miércoles, 17 de mayo de 2017

JERARQUÍA DE LA IGLESIA

No siempre la jerarquía en la Iglesia es la que percibe primero la presencia de Jesús Resucitado como artífice de lo que sucede a nuestro alrededor. Solo el discípulo amado, cualquiera que tenga experiencia del amor de Jesús, está donde debe, capta y entiende las situaciones que acontecen, y descubre en ellas a Jesús: “Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro: Es el Señor” (Jn 21, 7a).
Pedro lidera ese grupo de discípulos que tras la muerte de Jesús reinician su actividad cotidiana, por eso le siguen cuando “les dice: Me voy a pescar. Ellos contestan: Vamos también nosotros contigo. Salieron y se embarcaron” (Jn 21, 3).
Pedro representa la jerarquía y el discípulo amado a la base comunitaria que se siente amada y ama a Jesús.
Es la comunidad creyente quien descubre antes a Jesús, la que capta y entiende las distintas situaciones. Pero Pedro comprende, se pone el vestido de discípulo que sirve y, para expresar su disposición a dar la vida, se tira al agua. Muestra estar dispuesto al servicio total hasta la muerte: “Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua”  (Jn 21, 7b).
La función jerárquica de la Iglesia debe estar en sintonía con la fe de los creyentes y no a la inversa. Los ministros ordenados están al servicio de los laicos y no a la inversa.
La necesaria Jerarquía de la Iglesia debe estar a la escucha de la base comunitaria, pues si actúa al margen, yerra. Debe ejercerse al modelo de Cristo: en el servicio y para la comunión.
El Papa sigue preocupado por el clericalismo tan arraigado en la Iglesia por eso digo a los sacerdotes: Huyan del clericalismo. Porque el clericalismo aleja a la gente. Huyan del clericalismo, y añado: es una peste en la Iglesia(Rueda de prensa en el vuelo de regreso de la peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Fátima 14-05-2017).
El clericalismo es esa tentación del clero de señorear sobre los laicos, de intervenir excesivamente en la vida de la Iglesia, de mantener a los laicos al margen de las decisiones eclesiales.
Esta actitud dificulta el ejercicio de los derechos de los laicos y evita que tomen conciencia de su responsabilidad en la Iglesia.
Así, la participación de los laicos en la vida y misión de la Iglesia es prácticamente nula y no conforme con la Constitución Dogmática Lumen Gentium, 37: “Reconozcan y promuevan la dignidad y la responsabilidad de los laicos en la Iglesia…”.
Por eso los sacerdotes deben ser formados como servidores: “el que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará” (Jn 12,26).
Esta es la función jerárquica que pide el Señor, la del servicio: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9, 35).
Para reflexionar:
¿Al servicio de quién estamos? ¿Nos sentimos todos corresponsables de la vida y función de la Iglesia?

jueves, 9 de marzo de 2017

FINALIDAD DE LA VIDA

El fin último de mi vida es de orden sobrenatural: dar gloria a Dios y ser santo.
Estoy llamado a la vida para ser alabanza de la gloria de Dios: “Él (Dios) nos ha destinado por medio de Jesucristo… a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1, 5-6).
Esto se realiza viviendo en santidad. Por eso Dios me ha elegido para que sea santo: “Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor” (Ef 1, 4).
Ser santo significa vivir en el amor de Dios, que no es hacer buenas obras, sino hacerlas participando de la vida de Dios. Es amar como él me ha amado.
La plenitud de vida cristiana y perfección en la caridad es la santidad, o lo que es lo mismo, vivir unidos a Cristo participando del amor de Dios.
Dios me santifica, hace que participe de su santidad por medio del bautismo, y esto se manifiesta en los frutos de la gracia que el E. S. produce en mí. Daré frutos si permanezco en el amor de Cristo, si Cristo y yo somos uno, y él ama en mí.
Jesús me hace santo, yo solo me hago dócil al E. S. que es el motor que me mueve a amar. Vivir en santidad es vivir según el E. S.
Participando de la vida de Dios, viviendo en su amor, es como manifiesto la gloria de Dios. Se trata de que yo sea bueno como él es bueno, que yo ame como él ama…
Cuanto más unido estoy a Jesús, más gloria doy a Dios, pues con mi vida manifiesto el amor y la bondad de Dios.
El fin último de la vida cristiana no es mi perfección, es la glorificación de Dios. Para conseguir esto, el fin secundario o relativo es mi santificación.
Todo hay que hacerlo por Dios y para Dios, y esta comunión con él me hace santo.
Jesús es el modelo: todo lo hace para gloria del Padre. Y yo también doy gloria a Dios si manifiesto en mi vida su bondad.
Para reflexionar:
¿Aspiro a ser santo? ¿Cómo doy gloria a Dios? ¿Me siento tentado a decir que la santidad no es para mí?

miércoles, 1 de febrero de 2017

GANAR AMIGOS ¿QUÉ AMIGOS?

