jueves, 13 de septiembre de 2012

INFIERNO


Los infiernos era el lugar de todas aquellas almas de los que murieron justos, pero estaban esperando la resurrección de Jesús.
Jesús desciende a los infiernos cuando muere, está con los muertos y se los lleva con Él a la divinidad, crea el cielo, y en los infiernos se quedan los que no fueron justos.
Para el hombre Dios sólo ha creado la salvación, es lo único que Dios ofrece al hombre. Dios ha creado el cielo, no el infierno.
Dios ha creado al hombre no para que éste decida ir al cielo si es bueno o al infierno si es malo, sino que Dios nos ha creado para el cielo. Quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
Todo lo que Dios ha creado es bueno, y  ha creado al hombre para que esté en comunión con Él, ha querido unir a todos los hombres en y por Jesucristo, en Él.
No se puede decir que el hombre tiene 2 caminos, uno que va al cielo si es bueno y otro que va al infierno si no es bueno. No hay 2 principios, el del bien y el del mal. Sólo el del bien.
Dios nos crea a su imagen y semejanza, libres, con capacidad de decisión y de construir nuestra vida, y nos ha puesto todos los medios necesarios para que elijamos el bien.
Dios quiere que vayamos hacia Él, pero podemos autoexcluirnos de ese camino hacia Dios, eso es el infierno. El infierno no es un lugar, es la decisión de romper con Dios.
El hombre crea el infierno desde el momento que se autoexcluye de la comunión con Dios.
Cuando usamos nuestra libertad para autoexcluirnos de la comunión de vida con Dios, estamos eligiendo el infierno y, Dios reconoce y respeta esa decisión.
Esto en teología se llama pena de daño: no ver a Dios al no estar en comunión de vida con Él por haberlo rechazado voluntariamente.
Hay textos bíblicos en los que Jesús habla del fuego que no se apaga, del rechinar de dientes… Es la pena de sentido. Dios nos ha creado sin contar con nosotros, pero no nos salva sin contar con nosotros.
El infierno es el rechazo al amor y piedad de Dios, no es algo que viene de fuera (creado), es algo que elegimos desde dentro, lo crea el propio condenado.
En el infierno están los que han elegido estar allí, pues la perdición se da donde el hombre libremente rechaza a Dios.
Somos pecadores por debilidad y le pedimos a Dios misericordia (esto es lo que quiere Dios de nosotros), y Él nos da a cada uno de nosotros la suficiente gracia para salvarnos.
Dios ha puesto un nivel mínimo para salvarse: lo que hicisteis con uno de estos pequeños, a mi me lo hicisteis. Para salvarnos, basta ser solidario con las demás personas, ayudar a los que lo necesiten.
Por eso el infierno no es sólo negar a Dios y rechazar su misericordia, es también negar al hermano y no ser solidario con ellos, hasta el último día.
Para reflexionar:
¿Nos damos cuenta que estamos creando nuestro propio infierno cuando rechazamos a Dios y nos separamos de los demás?
¿Valoramos que lo único que Dios quiere para nosotros es que nos salvemos, es decir, que vivamos siempre en comunión con Él?

