobres, modestos, austeros…
Se produce en nuestro interior una conversión que nos cambia la vida, que nos da cercanía y solidaridad con el hermano pobre y no nos avergonzamos de él.
El buscar a Cristo en el rostro del pobre nos lleva a contemplar el rostro del Señor, pero para llegar aquí hace falta mucha oración.
Quien trabaja en cáritas suscita esperanza entre los pobres, pues si no somos capaces de ello, tampoco la tendremos nosotros.
Debemos también prestar atención a aquellos que son capaces de cambiar estructuras y no conocen la justicia social de la Iglesia, suscitar esperanza en ellos.
El hacernos amigos de los pobres y acompañarlos hace que se involucren en nuestras vidas y nosotros en la de ellos, nos damos esperanza mutuamente, y también se la damos a aquellos responsables de las estructuras.
Reflexión:
Como cristianos ¿participamos de la opción preferencial por los pobres? ¿Nos consideramos parte del brazo amoroso de la Iglesia que acoge, dignifica y promociona a todo hombre? ¿Esto nos lleva a cambiar de vida? ¿Hasta donde; a qué hemos renunciado? 


miércoles, 11 de septiembre de 2013

SANTIDAD




La carta de S. Pablo a los Efesios en el capítulo 1 versículo 4 nos dice “Él (Dios) nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor”. Dios nos llama a la santidad.
Dios nos ha dado la vida para que seamos santos. Existimos para ser santos. Si no somos santos es que no vamos hacia lo que estamos llamados a ser, no vivimos para lo que hemos sido creados.
Y ¿qué es la santidad?: El Vaticano II la define como la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad. O lo que es lo mismo, vivir unidos a Cristo y permanecer en el amor de Dios.
Vivir la santidad es participar en la vida de la Trinidad y esto se consigue a través del bautismo, por el que Dios, por medio del Espíritu Santo nos une a Cristo, nos cristifica, nos hace hombres nuevos, de forma que el Padre ama a través de nosotros.
En resumen, vivir en santidad es ser guiados por el Espíritu Santo para obedecer al Padre siguiendo a Jesucristo.
De esta forma participamos de la santidad de Dios, el único santo. Pero hay que tener en cuenta que la vida santa no es fruto de nuestro esfuerzo. Es Dios quien nos hace santos.
Como la perfección del amor la pone el Espíritu Santo, lo que debemos hacer, usando de nuestra libertad, es dejar que él actúe en nosotros, que ame a través de nosotros.
Esta vocación al amor perfecto es para todos. Todos estamos llamados a ser santos, cada uno según su propia vocación, no hay un tipo de vocación que tenga prioridad sobre otra para ser santos.
La heroicidad que nos pide la santidad consiste en el cumplimiento fiel y constante en los quehaceres cotidianos. Nuestra fuente de santificación es nuestro trabajo, cuidado de los hijos… Para ello debemos aceptarlo todo con fe, ir siempre de la mano de Dios, colaborar con su voluntad para poder amar y así manifestar a todos la caridad con que Dios nos ama.
Supone además el esfuerzo en excluir el pecado y toda imperfección deliberada, y cumplir con perseverancia lo que la divina providencia propone en cada momento: dejarlo todo en manos de Dios, aprender a romper nuestros planes y aceptar los de Dios.
Los santos dejan que Jesucristo tome su propia vida. Santo es quien se deja atraer por Cristo y se une a él sin poner resistencia.
La Iglesia está para ayudar a la santidad de los fieles. Esta santidad brota en la Iglesia de la Eucaristía, de la presencia de Cristo.
No es vida cristiana auténtica la que no aspira a la santidad y se queda en la mediocridad o superficialidad.
Los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía que se adapte a los ritmos de cada persona.
Para reflexionar:
¿Aspiramos a ser santos o creemos que eso no es para nosotros y nos conformamos con una vida cristiana apática y mediocre? ¿El poder ser santos depende de nosotros o de la gracia de Dios?