En la parábola del administrador astuto (Lc 16, 1-15) el amo alabó al administrador injusto, porque había actuado con astucia” (Lc 16,8). Este administrador no se nos presenta como modelo a seguir, sino como ejemplo de astucia.
La parábola a continuación nos dice: "Ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas” (Lc 16, 9).
El dinero de iniquidad o injusto es aquel que no cumple una función social y es destinado, por aquel que lo ha conseguido, para su propio beneficio. Es una complacencia egoísta con el dinero para su seguridad, ignorando las necesidades ajenas. Es la riqueza que se disfruta sin compartirla con los pobres y hambrientos.
Esta es la “astucia” del administrador: ha descubierto otra función del dinero, que es la de ganar amigos y ayudar a los pobres que dependen como él de un amo rico, para salvar su vida. Así, el administrador se salva de vivir de la mendicidad o de trabajos que no puede hacer.
Y esta es la “astucia” que nos pide el Señor: emplear lo que tenemos en ayudar a los pobres; ganar su amistad compartiendo con ellos nuestros bienes, y así nos salvaremos, pues en la hora de la muerte, cuando el dinero ya no sirva para nada, ellos, los pobres con los que compartimos nuestros bienes, serán nuestros amigos y nos acogerán en la casa del Padre.
Si somos amigos de los pobres nos salvaremos. Ahora estamos todavía en un tiempo propicio para compartir nuestros bienes con los más necesitados.
Ante la astucia mundana nosotros estamos llamados a responder con la astucia cristiana, que es un don del Espíritu Santo. Se trata de alejarse del espíritu de los valores del mundo, para vivir según el Evangelio.
Con esta enseñanza, Jesús nos exhorta a elegir entre Él y el espíritu del mundo; entre la lógica de la corrupción, del abuso y de la avidez; y la de la rectitud, de la humildad y del compartir.
Jesús nos dice hoy que empleemos nuestros bienes y riquezas en ayudar al prójimo necesitado, compartiéndolos con él. Así nos granjearemos su amistad. Hacerse amigo de los pobres es granjearse también la amistad de Dios, pues son sus preferidos.
Tenemos que “blanquear” ante Dios nuestro dinero, y la mejor forma de hacerlo es compartirlo con sus hijos preferidos, los pobres.
Un seguidor de Jesús no puede hacer cualquier cosa con el dinero: hay un modo de ganar dinero, de gastarlo y de disfrutarlo que es injusto cuando olvida a los más pobres.
Para reflexionar:
¿Cuál es mi relación con el dinero? ¿Qué función primordial ocupa el dinero en mi vida?

miércoles, 16 de noviembre de 2016

LA MISERICORDIA SE RÍE DEL JUICIO

“Hablad y actuad como quienes van a ser juzgados por una ley de libertad, pues el juicio será sin misericordia para quien no practicó la misericordia; la misericordia triunfa sobre el juicio”  (Sant 2, 12-13).
El que la misericordia triunfa (se ríe) del juicio no indica que gracias a la misericordia de Dios no va a haber juicio o que si lo hay todo el mundo va a ser absuelto en él y nadie va a ser condenado en ese juicio haga lo que haga.
El texto en que está escrita esta frase pone de manifiesto la necesidad de las buenas obras para la salvación: “el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe” (Sant 2,24).
El juicio se va a hacer sobre las obras, y las buenas obras serán determinantes en ese juicio.
La misericordia nos la da Dios, y cuando la experimentamos, nos lleva al arrepentimiento de lo malo que hemos hecho y nos ayuda a cambiar de vida.
Esa misericordia que recibimos de Dios, nos justifica, de forma que aunque un juicio justo nos condenara, la misericordia triunfa sobre ese juicio, porque hemos sido hechos justos.
El cristiano debe pensar, juzgar, hablar y obrar movido por el amor a Dios y al prójimo. Y Dios corresponderá generosamente a ese amor, aunque no hayamos cumplido siempre lo que Dios nos pide, porque la misericordia prevalece sobre el juicio.
En el día del juicio, Dios nos juzgará de acuerdo con la ley del amor, por eso debemos tener mucho cuidado en todo lo que hacemos y decimos. Porque Dios no tendrá compasión de quienes no se compadecieron de otros.
Pero los que tuvieron compasión de otros, saldrán bien del juicio, porque la misericordia triunfa, sale victoriosa, se ríe, es superior, al juicio.
Para reflexionar:
¿Qué concepto de misericordia divina tenemos? ¿El arrepentimiento y la conversión son necesarios para alcanzar misericordia o es la misericordia la que nos lleva a arrepentirnos y convertirnos?