miércoles, 12 de septiembre de 2012

BIENAVENTURADOS LOS POBRES EN EL ESPÍRITU


Mt 5, 3: Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dios se nos revela como el Dios de los pobres, de los desheredados, de los abandonados… Jesús ama a todos, pero se pone de parte de los desfavorecidos del mundo.
Jesús actúa así, porque Dios es así. Jesús tiene un corazón grande para amar y ama a todos, pero por exigencia del propio amor, ama más intensamente a aquél que más lo necesita.
Por eso su opción son los pobres, los que más lo necesitan.
Los profetas quieren educar a la gente para ser sencillos, humildes y obedientes delante de Dios, ya que Dios salva y libera a pobres, viudas, huérfanos, pequeños…
Israel va reconociendo que los pobres, en su humildad, están cerca del corazón de Dios, al contrario de los ricos que sólo confían en sí mismos.
Si al pobre nadie le ayuda en este mundo, dirige su mirada a Dios, de forma que quien no confía en nada más que en la fuerza salvadora de Dios, ese es el pobre de espíritu.
Pobres de espíritu son los que se abren al mensaje de Jesús: María, José, Isabel y Zacarías, los pastores de Belén, los discípulos de Jesús… gente humilde, sencilla, abierta a la llamada del Señor.
Son, como dice S. Pablo, hombres que no alardean de sus méritos ante Dios, que se saben pobres también en su interior y que aceptan con sencillez lo que Dios les da, que viven en conformidad con Dios.
Jesús expresó esto en la parábola del fariseo y el publicano. El que no presenta a Dios méritos porque no los tiene es el pobre de espíritu (el publicano), y lo que tiene es obra de Dios.
Ser niños y pobres de espíritu es lo mismo.
El ser pobre de espíritu ¿es una actitud puramente espiritual, o es material?: La pobreza de la que hablamos no es sólo un fenómeno puramente material, pues la pobreza material no salva ni es querida por Dios cuando origina sufrimiento; aunque tampoco esta pobreza es una actitud espiritual.
Son los pobres que se han hecho pobres porque no se apegan a ninguna riqueza ni se dejan esclavizar por las cosas. Comparten lo que son y lo que tienen, no guardan sus tesoros ni se encierran en sí mismos.
Es una pobreza que significa desapego, generosidad, libertad y amor, pues todo el que ama se hace pobre.
La promesa que se les da a los pobres de espíritu es que de ellos es el reino de los cielos. Esta promesa está en presente.
Esta pobreza lleva a un tipo de vida austero, humilde, solidario, en la que se hacen presentes los valores del reino: compartir, confiar, servir…
El reino de Dios es Jesús, y Jesús es de los pobres de espíritu, está con ellos. Jesús, reino de Dios, se ofrece a esta gente que le sigue.
Para reflexionar:
¿Qué nos parece que Dios sea parcial y sienta predilección por los desheredados y marginados de este mundo?
¿Si nos hacemos pobres a base de compartir y servir a los demás, ya estamos viviendo el reino de Dios?
¿Somos pobres al desprendernos de la vanidad de pensar que hacemos las cosas bien por nuestros méritos, y nos abandonamos y confiamos a Dios?

lunes, 10 de septiembre de 2012

ORACIÓN


Decía Santa Teresa que la oración es un trato de amistad, de estar a solas con quien sabemos que nos ama.
Es encuentro de relación con Dios, diálogo personal entre el hombre y Dios.
Sólo por la oración se entra en relación con Dios, por ello quien no ora no entiende la fe que cree y celebra, vive fuera de Dios y no respira su amor y verdad.
Es una relación en la que no se busca paz o bienestar, sino amar y hacer la voluntad de Dios.
La oración no es para expertos ni depende de técnicas o métodos sofisticados, es para niños (no de edad) pues se realiza con humildad, confianza y abandono en Dios.
La oración nos transforma en personas que aman y se entregan como Jesucristo, por eso la oración auténtica suscita la caridad. Nos empuja a colaborar con la misión de la Iglesia y en el servicio a los hermanos para mayor gloria de Dios.
Si la oración no transforma nuestras vidas es que no es auténtica, pues la oración sincera nos lleva a revisar nuestra vida, a reconocer los pecados, a invocar la misericordia de Dios y a cambiar nuestra vida por amor.
Los que oran viven centrados en Dios, no buscan alabanzas ni se sienten ofendidos por los demás.
La oración es el camino de la unión con Dios, vamos entrando en Dios, que nos va iluminando y haciéndonos saber cual es su voluntad. Al mismo tiempo nos da la gracia para que obremos desde esa unión con Él. Es la unión de voluntades, el matrimonio espiritual.
Cuando el alma está unida a Dios, la oración es habitual, por lo que en el trabajo y en la vida cotidiana se está orando porque se está haciendo la voluntad de Dios.
Sin oración no se ve nada, no se cree que se hace algo mal, no se tienen virtudes ni apostolado.
Cuando se comienza con la oración, nos damos cuenta que hacemos cosas mal, combatimos el pecado, se hace apostolado, y aumenta la frecuencia de los sacramentos.
Si oramos, vivimos desde Dios. Dios comienza a reinar en nuestra voluntad, y al final nos convertimos en personas que aman en Dios y desde Dios. Es la comunión Trinitaria, vida en Cristo.
La oración es el acto central de la actitud religiosa, donde la oración ha enmudecido, ha desaparecido también la religión.
Para autentificar la oración, hay que decir siempre “Señor haz tu voluntad” con esa frase debe acabar toda oración.
Para reflexionar: 
Si no oramos y no nos relacionamos con Dios ¿cómo podemos saber cuál es su voluntad?
¿Buscamos en la oración que Dios nos ayude en lo que creemos que nos conviene?

