martes, 8 de julio de 2014

CARÁCTER ECLESIAL DE LA FE

Confesamos en el credo: “creo la Iglesia”. Al decir esto confesamos que ella es obra de Dios, pues hay que distinguir lo que es Dios y lo que es obra de Dios. Por eso podemos decir creo por la Iglesia, creo desde la Iglesia. Se cree a Dios en la Iglesia.
La fe es un acto personal, es la respuesta libre del hombre a Dios que se revela. Pero la fe no es un acto aislado, sino que se realiza en comunión con toda la Iglesia.
Nadie puede creer solo. Sin el apoyo de la comunidad, la fe no puede sostenerse. La fe de la Iglesia sostiene y soporta la fe personal.
La fe del cristiano es una participación de la fe común de la Iglesia. Si se aparta de la Iglesia, no puede seguir creyendo en el Dios revelado en Cristo.
Nadie se ha dado la fe a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro. Nadie alcanza la fe como fruto de reflexiones, la fe se engendra por el anuncio. Ningún individuo ni ninguna comunidad, puede anunciarse a sí mismo el Evangelio.
Nuestro amor a Jesús y a los hombres nos impulsa a hablar a otros de nuestra fe. Cada creyente, con su fe genera un testimonio, que es invitación a que otros hagan la misma experiencia y vean cómo la fe va transformando la propia vida. La fe se transmite con palabras y obras.
Creer es adherirse al testimonio de otros y a la experiencia que la comunidad tiene de Dios.  Quien dice yo creo, dice yo me adhiero a lo que nosotros creemos.
El don de la fe se recibe por medio de la Iglesia, que es quien conserva íntegro el contenido de la fe. Cada uno recibe la fe de la comunidad, la testifica junto a los otros y ayuda a transmitirla.
Por mediación de la Iglesia y dentro de la Iglesia, el cristiano puede decir “creo en Dios”.
Hay una íntima vinculación entre fe y bautismo. La Iglesia realiza el bautismo y, con él, otorga el don de la fe. Además, la Iglesia educa y alimenta la fe por medio de los sacramentos.
La Iglesia no cesa de confesar su única fe, ya que existe una unidad de la fe tanto en el espacio como en el tiempo. Mi fe es la misma que la de otros.
La fe cristiana es, en su esencia, a la vez personal y eclesial. No podemos caer en la tentación de vivir la fe en solitario, despreciando la mediación eclesial.
Para reflexionar:
¿Necesito a la Iglesia para vivir mi fe? ¿Dónde y cómo doy testimonio de mi fe?

miércoles, 2 de julio de 2014

EL ALMA I

El alma nos permite ser algo más que seres vivos, nos hace trascendentes: ser capaces de Dios.
El ser humano es cuerpo y alma, uno. El espíritu y materia están unidos, formando una única naturaleza.
El alma es espiritual. No es producida por los padres, sino directamente creada por Dios. La materia no puede crear espíritu.
El alma es inmortal, tiene principio pero no final. Por tanto, no perece cuando se separa del cuerpo en la muerte. Y se unirá de nuevo al cuerpo inmortal en la resurrección.
El hombre tiene 2 grandes partes: la sensitiva formada por el cuerpo vivo, y la espiritual formada por el entendimiento, la voluntad y la memoria.
En lo que respecta al alma, esta tiene 2 partes, una sensitiva o parte inferior que es común al hombre y al animal y que se basa en los sentidos; y otra racional-espiritual o parte superior del alma, común con los ángeles.
Si vivimos en base a los sentidos nos podemos equivocar, pues no siempre captan la verdad.
Los sentidos dan lugar al apetito sensible, que nos impulsa a desear las cosas agradables que no poseemos. Intentan “engañar” al entendimiento para que la voluntad se mueva a obrar según ellos quieren.
Lo que los sentidos presentan al alma nos van a producir amor, deseo, esperanza, placer, odio, aversión, tristeza, dolor, ira…
El que vive sólo de los sentidos es inmaduro.
La parte superior del alma son las potencias del alma: el entendimiento y la voluntad. La memoria también se puede considerar potencia del alma.
Esta parte del alma nos da capacidad para comunicar con Dios, y gracias a ella somos capaces de la verdad, del bien y del amor.
En este fondo del alma está Dios, que es quien da vida a la vida del alma. A Dios no se le oculta nada porque está en la sustancia del alma.
Hemos sido creados por Dios y para Dios, y a Dios lo tenemos dentro. Pero si vivimos fuera y no dentro, entramos en tensión. Por eso en nuestra vida debemos permitir que Dios pueda influir con su don de amor, y podamos apetecer desde Dios, no desde fuera.
Lo deseable es que nuestro entendimiento, voluntad y pasiones lo tengamos desde Dios. Nunca ocurre esto plenamente en nuestra vida.
Para reflexionar:
¿Qué es lo que nos mueve a obrar? ¿Vivimos con la influencia de Dios o con la de los sentidos?