domingo, 30 de octubre de 2016

EL SERVICIO PRÁCTICO DE LA CARIDAD ES UN SERVICIO ESPIRITUAL

En Hch 6, 1-6 vemos que en una comunidad cristiana, los discípulos de lengua griega comenzaron a quejarse contra los de lengua hebrea porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas.
Frente a este asunto relacionado con un aspecto esencial en la vida de la comunidad, es decir, la caridad con los débiles, los pobres, los indefensos y la justicia; los apóstoles convocaron a todo el grupo de discípulos, y se llega a una decisión: “escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea” (Hch 6,3). Aparece así un  embrión de estructura eclesial fundada en el servicio y en el amor. 
Los Apóstoles deben proclamar la palabra de Dios, pero consideran importante el deber de la caridad y la justicia.
Comienza a existir desde aquel momento en la iglesia un ministerio de la caridad. La Iglesia no solo debe proclamar la palabra, sino también cumplir la palabra, que es amor y verdad.
Y, quienes se dediquen a practicar la caridad han de ser hombres que no solo deben tener buena reputación, sino que deben ser hombres llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, es decir, que no sean solo organizadores que saben cómo “hacer” sino que deben “hacer” según el Espíritu.
El servicio práctico de la caridad es un servicio espiritual. La caridad y la justicia no son solo acciones sociales, sino son acciones espirituales realizadas a la luz del Espíritu Santo.
Por eso deben unirse los momentos de oración y escucha de Dios, con la actividad diaria, con el ejercicio de la caridad.
No debemos perdernos en el activismo puro, sino dejarnos penetrar en nuestras actividades de la luz de la palabra de Dios y así aprender la verdadera caridad, el verdadero servicio a los demás, que necesita sobre todo del afecto de nuestro corazón, de la luz de Dios.
El pasaje de los Hechos de los Apóstoles nos recuerda la importancia del trabajo, del compromiso en la actividad diaria que se lleva a cabo con responsabilidad y dedicación, pero también nuestra necesidad de Dios, de su orientación, de su luz que nos da fortaleza y esperanza.
Sin la oración diaria, nuestra acción se vacía, se reduce a un simple activismo sencillo que con el tiempo nos deja insatisfechos.
Cada paso de nuestra vida, cada acción, debe estar realizada ante Dios, a la luz de su palabra.
Para reflexionar:
¿Oramos siempre que vamos a actuar? ¿Unimos la Palabra de Dios a nuestro actuar?