sábado, 8 de septiembre de 2012

CONCIENCIA QUE JESÚS TENÍA DE SÍ MISMO Y DE SU MISIÓN


En su vida terrena Jesús nunca dijo claramente que era el Mesías, pues la situación que había en su época podía llevar a un malentendido de esa expresión, ya que se esperaba un Mesías político y liberador.
Por ello nos preguntamos si Jesús tenía conciencia de ser Hijo de Dios y de su misión.
Los evangelios señalan que Jesús habla y actúa con autoridad. En esa autoridad descubrimos sus pretensiones que revelan que tiene conciencia de no ser uno más, de estar por encima de todos.
Jesús sigue la ley judía, pero quebranta el sábado, discrepa en las normas de pureza e impureza, rompe el ayuno, come con pecadores y publicanos… esto no lo hace por rebeldía, quiere manifestar que esa es la conducta de Dios que quiere acoger en su Reino a todos.
En su predicación Jesús no habla como un profeta, sino que utiliza el “yo os digo” y el “en verdad os digo”, habla como aquél que tiene poder en su palabra y se coloca por encima de los demás.
Tampoco enseña como un rabino que repite las escrituras, ni discute sobre cómo interpretar o aplicar la ley, va más allá cuando declara la verdad o no de los propios preceptos.
No llama a los discípulos para que se conviertan en maestros, su llamada “sígueme” es una invitación, pero también una orden que convierte en discípulo a quien llama. Los llama a convivir con él y exige un seguimiento radical.
Jesús anuncia el Reino de Dios y liga su llegada con su persona. Él es el contenido del Reino.
Jesús mantiene una relación singular con Dios como Padre. Le llama Abba, término familiar con que un niño se dirige a su padre. Implica familiaridad y cercanía con Dios.
Cuando Juan Bautista le pregunta si es el Mesías, Jesús no responde si o no, le contesta con un texto de Isaías que le da a entender que en él se cumplen las señales mesiánicas.
Pedro confiesa a Jesús como el Mesías, pero le contesta hablándole de su muerte y anunciando su pasión, corrige la idea de Mesías y la vincula con la de siervo de Dios que va a ser entregado.
Cuando el Sumo Sacerdote pregunta a Jesús si es el Cristo, no responde claramente, contesta con “tú lo dices”, dice con evasivas que sí es el Mesías, pero habla luego de la venida escatológica para que no lo confundan con un Mesías político.
A través de su actitud, predicación, relación con el Padre, vemos que Jesús se consideró el Mesías, aunque no lo dijo explícitamente por miedo a ser mal entendido, sólo aclara el sentido de su mesianismo cuando los otros se lo reconocen.
Para reflexionar:
Jesucristo es una única persona, con 2 naturalezas unidas, la divina y la humana. Esta unión no elimina la diferencia de esas 2 naturalezas. 
La forma en que Jesús realiza su misión ¿nos hace entender que era consciente de ello?