EL ALMA II

Dios mora en lo íntimo del alma.
La unión con Dios se produce a través del amor. Conforme vamos entrando en el amor de Dios nos vamos uniendo con él.
En esta interioridad del alma no puede entrar más que el Espíritu (ningún otro espíritu creado puede entrar, ni siquiera el tentador).
Dios está en nuestro interior, pero podemos no estar con Él. Si Dios está dentro ¿Por qué no lo encontramos?: porque estamos fuera.
Sólo por la oración entramos en relación con Dios, respiramos su amor y verdad. Quien no ora vive fuera, y así no vivimos en el amor y en la verdad, sino de lo que nos apetece.
El proceso de la vida cristiana es vivir desde dentro, desde Dios.
Los sentidos son órganos corporales, son las ventanas del alma por la que le llega el conocimiento del mundo exterior y despierta en ella los apetitos, pasiones y deseos.
Pero el destino del alma no son las cosas creadas sino el Creador. Por eso debe purificarse y liberarse de los apetitos y deseos para no dejarse llevar por ellos como motivo de razón y de actuar.
Dios quiere que permanezcamos en su amor y que perseveremos en la oración con él. La oración hace que vivamos menos de los sentidos, y hagamos las cosas por Dios.
Para conseguir esto es necesario que a las potencias naturales se les ofrezca algo que las atraiga y satisfaga más que cuanto naturalmente pueden gustar y conocer.
Para ello, Dios nos empieza a dar la luz de la fe y comenzamos a movernos por las verdades reveladas.
Entonces creemos a Dios y por medio de Dios. Esto nos permite pensar y reflexionar desde Dios, estamos en Él.
Esta es la vida que viene desde Dios. Ya vivimos desde nuestro interior, lo cual no quiere decir que hay que olvidarse del exterior, pues cuanto más vivimos en Dios, más amamos a las personas.
Cuanto más vivo en Dios más soy yo, porque no vivo de lo que me apetece, sino que vivo en armonía con la verdad y el amor.
Para reflexionar:
Cuando nuestra alma sale con el entendimiento y la voluntad para encontrarse con el mundo exterior ¿habla y obra desde Dios?

jueves, 19 de junio de 2014

SACERDOCIO DE LOS CRISTIANOS

Si Cristo es sacerdote, profeta y rey, cuando nos bautizamos entramos a formar parte del pueblo de Dios como sacerdotes, profetas y reyes. Por medio del bautismo participamos del sacerdocio común de los fieles.
Cuando somos bautizados, ya nuestra vida se entiende desde Cristo, no se vive por sí sino para Dios, se está al servicio de Dios (que no se puede separar del servicio a los hombres), y ese ofrecimiento de la propia existencia, es nuestro culto, es el ministerio sacerdotal de los cristianos.
El sacerdocio no se realiza como una actividad u ofrenda, sino con una entrega de la propia vida. El ministerio sacerdotal es entregar la propia vida.
Gracias al sacrificio de Cristo, los cristianos también pueden ofrecer un sacrificio de alabanza que va más allá del culto, es tratar de hacer el bien y ayudarnos mutuamente, porque en tales sacrificios se complace Dios.
El culto que el cristiano da a Dios es su propio ofrecimiento como un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios.
El cristiano es sacerdote porque convierte su vida en un sacrificio, su vida es una ofrenda a Dios.
El sacerdocio cristiano es el de los bautizados que se identifican con Cristo sacerdotal, es la participación del único sacerdocio de Cristo.
El Concilio Vaticano II habla de la Iglesia como pueblo de Dios: pueblo de iguales estructurado ministerialmente.
Lo que nos hace iguales es la gracia del bautismo, que nos incorpora a la familia de los hijos de Dios y la Iglesia.
La Iglesia está estructurada ministerialmente, pues lo que es común a todos no contradice que existan ministerios al servicio de la Iglesia.
El sacerdocio ministerial tiene su razón de ser en el servicio al pueblo sacerdotal, y se realiza en el servicio de la palabra, de los sacramentos y de dirección de la comunidad.
El sacerdocio común no existe sin la palabra que lo convoca a la fe y sin la participación en los sacramentos de la fe.
Mi trabajo, mi vida, es un culto a Dios, pues si vivo unido a Jesucristo que es sacerdote, todo lo que hago es mediación de salvación, toda mi vida es sacerdotal.
Soy consagrado para Él, mi vida es para Él. Cristo sacerdote y yo unido a Él soy sacerdote.
Para reflexionar:
Soy consciente de que doy culto a Dios entregando mi vida por los demás. ¿Me considero mediador en la salvación del mundo?