lunes, 12 de septiembre de 2016

BENDICE, ALMA MÍA, AL SEÑOR

El salmo 103 (102) comienza con una invitación a la propia alma a bendecir al Señor: “Bendice, alma mía, al Señor” (v. 1).
Y le bendecimos porque reconocemos su perdón y sanación: “Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa” (v. 3), y al mismo tiempo porque le agradecemos los dones recibidos: “Te colma de gracia y de ternura” (v. 4); “Sacia de bienes tu vida” (v. 5); “Renueva tu juventud como un águila” (v. 5).
Nos dirigimos a un Dios que tiene siempre presente a los más débiles: “el Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos” (v. 6) y a su pueblo: “enseñó sus caminos a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel” (v. 7).
El Salmo va describiendo con entusiasmo cómo es Dios: perdona, cura, rescata, colma de gracia, sacia de bienes, hace justicia, defiende, enseña... Pero sobre todo, llega a una definición: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia” (v. 8).  
Dios se comporta como un Padre benévolo con sus hijos, lleno de misericordia, sin acusar ni guardar cuentas pendientes “No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo” (v. 9).
No nos trata como merecemos, depone pronto su cólera sin guardar rencor: “no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas” (v. 10).
A pesar de nuestros pecados e infidelidades, su misericordia lo sobrepasa todo y siente ternura por nosotros.
Es precisamente esta debilidad del hombre la que atrae el amor de Dios. El salmista no encuentra otra explicación para este amor que la siguiente: “porque él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro” (v. 14).
Dios sabe que la vida del hombre es una calamidad y es efímera, y esta caducidad y fragilidad humanas son las que provocan su misericordia.
Pero ante nuestra fugacidad “la misericordia del Señor dura desde siempre y por siempre” (v. 17).
Al final del salmo hay una invitación clamorosa a todas las criaturas a que alaben a Dios, a que lo bendigan para siempre: “Bendecid al Señor, todas sus obras, en todo lugar de su imperio” (v. 22).
Para terminar, el salmista acalla todas las voces, desciende en silencio hasta lo más profundo de su intimidad, y, con una concentración total, emite esta orden: “Bendice, alma mía, al Señor” (v. 22).
El Salmo nos invita a confiar en un Dios que muestra su grandeza no sólo en las obras magnificas de la creación, sino sobre todo en su ternura de Padre que siempre está cerca para ayudar y perdonar.
Para reflexionar:
¿Bendecimos al Señor con todo el agradecimiento del alma?

domingo, 28 de agosto de 2016

HUMILLARSE ES ENALTECERSE

Jesús, para decirnos que “el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (Lc 14,11), nos propone una parábola en la que nos aconseja que cuando seamos invitados no ocupemos los puestos principales (Cf Lc 14, 1-11).
Todos tenemos un alto concepto de nosotros mismos y buscamos los primeros puestos para ser alabados por la gente. Tratamos de deslumbrar y satisfacer nuestra vida social ligándola a la posesión, al poder o al honor.
Pero Jesús nos dirá que estos no son los valores para entrar en el banquete del Reino de Dios. Nos da a entender que los puestos de honor en el Reino de los Cielos no son para los que creen tener privilegios, para los soberbios y vanidosos; sino para los humildes y sencillos de corazón.
De ahí la necesidad que tenemos de hacer una profunda revisión de la jerarquía de valores que la sociedad en que vivimos ha establecido y que nos invitan a escoger los primeros puestos; en cambio, los contrava­lores de Jesús nos mandan directamente al último puesto: al que se encumbra, lo abajarán, y al que se abaja, lo encumbrarán.
Jesús quiere constituir una sociedad de iguales siendo humildes y sencillos de corazón. Por eso “el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor” (Lc 24,26), pues Jesús está en medio de nosotros “como el que sirve” (Lc 24,27).
Buscamos elegir los primeros puestos, que no es cuestión de sillas o primeras filas, elegir el primer puesto es cosa del corazón, es querer ponerse uno delante de todo, que todo esté supeditado a nuestra voluntad, es querer ser servido en lugar de servir, ser ensalzado en lugar de mostrarse disponible, ser amado antes de amar.
Este comportamiento no nos ayuda sino que nos perjudica porque nos convierte en rivales unos de otros, nos lleva a la desconfianza, a la envidia y a los atropellos.
Por eso Jesús nos dice que el que se cree justo y piensa que merece el primer puesto, oirá “cédele el puesto a este”(Lc 14,9) y se irá avergonzado.
Pretender obtener honor y gloria por nosotros mismos nos lleva a una actitud egoísta y soberbia que nos rebaja, en cambio, quien se humilla, inclina su cabeza delante del Señor y pide perdón, será ensalzado.
La verdadera grandeza humana la alcanza no el vanidoso, no el soberbio, no el que se cree más que los demás por ser importante, sino el humilde, el que en todo procede con sencillez, el que incluso siendo una persona importante se abaja para servir y elevar a los demás.
Este es el camino por el que cada cual será enaltecido: el del abajamiento para un servicio permanente y desinteresado a los demás.
Sólo se conoce y se valora rectamente a sí mismo quien conoce y ama al Señor. En Cristo descubrimos la verdad sobre nosotros mismos y de Él podemos aprender a ser verdaderamente humildes.
Para reflexionar:
¿Qué buscamos en la vida? ¿Dónde nos colocamos? ¿Qué pretendemos y de qué forma?