miércoles, 5 de septiembre de 2012

JUSTICIA Y CARIDAD


La justicia ha de buscar la igualdad humana, debe hacer posible la igualdad de todos los ciudadanos, responde a ese ideal utópico. Aunque es un ideal que no está aquí, estará después, está en Cristo.
La caridad política (la que se da en la polis, en la ciudad), es el amor eficaz que se actualiza en la consecución del bien común: que son las condiciones que posibilitan el desarrollo y crecimiento de la persona humana.
En la consecución del bien común es donde la justicia y la caridad se encuentran, ya que el hombre actúa por la justicia y la caridad para el bien común.
La caridad implica una exigencia de la justicia, ya que se necesita el reconocimiento de la igualdad para poder amar. Para querernos debemos ser iguales, primero soy justo contigo, y luego me convierto en tu prójimo por amor. Se necesita la justicia para poder decir te quiero.
Cuando hablamos de caridad no decimos dar al otro lo suyo, sino que nos hacemos prójimos, nos hacemos el otro y nos damos a él.
De ahí que la ética cristiana supera las relaciones de igualdad que brotan de la justicia.
La caridad política busca una sociedad en la que todos nos amemos, y esto lo hace posible la justicia, que es la mediación que posibilita que el otro experimente el amor que le tenemos.
La caridad política no suple las deficiencias de la justicia, ni encubre las injusticias que se cometen. Es un compromiso activo y operante: decir primero todos somos iguales, y luego todos somos hermanos.
El bautizado tiene la vocación de ordenar las realidades terrestres según el proyecto de Dios, es la caridad en medio de la polis, esto es lo específico de la vocación del laico, la utopía del amor: que el proyecto de Dios sobre el hombre se puede hacer realidad aquí y ahora.
La presencia del cristiano en la sociedad se manifiesta en la fraternidad: querer a todos como hermanos, presuponiendo la justicia.
Justicia y amor de Dios: Dios juzgará, pero su juicio es justificante. Cuando juzga hace justos.
El juicio de Dios se ha producido ya, se da en la cruz cuando muere Jesús. Ahí el Padre juzga a la humanidad en Jesucristo, y el pecado o la injusticia están vencidas en la justicia del Hijo. Dios nos hace justos consintiendo que su Hijo muera por nosotros. Así es el amor de Dios.
Para reflexionar:
Para la consecución del bien común ¿se necesita la justicia y la caridad? ¿cuál es más importante?
¿La caridad debe actuar cuando no hay justicia? ¿debe subsanar la falta de justicia?
¿Se puede amar desde la injusticia?