lunes, 1 de octubre de 2012

VOLUNTARIOS DE CÁRITAS



Para ser voluntario de cáritas hay que ser cristiano, pues para tener caridad hay que amar como Dios ama, y esto es una gracia que se nos da cuando somos bautizados. 
Por el bautismo quedamos transformados y unidos a Jesucristo (cristificados), de forma que asimilamos el ser personal de Jesús y tenemos sus mismos sentimientos e igual actitud.
Por eso el voluntario de cáritas siente y actúa igual que Jesús, que es el buen samaritano que se acerca al pobre, al ciego, al pecador… para curar las heridas que puedan tener. 
El voluntario pertenece a una comunidad parroquial para vivir la fe, la esperanza y la caridad, por tanto, debe ser consciente que la acción caritativa está en la comunidad. Todo lo que hace es desde su comunidad parroquial, pues es en donde vive el servicio a los pobres como un proceso de seguimiento a Jesús.
Vive el compromiso de servicio a los pobres como un encargo de la comunidad que ha asumido el amor y predilección por los pobres.
La acción caritativa que desarrolla el voluntario, más que una opción personal es una llamada que se recibe de parte de Dios para seguir a Jesús.
También se debe tener en cuenta que la práctica de la caridad no son sólo decisiones y actos personales del voluntario, sino que hay también una acción del Espíritu Santo que habita en él.
Es necesario que el voluntario de cáritas posea unos rasgos que lo identifiquen como tal: debe tener experiencia de compartir, vivir con austeridad y sencillez, ser cercano a los pobres, estar disponible a la voluntad de Dios, ser generoso y entregarse desinteresadamente.
Además, debe tener el hábito de la oración, y saber que su misión de compromiso con los pobres es un don y un encargo de Dios.
Los grupos de cáritas necesitan mucha oración para ver las cosas con los ojos de Dios y, además de atender y acompañar a los pobres, han de reunirse periódicamente para formarse y revisar lo que van haciendo a la luz del evangelio.
Estos grupos deben realizar una labor informativa y formadora en la comunidad cristiana, pues la respuesta a los pobres es de toda la parroquia.
Se deben buscar más medios, más voluntarios, mejor organización… pero ante todo más fe, más comunicación y confianza con Dios.
Si estamos unidos a Cristo, actuaremos como Él, y cáritas será la acción de Jesucristo en nuestro mundo. Él es el protagonista y los demás sus colaboradores.
Para reflexionar:
¿Quién es el que decide ser voluntario de cáritas?
¿Se puede trabajar en cáritas con cualquier identidad personal?
¿Qué es lo más necesario en los grupos de cáritas?

martes, 25 de septiembre de 2012

FUNDAMENTO TEOLÓGICO DE CÁRITAS



Los cristianos tenemos una vida y fin sobrenaturales que nos lleva a trabajar por amor a Dios y para gloria de Dios (manifestar la bondad de Dios unidos a Cristo). Estos son fines distintos a los de los que no pertenecen a la Iglesia, y es la diferencia entre cáritas y otras ONGs.
La caridad nos la da Dios, nos da su amor. Dios ha amado primero y ese amor nos lleva a amar a Dios, y al prójimo en Dios.
Caridad es participar del mismo amor de Dios, es amar con amor divino. Esto es posible porque por el bautismo hemos sido elevados a participar de la vida de la Trinidad, y esto hace que nuestro pensar y querer se transformen en el pensar y querer de Dios. Nos transformamos en personas nuevas que aman.
El amor que Dios ha puesto en nosotros nos une y hace semejantes a él, nos diviniza, porque queremos lo que él quiere y amamos en su mismo amor. Este es el verdadero amor, que no es impuesto desde fuera sino que nace de nosotros.
Al poseer el amor de Dios, amamos como Dios ama, con su intensidad y con sus características, de forma superior a nuestras posibilidades humanas.
Dios quiere que permanezcamos en su amor y, con ese amor quiere que nos amemos unos a otros. Lo primero es amar a Dios, y porque amamos a Dios hacemos todo lo demás. De nada sirve distribuir nuestros bienes si no se hace impulsado por el amor de Dios. Las cosas que salen del amor, de Dios, dan grandes frutos en el mundo.
Esta unión con Dios nos hace mirar a la otra persona desde la perspectiva de Cristo y ofrecerle la mirada de amor que necesita, pues el amor y la palabra que el otro espera de nosotros es la de Cristo a través de nosotros.
El amor de Dios es la meta, el por qué de todas nuestras acciones, por ello debemos hacerlo todo con caridad porque si no, no vale de nada. Dios nos examinará del amor.
No podemos amar a Dios a quien no vemos si no amamos al hermano al que vemos. Amor a Dios y al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. La caridad es una, y es la que nos hace vivir la vida de Dios. La santidad está en la perfección de la caridad.
Además, Cristo se hace objeto de nuestra caridad con los hermanos: Es el “lo que al otro hiciste, a mí me lo hiciste”.
La caridad se ejercita en medio de la sociedad para ordenar las realidades terrenas según el proyecto de Dios, busca una sociedad en la que todos nos amemos. Por eso no decimos que hay que dar al otro lo suyo, sino que nos hacemos prójimo y nos damos al otro.
Para reflexionar:
¿Por qué no nos sirve lo que se hace sin caridad?
¿Cuál es el amor verdadero?
¿Qué hacemos por los demás?