lunes, 9 de junio de 2014

ALABANZA DE LA GLORIA DE DIOS



San Pablo en su carta a los efesios nos dice que Dios nos ha destinado a ser alabanza de su gloria. Y, ¿Qué es la gloria de Dios? ¿Cómo nos convertimos en alabanza de su gloria?
Ef 1, 5: “Él (Dios) nos ha destinado por medio de Jesucristo según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado”.
Podemos entender la gloria como la reputación o fama que tiene el que realiza buenas acciones o tiene grandes cualidades, y cuando se lo reconocemos, lo alabamos.
Pero en su sentido original, la gloria hace referencia al mismo ser en cuanto que se manifiesta.
La gloria de Dios es Dios mismo en cuanto que se manifiesta. Y lo que Dios es y a su vez brota de su propia vida íntima es su bondad, amor y verdad.
La gloria en principio es descendente, va de Dios al hombre. Dios nos da su amor y verdad, y ante esta gracia que recibimos nos llenamos de Dios, participamos de su vida y le respondemos libremente dándole gracias y convirtiéndonos en alabanza de su gloria, es decir, manifestando en nosotros su amor, su verdad y su bondad.
La gloria de Dios es que el hombre viva con la vida verdadera: que participe de la vida trinitaria. O lo que es lo mismo, la gloria de Dios busca nuestra salvación.
Se trata de ser buenos y amar como Dios es bueno y ama. Pero como esto no lo podemos conseguir con nuestras propias fuerzas, nos tenemos que transformar, por obra del Espíritu Santo, en la misma imagen de Cristo. Así participamos de la vida trinitaria y, damos gloria al Padre cuando, unidos a Cristo, amamos como él.
A medida que nuestra vida toma el estilo del Evangelio, vamos haciendo nuestra su gloria, nos transformarnos en gloria, en la misma imagen de Cristo.
Ser alabanza de la gloria de Dios es ser sus hijos, participar de su vida y, manifestar y comunicar en nuestras vidas su bondad y su amor.
Dar gloria a Dios es parecernos cada vez más a Dios, unirnos cada vez más a Jesús, para que se manifieste en cada uno de nosotros el amor y la bondad de Dios.
Para reflexionar:
Si por el bautismo participo de la vida de Dios ¿manifiesto en mi vida su amor? ¿Cómo puedo amar y ser perfecto como Dios?

sábado, 10 de mayo de 2014

MILAGROS EN EL CUARTO EVANGELIO: LOS SIGNOS



En el evangelio de Juan a los milagros que hizo Jesús se les llama signos, para dar a entender que ese milagro tiene un significado.
Los signos manifiestan la Gloria de Dios (el amor de Dios) a aquellos que están dispuestos a seguir la dinámica de la fe. Así es como Jesús hace crecer la fe de sus discípulos (aunque no todos lo que vieron los signos creyeron).
El milagro nos invita a descubrir el misterio de la persona de Jesús y no quedarse solo en lo portentoso.
En el evangelio de Juan, tenemos primero un signo y después un discurso.
Por ejemplo, en el capítulo 6 hay 2 signos, el de la multiplicación de los panes y Jesús caminando sobre las aguas.
Los dos signos están colocados al principio del capítulo y sirven para entender el discurso posterior de Jesús, en el que dirá “Yo soy el pan de vida”.
Son palabras duras que no se pueden entender si antes no se ha visto la gloria que se da en la multiplicación de los panes.
Los signos preparan a los discípulos para que puedan entender y aceptar la revelación por palabras del discurso que se expone después.
Primero se actúa en lo que se hablará después: El pan que se multiplica en abundancia y que sacia a la muchedumbre es el preámbulo del pan que nos revelará luego la identidad y misión de Jesús. El pan que les da primero, es muy inferior al pan de vida que les dará después.
Como Jesús es capaz de dar de comer a una muchedumbre y de caminar sobre las aguas, es capaz también de decir que el que viene a mi no tendrá hambre.
El mismo Jesús que dice “recoged los pedazos que han sobrado, que nada se pierda”, luego dirá “esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día”.
El Jesús que con su presencia calma el miedo a los de la barca, podrá decir luego a las gentes que el que ve al Hijo del Hombre y cree en él, tiene vida eterna.
Por eso los dos signos son imprescindibles para no decepcionarse ante las palabras de Jesús.
Para reflexionar:
¿Creemos en los milagros? ¿Sirven para tener fe? ¿Solo son creíbles desde la fe? El milagro ¿es más que algo portentoso, qué sentido tiene?