sábado, 1 de septiembre de 2012

REINO DE DIOS


En los evangelios no se define el Reino de Dios, pero Jesús es condición para la realización del Reino, lo hace presente, es inseparable a él, ya que nos invita a elegir el Reino de Dios con la aceptación o rechazo de su persona y de su predicación.
Cuando Jesús dice que ha llegado el Reino de Dios, quiere decir que ha llegado el perdón sanador de Dios. El Reino de Dios es la nueva familia de los que han sido perdonados por Dios.
Jesús viene a sanarnos, a perdonarnos, nos hará personas nuevas y nos llamará hijos de Dios.
Los primeros en recibirlo son los discípulos, ellos formarán una nueva familia.
El grupo de discípulos convocado y fundado por Jesús, se reúne y se consolida como grupo viviendo alrededor de Jesús, identificándose con su destino. Es el núcleo del Reino de Dios y es también el núcleo de la Iglesia.
Jesús es el Reino y los que se unen con él van entrando a formar parte del Reino de Dios. El Reino de Dios está donde está Jesús.
Jesús propone e invita a un nuevo estilo de vida que es el Reino de Dios. Nos dice que el Reino de Dios sería lo que sucedería en el mundo si realmente Dios ejerciera su poder. Cambia todo. La resolución de los problemas del mundo se consigue dejando que Dios sea Dios, dejando la solución en sus manos.
El hombre se hace partícipe del Reino de Dios mediante la fe y la conversión, pero sólo quien lo estima más que a todas las cosas y lo busca sobre todo, lo alcanzará.
Reino e Iglesia no se identifican, porque la pertenencia a la Iglesia no garantiza la entrada en el Reino, pero hay una vinculación, ya que la Iglesia está al servicio del Reino, es signo y sacramento del Reino.
La Iglesia no es un fin en sí misma, está ordenada al Reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento, y su misión es anunciar los valores evangélicos expresión del Reino de Dios.
El Reino está presente en la Iglesia, es el ya pero todavía no. Hay una tensión con plenitud escatológica.
La realidad o naturaleza del Reino es misterio, unas veces se habla como realidad presente y otras como realidad futura, no es una realidad consumada. Con Jesús comienza la aurora del reino de Dios pero no la consumación.
El Reino iniciado en la tierra por Jesucristo, ha de ser extendido hasta que en el fin de los tiempos sea consumado por Dios cuando Cristo reine en todo y sea todo en todos. Esto no se dará en este mundo, sino cuando Jesucristo vuelva para aniquilar el mal, se cree un cielo nuevo y una tierra nueva, y resucitemos.
Para reflexionar:
¿El Reino de Dios se podrá implantar en este mundo o sólo se podrá vivir en él en el cielo, en la comunión de los santos?
¿Cómo podemos participar en el Reino de Dios y facilitar su instauración?

jueves, 30 de agosto de 2012

IGLESIA UNIVERSAL Y PARTICULAR


La Iglesia es católica o universal porque Cristo está presente en ella y es para todo el género humano.
La Iglesia de Cristo expresa totalidad, por lo que es universal, ya que donde estén estos 4 elementos: Obispo, Espíritu Santo, Evangelio y Eucaristía, está toda la Iglesia, no le falta nada, está completa.
Esta Iglesia católica existe en las iglesias particulares con todos sus elementos esenciales.
La Iglesia particular se constituye cuando una porción del pueblo de Dios se confía a un obispo para que la apaciente con la cooperación del presbiterio, quedando unida a su pastor, y reunida por él en el Espíritu Santo por el Evangelio y la Eucaristía. De forma que en esa Iglesia particular está y obra la Iglesia de Cristo, que es Una, Santa, Católica y Apostólica.
En las iglesias particulares se hace presente la Iglesia universal con todos sus elementos esenciales, ya que están formadas a imagen de la Iglesia universal, que es una Iglesia en muchas iglesias.
La Iglesia particular, local, o diócesis, es la realización en un lugar, en una lengua, en una cultura, de la Iglesia universal, ya que ésta se hace presente y operativa en la particularidad y diversidad de personas, grupos, tiempos y lugares.
Cada obispo es principio y fundamento de unidad en su Iglesia particular. De forma que la Iglesia católica una y única, existe en las iglesias particulares, y a base de las iglesias particulares.
Por eso cada obispo representa a su iglesia, y todos los obispos con el Papa, a la Iglesia Católica Universal.
Sólo hay una Iglesia, la universal, que no es un conjunto de iglesias particulares confederadas, ni la suma o la reunión de todas ellas, sino la única Iglesia de Dios difundida por todo el orbe, pues la Iglesia Católica existe como tal en cada Iglesia particular.
La Iglesia universal existe y se manifiesta en las particulares.
La Iglesia es, y lo es simultáneamente, universal y particular.
Toda Iglesia particular, con las características propias de cada pueblo está presente en la Iglesia universal. 
Para reflexionar:
¿Nos damos cuenta que siendo miembros de nuestra iglesia diocesana formamos parte de la Iglesia universal?
Las iglesias particulares insertadas en culturas e idiomas distintos ¿se diferencian de la Iglesia universal que es Una?