miércoles, 5 de septiembre de 2012

JUSTICIA Y CARIDAD


La justicia ha de buscar la igualdad humana, debe hacer posible la igualdad de todos los ciudadanos, responde a ese ideal utópico. Aunque es un ideal que no está aquí, estará después, está en Cristo.
La caridad política (la que se da en la polis, en la ciudad), es el amor eficaz que se actualiza en la consecución del bien común: que son las condiciones que posibilitan el desarrollo y crecimiento de la persona humana.
En la consecución del bien común es donde la justicia y la caridad se encuentran, ya que el hombre actúa por la justicia y la caridad para el bien común.
La caridad implica una exigencia de la justicia, ya que se necesita el reconocimiento de la igualdad para poder amar. Para querernos debemos ser iguales, primero soy justo contigo, y luego me convierto en tu prójimo por amor. Se necesita la justicia para poder decir te quiero.
Cuando hablamos de caridad no decimos dar al otro lo suyo, sino que nos hacemos prójimos, nos hacemos el otro y nos damos a él.
De ahí que la ética cristiana supera las relaciones de igualdad que brotan de la justicia.
La caridad política busca una sociedad en la que todos nos amemos, y esto lo hace posible la justicia, que es la mediación que posibilita que el otro experimente el amor que le tenemos.
La caridad política no suple las deficiencias de la justicia, ni encubre las injusticias que se cometen. Es un compromiso activo y operante: decir primero todos somos iguales, y luego todos somos hermanos.
El bautizado tiene la vocación de ordenar las realidades terrestres según el proyecto de Dios, es la caridad en medio de la polis, esto es lo específico de la vocación del laico, la utopía del amor: que el proyecto de Dios sobre el hombre se puede hacer realidad aquí y ahora.
La presencia del cristiano en la sociedad se manifiesta en la fraternidad: querer a todos como hermanos, presuponiendo la justicia.
Justicia y amor de Dios: Dios juzgará, pero su juicio es justificante. Cuando juzga hace justos.
El juicio de Dios se ha producido ya, se da en la cruz cuando muere Jesús. Ahí el Padre juzga a la humanidad en Jesucristo, y el pecado o la injusticia están vencidas en la justicia del Hijo. Dios nos hace justos consintiendo que su Hijo muera por nosotros. Así es el amor de Dios.
Para reflexionar:
Para la consecución del bien común ¿se necesita la justicia y la caridad? ¿cuál es más importante?
¿La caridad debe actuar cuando no hay justicia? ¿debe subsanar la falta de justicia?
¿Se puede amar desde la injusticia?

viernes, 20 de julio de 2012

CARIDAD


Caridad es más que amor, pues el amor es natural y la caridad sobrenatural, amor divino.
La fuente de la caridad es sobrenatural, porque es participar del mismo amor de Dios.
Por el bautismo participamos de la gracia de Cristo, recibimos la vida del Espíritu Santo que nos da la caridad, que es amar con amor divino, ya que hemos sido elevados a participar de la vida de la Trinidad.
La vida de la Trinidad que se nos da por el bautismo, hace que nuestro pensar y querer se transformen en el pensar y querer de Dios, y así nos transformamos en personas que aman.
La caridad nos la da Dios, es Dios quien nos da el mandamiento nuevo, nos da su amor.
Por ello, poseemos el amor de Dios y amamos como Dios ama, con su intensidad y con sus características. Nos permite amar en medida superior a nuestras posibilidades humanas, no con la perfección que Él lo hace, pero sí con el estilo que Él tiene.
El que lleva la gracia de Dios dará frutos abundantes, pues es Dios quien actúa, ya que amamos como Dios ama.
La caridad se ejercita en medio de la sociedad para ordenar las realidades terrenas según el proyecto de Dios, busca una sociedad en la que todos nos amemos.
Cuando hablamos de caridad no decimos dar al otro lo suyo, sino que nos hacemos prójimo, me hago el otro, me doy al otro.
La única virtud que traspasa el umbral de la muerte es la caridad (la fe y la esperanza se quedan aquí).
El amor de Dios es la meta, el por qué de todas nuestras acciones. Por ello debemos hacerlo todo con caridad, porque si no, no vale de nada. Dios nos examinará del amor.
El verdadero amor está en la conformidad de nuestra voluntad con la voluntad de Dios, en querer lo que Dios quiere, unirnos a la voluntad de Dios.
Amor a Dios y al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. La caridad es una.
Dios ha amado primero y este amor se lanza y nos lleva a amar a Dios y al prójimo en Dios. No podemos amar a Dios a quien no vemos si no amamos al hermano al que vemos.
El amor que Dios nos ha dado nos une y nos hace semejantes a Él. Nos diviniza y así, queremos lo que Él quiere y amamos en su mismo amor.