martes, 22 de abril de 2014

LA EUCARISTÍA EN EL CUARTO EVANGELIO



El evangelio de Juan no tiene en su narración de la última cena el relato de la institución de la Eucaristía existente en los sinópticos y en Pablo, que “institucionalizan” la eucaristía en una misma y única escena, uniendo las acciones y las palabras de Jesús.
En los sinópticos y Pablo las acciones de Jesús son: tomar pan, pronunciar la acción de gracias, partirlo, darlo a los discípulos; igualmente con el cáliz. Y las palabras son: tomad, comed y bebed, es mi cuerpo y mi sangre, hacedlo en memoria mía.
En cambio, el evangelio de Juan, en los capítulos 6 y 13, se construye el relato de la Eucaristía de forma diferente.
Juan  separa las acciones de las palabras: un día para los hechos o acciones, y otro día para las palabras.
Los hechos "eucarísticos" son los integrados en el relato de la multiplicación de los panes y los peces: tomar los panes, decir la acción de gracias, repartirlo a la gente; igualmente con los peces.
Las palabras eucarísticas de Jesús aparecen luego en el sermón-discurso de Cafarnaún: el pan que daré es mi carne, comer mi carne, beber mi sangre, tener vida eterna.
Juan nos presenta a Jesús como pan de vida, y estructura el capítulo 6 de forma que la multiplicación de los panes y peces nos prepara para las ideas que se desarrollarán más adelante.
Jesús da de comer a la multitud: subió al monte y se sentó allí con sus discípulos, y al ver el numeroso gentío que acudía a él, hizo que se sentaran, tomo unos panes y unos peces, dio las gracias y los repartió entre todos.
Este relato es el mejor ejemplo del empeño de Jesús por educar a la gente a repartir lo que posee. Cuando se comparte, alcanza y sobra. Cuando se comparte, Dios multiplica.
El hecho de Jesús de tomar los panes, dar gracias y repartirlos, nos refiere al gesto de Jesús durante la Cena: tomó el pan en sus manos… proclamó la acción de gracias… lo partió y lo dio a sus discípulos.
Y también cuando Jesús dice: mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida y el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él; se ve un claro referente a los relatos de la institución: Este es mi cuerpo que se entrega por vosotros; esta es mi sangre que se derrama por vosotros.
Este es uno de los discursos más importantes de Jesús, y lo pronuncia después del signo de la multiplicación de los panes. Y como ha sido capaz de dar de comer a todos, puede decir ahora que el pan que yo daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo, y el que coma de este pan vivirá para siempre. El que cree tiene vida eterna.
Los israelitas, que recibieron el maná, se alimentaron pero murieron; los seguidores de Jesús, los que crean en El, se alimentarán de su carne y vivirán para siempre.
En el evangelio de Juan los milagros de Jesús tienen un significado más profundo que el hecho en concreto.
En esta catequesis sobre el pan de vida Jesús intenta explicar a sus oyentes el significado profundo de lo que ha hecho, e invitarlos a creer en Él, único y verdadero pan para la vida.
Juan quiere establecer la identidad existente entre el pan eucarístico y la carne de Cristo en su estado de Víctima inmolada por el mundo.
Al final del discurso se plantea la opción de creer y continuar con Jesús o mantenerse cada uno en sus ideas, muchos discípulos dejan a Jesús.
Jesús interroga a los que quedan. Los Doce aparecen como modelo de seguimiento. La respuesta de Pedro nos acerca a la actitud que debe caracterizar al discípulo: “Señor ¿a quién vamos a seguir? Solo tú tienes palabras de vida eterna”.
Aquí concluye el capítulo 6 que nos lleva al 13, en que Juan narra la última cena. Se pusieron a cenar y después Jesús se levanta de la mesa, se quita el manto, toma una toalla y se la ciñe… tiene lugar el lavatorio de pies, donde Jesús nos da la gran lección de comportamiento, consecuencia de todo lo que acaba de decir: el servicio.
Servir significa acoger a la persona que viene a nosotros, acercarse hacia el que tiene necesidad y tenderle la mano, actuar con ternura y comprensión, trabajar al lado de los más necesitados, estableciendo con ellos vínculos de solidaridad.
Jesús nos enseña que amar es donarse efectivamente. Lavarnos los pies equivale a vivir en el amor, sirviendo uno al otro con total desinterés.
Para reflexionar:
Los que seguían a Jesús, pese a ver el milagro, al oírlo decían que era inadmisible ¿qué decimos nosotros? ¿Como muchos de ellos o como Pedro?
¿Somos conscientes que si creemos, ya tenemos la vida eterna?
¿La Eucaristía nos lleva a servir a los demás?